F0602 · Héctor vivió diez años en el monasterio y su voz voz…

Héctor vivió diez años en el monasterio y su voz voz no cambiaba. Creció el amor de Rashid y crecieron también las suspicacias del más pequeño. Isha se volvió aquel año un muchacho de facciones toscas y se dio cuenta de que había algo malo que unía a su hermano con ese exterminador que trajo el desierto. “Rashid no habla nunca de sí mismo”, pensaba Isha. Y en el hecho de que Farid no rebelase cosa alguna de su pasado, crecía la suspicacia de Isha y el amor de Rashid.

—Maldito seas —blasfemó Ilías—, por qué tenías que llevarte al más santo de los niños en el monasterio y al que tenía la mejor voz.

Me tomó del brazo, me condujo al interior del monasterio y yo no tuve tiempo de despedirme de mi mamá. Mejor así.

No era la primera vez que Alejo escuchaba ello. Lo había escuchado con Alexander quien a partir de que su hermano se había ido cayó enfermo. Sufría fiebre y soñaba que ardía en ella. Se introducía en un fuego en el que su hermano Alejo cantaba al Dios eterno de tres rostros y una sola esencia en que se confundían el misterio de la justicia y el amor, la misericordia y el infierno, el fuego y el agua. El padre Lionel miraba preocupado al monje. No había perdido sólo al pequeño Alejo. Ahora Alexander dijo el médico, corría el riesgo de morir. Sudoroso se despertaba tratando de convencerse de que estaba aquí. Que no lo había alcanzado el fuego del infierno donde de nada le valdría elevar cantos a Dios. Volvía a hundirse en sueños heréticos en que se veía subiendo a un árbol desde el que se veía la plaza del pueblo de su niñez. Ahí, en lo alto de aquel árbol, alcanzaba a ver a dos gemelos que se enredaban en un abrazo del que volvía a surgir un fuego que los fundía en un solo cuerpo en el que compartían manos y un corazón, se unían en un placer dulce y culpable se amaban como quien ama la tristeza o el dolor. Y la tristeza no se fue hasta que una mañana amaneció y se dijo con toda sinceridad: es verdad que lo extraño.

Enredarse, serpiente, música. 

Alexander había escuchado a Alejo poco después de que vino al convento. Era tartamudo y el hermano Lionel tenía pocas esperanzas de que de aquella voz pudiese surgir algo, cualquier cosa que sirviera para alabar a Dios.

—¿Para qué quieres aprender a cantar? —Había preguntado.

El monje contestó con simplicidad que no deseaba aprender a cantar y Alexander y Lionel lo miraron muy sorprendido, pero después dijo con aquella voz tartamuda:

—Pero cantar es un acto de justicia hacia Dios.

Un día los pastores fueron al mar. Comieron sobre la playa granadas, higos, aceitunas, naranjas. Farid se preguntaba ¿acaso me querrá como yo lo quiero? Y Rashid sólo pensaba en ser santo. Las cosas llegaron a un límite insoportable una tarde en que estuvieron nadando hasta que llegó la tarde, comenzó a hacer frío y Rashid tomó la mano de Farid, se la llevó a su cara y le dijo:

Un niño mira en Damasco al encantador de serpientes. Detrás de la mezquita azul se esconde el sol y exhala un rayo de color verde violeta.

En La Habana, Farid mira el mar de La Habana. El sol se disuelve en el mar. Expira con un suspiro verde violeta.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes