Ahora, repleto ya del español de los conquistadores, Al-Farid casi ha olvidado el árabe. No recuerda el nombre de ningún beduino ni el sabor de lo que comían. Solo hay en su cerebro imágenes desarregladas que lucha por enfilar.
La catedral estaba llena de gente que había venido a escuchar a Farid. Zumárraga tomó la hostia y dijo: “Cuerpo de Cristo”, y David respondió: “Amén”. David se hincó y pensaba dentro de sí: “Dame, Dios, una señal. ¿Qué es esto?” Farid había preguntado cuando David colocó en la mesa el grueso libro de las transfiguraciones: “Sé quién eres, Farid”, dijo, y antes de que comenzara a poner en duda todo lo que le decía, quería que hablaran de la verdadera doctrina de Cristo. “¿La verdadera?”, preguntó el niño, con ganas de irse detrás de la ventana y detrás de lo que atisbaba detrás de la garganta, la locura hermana de la flojera y la angustia de quien no puede terminar de narrar. “¿No es acaso la doctrina que nos enseñan los frailes?” “No, no exactamente.” “¿Entonces?” Dime algo, dijo David: “¿Has escuchado hablar del Grial?”
Recuerda, Farid, el desierto y caminar junto a tu madre. El sol pesaba como un fardo. El camino estaba lleno de alimañas. Arena, piedra. La frescura del agua. Agua, Farid. Cantas y recuerdas el agua.
Silencio.
Ahora, su señoría reverendísima habla a los fieles desde el púlpito de la catedral. Les pide que vengan a misa. Los invita a enterrar a sus muertos allí. Pero, piensan todos, ¿cómo, si esta es una catedral temporal? Mejor nos vamos al templo de San Francisco.
Agua, Farid. Te acuerdas de todas las fuentes que has visto. Imposible pensar en toda el agua.
Pensaba Farid en el agua. No podía pensar en otra cosa después de unas horas en el desierto.