Así continuó su camino, por los senderos del Chichinautzin y pasaron los días, tal vez las semanas. A menudo se detenía toda la mañana mirando un gusano o bañándose en un río que encontraba en el bosque en el camino hacia lo que hoy llaman Cuernavaca. El Chichinautzin le ofrecía consejos para alimentarse y un viejo vago como él le enseñó a beber té de campánula. Le confortaba sentirse parte de los árboles que seguían frondosos a pesar de las locuras que soñaba todas las noches. Se había convertido, sin saberlo, en uno de los ciento cuarenta y cuatro mil custodios de la Virgen de la Tribulación y llevaba en su hatillo de cuero todo el peso del mundo, pero se alimentaba de hierbas, conejos y aguamiel.
De noche dormía al aire libre. Supo en los primeros días que no había olvidado ni el modo de hacer fuego ni el arte de cazar conejos y comer insectos, frutos silvestres y reptiles. Dormía bien en cualquier prado y, con una piedra forrada con su sayo de ministril, se hacía una almohada. En la mañana, se detenía para ver los colores verdes y púrpuras del amanecer. Le exaltaba la idea de encontrar amores verdaderos y estaba convencido de que en cuanto pisara el agua de la costa podría ser feliz.
Luego de varios días en el camino comenzó a sentir los síntomas del abandono y la tristeza comenzó a confundirlo. Llegado a lo que hoy es Cuernavaca, encontró un par de tabernas en que los exploradores se avituallaban para ir, como Farid y su Virgen hacia donde se pone el sol. Cerca de ahí, en Xochicalco se propuso pensar que la selva no sería demasiado grande ni el camino tan tortuoso. Se sentía capaz de todas las aventuras. Recuerdo con gusto las clases de música y cuando ha llegado el momento, como a la señal de un director, me introduje en la selva. Va en el camino del fin del mundo y aunque el universo es redondo sé que hay un lugar en el que está atardeciendo. Cantaba en los altepeme que iba encontrando y viajaba un poco de noche. Me hice de mi propia rutina, la que me dictaba su mente y la Virgen de la Tribulación. A sus pies me dejaban lo necesario para comer en los mercados y así fui siguiendo el camino hacia el este y el traje del ministril se fue echando a perder. Mis sandalias se gastaron y me creció el cabello. El instinto del perro lo llevó en los caminos de la montaña hasta los arroyos donde abrevaban conejos y, en las ciudades, el olfato me condujo siempre al mercado donde yo escogía el lugar y la hora en que pudiese escucharme la gente. Extendía a mis pies su Virgen de la Tribulación y fiel a su pasado comenzaba a cantar. Luego me fastidiaba y recogía los regalos que me había hecho la gente: comida y monedas de bronce. Me iba yo silencioso a mirar en cualquier otra parte los afanes de las hormigas. Me subía a los árboles y procuraba concentrarme tanto que creía ser capaz de encontrar algo que me hiciera entender qué hay más allá de la muerte.
En los años que caminé por el Anáhuac fue viendo que aparecían borrachos. Porque el nuevo dios no consentía sacrificios, pero permitía el vino y, en el caso de los indígenas, pulque. Con vino se emborrachaban los curas y los conquistadores, con pulque los indígenas, los esclavos, los conquistados y los que, como yo, cantaban en los mercados. A mi, ni entonces ni ahora, me preocuparon nunca los borrachos. Me sentaba en la plaza donde se levantaban parroquias y cruces. En pocos años comenzaron a construir abadías porque por el mismo camino transitaban también conquistadores y evangelistas.