F0248 · —Pero este Dios es un dios débil, un dios manso.

Nadie había pensado en la posibilidad de que Moctezuma se convirtiera, como ya habían hecho el cacique de Zempoala y el propio Xicoténcatl. Sin embargo, el emperador había meditado las cosas, había rezado, había hecho sacrificios, había comprendido cosas del cielo y de la tierra. De las primeras era más difícil hablar, en cuanto a la segundas, estaba seguro ya de que la única forma de salvar su ciudad, su lugar en la historia, a su descendencia, era condescendiendo  al rito del padre Díaz. Bautizándose.

—Tarde o temprano así será. Lo queramos o no. Lo hemos visto en el Anáhuac. Son siempre los dioses de los vencedores los que adoramos en los altares.

—Pero este Dios es un dios débil, un dios manso.

—Es un misterio —pensó Moctezuma.

—Si es necesario que muera hasta el último hombre y niño para que siga viviendo Tezcatlipoca no seré yo quien le niegue la sangre.

—Que así sea.

—Que así sea, pues.

—Que caiga sobre mí la sangre de México, pero no caerá sobre mi el agua de su bautizo 

Tepeyohtli sonrió: 

—Ya lo ha dicho el emperador. Que caiga sobre ti, sobre ti toda la sangre de México, Cuauhtémoc, sobre ti Cuitláhuac, no hagas que caiga sobre nosotros.

Cuauhtláhuac se puso pálido. El general se había atrevido a llamarlo con el nombre burlón que le había dado la princesa Marina, el nombre con el que lo estaba llamando cobarde, enredoso y afeminado.

—No vuelvas a llamarme Cuitláhuac —dijo.

El dios antiguo o el nuevo dios, tomaría esa palabra. Cuitláhuac. Caría sobre ese hombre toda la sangre que estaba por derramarse y se sellaría en el nombre que  es una burla.

La música se detuvo. Los nobles habían bajado los ojos. Sólo Tepeyohtli miraba de frente a los príncipes que ahí mismo se estaban sublevando.

—No me siento bien, padre, te pido que me disculpes —Cuauhtláhuac salió.

Luego de un instante de titubeos, Cuauahtémoc salió tras él.

—Ahí van, a tratar de conseguir semejantes para sus conspiraciones

—Los soldados siguen estando de nuestro lado. Matémos a estos dos antes de que convenzan a sus ejércitos y te den las espaldas.

Durante muchos años se ha dicho que Moctezuma fue un rey débil. No lo fue por no haber acabado con Cortés, sino por no haber acabado con Cuitláhuac y con Cuauhtémoc y ellos hundirían a la ciudad blanca en la desgracia y la sangre. 

—Dame una orden, padre Moctezuma, acabaré con ellos. Con toda su descendencia.

Aún dolía en Moctezuma la tarde en que dio la orden de matar al mayor de sus hijos. Había habido una conspiración y uno dijo que lo habían visto borracho cuando construían las presas que salvaban a la ciudad blanca de las inundaciones. El rey no quería volver a sentir los remordimientos. El vacío.

—Esperemos a que las cosas se calmen —dijo el emperador—. De cualquier forma, los ejércitos son fieles a mi hermano y a Cuauhtláhuac lo apoyan los sacerdotes y a Cuauhtémoc la casta militar.

—Yo soy la casta militar Moctezuma, —dijo Tepeyohtli— y te juro por todo lo divino que daré mi vida por defender a tus herederos.

Moctezuma puso la mano en la espalda de Tepeyohtli. Estaba cansado y débil. Sí lo había debilitado el amor a su hermano y a su sobrino pues debió haber dado la orden de asesinar a quienes conspiraban al interior de su propio palacio. Debió destruir a quienes hundirían a la ciudad blanca en la desgracia y la sangre.

En el bosque, el rey el sonido del caracol. Había terminado el sacrificio de codornices. El sol comenzó su descenso, las nubes se recostaban en él y lo cubrían con mantas de color azul y verde; las plumas en la corona del rey se tiñeron de rojo. Y Moctezuma escuchó entonces los pasos sigilosos del espía quien llegó frente a él. Era la hora convenida. El espía puso la frente en el suelo y después del santo y seña dijo:

—Mi boca es tu boca, señor.

—Habla pues.

