F0182 · S002 — En el sur del Valle de México, en lo que hoy es Cuicuilco, los sacerdotes del oscuro Tezcatlipoca

En el sur del Valle de México, en lo que hoy es Cuicuilco, los sacerdotes del oscuro Tezcatlipoca levantaron los estandartes. Sus mayordomos hincados, intercambiaron pedernales y luego se cortaron las palmas de la mano para regar con sangre el sitio sagrado donde habría de tener lugar la Guerra de Flores.

Sonaron los caracoles. El campo se levantaba tan amplio que parecía que de pronto se llenase de muchachos corriendo los unos contra los otros para matarte. Lo hacían en perfecta formación. Las huestes xochimilcas cargaron contra las huestes de Tenochtitlan en formación concéntrica y Atonatiuh no se sintió aterrorizado. Una vez que la tuvo de frente a la madre guerra, él se convenció de que había venido aquí para proteger a su hermano Ilhuítl. Al ciervo aquel que había visto cuando cuidaban el calpulli le había pedido que le concediera morir a cambio de la vida de su amigo, su hermano, pero la divinidad no concede caprichos. 

Al otro lado del campo de batalla, el general Tepeyohtli, héroe de México Tenochtitlan levantó los ojos. Tenía el cuerpo lleno de cicatrices que se había hecho en honor de su ciudad de garzas blancas. Sin embargo, su cara estaba limpia. No había en ella ninguna cicatriz. A una orden del general, se levantó el estandarte de Tenochtitlan. Un contingente cayó con rodilla en tierra. Los soldados xochimilcas tensaron los arcos, el cielo se oscureció con cientos de puntas de obsidiana que golpearon la superficie de los escudos. Los mexicas se cubrieron la cabeza y, cuando hubo pasado la cargada de flechas, se levantaron. Todo parecía en aquel valle una coreografía inventada desde el principio del tiempo y uno pensaría “la guerra es hermosa” si no fuese porque ahí, en el campo sagrado se hacer más real que nunca el “todos vamos a morir” que aprendemos cuando somos tan niños. La vara punzante de una flecha mexica se enterró en el cuello de Ilhuítl quien cayó vomitando en la arena, sin honor ni dignidad. No se elevó por encima de él un aura solar, no hubo hado que viniese para recogerlo, sólo Atonatiuh que hincado junto al compañero que había jurado defender no pudo lanzar ni una lágrima. “Esto es morir” se dijo muy triste. “No hay nada más allá” A un lado y otro de su costado caían flechas ardiendo, pero ninguna lo tocó. Y es que en Atonatiuh se había posado el espíritu de la guerra, el mismo prodigio que sintió la tarde en que venció a Ilhuítl lleno de la conciencia de que se había enamorado. Por las venas del joven dios comenzó a correr un ardor que lo hizo levantarse y lanzarse hasta el otro lado del campo para matar al general mexica. Tepeyohtli lo vio venir. Él que ha visto morir a tantos dioses sobre la pirámide del sol, no ha conocido nunca a un joven tan feroz y al mismo tiempo con tanto candor. Es la personificación misma del México Imperial. Los cascabeles se agitan en sus tobillos, las plumas en su penacho lanzan al aire un resplandor turquesa y, como ninguna flecha lo toca, pareciera que el sol lo está protegiendo.

—¡Que nadie lo toque! —gritó Tepeyohtli. Y su orden fue pasando de boca en boca hasta la mitad del campo donde los soldados hincaron la rodilla en el suelo para dejarlo pasar, con las cabezas inclinadas, abriendo un túnel de jóvenes soldados en el que Atonatiuh fue cortando cabezas, deformando rostros y haciendo cicatrices. Cuando se encontró frente al general levantó el hacha de obsidiana, pero Tepeyohtli lo esquivó con audacia y lo atrapó con la misma facilidad con la que solía cazar, cuando era tan joven, a un gato montés.

