F0013 · 03.05 — ALMENDRA

03.05 — ALMENDRA

ca. 1525 · Nueva España, lugar todavía indeterminado — Farid, 12 años físicos · Hákim, ca. 540 años (aparenta unos treinta)

Todas las palabras empiezan a significar lo mismo.

La mañana está fría y no consigo atender a las reglas del tajwīd. Repito una frase del Corán, vuelvo a empezarla, pierdo una consonante, la encuentro, y mientras intento colocar la lengua donde corresponde escucho los pájaros del patio, el agua en alguna parte de la casa y mi propio corazón, demasiado fuerte para una tarea que exige precisión. Alberto está sentado frente a mí. Parece concentrado hasta que extiende la mano y toma la mía. Lo hace despacio, sin mirarme, como si necesitara comprobar algo. Tiene los dedos helados.

—Siente. Qué frío estoy.

Lleva mi mano hasta su mejilla.

La frase me atraviesa antes que el frío.

No retiro la mano. Tampoco sé qué hacer con ella. Alberto cierra los ojos un instante y yo pienso inocente, aunque ya sé que esa palabra no arregla nada. La noche anterior paso horas dividiendo el mundo entre un sí y un no: preguntarle, no preguntarle; decirlo, callarme; descubrir que me quiere o descubrir que he convertido unos dedos fríos en una historia que sólo existe dentro de mí. Al amanecer la pregunta continúa intacta.

¿Me quieres como yo a ti?

Parece sencilla mientras no intento pronunciarla.

Isha aparece cada vez que consigo quedarme a solas con Alberto. No lo hace a propósito —o eso quiero creer—, pero siempre está allí: necesita una cuerda, trae agua, pregunta por una palabra, busca a Jorge. Empiezo a odiarlo con una injusticia que me avergüenza. Necesito apenas unos minutos. Quiero decirle a Alberto que ya no puedo aprender palabras sin que él se meta dentro. Almendra son sus ojos. Sal, su boca cuando vuelve del río. Cascada, la forma en que se ríe cuando intenta no reírse. Luciérnaga no significa ya un insecto; significa que lo he visto entrar de noche con una lámpara y desde entonces cada luz pequeña lleva su cara. Todo el idioma conspira contra mí.

Quiero un sí. No deseo todavía nada más extraordinario que eso: ganar el derecho a pronunciar su nombre sin sentir que estoy robándolo.

Por la tarde encuentro a Jorge en el jardín. Alberto se ha quedado dormido contra él, agotado, la cabeza apoyada en su pecho. Jorge me mira por encima del cabello negro del muchacho y durante un momento ninguno habla. Después me abraza con un solo brazo para no despertarlo. Huele a tierra, lana y humo.

—¿Qué voy a hacer cuando te vayas?

—No lo sé.

—Tal vez buscarte.

No pregunto dónde. He aprendido que cuando alguien me promete buscarme la geografía sobra.

Me separo de él. Alberto continúa dormido.

Cuando abre los ojos yo ya estoy al otro lado del jardín y Jorge se ha levantado. Alberto toca el lugar vacío a su lado con esa alarma instantánea de quien despierta y cree haber sido abandonado.

—¿Dónde voy a buscarte? —dice.

No sé si se lo pregunta a Jorge.

No sé si me lo pregunta a mí.

La escena cambia sin avisar. O quizá no cambia; quizá sólo levanto la cabeza y detrás del jardín aparece el pueblo, la selva, el río que devuelve un pedazo de cielo y la iglesia que crece al otro lado de la plaza. Todavía están construyéndola. Las piedras vienen de edificios anteriores que los vencedores llaman ídolos y los hombres del lugar llaman de otras maneras cuando los españoles no escuchan. Las veo pasar de mano en mano: una piedra baja de una pirámide y semanas después está sosteniendo un arco cristiano. A veces pienso que los dioses no desaparecen; sólo cambian de carga.

Yo canto allí.

Eso sí lo entiendo.

Canto y llegan personas que no vendrían por el sermón. Primero niños; después mujeres; después hombres que se quedan cerca de la puerta como si entrar fuera todavía conceder demasiado. No comprenden todas las palabras. Yo tampoco. Pero la voz no necesita entenderse completa para llenar una nave. La fábrica crece, los muros suben, aparecen campanas, y Jorge bromea con que estamos conquistando almas con música porque las armas ya hicieron demasiado ruido.

En sus días de fe se imagina caballero. Lo dice sin vergüenza.

—Tú eres el general.

—¿De qué ejército?

Señala las campanas.

—Ése.

Me río.

Entonces aparece Inés Cornaro.

No físicamente. Primero aparece en una historia.

Jorge me cuenta que su abuela —o la abuela de Alberto; cada vez que intento ordenar este parentesco alguien lo cuenta de otra manera— aprendió el amor en tres lugares: de su madre, de los sermones del sacerdote y de las novelas de caballería que le leían en el jardín de la villa. El esclavo que pronunciaba aquellas historias para ella terminaba creyéndolas también. Inés esperaba que el amor llegara como llegan los ángeles exterminadores: partiendo una vida en dos, antes y después.

A veces, cuando Jorge habla, otra voz entra en la historia y dice:

Mi abuela Inés.

No es mi voz.

La dejo pasar.

Alberto empieza a llamarla mi amor jugando, sin sospechar lo que esas dos palabras hacen cuando se repiten demasiadas veces. Después la broma se vuelve una estrategia. Quiere que Jorge lo mire. Quiere comprobar algo. Una voz —la misma que a veces parece conocerlo mejor que él— le dice que eso no es amor, sino orgullo.

A Jorge sí lo amas. A Inés quieres amarla para demostrar que puedes.

Alberto no escucha.

O escucha y continúa.

Su primer plan es ridículo: besar la mano de Inés Cornaro.

Lo prepara como si fuera una campaña militar.

Deja de comer algo que le gusta. Se obliga a levantarse antes del amanecer. Camina descalzo una parte del camino. Acumula pequeñas mortificaciones con la superstición de todos los amantes: si sufro esto, el mundo me concederá aquello. Si renuncio a esto, ella extenderá la mano. Si hago esto bien, Jorge tendrá celos.

Yo lo observo y pienso que el amor nos vuelve religiosos incluso cuando no creemos en nada.

Después recuerdo su mano en la mía.

Siente. Qué frío estoy.

La mejilla helada.

Almendra.

Sal.

Cascada.

Luciérnaga.

Intento volver al tajwīd, a la consonante exacta, a la lengua obedeciendo una regla anterior a nosotros.

Pero todas las palabras vuelven a iluminar el mismo nombre.

Alberto.

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