El reino de Texcoco se había aliado con los tlaxcaltecas y, cuando lo supo, el estómago de Moctezuma le dio una patada. Era amargo saberse ya completamente solo. Los enemigos de México se habían aliado con Cortés y el rey supo que su vida dependía del barbado extranjero y en su altivez se sintió confiado y se dijo: “hay algo real, el hombre rubio me respeta.” Y era verdad, Cortés lo respetaba, en aquel entonces el marqués no quería la destrucción sino el usufructo del reino de México.

—¿Qué hay de mi primo? —preguntó Moctezuma.

—El bravo Cuauhtláhuac ha dicho cosas que en mi boca pueden sonar a traición.

La destrucción del reino la querían los príncipes Cuauhtémoc y Cuitláhuac, la quería Alvarado ese malparido. Llenos de presentimientos y profecías, sus mentes estaban dispuestas a traicionar a la ciudad de las garzas y matar a la familia imperial.

—Cuauhtláhuac —dijo el espía— ha pedido a Cuauhtémoc que el ejército haga un frente común contra mi rey y señor.

Era triste. Saber que la única persona que ahora podría salvar el imperio y a su familia era el barbado extranjero que vino del otro lado del mar.

Juan Díaz vino hasta la habitación de Marina para decirle que cómo se había atrevido a decir que si la sangre de Atonatiuh corría en lo alto de la pirámide el ciclo reanudaría.

—Es lo que ellos creerán.

—Entonces —pensó Díaz—, tal vez sea necesario que se consume el sacrificio, para que aquellos hombres se den cuenta de que el sol volvería a salir al día siguiente.

—Las cosas no son como las entiende vuestra excelencia. El sol no se detendrá por la falta de un sacrificio. Comenzará solamente la decadencia. Se extinguirá toda mi civilización.

Pasó un año y una tarde en que hacía música, Atonatiuh escuchó un hermoso sonido. Era un laúd. Una tarde, Atonatiuh tocaba la flauta en su habitación de palacio. Después de todo lo vivido y todo lo estudiado, el sonido había comenzado a ser claro y hermoso. Se detuvo. Había escuchado algo. El muchacho miró en torno suyo. Tenochtitlan, lo decían las viejas, estaba llena de premoniciones y aunque hubiese querido ser siempre valiente, tuvo miedo. Se escuchaba a lo lejos, un grillo. Volvió a tocar. La música, por alguna razón lo hizo sentirse más solo. Volvió a escucharlo. Era un ruido metálico, extraño. No había oído nunca algo semejante. Dejó la flauta y el sonido aquel volvió a detenerse.

Fue a la ventana. Silencio. Iba a salir hacia el jardín interior de palacio, donde había creído escuchar el ruido cuando éste volvió. Volvió con simplicidad y gozo. Era una vihuela. Sonriendo, feliz por la belleza de semejante sonido fue hacia la ventana que daba al jardín interior. Encontró ahí, al centro del jardín a Antón Alaminos Ruiz Guadalajara, un joven soldado español que rasgaba su vigüela y luego la mostraba, seductor, a Atonatiuh.

Nada. Un grillo y nada más. Lo asustó un hombre que preguntó en un idioma extraño y siseante:

—¿Eres tú el joven dios? —preguntó en español.

Atonatiuh lo miró curioso. Evidentemente no podía entender esa lengua que había escuchado dos o tres veces y lo confundía tanto porque sus sonidos a veces le parecían infantiles, y a veces malévolos. Sin embargo, mayor que la consternación o la curiosidad era la fascinación que le producía el instrumento gordo que Roberto sostenía contra su pecho.

—No hablo castilla —respondió Atonatiuh.

—¿Qué dices? —preguntó Roberto quien tampoco entendía náhuatl.

Atonatiuh saltó a la cornisa y luego dos metros más o menos hasta el jardín interior. Se miraron uno al otro, el príncipe y el músico. Entonces, Roberto le extendió la vigüela, pero cuando Atonatiuh estuvo a punto de tomarla, lo evadió.

—Te gusta como suena ¿verdad? Se llama vigüela y la afiné yo mismo.

—¿Qué cosas dices? —preguntó sonriendo el joven dios.

Roberto tocó unas notas y luego se sentó sobre la hierba, comenzó a sonar un preludio que a Atonatiuh lo dejó asombrado por su simplicidad y belleza. Le extasiaba esa música. Sin dejar de tocar, Roberto le dijo:

—Si que te gusta ¿eh?

Atonatiuh sonrió, pero con toda la dignidad de un príncipe mexicano le dijo:

—Suena bien ese instrumento, pero suena horrible tu lengua. Sisea, como una serpiente y sin embargo, tus manos ¿cómo hacen tus manos para producir esa música?

Roberto con esa confusión tan extendida entre quienes son incapaces de aprender ninguna otra lengua, comenzó a hablar más fuerte. Gritaba como si estuviese delante de un sordo y hablando alto se pudiese hacer entender.

—¡Ten! —gritó extendiéndole la guitarra tomándola por el puente.

Sintiendo alguna amenaza, por instinto Atonatiuh dio un paso hacia atrás.

—¡Ten! —repitió Roberto.

Como aquel ciervo que había visto en el bosque el día que pronunció el juramento, lentamente, un poco inseguro, pero con elegancia, se aproximó a Roberto y preguntó:

—¿Ten?

Era la primera palabra que decía en español.

—Que la tengas, hombre. ¡Cógela pues! ¡Anda! Sé que te gusta. Puedes tratar un poco.

Atonatiuh volvió a decir:

—Ten.

Y convencido de que aquel hombre de sonrisa agradable no lo estaba amenazando, cogió a la vigüela por el puente y se sentó en la hierba para tratar de hacerla sonar.

—Esto.

—Ten.

Atonatiuh había tomado el puente de la vigüela con la mano derecha y estaba a punto de hacerla sonar cuando Roberto, entre divertido y escandalizado lo interrumpió:

—¡No! No, no. No eres zurdo, ¿qué si? Tienes que tomarla así.

El soldado le arrancó la vigüela, la giró y se la volvió a entregar, apoyándola contra el pecho del joven dios.

—Ten —repitió Atonatiuh y Roberto soltó la carcajada.

—Cógela así, como si fuera una hermosa muchacha.

Se levantó, se puso detrás de él y divertido le enseñó cómo debía colocar las manos.

—Es como una hermosa muchacha que presionas contra tu pecho —dijo—. Firme, claro, pero sin lastimarla. Tu mano. Vamos, suéltala. Mira cómo lo hago yo. Bien suelta. Ligera, ¿de acuerdo? Nada de durezas. Dicen todos que sois delicados. Bien. Ahora, abres las piernas así y aquí la colocas. Muy comodita, muy abrazadita, así y ahora.

Atonatiuh siguió los gestos de Roberto y entendió básicamente cómo es que había que coger una guitarra. Permitió que Roberto le tomase una mano y la llevara hacia el puente, donde el soldado, improvisado de pronto en maestro de música, comenzó a explicar utilizando como propio ejemplo su propio brazo.

—Firmes los dedos —dijo—, firme el antebrazo, como si empuñaras una espada, pero ligera la muñeca. ¡Muñeca! ¿entiendes? Como esas con las que juegan las niñas.

Atonatiuh repitió:

—Muñeca.

—¡Pa! Esperemos que toques mejor de lo que hablas.

Volvió a tomarle la mano.

—Los dedos, firmes, aprisionan aquí y aquí y aquí. Firmes, ¿entiendes? Y ahora ¡Pa!

Atonatiuh repitió: 

—¡Pa!

—Perfecto, haz ¡pa! Una y otra vez: ¡Prang!

Así con mímica le enseñó una posición y un rasgueo simple. Había conseguido extraer un primer acorde cuyo sonido era delicioso.

—Muy bien. Ahora, de arriba para abajo. Haz así y así: Prang, prang, prang.

Atonatiuh había entendido, rasgueó como le indicaba el soldado y:

—¡Bueno! ¡Muy bueno! —comentó Roberto quien volvió a inclinarse hacia el muchacho para pedirle que cambiase de acorde y cuando le hubo enseñado cómo hacer un cambio muy simple, buscó la flauta de Atonatiuh y le limpió la boquilla.

—No es que me des asco, ¿entiendes? —sonrió— uno nunca sabe. Sigue, siguie: ¡prang! ¡Prang! ¡Prang! Sin detenerte.

Al mismo tiempo, Roberto sopló en la flauta y:

—Déjame ver.

Roberto sopló una y otra vez y en poco tiempo comenzó a entender la forma en que estaba dividida la sonoridad de la flauta mexicana. Miró hacia el cielo, investigando con las orejas, soplaba y de pronto decía hacia el príncipe:

—Tu sige, prang, prang, prang.