Atonatiuh sentía aún el sabor de la sangre en la lengua. Soñaba con Ilhuítl: asistía a su entierro en un enorme valle de hierbas verdes, pero él se perdía en el baile de enormes pendones que no lo dejaban avanzar. Esquivaba las telas, pero no podía llegar al sitio urgente de un último beso que no le dio. Despertó sobresaltado y, en lugar de Ilhuítl, encontró el rostro de Tepeyohtli.

—¿Quién es Ilhuítl joven Dios? –preguntó.

Los ámbares de la tarde se metían por agujeros que hicieron las flechas xochimilcas en el techo de la tienda del general.

—¿Por qué me llamas dios? —preguntó Atonatiuh.

Tepeyohtli se acercó a él y le dijo con ternura.

—Porque eres un dios. Para ser dios has nacido.

Atonatiuh se desplomó sobre la cama. Él que había querido morir, se había visto tocado por el espíritu de la guerra. Este era su sino, esto era lo que le había querido decir el ciervo de cola blanca, el Encantador de Serpientes: que a partir de ese momento sería el dios de mayo que haría renacer al sol en México Tenochtitlan. 

Afuera de la tienda del general, en el campamento, el hombre búho lanzaba conjuros para calmar la ira del dios de la guerra.

La procesión de esquifes cruzó la frontera entre el mundo profano y el mundo sagrado. Las garzas volaron por encima de las pirámides. El general Tepeyohtli volvió a México con trescientos hombres cautivos y un dios pequeño y frágil que trataba de levantar la cara en el esquife que lo conducía al centro de Tenochtitlan. 

Cuando Atonatiuh la vio le sucedió lo mismo que a mí, lo mismo que a todos los extranjeros. El brillo blanco de la ciudad le quemó los ojos y le pareció que las pirámides del sol y la luna lo miraron con desdén. En cuanto a mí, yo, fue la primera vez que lo vi. Había llegado sin pasado ni futuro a México en enero de 1521 en un tiempo del año en que sólo navegan locos y piratas. Eso éramos en aquel entonces Rodrigo y yo, Rodrigo me llevó al Nuevo Mundo porque El Encantador de Serpientes me había dicho que mi destino era ser testigo de los prodigios del dios de mayo.

Cuando se detuvo la procesión de esquifes en el muelle de la ciudad sagrada, el general Cuauhtláhuac, primo del emperador descendió de su estrado. Tepeyohtli saltó a tierra y tendió la mano al joven dios quien, orgulloso no se dejó ayudar. Tepeyohtli se inclinó y besó la punta del manto de Cuauhtláhuac. Atonatiuh puso la frente en el suelo y cuando Cuauhtláhuac dio la orden, Tepeyohtli y su cautivo más preciado, el dios de mayo se levantaron. La ciudad que había venido al centro ceremonial para ver a su salvador lanzó vítores; Atonatiuh era un héroe en la ciudad que lo venció.

El ceremoniero de Moctezuma vino hasta Tepeyohtli quien oficialmente le entregó al muchacho xochimilca. Sin prisas, lleno de dignidad, Ácatl el ceremoniero, condujo a Atonatiuh por los senderos que llevan hasta el palacio de Axayácatl donde vivía yo como esclavo del padre Juan.

Antes de subir a palacio, Ácatl el ceremoniero hizo pasar a Atonatiuh con un médico a quien habían cortado la lengua que revisó palmo a palmo la piel del joven dios. Cuando hubo certificado que el prisionero de Tepeyohtli no tenía en el cuerpo ninguna cicatriz, Ácatl aplaudió fascinado. Se aproximó a Atonatiuh con una actitud que había dejado de ser reverente. Aquí, en las entrañas del palacio de Axayácatl, el dios era él.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó.

—¡No lo sé! —respondió Atonatiuh. Trataba de parecer digno, pero sonó altanero así que Ácatl le respondió con una bofetada.

—No confundas dignidad con soberbia, joven dios. Aquí adentro, yo soy tu dueño —le dijo.

Entristecido y avergonzado, Atonatiuh se derrumbó y dijo desnudo, en el suelo.

—¡Yo lo único que quiero es morir!

