13
EL JARDÍN / LA MÚSICA / LA DECISIÓN
Isaac dejó de hablar.
No porque terminara la frase.
Porque algo en Bernardo cambió.
El cáliz dejó de girar en sus manos.
Se detuvo.
—¿Lo ves? —dijo Isaac.
Bernardo no respondió.
Miraba hacia el jardín.
El jardín de naranjos
Farid tocaba.
No para ellos.
Para sostener el aire.
El laúd no vibraba fuerte.
Pero llenaba el espacio.
Como si cada nota
impidiera que algo se rompiera.
Bernardo
Dio un paso.
Luego otro.
No hacia Isaac.
Hacia Farid.
La música
No era perfecta.
Pero no fallaba.
Nunca fallaba.
Eso era lo que más inquietaba.
Isaac
Se quedó atrás.
Observando.
Como si ya supiera
lo que iba a pasar.
El encuentro
—Tal vez no seas un virtuoso —dijo Bernardo—. Pero tienes fuerza.
Farid levantó la mirada.
No sonrió.
Pero no rechazó las palabras.
El silencio
Se instaló entre ellos.
No incómodo.
Denso.
Como si algo estuviera esperando
el momento justo.
Alberto (desde la casa)
Los observaba.
No por curiosidad.
Por necesidad.
Había llegado demasiado lejos
como para no ver
lo que estaba frente a él.
El deseo
No era confusión.
No era pecado.
Era claridad.
Y esa claridad—
lo empujaba.
El gesto
Bajó las escaleras.
Lento.
No como quien duda.
Como quien ya decidió.
Isaac
Lo vio.
No se movió.
No intervino.
Porque entendía:
ese momento
no le pertenecía.
Farid
Sintió el cambio.
No en Alberto.
En el espacio.
Como si el aire se tensara.
Como si la música
ya no fuera suficiente.
Alberto
Se detuvo frente a él.
Muy cerca.
—No cambias —dijo.
No había reproche.
Había envidia.
Farid
—No.
Pausa.
—Tú sí.
Silencio.
El punto
El laúd dejó de sonar.
No abruptamente.
Se extinguió.
Como una respiración.
Bernardo
No se movió.
Sabía—
aunque no sabía cómo—
que algo iba a romperse.
Isaac
Cerró los ojos.
No para evitarlo.
Para sostenerlo.
El acto (invisible)
No hubo golpe.
No hubo grito.
Solo esto:
Alberto extendió la mano
y tocó a Farid.
No como caricia.
Como confirmación.
La reacción
Nada ocurrió.
Y eso—
eso—
fue lo insoportable.
Alberto
Retrocedió.
No por rechazo.
Por comprensión.
—No puedo alcanzarte —dijo.
Farid
No respondió.
Porque sabía:
no se trataba de distancia.
Isaac (en voz baja)
—Nadie puede.
Silencio.
La ruptura real
No fue el deseo.
No fue el cuerpo.
Fue esto:
que ninguno de los tres
pudo cruzar
al lugar del otro.
Última línea
Y en ese punto—
mínimo,
invisible—
la historia dejó de prometer
encuentro.
Y empezó a mostrar
lo único que siempre había estado ahí:
la imposibilidad
de completarse.