Roberto por fin consiguió encontrar la tónica en la flauta de Atonatiuh. Comenzó a improvisar con el sonido de la vigüela y aunque al principio era como un amorío imperfecto, poco a poco la melodía comenzó a sonar con una belleza que parecía haber unido el gris del mar gallego con el azul del mar frente a Tabasco.

Atonatiuh, sin dejar el movimiento simple que había aprendido, rió como un niño, sorprendido de lo bien que sonaban juntos el instrumento español y el instrumento mexicano. Roberto volvió a levantarse y se aproximó al muchacho.

—Ya es tiempo, vamos allá. Ahora, cambias los dedos, aquí y aquí y aquí.

Fue así que el sonido de una melodía simple se fue volviendo complejo en aquel jardín interior. Y en las transiciones armónicas, la música fue bañando el palacio y así pasaron los días Atonatiuh aquel octubre, aprendiendo a tocar un instrumento español. Esa noche soñó con el ciervo en el bosque. Soñó que lo acariciaba y que del cielo se desprendían garzas con caras de hombres. Eran la cara de Roberto y él sonrió complacido de ser parte de ese paisaje y comenzó a cantar, a hacer música. Melodías de vigüelas y flautas que calmaban el desazón del único hachazo, la muerte. 

Nosotros ensayábamos para la misa de aquella noche y Atonatiuh escuchó por primera vez un magníficat. Comencé a enseñarle música a Atonatiuh le enseñaba música. Por aquellos tiempos ellos se volvieron mis únicos amigos y yo comencé a aprender la lengua de mi nuevo hogar. Cortés tenía ya casi un año viviendo en la ciudad imperial y quería comenzar a colonizarla poco a poco. 

Ácatl entró a la habitación de Atonatiuh. Le dijo al joven dios que hacía bien en cantar para los hombres rubios y le avisó que tenía una visita. Atonatiuh no imaginaba a quién vería. Moctezuma lo seguían dos soldados conforme habían pasado los meses, tratarlo como si fuera el emperador. Se sacrificaría por su pueblo para que siguiese. La mujer lo redujo a su estado infantil. No es difícil volver a ser niño delante de una madre que es campesina y que se presenta de pronto delante de un dios. Lo vuelve lo que es.

—Eras hermoso Atonatiuh.

Yólotl comenzó a llorar. El llanto de su madre abrió la puerta que hasta entonces estaba cerrada cerró la animal que llevan al matadero. El horror desde aquel día que miró junto a su madre en un zoológico que vino al pueblo un quetzal en el pez en el lago hasta ese momento se volvió una lágrima fue hasta su madre, se inclinó.

—No te preocupes por mí, voy a habitar la casa del sol.

Nunca la idea le pareció más falsa. tuvo menos fe en la existencia nunca estúpido morir como ahora que estaba aprendiendo música y que estaba aprendiendo tantas cosas hermosas. que había venido por donde viene el sol Manso y destrozado por todo lo visto dentro de la habitación de su muerte Ácatl le tomó la cabeza entre los brazos 

—Las lágrimas de Dios salan la tierra.

A México llegaron los primeros oidores de España. Canté para ellos y mientras yo cantaba, Atonatiuh se preparaba para morir en el lugar donde se pone el sol. Yo pensaba en Lucía y más aguda se hacía mi música cuando recordaba que hasta este lugar del mundo me había traído la obsesión de mis amores. 

Ese día se discutía en otra parte la posibilidad de imponer a sus herederos en el trono legítimo. Dos primos Cuauhtláhuac y Cuauhtémoc conspiraban contra el emperador. El más joven de ellos, Cuauhtémoc, pidió ver al joven Atonatiuh quien estaba los cortes rituales un viejo mayordomo. 

El lugar de la sabiduría, el lugar en el que el sol tiene su biblioteca y el sol viene a descansar. los guardias por un espacio amplio hacía frío. Uno de ellos le señaló el camino. A partir de ahí sólo la familia imperial y los amigos muy cercanos podían penetrar, por eso le impresionó que hubiese en cada pared hombres, pero cuando se acercó a uno de ellos descubrió que le habían arrancado un ojo nadie sabría lo que aquí estaba sucediendo.

En náhuatl tradición significa verdad acaso se puede romper con la verdad? Se detuvo en la habitación de muros grises  Un dios es dueño de la historia y la cambia a su conveniencia se contaría la coronación de Chimalpopoca, primer rey cristiano de México, para ello, sin embargo, era necesario destruir a la casta sacerdotal, a todos los nobles acabar con el antiguo México.