Ácatl, muy asustado se aproximó a él. Lo tomó por el brazo para levantarlo y le dijo:

—Joven dios, no digas esas cosas ni cubras tu desnudez. Un dios no puede tener nada de qué avergonzarse.

Muy extrañado, Atonatiuh se incorporó y uno a uno, los soldados imperiales que lo habían rodeado pusieron la frente en la tierra. Ácatl gritó:

—Honor y larga vida al dios que hará renacer a México Tenochtitlan.

El ceremoniero de Moctezuma era un hombre gordo y menudo, pero de facciones dulces. Sabía usar sus ojos, grandes y discretamente femeninos, para parecer fiero o, si lo requería, seductor. 

—Este es hoy tu palacio —le decía a Atonatiuh mientras los esclavos a su paso iban levantando telas para dejarlos pasar—. En este palacio aprenderás todo lo que debe saber un dios. Sabrás bailar, cantar y mirar a los astros. Escribirás poemas y sabrás el sentido profundo de la flor y el canto.

Caminaron por la biblioteca, por salones en los que había fieras encantadas y una terraza en la que cantaban los papagayos. Las esclavas se hincaban a sus pies y le mostraban sus senos redondos y frescos, los esclavos se detenían a su paso para dejarlo pasar.

—Todo esto es tuyo, dios de mayo —seguía diciendo Ácatl en un largo discurso que nunca se interrumpía— y sólo hay una habitación en este palacio que no debes abrir nunca.

—¿Cuál es esa? —preguntó Atonatiuh.

El ceremoniero se detuvo un instante y lo miró a los ojos:

—No debes abrir nunca la habitación del día de tu muerte, joven dios.

Habían llegado frente a un umbral muy amplio. Al otro lado había una luz muy brillante que apenas esfumaban las telas en el palacio. A una orden de Ácatl, los esclavos que custodiaban la puerta descorrieron los velos y el ceremoniero tomó a Atonatiuh por el brazo, lo condujo hasta el balcón que miraba hacia la plaza mayor. Cuando el dios de mayo se asomó, la multitud de la ciudad de garzas blancas lanzó un grito de júbilo, más cuando apareció junto al joven dios el sacerdote supremo de la ciudad. Moctezuma vino y pidió la bendición de Atonatiuh. Una vez consumado el trámite, el emperador volvió a sus habitaciones porque, dijo, quería rezar y meditar.

Pero Atonatiuh se quedó en el balcón un rato más, estaba fascinado con el júbilo que su presencia daba a la gente. Ácatl le murmuró al oído:

—Junto a ti, dios de mayo, tienes al futuro rey de la ciudad.

En vez de un rey, Atonatiuh miró junto a él, en el balcón, a una hermosa joven de facciones simples que llevaba en sus brazos a un niño.

—Él es —dijo la muchacha.

—¿Cómo?

—Él, Chimalpopoca, mi hermano, será el rey de la ciudad, no yo —la princesa miró el rostro de Atonatiuh y luego dijo—. Me gustan tus labios y tus ojos sorprendidos.

Y como Atonatiuh estuvo a punto de poner la frente en el suelo, Ácatl se aproximó a él para evitarlo. Lanzó saludos a la gente y luego condujeron al dios de mayo hacia adentro como lo que realmente era: un prisionero.

Con la llegada de Atonatiuh, la ciudad floreció. Mejoró el comercio, se embarazaron las mujeres, los niños crecieron y cambiaron de dientes. En el lago de la ciudad, las garzas lanzaban el vuelo más alto y más rápido que nunca. Detrás del Popocatépetl y el Ixtlazíuatl el sol atardecía como todos los días, pero los pescadores más allá de la ciudad santa lanzaban sus redes y volvían al mercado con ellas a punto de reventarse. Los comerciantes recibían a pescadores de piernas fornidas que lanzaban a sus pies costales repletos de peces. Nacieron niños hermosos y las muchachas tejían para ellos hilos vistosos de todos colores. Los hombres se engalanaban como para una fiesta y Atonatiuh paseaba guiado en goletas imperiales que marchaban seguras sobre un agua dorada. Él era la promesa de que todo volvería a ser como antaño, como en los tiempos del gran Tlacaelel.  

