F0909 · —Cuéntame lo que vas a hacer —dijo Florián.

Los dos se pararon y aunque Jorge trataba de concentrarse, no podía dejar de pensar en que tal vez Farid era un loco. Un hombre enfermo a quien un decadente noble español le estaba metiendo ideas para irse a meter a alguna parte del mundo que sólo existía en la imaginación de fanáticos como estos monjes de los que venía a despedirse. Florián, sin embargo no podía concentrarse por las razones contrarías. Tal vez existía La Antilla, la Isla de las Siete ciudades y por tanto eran reales las historias de San Brandán. Era cierta la historia de la tortuga gigante y eso era lo de menos, abría la posibilidad de que sus historias, las historias de los caballeros andantes fuesen ciertas. Lo son, se dijo mientras rezaba automáticamente. Es cierta la historia de Artús y Lanzarote, la historia de Ginebra y el mago Merlín. Recordó que el bibliotecario le había hablado de que durante la cruzada contra los albiguenses, los dominicos habían recopilado todas aquellas historias de trovadores y habían ordenado a un monje que las cristianizara. Era así que había nacido el personaje de Galaz, el caballero perfecto, la imagen de Cristo en ese mundo pagano. ¿O habrá existido Galaz? Recordó que lo que le había contado el bibliotecario lo inquietó tanto que dudo de la misma existencia de Cristo. ¿Qué impedía que los apóstoles no hubieran hecho lo mismo? Tomado las profecías del Antiguo Testamento para inventar luego a un Mesías que las cumplía todas. La mención de las Antillas le hacía pensar que tal vez había algo realmente histórico en sus libros y en la Biblia y el mundo era mucho más maravilloso de lo que parecía tan rodeado de la simpleza de la cotidianidad.

—Cuéntame lo que vas a hacer —dijo Florián.

Jorge le dijo que Farid, el noble con el que ahora trabajaba tenía una invitación para las cortes anunció que venía a despedirse. Farid el griego estaba en aquel momento organizando junto a un noble español las juntas de Toro y Burgos por orden del rey de España.

A Jorge le sorprendió que Florián no se mostrara interesado. Por eso dijo:

—Es posible que sea un nuevo mundo. Los mejores geógrafos de la cristiandad, incluso uno que otro musulmán y judío vendrán a Toro y Burgos para discutir qué son islas que han descubierto los castellanos y los genoveses.

—¿Qué son? —Dijo Florián extraviado— Ya los has dicho. Son las Antillas. Sócrates no estaba equivocado, pero tampoco los monjes irlandeses que sabían que en alguna parte, en los países de las especias gobiernan el Preste Juan y  el Rey Pescador. Que la Isla del Dragón y la Atlántida, tal vez incluso el Paraíso están en un lugar físico y no, como se empeñan los de este tiempo en un lugar espiritual, más allá de lo que vemos, más allá del tiempo. En eso que ustedes llaman “el mundo de las ideas.”

Ustedes. Florián no lo consideraba ya uno de ellos. Jorge no supo si entristecerse. No había deseado otra cosa que ser distinto y encontraba chocante que su hermano Florián, al único que había extrañado ahora se distinguiera de él, de Jorge, por la única razón de que él no era un fanático, porque claro, además estaba convencido de que en aquellas islas al otro lado del Mar Océano no habían reinos maravillosos sino hombres comunes y corrientes, llenos de dudas y miedos, como todos. Arrojados al mundo sin tener idea de por qué.   Y aunque los hermanos se quedaron un rato largo, mirando en la capilla que los unió desde que eran maestro y alumno, se despidieron casi sin ganas. Porque se habían distanciado para siempre. Porque en la amplitud del mundo que los navegantes y los geógrafos estaban ganando para ellos Jorge y Florián entendían cosas completamente distintas. Uno encontraba es dicha amplitud que resultaba indudable la existencia de Dios mientras que el otro se había transformado irremediablemente y descubría que todo lo que se había predicado en los últimos 1503 años era mentira; era mentira la existencia de Dios.

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