A partir del bautismo se convirtieron en verdad. Creían en Cristo, pero Farid se había vuelto el más extraño de todos, en el momento de la violencia, del horror. Cuando la cruz había sido blandida por seres que parecían más bien sus enemigos. Pero creía en Jesús y se había entregado con placer a experimentar los dolores de Cristo quien, pensaba, lo había privado de su hombre interior dándole otra clase de hombre que él no había elegido ser. Era Cristo quien le había sacado el alma del cuerpo, pensaba, y ahí afuera el alma se le estaba pudriendo y terminaría por morir.Conocimos a mucha gente hasta que un día, en un pueblo junto a un riachuelo, un niño nos dijo dónde estaba exactamente el campamento de los cimarrones. Era Susana.
Cruzaron un río. Las indígenas siguen remando. Estos seguro que traen algo. Abastecimientos para los prisioneros. De verdad que los odiaban. Tuvimos que detenernos, los vieron, los revisaron y cuando uno de ellos iba a violar a una de las muchachas, el capitán le dijo, mira, si eres virgen vas a tener que encontrar otro lugar dónde evitarlo porque no va a ser conmigo. Esta es gente y no nos vamos a volver como los europeos. Como los europeos. Eso me incluía a mi, por supuesto. Me fui a dar una vuelta mientras las cosas seguían ahí. Y cada vez mientras más subíamos era mayor el tempo de la locura. Voces, nos atacaban con voces, con luces y fuego que nos estaba siguiendo. Quién eres tu, le pregunté a la muchacha que venía con nosotros mientras los otros se dedicaban a disparar contra los indígenas que estaban ahí. Soy la hija del rey cimarrón. Pero todo se iba volviendo cada vez más impenetrable. Nos atacaron y el español que venía con nosotros se detuvo en la floresta. Y era él, el rey Cimarrón. Había ahí una vieja pirámide. la mancha de sangre en las escaleras se le antojó hermosa y como resistiéndose a ser borrada, igual que él.Se levantaba junto al río una pirámide memoria de otro tiempo. La ciudad se había coagulado. Por sus escaleras bajaba una sombra rojiza que terminaría por despintarse cuando llegaran las lluvias. Frente a la pirámide algunos habían hincado una cruz de madera. La pirámide se sostenía, sin embargo. La tarde en que llegamos a este calpulli, la mancha de sangre en las escaleras pareció revivir. Entre ellos nadie parecía hacer caso, pero Farid extendió a sus pies la Virgen de la Tribulación y comenzó a cantar.
A decir verdad, el campamento cimarrón no era un campamento, era una serie de grupos extendidos en la montaña, río arriba y ahí cada una de aquellas personas estaban buscando la manera de ser felices, de conformarse con sus propias creencias. El rey de los cimarrones no era uno. Eran muchos. La única condición para ser rey cimarrón era no tomárselo en serio. Aquí estaban los campesinos y los borrachos. Los esclavos, los mapuches y los tarahumaras, todos los que resistieron al imperio del español. Y los que lucharon contra el yugo en las encomiendas.
Estaban los que se habían convertido con toda sinceridad gracias a las predicaciones como las de Bartolomé de Las Casas y quienes adoraban a dioses africanos temidos por su crueldad o su lujuria, estaban los europeos que habían escapado de una sociedad corrompida entre los reyes y los sacerdotes y que habían creído. Y estaban los decepcionados de Marx. Estaban los viajeros, los amantes de la teoría del complot, los que dejaron de creer, los que creían en el Apocalipsis. Los que buscaron El Dorado la Las Antillas, los que fueron a Nueva York y no les gustó, los que saltaron el muro, los que se hartaron de París, los que encontraron en Buenos Aires un mal amor.
No había ni hombres con ojos en el estómago ni enanos negros y sabios. Eran humanos todos ellos y sólo tenían una convicción, defenderse de quien les quisiera imponer un modo de vivir. Entre los cimarrones, a Eneas le entró la convicción de que amaba a Atonattiuh, es decir, a Cristóbal. Sólo deseaba su compañía, pero nada más. Quiso sentir que se trataba incluso de un amor más puro porque tenía la gratuidad que no tenía el amor hacia Inés, la abuela mía. Ese amor estaba hecho del deseo de volver a verla desnuda e ir y venir por su cuerpo como quien tensa una cuerda antes de hacer el amor.