El muchacho iba al frente del cortejo y detrás de él, de pie, le tocaba el hombro Ácatl, el gran ceremoniero de palacio. Murmuraba con cada golpe de remo: 

—Tú eres joven dios quien hace vivir la ciudad.

Y Atonatiuh se dejó convencer. Se convenció por completo de que era un dios y así una tarde, algunas semanas después de que había llegado a México descendió en el muelle de la Zona Sagrada. La gente se arremolinaba para mirarlo, los libertos y los esclavos lanzaban a sus pies flores blancas y el joven dios, altivo, las pisaba. Había crecido tanto su dignidad como su belleza, como si el contacto con la poesía de esta ciudad de flor y canto le hubiese cambiado incluso los huesos y así lo vi yo aunque él no me vio a mí. Escuché la música de Rodrigo, el Mar de los Sargazos. Estaba yo esperando en el lugar del encuentro cuando vino Antón. La puerta se abrió de golpe y entraron dos guardias que me apresaron. No tuve tiempo de preguntarme “¿qué sucede?” estaba ya frente al padre Díaz.

—Haz lo que estabas haciendo —dijo Antón.

—¿Qué estaba haciendo? —pregunté asustado.

—¡Canta!

Sentí más vergüenza que miedo. Estaba rodeado de locos. Conquistadores locos. Era evidente, sin embargo, que si no hacía algo, me metería en problemas. Los españoles, lo había aprendido ya en Flandes, tienen poco temple. Me llené los pulmones, abrí la boca como si fuera a comer una manzana y comencé a cantar el Salve Regina.

Atonatiuh también vivía fascinado con el canto de Farid. Le llamaba sin embargo la atención el laúd.

Se rieron los dos.

Convencido de que el instrumento se llamaba ten. Lo cogió por el puente y trató de comenzar a hacerlo sonar.

—No —tomó el instrumento—. Se coge así. Estás muy tenso. Ten

—Ten

—Se llama Laud

—Atonatiuh

Antón tomaba. Farid los miraba con desprecio, pero Atonatiuh comenzó a hacer un sonido y Farid se sentó con ellos era la primera vez en mucho tiempo que Farid se olvidaba de sí mismo. Conforme la melodía se iba volviendo compleja. Sonaba una melodía sobre la cual improvisaba Antón y Atonatiuh se conocieron y los dos comenzaron a hablar. Farid los miraba con desprecio.

Ácatl entró y le dijo que hacía bien. El sacerdote que había venido con los hombres rubios estaba interesado en su canto. Le avisó que tenía una visita.

Atonatiuh no imaginaba a quién vería. Moctezuma lo seguían dos soldados conforme habían pasado los meses, tratarlo como si fuera el emperador. Se sacrificaría por su pueblo para que siguiese. La mujer lo redujo a su estado infantil. No es difícil volver a ser niño delante de una madre que es campesina y que se presenta de pronto delante de un dios. Lo vuelve lo que es.

—Eras hermoso Atonatiuh.

Yólotl comenzó a llorar. El llanto de su madre abrió la puerta que hasta entonces estaba cerrada cerró la animal que llevan al matadero. El horror desde aquel día que miró junto a su madre en un zoológico que vino al pueblo un quetzal en el pez en el lago hasta ese momento se volvió una lágrima fue hasta su madre, se inclinó.

—No te preocupes por mí, voy a habitar la casa del sol.

Nunca la idea le pareció más falsa. tuvo menos fe en la existencia nunca estúpido morir como ahora que estaba aprendiendo música y que estaba aprendiendo tantas cosas hermosas. que había venido por donde viene el sol Manso y destrozado por todo lo visto dentro de la habitación de su muerte Ácatl le tomó la cabeza entre los brazos 

—Las lágrimas de Dios salan la tierra.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

Leer en secuencia A–B–C →