 “Un golpe, otra vez ese golpe, el cosquilleo ambiguo, me siento una diosa y un animal; halagada, humillada, amada.. ¿violada tal vez?” La princesa sonrió. Lo notaron, c la princesa. Lo notaron el guardia español y el guardia tlaxcalteca. Cuando ella volteó hacia ellos (sus ojos eran de paz, no de furia) los guardias que puso Cortés para que la escoltaran bajaron los ojos. Entonces, como arrebatada por un antojo ordenó que hiciera música el joven esclavo que vino de Flandes. Sonó el laúd y como parte de un ceremonial antiguo, los sirvientes supieron que tendrían que traer hijos. A Marina le gustaba saborear higos cuando escuchaba el laúd. La hacía sentirse española. “Otra vez, el golpe. Series de tres. Un anuncio sin duda. Cuánta sorpresa de Díaz que creyó que no sería capaz de entender los misterios de su Dios que es uno y tres.”

—Has sonar algo más suave —dijo la princesa en un español de ensueño.

El de Flandes cantó entonces un motete para la madre de Dios. Lo había aprendido en Italia y se lo enseñó un árabe converso. Lo hacía sonar cuando necesitaba paz.

—Eso está mejor —murmuró Marina.

 “Fernando está enamorado ¿Y por qué está enamorado? No son sólo los placeres. No ciertamente. Los militares saben escoger a sus consejeros y eso soy: un consejero. Así, en masculino. ¿Qué será del niño que me patea el vientre? Si muere la ciudad en el lago ¿qué heredará? Moctezuma está a punto de convertirse al Dios uno y tres que predica Díaz cuando levanta la cruz. Cuando Moctezuma se convierta, Cortés será embajador en estos reinos y este hijo que ya me llama en pataditas de tres, tan, tan, nombre del nuevo Dios, será grande entre los nobles de México Tenochtitlan.

“Huele bien la sala de los quetzales, el aroma del incienso se mezcla con los perfumes de las cortinas que van y vienen con el viento. Hace frío”. El padre Díaz detuvo sus pensamientos “hay que concentrarse.” Frente a él se sentó Pedro Alvarado.

—¿Hueles lo que está sucediendo? —dijo.

Díaz, atrapado así, de pronto entre la sensualidad de la tarde y los complots del asesino puso la cara de paleto que tanto escandalizaba al soldado.

—Lo que está sucediendo, lo que está sucediendo. ¿Entiendes?

—No —respondió Díaz.

—Siguen sus ciclos rituales y no se van a parar. Los militares no respetan ya al emperador y en este palacio sólo hay fidelidad a la sangre.

Como Díaz seguía sin entender muy bien lo que Alvarado le estaba diciendo, el castellano espetó, al fin, algo concreto:

—La ciudad arderá tarde o temprano. Cortés apuesta por la conversión de Moctezuma, pero no se lo van a permitir. Necesitamos levantar un templo.

—Un templo, tenemos ya… 

—No has entendido nada, padre. Hay un tesoro escondido en este palacio y el templo… hacer aquí una capilla nos permitirá tirar muros para encontrarlo. El geómetra ha hecho ya un levantamiento del edificio hay un área aquí, ven… detrás de este muro. Alvarado golpeó como para que retumbase, pero la piedra no emitió más sonido que el plaf de sus manos grandes. Díaz abrió los ojos sorprendido, imaginó el tesoro detrás de esa pared, imaginó todo el oro del mundo, se imaginó coronado a sí mismo como un Dionisio, lanzando denarios al paso de su propio cortejo en las calles de Flandes.

Cuauhtláhuac esperó bajo uno de los ahuehuetes, que le dijeron sus abuelos, estaban aquí desde que los dioses de Teotihuacan diseñaron el mundo. “Me mata la espera; me mata no saber lo que será des estos palacios y la tradición que es verdadera. Infieles y bastardos, castellanos de mierda.” Escupió en el suelo. No se dio cuenta de que la saliva había caído cerca de los pies de su primo Cuauhtémoc.

Ñ ¿Es así como me recibes primo?

Cuauhtláhuac lo abrazó con gusto.

—Pensaba cosas.

—Escupías cosas.

