Farid llegó a México en 1530, apaleado. Había pasado tres meses en el navío veneciano, convertido en mercancía del señor Cornaro, un traidor de cabellos rubios que se hacía llamar rey de Jerusalén. Una semana en la carroza de la catedral, durmiendo en chozas húmedas en una selva que le robaba la respiración. Farid cruzó la selva y en Bolonia coronaron al último emperador del Sacro Imperio Romano; el papa Clemente le colocó la corona.
Hay cicatrices en el corazón del dueño de Farid. Cicatrices que se abren y sangran. Él quiere abrir a Farid y vengarse. Vengar en el infiel el sufrimiento de ser impuro y contingente, de padecer de la columna y sentir que tal vez sea un castigo de Dios por no haber creído en él, casi nunca.