114 No debes creer, me dijo el maestro de canto cuando me recibió en la Catedral, que cantar es un privilegio. Muchos muchachos se imaginan que un auténtico poeta o un cantante es privilegiado.
No lo es más que cualquier persona que tiene que aprender a cargar una cruz. No sé de dónde viene la textura de tu voz, me dijo. Sé, sin embargo, que sólo el dolor puede haberla templado. No. No es un privilegio. Quien no necesite escribir o cantar es el privilegiado. Y Dios lo recibirá con más simplicidad.
Escuchando estas historias y otras, sobre la caída de aquella ciudad que tanto me había impresionado, y yo nos volvimos amigos verdaderamente. Y la duquesa encontraba encantador que nos quisiéramos tanto. Nos tendíamos a sus pies y cuando ella se cansaba de mi lectura y se iba a tomar una bebida fresca. El dios de mayo y yo disfrutábamos la sombra en el jardín de las naranjas. Aún así, yo no dejaba de ver a la duquesa. Me fascinaban sus dientes blancos, la forma de sus manos. Cierta tristeza. Quería ofrecerme a ella como se ofrece una mascota.
El hombre se llevó a Farid lejos del enemigo, hacia el monasterio. Él vuelve, pero se encuentra con Jamil