F0580 · Pero pasó el tiempo de la flor y del canto, de…

Pero pasó el tiempo de la flor y del canto, de aprender la poesía para cumplir un cometido que aún seguía siendo un misterio. Y ella había decidido no pensar en ello. Lo decidió no sin darse cuenta de que lo hacía porque no quería pensar. Pensar la alejaba del placer de este aquí y ahora que nunca le había parecido tan placentero. Pensar la cicatrizaba porque se sentía como la pareja originaria en el jardín del que Ometecutli, cuando se dividió en varón y hembra habitó vuelto uno, como ella con Ilhuítl, convertida en una unidad de amor y placer y pereza. No había tiempo que los cicatrizara y ni siquiera el hacer sus necesidades se interponía entre ella y el amor que parecía perfecto porque Ilhuítle también para ello tenía reglas sabias en las que había aprendido que el asco es para quien no ha pensado suficientemente en las formas de deshacerse de él, quien no se da un tiempo para la limpieza de ser dioses en este jardín primigenio en el que vivían como, muchos años más tarde imaginaría, habían vivido Adán y Eva, el jardín del que pronto serían expulsados, no por una serpiente sino por una voluntad mayor y quizá más sabia que la de ella que, después de todo no era otra cosa que una princesa que demasiado pronto se había encontrado con su propia condición de esclavitud. Porque una tarde especialmente hermosa, entre besos y caricias, bajo la sombra de un hermoso árbol él le había dicho la verdad. Aquella voluntad que la llamaba más allá de este sitio era en efecto un Dios y un soldado, era un hombre como Ilhuítl. Y un 

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hombre al que Tenépatl a pesar de su corta edad había deseado. Todo aquel tiempo había servido para entrenarla para vivir en la corte del rey maya. Tenépatl lo escuchó muy sorprendida. Muchos años después sonreiría recordando cómo se había enfurecido. Se lanzó sobre Ilhuítl, se había roto de un golpe la paz del edén en el que cada momento de la vida humana tenía un momento para ser santificado. Lo golpeaba y lloraba y lloraba sin saber por qué. Confundida del todo porque era verdad que cuando llegaron a este rincón desde el que se miraba el mar ella se había sentido muy decepcionada. 

No había encontrado en aquel muchacho ningún atributo y no se esperaba de la esclavitud, ni siquiera el placer que había sentido la primera noche en que él se introdujo en su lecho y le acarició el cuello y le dijo palabras que lejos de enrojecerla la inflamaron de amor. No. No había en Ilhuítl ningún otro atributo que ser casi un muchacho, como ella misma. Y ella que había deseado entregarse al rey había imaginado, quién sabe por cuestión de qué clase de pensamientos idiotas que le pertenecía, que aquel muchacho era su dueño. Pero peor, las cosas habían sucedido de tal modo que ella también se había convertido en dueña de él. En cierto modo, en efecto, ella se había creído su poseedora. ¿Acaso no le había pedido que le dijese qué le gustaba? ¿Acaso no habían hablado entre murmullos de mar de lo que ambos 

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deseaban más en la vida? Ilhuítl soportaba los golpes de Tenépatl sin decir absolutamente nada. 

ANAGNÓRISIS CLÍMAX DESENLACE B 

Sólo le detenía las manos por las muñecas y procuraba mantenerse lejos de sus patadas y rodillazos, de la cabeza que se lanzaba para adelante para golpearla. ¿Por qué estoy tan enojada? Finalmente, furiosa se largó hacia la playa y se lanzó al mar. Ilhuítl fue tras ella y la miró nadando hacia el horizonte. No llegaría muy legos. Se sentó a esperar, sin quererlo hacía sobre la arena jeroglíficos que muchos años atrás a él también le había enseñado un hombre, en este mismo lugar. Un hombre a quien él también había amado. Sabía lo que estaba pasando por la cabeza de aquella muchacha furiosa que daba brazadas furiosas con dirección al horizonte. ¿Y si decidía ahogarse? Seguramente le golpearían. Dejaría de ser el mayordomo encargado de enseñar a los muchachos y a las muchachas del harén de Tabascoob cómo comportarse en la corte. Dejaría de ser uno de los favoritos del rey. No le importaba. El suyo era un puesto que todos los esclavos envidiaban pero Ilhuítl había llegado a la conclusión de que no había nada amable en enamorarse año con año de un niño o una 

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niña que nunca serían suyos. Como Farid había sido castrado. Como Farid, había sido operado con un arte que no le impedía ni dar ni recibir amor del cuerpo. 

Era un esclavo cuya única utilidad era amar y ser amado. Para ello había nacido y a decir verdad (se daba cuenta ahora que miraba lo hermoso del mar y de aquella muchacha que nadaba sin por qué hacia el horizonte) se estaba cansando un poquito de la vida. Sin duda ser parte del harén de Tabascoob era mucho mejor que haber seguido viviendo en el caserío sin nombre en el que un soldado lo encontró muerto de miedo ocultándose debajo de una mesa. Toda su familia había muerto, pero el esclavo se dio cuenta de que era hermoso y de que podría satisfacer los placeres de un hombre noble. Y aquel hombre noble había sido Tabascoob. También él había sido entrenado en los placeres, en lo que debía decir y sobre todo en lo que no debía decir. Le habían enseñado a mirar las estrellas y a conocer su posición. Le habían hablado de la geografía del mundo y de la historia del Anáhuac. Y su maestro le había enseñado a amar y a ser amado. A encontrar la diferencia exacta entre el placer y el dolor, a saber hasta donde podía llegar con el rey y dónde podía ponerse en peligro atentando a lo que consideraba su virilidad. Había pocos placeres a los que el rey de Tabasco no fuese aficionado pero, por ejemplo, no le gustaba que los muchachos le dijesen palabras de amor. 

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Era necesario ser muy cuidadoso, le había enseñado Ehécatl, su maestro. Se le podía halagar el cuerpo y su inteligencia, pero si se le decía amado mío pondría en peligro su vida. Tenépatl se había cansado de nadar. Se encontraba en este momento allá a unas brazadas a lo lejos y estaba gritando furiosa. Tenía cara también de que estaba llorando. Un día, justamente para saber en qué consistía el peligro de murmurar palabras de amor al rey, Ilhuítl le había dicho amado mío. El rey se había detenido. Lo había mirado curioso y había sonreído. Lo besó e hicieron el amor como lo habían hecho muchas veces, pero nunca volvió a llamarlo. Había escuchado que otros favoritos habían perdido la cabeza por menos de eso. En cambio las mujeres, era sabido, tenían que llenarlo de halagos, decirle cosas hermosas y hablarle en el lenguaje de la flor y el canto. 

Ya era de noche cuando Tenépatl entró a la habitación. Ilhuítl había encendido un fuego que se había hecho pequeño en el hogar. No hacía frío, pero la princesa estaba temblando. Se aproximó al fuego y se puso en cuclillas. Ilhuítl se dio cuenta de que había regresado pero supo que lo mejor era esperar a que ella misma hiciera algo. Lo miró. Se miraron fijamente. ¿Lo odiaba? Ella se aproximó y lo besó. Se subió sobre de él y cuando él estaba excitado y listo para hacer el amor le preguntó: 

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—¿Por qué? Ilhuítl estaba extrañado. Tenía la disciplina para poder detenerse en cualquier momento del amor y sin embargo nunca la había deseado tanto.

—¿De qué hablas? —Preguntó.

—¿Por qué hiciste que me enamorara de ti? Él la cogió por los hombros y la volteó. La tomó por la cintura y la penetró violentamente. Ella se arqueó y él comenzó a besarle la cara y a murmurar que no había deseado enamorarla, que había cumplido un encargo, el encargo de enseñarle que no es oportuno enamorarse nunca, que enamorarse es la única maldición del hombre verdaderamente libre. Puedes ser un esclavo, le dijo, puedes conquistar un imperio, pero si te enamoras estarás a merced de las habladurías de tu amante. ¿Qué será de ti, pequeña Tenépatl, qué será de ti? Todo el placer contenido explotó rápidamente. El deseo se transformó en un odio seco. Odiaba a su madre por haberla vendido, a su padre por haber traicionado la única promesa que le hizo y a este hombre lo odiaba por la extraña sensación de que lo amaba como nunca pensó que se pudiera amar a nadie. Nos encontraremos en la corte, dijo él, nos veremos y nos olvidaremos. Tú tendrás otra clase de amistades, las amistades de una esclava de rey. Toda clase de personas querrán seducirte, pero no les será tan fácil. Tú y yo, a partir de este día no 

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nos volveremos a hablar nunca. Tenépatl se cubrió y miró fuera de la ventana. No había luna ni nada especial. Al día siguiente comenzó el camino rumbo a la capital del rey donde se le asignaría una habitación y donde sería entregada oficialmente al emperador Tabascoob quien justamente esa tarde había recibido en una reunión oficial al rey de Veinte Aguas, el pueblo de Atonatiuh. Evidentemente no había en Tenépatl absolutamente nada que le recordara aquella otra vida en que un niño de aspecto frágil se había inclinado ante ella para prometerle que sería su esposo por siempre. Ilhuítl cumplió su promesa y cuando Tebascoob llamó a Tenépatl por primera vez a su lecho, ella supo exactamente lo que tenía que hacer. Lo más importante de todo, sabía que no debía enamorarse de modo que cuando el rey le pidió que se quedara, ella lo hizo sin tristeza ni deseo. Sabía que sería amada y por alguna razón tuvo la certeza de que las artes que había aprendido le entregarían un mundo. 

—¿Cómo te llamas? —Preguntó Tabascoob Tenépatl lo pensó y por primera vez utilizó su segundo nombre, el nombre que le habían dado los astros. Atreviéndose a ser amorosa, justo como le había enseñado Ilhuítl, se atrevió a dar un beso al rey y le dijo:

—Mallinalli. Y así fue conocida en la historia de México, como Mallinalli, doña Marina, Mallintzin. 

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Miclanteotl había accedido a beber con Temú, pero a decir verdad, se sentía un poco fastidiado. La charla de Temú no parecía tener un rumbo fijo y, lo peor, no parecía terminar nunca. Se distrajo mirando el atardecer, las nubes y a Iyali que conversaba con Quetzalli. 

—¿Se llama Yareth? —preguntaba Iyali. 

La otra avivaba en la muchacha el deseo, hablándole de cuánto era deseada por él. Los celos habían comenzado a entrar en ella porque lo deseaba y deseaba estar con él a pesar de su matrimonio con Temú. 

—En la fiesta de Veinte Aguas estaba besándose con otra mujer. 

—Bueno —replicó Quetzalli—, tú te estabas besando con Temú. La imagen le trajo amargura a Iyali. Recordó la fiesta, le recordó haber musitado su nombre y haber escuchado el de aquel muchacho cuyo aspecto le enternecía y al mismo tiempo le parecía feroz. Era una extraña mezcla de sentimientos. Recordó que se había puesto en peligro. Si hubiesen notado que estaba coqueteando con otro hombre podrían haberla matado. 

—Sí. Me gusta. Pero… ¿Y Temú?

—Voy a contarte algo —dijo—. Miclanetótl está un poco cansado de su marido. 

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Iyali sonrió cuando volteó a verlos. Efectivamente Miclanteótl parecía a punto de echarse a dormir. 

—No le interesan —siguió Quetzalli—, ni él ni su hermano Dariú. Creo que muy pronto vas a poder deshacerte de ellos. 

Iyali sonríe en complicidad. Tiene aspecto de una niña.

—Si algo les pasa. No lo sé. Creo que sería muy feliz.

—Si algo les pasa, vamos a necesitar a alguien que sea cacique de las islas que hoy 

creen que les pertenecen. El problema era, claro, el padrastro de Iyali; Ejered había concertado el matrimonio 

y no iba a estar muy contento de que desobedecieran sus órdenes como jefe de clan.

—Fue por intervención de Ejered —dijo Iyali— que me casé con Temú.

—No tienes de qué preocuparte —comentó Quetzalli, el pueblo de Veinte Aguas y 

los mexicas van a seguir apoyando a tu familia.

—El problema es que Temú hizo jurar a todos en su familia que defenderían mi 

matrimonio. Quetzalli está interesada. 

—¿Por qué? 

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—Lo sabe —dijo Iyalli—. Sabe que en cuanto él voltee las espaldas va a haber quien quiera matarlo para quedarse con su territorio. Y para casarse conmigo. 

—Pero, ¿quién es la jefa de todos ellos? Iyalli sonríe.

—¿Tú?

—Miclanteótl y yo. Y ni siquiera toda esa familia puede contra lo que nosotros 

representamos. Entre Miclanteótle y Quetzalli había algo más que una complicidad. Había una suerte 

de conexión hipnótica. Sonrió ella y él sonrió también. 

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Bartolomé de las Casas había nacido en Sevilla en 1474. Ahora se dice que nació el 11 de noviembre de 1484, algo difícil porque no podría haber sido tan joven cuando estudió derecho. Se dice que nació en Triana, Sevilla. 

En aquel tiempo los judíos habían sido obligados a convertirse y la familia al menos en apariencia abrazó su nueva fe con ardor. Le hablaban de historias de la Reconquista y de don Pelay. El niño soñaba con aquel hombre que en su imaginación era enorme, no sólo como imagen, también como figura. Estudió derecho hacia 1490 en Salamanca.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes