03.05A — EL REY SERPIENTE
continuación
Pasan cincuenta años. Tengo doce. O no pasan: abro los ojos y alguien dice que Farid tiene doce años, que su voz permanece intacta, perfecta, como si el tiempo hubiera olvidado entrar en ella; huelo a piñón y algarrobo y Rashid está vivo otra vez, eso es lo primero que debería advertirme que algo está mal, pero en la fiebre uno acepta con gratitud hasta los errores. Es el amanecer del tercer día y el Centurión me lleva de la mano hacia las puertas de Damasco, camina despacio, con esa forma suya de mirar el horizonte como si hubiese algo escrito allí que no quisiera leerme en voz alta. «Ya casi llegamos», dice. Yo no respondo porque no quiero entristecerlo. Pienso en mi madre, en Omar, en Jamil contándome por centésima vez la historia del Rey Serpiente, Adán luchando en el monte Qasioun, la cueva, la sangre, la promesa; pienso sobre todo en la última cosa que mi madre me dijo antes de dejarme ir: No te olvides de mí. No recuerdo que haya dicho eso. La recuerdo diciéndolo.
Damasco nace del polvo con una nitidez que me hace daño en los ojos. La torre turquesa de la mezquita parece recién pintada; bajo ella las calles huelen a sudor, cilantro, cuero, animales, aceite caliente y miedo, un olor que no pertenece a ninguna especia pero que reconozco enseguida. Rashid me conduce hasta una tienda de telas, me sienta a la sombra y me ordena que no me mueva. «Vuelvo enseguida.» Quiero agarrarlo de la túnica porque sé que si se aleja va a morir con una lanza atravesándole el cuerpo, ya lo he visto, estoy allí cuando ocurre, tengo la cara contra la arena y una hormiga pasa junto a mi boca; sin embargo no hago nada. Rashid se pierde entre la gente y entonces aparece el Encantador de Serpientes. Es el mismo y no es el mismo: más delgado, quizá más viejo, la flauta pegada a los labios, la serpiente negra subiéndole por las piernas con una lentitud casi afectuosa. Tres notas. El Rey Serpiente sale de la historia de Jamil y entra en la plaza. Lo miro y por unos segundos todo lo demás desaparece, hasta que unas manos gruesas me agarran por los hombros.
—Este servirá.
El árabe del hombre es ronco. Intento gritar a Rashid, pero una palma me cubre la boca y me levanta casi del suelo; veo pasar el muro turquesa de lado, después un toldo rojo, después los pies de una mujer, después nada que pueda conservar. Me arrastran por callejones tan estrechos que los hombros de los hombres rozan las paredes, la flauta continúa a lo lejos y yo sigo esperando que aparezca Rashid, porque en esta versión todavía está vivo y por tanto puede salvarme. No aparece. «Cállate, niño», dice alguien, y me doy cuenta de que estoy llorando sólo cuando la mano que me tapa la boca se moja. Es extraño: recuerdo no haber llorado. También recuerdo esto.
El olor a humo y hierbas dulces me despierta. Tengo las muñecas atadas, hinchadas por la cuerda, y estoy en una choza que nunca he visto y que conozco perfectamente; una mujer muy blanca permanece sentada junto a una lámpara de sebo, observa el suelo para no mirarme y, cuando intento mover las piernas, un dolor profundo me devuelve de golpe al cuerpo. Hay vendas. Hay sangre seca. Hay una parte de mí que ya no puedo encontrar y que, sin embargo, duele. Del rincón sale un hombre rubio, veneciano quizá porque alguien piensa la palabra veneciano y la palabra aparece en mi cabeza antes que él. «Serás un niño por siempre», dice. Ya he oído esa frase en la carreta, o después, o dentro de cincuenta años. Se inclina hasta que siento su aliento y me toca la frente como si comprobara la fiebre. «No temas. Así lo quiso Dios. Así has de morir.» Quiero preguntarle qué clase de Dios decide esto y no puedo; él acerca la boca a mi oído y añade, casi con ternura: «Te regalo la inocencia. La eternidad de los que nunca crecen.» No sé si lo dice de verdad o si soy yo quien necesita que alguien lo diga para poder odiarlo.
Hay una alberca de piedra en algún lugar, aunque la choza no tiene alberca. Escucho caer el agua: una gota, otra, otra. Tres. Cada una abre una habitación distinta. En una está mi madre; en otra Rashid permanece de rodillas con la lanza atravesándolo; en otra yo aún espero bajo las telas de Damasco y nadie viene a buscarme. El veneciano arroja algo sobre las brasas y el humo sube rojo y verde, se retuerce, se convierte en las dos serpientes que vi en la habitación blanca, luego en olas, luego en caminos. Así quiso Dios. Intento decir que no. Lo que sale es otro nombre.
—Cristóbal.
La mujer levanta la cabeza. El veneciano me mira como si yo acabara de responder una pregunta.
Cuando vuelvo a abrir los ojos estoy solo y no estoy solo; la choza sigue allí, pero detrás de la ventana rota aparece la pared blanca de Chipre y detrás de esa pared la pirámide imposible, y detrás de la pirámide el muro turquesa de Damasco. Me incorporo cuanto puedo. La herida arde. Pienso que la cicatriz es mi nuevo nombre y enseguida me avergüenza la frase, demasiado perfecta para un niño con fiebre, de modo que intento olvidarla; por supuesto no puedo. Afuera el mundo continúa como si nada hubiera sucedido. Un animal rebuzna. Alguien discute un precio. Una campana suena lejos. Me toco la garganta y mi voz sigue siendo la misma.
—Farid.
Hakim está sentado junto a la cama.
No sé cuánto tiempo lleva ahí.
—Rashid —digo.
—Está muerto.
La respuesta me irrita porque hace un momento me llevaba de la mano.
—No.
Hakim espera.
—Me dejó en el mercado.
—No.
—Dijo que volvía enseguida.
—Farid.
Lo miro. Su cara permanece inmóvil, pero ahora comprendo que lleva un rato observándome de esa manera en que los médicos miran un cuerpo y los sacerdotes una mentira.
—¿Quién es Omar? —pregunta.
No respondo.
—¿Y Jamil?
La habitación se enfría.
—No sé.
—Has hablado de ellos durante tres días.
Quiero cerrar los ojos, pero él continúa.
—También has dicho Cristóbal. Y Antón.
—Antón está aquí.
Hakim mira hacia la puerta.
No hay nadie.
—¿Quién es Antón?
Vuelvo a escuchar la pelota botando contra las baldosas. Una vez. Dos. Tres.
—El hombre rubio trajo un libro.
Hakim no me corrige esta vez.
—¿Qué libro?
—Uno sobre una piedra que cayó de la corona de Lucifer.
Algo cambia en su cara, muy poco, pero lo suficiente para que por primera vez tenga la certeza de haber dicho algo que él reconoce.
—Eso no lo has soñado —dice.
Después se levanta.
—¿Entonces dónde lo leí?
Hakim recoge el cuenco de agua, acomoda la manta sobre mis piernas y tarda demasiado en responder.
—Esa es una pregunta más peligrosa.
Sale de la habitación. Yo me quedo mirando la puerta hasta que vuelven las tres notas de la flauta y comprendo que el Encantador de Serpientes sigue esperándome junto al muro turquesa.
Esta vez no sé si está en Damasco.