Ambos generales habían sido llamados por el emperador. Adentro, en el palacio del Chapulín, se agitaban las teas de la biblioteca. “El emperador debe estar leyendo.” “Debe estar conjurando.”

—Ácatl ha comenzado a preparar la fiesta de mayo —dijo Cuauhtláhuac. Había pensando cómo iniciar una conversación que fuese hacia donde estaba queriendo.

Cuauhtémoc asintió. Tomó una hierba del bosque La mordisqueó.

—Me han dicho mis espías que los españoles van a atacar ese día.

—¿Tus espías? —respondió Cuauhtémoc escandalizado— Tienes que informar al emperador.

—Una pequeña matanza es lo que necesita este pueblo para levantarse.

Cuauhtémoc se quedó sorprendido. “¿Una pequeña masacre? Aquello estará lleno de jóvenes príncipes.” Pero siguió escuchando y en su cabeza se fue metiendo el sonido sordo de la conspiración.

El canto de los cenzontles había callado. En el palacio de Axayácatl se escuchaba ahora el golpe del metal contra la piedra. Se desplomó la pared detrás de la cual el geómetra había calculado que había una bóveda secreta. Ácatl acababa de entrar al recinto en el que apenas ayer un jardincito interior simbolizaba las delicias de la morada del sol. Colores, aromas, sonidos, apenas ayer elogiaban el esplendor de las criaturas de Huitzilopochtli. “¿Cómo ha permitido, Moctezuma semejante…?”

—¿El emperador sabe lo que están haciendo con el palacio que construyó su padre? —preguntó Ácatl con voz lo más amistosa posible. Su lengua tradujo y en un grito Alvarado respondió que sí, que le habían informado el emperador, que el emperador sabía bien que en esta zona del palacio los libertadores levantarían una capilla en honor del Dios verdadero, del que salva, del que por todos, aún por los infieles, se sacrifica en forma de pan. Ácatl se dio la vuelta y se fue murmurando y atrás de él se desplomó un dintel en el que los antepasados pintaron el matrimonio ritual de la princesa de Azcapotzalco con el dios rey de todo México. “Ah Tenoch, ¿qué fue del tiempo en que aterrabas a tus enemigos, qué del tiempo en que la sangre del sacrificio teñía la laguna?” Ácatl se estremeció sólo con pensarlo, no tuvo tiempo de reprimir esta voz que lo golpeaba adentro: “!cobarde! Moctezuma es cobarde, un hijo del sol los mataría a todos.”

Cuando se esfumó el polvo, Díaz y Alvarado se encontraron frustrados con un pesado muro de piedra.

—Esto era una pared falsa.

—Necesitamos traer de Veracruz más hombres para levantar la capilla.

Alvarado salió para pedir a Bernal una reunión con el capitán.

5. Encuentro de un lugar de sacrificios. 

Sin que nadie dijera nada, comenzó la demolición se abrieron túneles por las que fueron Díaz y Alvarado buscando el oro. Encontraron huesos y demolieron nuevas paredes frente a las que se abrieron nuevos túneles. Las teas brillaron en los muros más allá del inicio del tiempo en la ciudad blanca. Aquí se cuenta la historia de la marcha desde Aztlán, la llegada lucha contra la triple alianza de tepanecas, toltecas y chichimecas.

—¿Qué es esto? —preguntó Alvarado a uno de sus traductores. 

El viejo escriba aproximó una tea y contó la historia de Cópil, y el lugar sagrado que creció donde los sacerdotes habían lanzado  su corazón.

—¿Dónde está ese lugar sagrado? —volvió a preguntar Alvarado.

—Aquí mismo, detrás de estos muros.

Trajeron los arietes, decenas de albañiles y soldados iban y venían extrayendo escombros. La historia que escribió Tlacaelel, la historia del viaje de México, el ombligo del mundo se desmoronó.

—Hemos llegado al inicio del mundo —dijo el escriba en español y se inclinó.

Alvarado y el padre Díaz tomaron las teas y custodiados por soldados tlaxcaltecas y españoles caminaron por un último pasadizo pintado con sangre. Al final del túnel brilla una luz.

—¡El tesoro! —exclamó el padre Díaz.

Entraron a una hermosa cámara iluminada con teas. Aquí está escrita la historia del mundo. Al centro del salón había una hermosa muchacha con el corazón abierto. Su sangre caía formando un río concéntrico. A sus pies, en éxtasis, cantaba una canción española Farid, el esclavo que trajeron de Flandes.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes