Sucedió, pues que un día en uno de esos mercados en los que se había detenido para mendigar, encontró a un muchacho que estaba dibujando imágenes sagradas, junto a un niño frente a una ermita. Farid sabía que así acostumbraban a hacer los peregrinos aztecas que pudieron escapar de la carnicería durante el sitio de Tenochtitlan. Atonatiuh y él se reconocieron. No se habían hablado nunca y a Farid le pareció que el muchacho estaba enojado.
—¿Qué pintas? —preguntó Farid
—A la patrona —contestó él.
—¿Qué haces en esta ermita?
—Espero a que venga Martín.