F1179 · Los pasillos no terminaban.

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Los pasillos no terminaban.

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Mármol.

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Frío.

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Siempre frío.

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Alejo caminaba.

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No buscaba a nadie.

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Pero sabía a quién seguía.

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Maciel.

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No como nombre.

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Como rastro.

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Puertas cerradas.

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Habitaciones sin luz.

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Hoteles donde la santidad se pudre.

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Alejo no tocaba nada.

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No hacía falta.

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El aire ya lo decía.

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Roma no hablaba.

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Susurraba.

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Dogmas.

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La Asunción.

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Pío XII elevando cuerpos

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mientras otros

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no eran elevados nunca.

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Los nombres no aparecían.

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Nunca aparecen.

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Pero estaban ahí.

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Siempre están.

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—El silencio…

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La frase no terminó.

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No hacía falta.

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Alejo lo sabía:

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cada silencio

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no termina.

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Una pantalla encendida.

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Caravaggio.

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La virgen muerta.

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Los pies sucios.

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La carne pesada.

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No era pintura.

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Era prueba.

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Jarman lo entendió.

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La luz no salva.

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Expone.

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Alejo pensó en el otro Caravaggio.

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El que huye.

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El que mata.

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El que pinta

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como si no hubiera redención.

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—Todo artista…

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No terminó.

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Sabía la frase.

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No quería decirla.

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La historia volvió.

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Siempre vuelve.

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No como recuerdo.

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Como repetición.

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Feuillade.

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Irma Vep.

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Sombras que regresan

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cuando nadie las está mirando.

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Alejo entendió.

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No perseguía a un hombre.

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Perseguía una forma.

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El bautismo.

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Los muertos nombrados.

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Las genealogías limpias.

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Como si eso bastara.

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Farid apareció.

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No como figura.

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Como continuidad.

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La música.

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Las folías.

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Siempre viajando.

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Nunca terminando.

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—Todo se repite.

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No lo dijo.

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Lo sostuvo.

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Las galerías.

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El arte limpio.

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Demasiado limpio.

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Hirst.

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Koons.

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Superficies sin herida.

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Alejo no miró.

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No había nada ahí.

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Otra pantalla.

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Un ladrón sonríe.

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Habla.

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Como si contar fuera suficiente.

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—

Adorno apareció.

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No como cita.

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Como fractura.

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Beethoven.

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El final roto.

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La armonía imposible.

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Alejo se detuvo.

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Eso sí lo entendía.

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Nada se resuelve.

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Todo se corta.

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Caravaggio otra vez.

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La luz.

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La herida.

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Bacon.

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La carne.

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—

La distorsión.

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Eso sí era verdad.

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No la forma.

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La ruptura.

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Nietzsche.

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El martillo.

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—

El golpe.

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Alejo no pensó.

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Golpeó.

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Nombres.

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—

Fechas.

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—

Historias.

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Nada respondía.

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—

Heidegger.

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La palabra vacía.

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La autenticidad rota.

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—

Alejo siguió caminando.

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No buscaba ética.

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Buscaba el punto

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donde todo falla.

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Y ahí estaba.

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Siempre.

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El mismo.

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Maciel no era un hombre.

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Era eso.

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La forma que se repite

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cuando nadie corta.

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Alejo lo entendió tarde.

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Pero lo entendió.

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No iba a detenerlo.

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No así.

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Pero tampoco iba a dejar

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que se cerrara.

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—

Escribir.

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No para explicar.

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Para resistir.

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El pasillo no terminaba.

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—

Nunca termina.

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Alejo cerró los ojos.

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No vio luz.

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Vio continuidad.

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Y en esa continuidad

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por primera vez

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no tuvo miedo.

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Porque entendió:

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no se trata de redimir

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—

se trata

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—

de no dejar

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que desaparezca.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes