Cuando llegó la noche, el consorte invitó a Farid a dar una vuelta por el Trastévere cosa a la que el muchacho aceptó de buena gana. Le pidió, sin embargo que viniera Alberto y así lo hicieron. Era la primera vez que Alberto estaba en la ciudad más allá de las siete de la noche. Roma le pareció sucia y mal oliente. Se fueron a una tratoria de mala muerte donde el Consorte gritó:
—Trátanos bien.
Parecía ser una clave porque apareció un cocinero gordo que con acento marcadamente romanacho trajo vino para todos.
—¿Así que fuiste monje —preguntó el consorte.
Alberto dijo que sí, como si le avergonzara confesar que era creyente. ¿Lo era? En aquel momento no lo sabía. Y hubiera querido comentar del libro que había estado leyendo en los dos Días que había vivido en Casa de Dante, pero lo único que pudo decir fue que lamentaba no haber tenido la posibilidad de ir a misa en todo este tiempo.
Garci estuvo a punto de soltar la carcajada porque se había dado cuenta de que Alberto era un pequeño hipócrita que lo único que había
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aprendido realmente en el monasterio era a ocultar lo que estaba pensando. Pero el duque de Solier no estaba para bromas.
Aquí, dijo, podemos hablar sin miedo. Sin necesidad de ocultarnos de nadie. Los condotieres papales no se meten en estas hosterías ni saben comer tripas a la romana. Lo suyo son los quesos caros, los vinos demasiado dulzones. Garci no había llegado a ser señor de la Villa de Tuberos y Carbajal por sus buenos modales cristianos. Le contó que se había casado con la duquesa Fernández de Córdoba porque la amaba sí, pero también porque todos en las ciudades romanas estaban buscando un buen matrimonio. Alberto se sorprendió realmente. Descubrió, para sorpresa suya de todas las cosas en las que era inocente. Y se avergonzó. Deseó ser más como estos hombres, como Belbo el tabernero, como los hombres y mujeres que eructaban y bebían sin preocuparse de qué dirán.. Más incluso como Farid el misterioso muchacho que lo miraba siempre como si quisiera seducirlo.
El grupo en la Casa de Dante, dijo Garci tiene una misión y es desatar la mente del cristiano de todas sus ataduras. Las patrañas que nos han metido en la cabeza desde hace tanto.
—¿Odian a la Iglesia?
—Algunos sí —dijo Garci con simplicidad— yo, por supuesto que no. Ni siquiera es un bien, es un bien necesario. Pero no es la verdad porque no existe tal cosa como toda la verdad.
Tartamudeando, avergonzado y como si estuviese a punto de decir una blasfemia en el refectorio del monasterio, Alberto dijo entonces que había leído el libro de Hermes Trismegisto en la biblioteca de Isaac. Garci sonrió. Lo sabía. El bautismo de sabiduría, le dijo lo estaba llamando. Poimandrés lo estaba llamando para iluminarlo desde adentro y para siempre.
El viento que había soplado toda la tarde limpió las nubes. Salieron a caminar. Alberto se dio cuenta de que Garci no tenía miedo de los asaltantes en este barrio que siempre ha tenido fama de peligroso porque lo seguían un par de condotieros que sabían disimular en la oscuridad. Siguieron el camino del peregrinaje cristiano. De la casa del apóstol Pablo (que decía la tradición que estaba en el Trastevere, en viale della Luce) hasta el Vaticano
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aunque Garci advirtió que se detendrían mucho antes de entrar a esa cueva de ladrones de la que se habían adueñado los españoles. Lo decía, y a Alberto le sorprendió, como si él mismo no fuese un español. Le habló de la decadencia de la herencia, del verdadero espíritu cristiano que, dijo era el de los Hermanos de la vida común y Tomas Kempis. Era necesario, dijo, ver el
corazón y no la epidermis. ¿Todo aquello estaba en Trismegisto? En aquel momento, sin duda, a Alberto le pareció que sí. Abandonarse a sí mismo, a la cópula de la inteligencia y la mente. Odiarse a sí mismo para crear un paraíso que habitaríamos aquí, en este lugar. Habían subido hacia el Gianicolo y ahí, entre ladrones y malvivientes, el trío de conspiradores tuvo a sus pies la imagen de la ciudad de Rómulo, el sabio y el justo. Al centro podía verse sin embargo la oscuridad de la Isla Tiberina, donde están Jano y el lobo, donde aún habita Remo, la locura.
Con un resabio de lo que había aprendido durante toda su niñez, Alberto trató de defender a la Iglesia. Le habló de las universidades, del calendario y de la música, esa música que inventó un monje en Arezzo y que era la misma con la que se loaba al Dios del cristianismo y con la que se cantaban las ensaladas que tan de moda se habían puesto en los lupanares de Roma.
—Es verdad —concedió Garci—. De esas universidades ha emergido un único deseo realmente bueno. El de adueñarse del mundo y hacer de todos los mares de la Tierra un único mare nostrum, nuestro mar.
Las antorchas vibraban desde el Gianicolo hasta el capitolio donde aún vigilaban por la paz en la ciudad sagrada las esculturas gigantes de Cástor y Pólux.
—El cristianismo —seguía diciendo Garci se opone a las alianzas comerciales que pueden hacer que Roma vuelva a imperar en el mundo. ¿No es eso lo que queremos?
—Yo no —contestó Farid. Lo decía un poco en serio y un poco en verdad—. Además, dijo, no puedo escuchar que se habla mal del profeta Jesús.
Lo amaba de verdad. O creía amarlo, por que no lo había visto aún.
—No digas patrañas —gritó el duque e hizo sonar los dedos. Sus condotieres aparecieron con tres botellas de vino que les dio a sus compañeros. Y se sentaron en la plaza, como tres iguales que, amigos, se sientan una hermosa noche de febrero a charlar.
Se habló de Aristóteles y de Santo Tomás. De un mundo que, dijo el duque. Se había desplomado. Porque tenía razón Ockham dijo. No hay espacio en la fe para la razón ni viceversa.
—Si este cree en Mahoma —dijo señalando a Farid— ¿qué vamos a decirle? Que siga creyendo, pero que no intente convencer a quienes hemos sido bautizados antes de la creación del mundo en el agua de Poimandrés.
Poimandrés. Alberto se estremeció con este nombre. Y tenía razón Garci. Confirmaba la sapiencia del Corpus Hermeticum. Sólo en la razón el hombre era un igual a Dios. Sólo
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en la inteligencia podía divinizarse y las universidades que en su momento habían cumplido su misión de transmitir a esta generación la sabiduría de los griegos ahora detenían el progreso de la ciencia. Ahora no servían para otra cosa que para hablar de apologética. De defensas absurdas que carecían de razón en vistas de una posible alianza con el Islam. Porque era posible. Aquí estaba con ellos Farid que, aunque era un esclavo parecía razonable. Ahí estaban los judíos. Habían charlado toda la tarde con ellos. Y las universidades que antaño desataron a la razón como deseaba el altísimo ahora no se interesaban en otra cosa que convertirlos a todos. Hacer de los judíos y los árabes, cristianos. No había necesidad. La razón misma que se cultivaba en las universidades, en Salamanca, en Boloña y en París comenzó a dar cuenta de sí misma y poco a poco se absolvió a sí misma de las patrañas del cristianismo. Y era Guillermo de Ockham, según dijo el señor de Montijo era el alemán que había liberado a la mente que ahora podía organizarse, gracias a la imprenta en reuniones libres del yugo del falso vicario de Cristo. ¿Cómo podían seguir diciendo que Roma era una después de lo que había sucedido en Aviñón? Nadie podía seguir creyendo que había algo santo en señor de esta ciudad (y aquí Garci señaló a toda Roma como si fuese una ramera que ha sido encontrada culpable) después del Gran Cisma.
—Tal vez —comentó Alberto, más por saber que por defender a la Iglesia— Roma ha tenido que aliarse con el imperio a causa de las invasiones de todos los bárbaros. Esta es la razón del imperio y por eso Aragón está tan interesada que el Carlos, el hijo de Juana y duque de Luxemburgo llegue, en su momento a ostentar el título de su abuelo y pueda ser emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
—Vamos con calma pequeño monje —dijo Garci completamente borracho. Aún la suerte no ha caído sobre Matías. La reina está enferma y los electores alemanes, te lo aseguro, no van a querer al nieto de un aragonés en el trono de Carlomagno.
—Han sido las universidades cristianas —dijo Alberto las que han promovido el estudio de la geografía.
—Tú los has visto hoy mismo. Han sido los árabes, los judíos y los genoveses. Han sido los mercaderes, como yo, los que estamos buscando las rutas. ¿Qué ha hecho el papa? Repartir un mar que no conoce entre España y Portugal. Los alemanes están furiosos, igual que los ingleses y son ellos, los banqueros alemanes y judíos los que controlan el mundo y promueven la nueva ciencia y el nuevo arte. Son ellos los creadores de un nuevo mundo.
—Los banqueros flamencos e italianos no tienen poco dinero. Garci sonrió.
—Te han enseñado bien la apologética del cristianismo pequeño monje. Y cantas
bien, pero no has entendido las falacias de todo eso que hoy quieren presentarnos como la única, la verdadera religión. Has leído el Corpum Hermeticum, pero dime. ¿Has leído los oráculos caldeos? Búscalos en la biblioteca de Isaac. Encontrarás ahí el lugar del que ha
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salido la noción de trinidad, las representaciones míticas y fantásticas que hoy con fantasía inocente le enseñan a un vulgo a quien quieren tener atado a sus rituales sin sentido.
Un mendigo se aproximó a pedirles una moneda. Alberto le dijo que se fuera y Garci ni siquiera lo miró. Sólo Farid extrajo de una molleja de piel una moneda que le dio. El hombre se fue dando las gracias a Cristo.
—Helos ahí —remató el consorte—. Agradecen a Cristo de su miseria.
Lo dijo tan fuerte que el mendigo volvió y escupió al suelo frente al gentil hombre. Era un gesto atrevido porque podía morir, pero el hombre pidió a sus condotieros que se controlaran. El tipo escupió y lanzó las monedas a los pies del muchacho árabe. Dijo que no podía recibir dinero de un blasfemo y se fue.
Garci recogió el dinero y se lo devolvió a Farid quien lo recibió con asco.
No discutieron más. Tampoco cantaron. Se contentaron con respirar el aire plácido que subía del bosque del Gianicolo.
Alberto se estremeció con este nombre. Poimandrés era el demiurgo del que había leído aquellos días en el Corpus Hermeticum. Sólo en la razón, repitió como para convencerse a sí mismo, el hombre es igual a un dios. Sólo en la inteligencia es posible la divinización y si era verdad lo que había leído, que antes de la creación del tiempo y del mundo, antes de la encarnación de todas las almas en este mundo imperfecto creado por Poimandrés había habido un bautizo de sabiduría, este muchacho de aspecto aniñado también se había bañado en el agua de dios.
Pero más que en el agua de dios, en aquel momento Farid estaba interesado en la cerveza. Tomó un último trago para que el dueño del tugurio le trajese más. A pesar de la prohibición explícita de su religión, el árabe estaba bebiendo. Porque era un igual a él, a Alberto: ninguno
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de los dos había nacido para sujetarse a leyes eclesiásticas. Ambos poseían la sabiduría. Alberto brindó por ello y feliz y borracho se convenció de que la sabiduría de Poimandrés lo habitaba cuando en realidad lo único que llenaba su cabeza eran los humos de la cerveza.
Salieron de la taberna completamente borrachos. Ya comenzaba a amanecer. Alberto le pidió al muchacho árabe que se detuvieran bajo un pino para mirar la Isla Tiberina. Parecía, en efecto un barco que hubiese encallado. A lo lejos se escuchaba el grito de los locos en el hospital de san Bernabé.
—Allá vive Remo —dijo Alberto, sintiéndose un místico. Y era verdad, en esta isla, desde los tiempos de Augusto encerraban a los locos y a los iluminados. A los que negaban la realidad del único Dios. Allá debían estar encerrados, pensó Alberto, todos los navegantes y prestamistas que habían venido a la reunión en casa de Isaac. Ahí debía estar encerrada la reina Isabel y el loco papa Borgia, los indígenas que trajo a España Colón y que murieron de tristeza y frío, los amigos de Bartolomé, el loco señor de Las Casas que fantaseaba con un mundo en el que no existía el pecado; un mundo de locos, sin duda, el mundo de Remo, el rey lobo. Un mendigo se acercó a ellos para pedir una moneda que le regaló Farid. El hombre se fue dando gracias a Dios y Alberto escupió:
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—Helo aquí. Esto que llaman piedad y cordura es sólo un pobre diablo que agradece a Dios por ser miserable.