F1178 · El crepúsculo caía sobre la Torre Isla.

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El crepúsculo caía sobre la Torre Isla.

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Naranja. Púrpura.

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Bernardo subió las escaleras sin prisa.

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El aire cambiaba al entrar.

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Afuera, fresco.

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Adentro, detenido.

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La biblioteca lo recibió igual que siempre.

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Silenciosa.

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Demasiado.

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Alejo ya estaba ahí.

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El manuscrito abierto. Los libros desordenados. El ícono sobre la mesa.

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—Gracias por venir.

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Bernardo no respondió.

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Se sentó.

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La carta seguía ahí.

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Dobladamente intacta.

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—La leí otra vez —dijo Bernardo.

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Pasó el dedo por el borde del ícono.

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—Habla de sacrificio.

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Pausa.

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—Como si fuera claridad.

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Alejo cerró el manuscrito.

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—No lo es.

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Silencio.

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—Es una elección.

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Bernardo levantó la vista.

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—¿Entre qué?

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Alejo no dudó.

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—Entre soltar

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Pausa.

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—o imponer.

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El silencio volvió.

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La gota en el alambique.

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Siempre la misma.

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Bernardo apoyó los codos.

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—¿Y nosotros?

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La pregunta no era abstracta.

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Era inmediata.

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Alejo no respondió de inmediato.

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Miró el ícono.

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—No se trata de ser buenos.

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Pausa.

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—Ni de ser malos.

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Levantó la mirada.

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—Se trata de ver qué sostiene.

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Bernardo no se movió.

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Algo encajaba.

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No en la cabeza.

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En el cuerpo.

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Pensó en Alexander.

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No como nombre.

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Como gesto.

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—Tócame.

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El frío.

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La incertidumbre.

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Pensó en Farid.

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No como historia.

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Como límite.

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El cuerpo que no aprende.

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El amor que no se enseña.

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“El amor es un ángel exterminador.”

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La frase no apareció como idea.

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Apareció como recuerdo.

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Bernardo respiró.

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La música.

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La dignidad.

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El orgullo.

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Nada de eso resolvía nada.

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Pero sostenía.

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Alejo lo miraba.

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—¿Qué estás viendo?

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Bernardo tardó.

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—Que no sabemos amar.

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Silencio.

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—Pero seguimos intentando.

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Alejo asintió.

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Eso bastaba.

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El ícono no brillaba.

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Pesaba.

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La Virgen.

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No como consuelo.

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Como cruce.

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—Nuestro padre lo sabía.

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La frase no buscaba respuesta.

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Sólo lugar.

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Bernardo se recostó.

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—Y ahora nos toca.

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Alejo tomó la copa.

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—Por eso.

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No brindaron.

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No hacía falta.

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La noche entró sin ruido.

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La torre no cambió.

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Pero ellos sí.

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No más sabios.

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Más expuestos.

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Porque habían visto algo.

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Y eso

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no se puede

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desver.

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