El primer cambio que notó Fabricio cuando salió al patio frente a la capilla para recibir a Jorge, fue que había crecido en serenidad. Seguía teniendo un aire orgulloso, pero se le veía más seguro de sí mismo. Se abrazaron efusivamente sin decir nada y luego caminaron por el jardín para hablar de lo que había sucedido. Jorge al principio no dijo nada, pero pronto fue evidente que comenzó a hablar de todas las cosas que había aprendido en casa de su nuevo amo, el alquimista. Dijo que no había asistido a ninguna transmutación, pero tenía esperanza en que pronto a través del esclavo aprendiera alguna.
—La transmutación es posible —dijo Fabricio—, pero sólo la del interior. Por otra parte la Eucaristía es también una forma de transmutación.
Jorge sonrió y aunque Fabricio lo había notado no pensaba arruinar el momento con agrias discusiones con aquel hermano suyo que, o no había creído nunca o simplemente había dejado de creer.
Caminaron hacia un banquillo frente a la capilla. Flanqueado por los pinos de Roma, la fachada comenzó a ponerse amarilla con la luz de la tarde. Fabricio cariñosamente, más paternal que nunca se interesó realmente por el futuro de Jorge, le pregunto que qué haría en el futuro y él dijo que Farid estaba tratando de conseguir en Sevilla permiso para trasladarse a las colonias de Castilla en las Islas Antillas. Fabricio levantó las cejas.
—Pero, las Antillas existen sólo en las historias. Son una leyenda de San Brandán.
Jorge se sintió consternado. Se imaginó a sí mismo diciendo mentiras, contando historias fantásticas y se sintió ridículo. Afortunadamente no tuvo que decir más porque comenzaron a tañer las campanas para invitarlos a rezar el angelus de medio día.
Los dos se pararon y aunque Jorge trataba de concentrarse, no podía dejar de pensar en que tal vez Farid era un loco. Un hombre enfermo a quien un decadente noble español le estaba metiendo ideas para irse a meter a alguna parte del mundo que sólo existía en la imaginación de fanáticos como estos monjes de los que venía a despedirse. Fabricio, sin embargo no podía concentrarse por las razones contrarías. Tal vez existía La Antilla, la Isla de las Siete ciudades y por tanto eran reales las historias de San Brandán. Era cierta la historia de la tortuga gigante y eso era lo de menos, abría la posibilidad de que sus historias, las historias de los caballeros andantes fuesen ciertas. Lo son, se dijo mientras rezaba automáticamente. Es cierta la historia de Artús y Lanzarote, la historia de Ginebra y el mago Merlín. Recordó que el bibliotecario le había hablado de que durante la cruzada contra los albiguenses, los dominicos habían recopilado todas aquellas historias de trovadores y habían ordenado a un monje que las cristianizara. Era así que había nacido el personaje de Galaz, el caballero perfecto, la imagen de Cristo en ese mundo pagano. ¿O habrá existido Galaz? Recordó que lo que le había contado el bibliotecario lo inquietó tanto que dudo de la misma existencia de Cristo. ¿Qué impedía que los apóstoles no hubieran hecho lo mismo? Tomado las profecías del Antiguo Testamento para inventar luego a un Mesías que las cumplía todas. La mención de las Antillas le hacía pensar que tal vez había algo realmente histórico en sus libros y en la Biblia y el mundo era mucho más maravilloso de lo que parecía tan rodeado de la simpleza de la cotidianidad.
—Cuéntame lo que vas a hacer —dijo Fabricio.
Jorge le dijo que Farid, el noble con el que ahora trabajaba tenía una invitación para las cortes anunció que venía a despedirse. Farid el griego estaba en aquel momento organizando junto a un noble español las juntas de Toro y Burgos por orden del rey de España.