F0198 · el ciclo de los encuentros

 el ciclo de los encuentros

El hombre hablaba con una convicción que atravesaba el aire como una corriente invisible.

—Para Alá, crearnos y resucitarnos no le cuesta más que mover una hoja —decía—. Alá todo lo mira, todo lo oye.

Farid, arrodillado junto a él, sentía aquellas palabras como una música sutil y al mismo tiempo descomunal, la misma que siempre lo había acogido en sus momentos de mayor tentación. Cerró los ojos y dejó que las frases se adentraran en él, desmoronando las barreras que había construido en torno a su fe. Rezó por el primer cristiano que conoció en el desierto, el Centurión; por Hakim, el traficante de esclavos; por el médico otomano que lo curó tras su castración. Rezó por Rashid y por Sitt. Finalmente, lloró por sí mismo.

Cuando abrió los ojos, la vio. La mujer que lo había atormentado en su niñez con visiones de muerte estaba allí, observándolo desde las sombras. La comprendió al instante: ella era la muerte. Y al entenderlo, sintió una calma que nunca había conocido.

Farid caminó hasta donde Cristóbal dormía junto a una muchacha de risa fácil y cuerpo generoso. Lo zarandeó con impaciencia.

—Tenemos que escapar otra vez —dijo.

Cristóbal apenas abrió los ojos, amodorrado.

—No quiero. Yo quiero quedarme con esta gente. Esta es mi gente. Aquí debí nacer.

Farid lo miró en silencio antes de responder:

—He pensado que lo mejor será separarnos. No hay nada que nos una de verdad. Desde que dejé el campamento de mi padre, prometí que buscaría a Dios. También juré venerar a la Luna e hice tres promesas que debo reconsiderar. Y tengo que hacerlo solo.

Cristóbal se levantó lentamente, se quitó las lagañas y lo abrazó.

—Que tengas buen viaje, Eneas —dijo, con un tono que mezclaba tristeza y aceptación.

Farid salió del pueblo, y al darse cuenta de que nadie venía detrás de él, una soledad ridícula y pesada lo invadió.

—No debí dejarlo con Víctor —pensó, recordando también al gato que había quedado atrás con los cimarrones.

Sin embargo, siguió caminando. No había otra opción. Cristóbal no quería ser libre, y Farid deseó sinceramente que él y Víctor fueran felices entre aquellos que se contentaban con comer, beber y follar.

Llegó a un arroyo y se desnudó, dejando que el agua fresca lavara su piel y su cansancio. Fue entonces cuando Narumi apareció desde detrás de una cruz de jade, emergiendo como un susurro hecho carne.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Farid, sorprendido.

Narumi no respondió. En lugar de eso, lo acarició con una ternura que lo desarmó por completo y lo llevó a su cabaña, un refugio situado entre oriente y occidente, entre México y las islas de Cipango y Catay, en el inicio y el fin del mundo.

Allí, Eneas dejó de resistirse. Narumi tenía un cuerpo perfecto, pero más allá de lo físico, era su presencia lo que lo envolvía. La manera en que lo miraba, en que lo entendía sin palabras. Cuando lo besó, todo en él se quebró. El orgasmo que le arrancó fue limpio, perfecto, una paz que durante un breve momento pareció infinita.

Pasaron días en la cabaña, entre naranjas traídas del puerto de Acapulco y el sonido del arroyo que fluía constante. Farid no la amaba, pero le gustaba escucharla. En sus palabras había un eco de algo que no podía nombrar, pero que lo sostenía. Sin embargo, esa calma se rompió cuando, al bajar al pozo una madrugada, encontró a Miguel, tirado en la playa como un astro caído.

El cuerpo de Miguel llevaba la marca del asesinato, una cicatriz que contaba una historia que Farid no necesitaba escuchar para entender. Pero no fue Miguel lo que realmente lo perturbó. A lo lejos, tocando una guitarra, vio a Cristóbal, Víctor y un gato que no reconoció. Habían venido por él.

Se acercó al grupo con una mezcla de ira y alivio.

—¿Por qué me haces esto? —le preguntó a Cristóbal, su voz cargada de reproche.

—¿Hacerte qué? —respondió Cristóbal, levantando la vista de la guitarra.

—Dejarme solo.

Cristóbal rió suavemente.

—Como siempre, exageras. Ven, saluda a Pequeño Jaguar.

Farid frunció el ceño, mirando al gato con desconfianza.

—Este no es nuestro gato.

—Claro que no. El otro murió allá con los cimarrones. Pero este ocupará su lugar.

Farid no respondió. En lugar de eso, miró hacia el horizonte, donde el arroyo se encontraba con el mar. En ese momento, supo que no podía quedarse. Narumi, con toda su perfección, era Babilonia. Y él, aunque no sabía a dónde iría, debía continuar su camino.

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