03.06 — LA LUNA SOBRE EL MAR
ca. 1495 · Mediterráneo oriental, rumbo a Chipre — Farid, 12 años físicos · Hákim, ca. 510 años (aparenta unos treinta)
La luna vuelve blanca todo lo que toca, incluso aquello que no quiero recordar.
Es otoño y la noche es templada. Desde una escotilla veo la luna extendida sobre el mar, sobre la cubierta, sobre las velas hinchadas por un viento débil. La luz entra también en la bodega y vuelve pálidas las caras de los muchachos que viajan conmigo. Son muchos, cien quizá, doscientos quizá; he dejado de contarlos. Algunos duermen, otros fingen dormir. Dicen que todos han sido comprados para servir en casas, palacios, jardines, cocinas, habitaciones que no conocen. Dicen también otra palabra: castrati. La escucho y mi cuerpo recuerda algo que quizá nunca ocurrió.
La vieja.
El hierro.
La habitación cerrada.
La frase.
Eres un castrado, Farid.
Me toco la cicatriz que creo recordar y no encuentro una verdad, sólo una sensación: una zona del cuerpo que parece pertenecer a otra historia. Hákim me abraza en Damasco y desde entonces no crezco. Eso sí lo recuerdo. Lo demás entra y sale como las ciudades que todavía no conozco.
—¿Se siente raro, verdad?
Levanto la cabeza.
Un muchacho está frente a mí. La luz de la luna le corta la cara por la mitad.
—¿Qué cosa?
Señala su propio cuerpo, no el mío.
—La herida.
No contesto.
—La mía todavía duele.
Lo dice sin vergüenza. Tampoco pide compasión. En eso nos entendemos enseguida.
—¿Cómo te llamas?
—Farid.
—No. Antes.
—Farid.
—¿Te bautizaron?
—Sí.
—¿Y antes de eso?
Lo miro.
—No hay antes.
El muchacho sonríe apenas.
—Siempre hay antes.
—Entonces no lo recuerdo.
Nos quedamos juntos mucho tiempo sin hablar. Alrededor, los otros se mueven entre sueños que mezclan desiertos, ciudades y agua. Uno llora sin despertar. Otro reza. Otro murmura el nombre de su madre.
El muchacho saca un pedazo de pan escondido bajo el jubón.
—¿Quieres?
Lo parte.
Acepto.
Así empiezan algunas amistades: sin promesas, sin confesiones, con medio pedazo de pan repartido en la oscuridad.
—¿A dónde vamos? —pregunto.
—No sé.
Desde otro rincón alguien responde:
—Venecia.
Otro corrige:
—Chipre.
La palabra me produce sabor a cobre.
Chipre.
Veo murallas que todavía no he visto, palacios venecianos, cruces, mercaderes, soldados turcos que aún no han llegado. No sé si lo imagino o lo recuerdo. Conmigo esas dos cosas han dejado de distinguirse.
Subo un poco hacia la cubierta. El mar está tranquilo. Durante un momento podría creer que viajamos por voluntad propia.
Entonces escucho el canto.
Viene de abajo.
Regreso.
En la parte más oscura de la bodega hay un hombre atado a un poste. No sé qué hizo. Tal vez intentó escapar. Tal vez se negó a obedecer. Tiene la ropa empapada porque el agua de sal entra por una abertura del casco, pero canta.
No canta para nosotros.
Canta porque todavía puede.
Su voz sube por la madera del barco como si también quisiera atravesarla.
—Si todas las aguas del mar fueran tinta —dice—, no bastarían para escribir los prodigios de Dios.
No sé si ésa es exactamente la frase. Quizá la recuerdo mal. Quizá la convierto después en otra cosa.
El hombre continúa cantando.
Yo lo escucho.
De pronto pienso en Adán dentro de la cueva, en el Rey Serpiente deteniéndose para escuchar antes de matar.
Otra vez lo mismo.
La voz gana tiempo.
No siempre salva.
Pero gana tiempo.
Cierro los ojos y oigo a mi madre:
—Reza para que el miedo a la muerte se transforme en amor.
¿A qué Dios?
El Dios de Hákim.
El del Centurión.
El de los hombres que me bautizan.
El del esclavo que canta atado a un poste.
Tal vez son distintos.
Tal vez no.
No tengo edad suficiente para resolverlo y, sin embargo, parece que voy a disponer de demasiado tiempo.
A la mañana siguiente aparece otro pasajero. Lo llaman Eneas. Sube al barco con una nostalgia que reconozco aunque no sepa de qué se despide. Pregunto quién es.
—Va hacia Occidente.
—¿Dónde?
—América.
La palabra me atraviesa como antes me atravesó Indochina.
Todavía no significa nada.
Un hombre dice que Eneas viaja con un noble bastardo ligado a la corona española. Otro menciona a los Cornaro. No entiendo cómo todas esas familias, ciudades y guerras caben dentro del mismo barco.
—Tiene sus privilegios servir a ciertas casas —dice alguien.
Miro a Eneas desde lejos.
No parece privilegiado.
Tampoco parece esclavo.
Parece alguien a quien ya le han dicho demasiadas veces adónde debe ir.
El muchacho de anoche vuelve a sentarse junto a mí.
—¿Crees en la gehena? —le pregunto.
—Sí.
—¿Y si nos volvemos infieles?
Se encoge de hombros.
—Un día podemos regresar.
—¿A dónde?
—A La Meca.
La respuesta me tranquiliza por razones que no comprendo.
—Un día.
—Tal vez.
La luna ya no está. El mar sí.
Apoyo la cabeza contra la madera y cierro los ojos.
Pienso en Hákim.
Pienso en Damasco.
Pienso en un cuchillo que quizá nunca tocó mi cuerpo.
Y después vuelvo a escuchar el canto del hombre atado.
No sé a dónde vamos.
Pero la voz sigue adelante.