La voz de Alberto, grave pero con un timbre que rozaba lo celestial, había llamado la atención de muchos en Roma. No solo de los jerónimos que lo consideraban un relicario viviente, sino también de figuras poderosas como Luis Méndez, quien veía en él una herramienta para fines más allá de la música. Incluso el papa Inocencio había escuchado hablar del joven monje, cuyo canto era descrito como un puente entre lo divino y lo humano.
Luis Méndez, en su calidad de espía del papa, visitaba frecuentemente el monasterio de San Alejo. Fue ahí donde insistió en que Alberto cantara para una boda importante, un evento que serviría como plataforma política para los intereses papales. Sin embargo, Lionel, el mentor de Alberto, se mostró receloso. Había trabajado intensamente en conservar aquella voz intacta, aplicando novedosos métodos para evitar que los cambios de la pubertad la apagaran. Y había funcionado. Aunque la voz de Alberto había madurado, todavía conservaba aquella pureza que la hacía única.
Pero Alberto, más allá de su don, estaba atrapado en un torbellino de deseos y dudas. Había algo en él que comenzaba a despertar, algo que lo separaba de la vida monástica a la que había sido entregado. Cuando Jorge Comneno lo llevó a la casa de los marqueses de Las Salinas, todo cambió. La marquesa, María de Solier, lo trataba con una mezcla de cortesía y desdén, desatando en él una confusión que no sabía nombrar. En aquellos días, una simple conversación con ella podía transportarlo de la admiración a la culpa, y de la culpa a la euforia.
Un día, en el jardín de la marquesa, mientras Alberto disfrutaba del sol que atravesaba los vitrales, Jorge apareció para visitarlo. Lo abrazó como si fuera su hijo y comentó cuánto había cambiado en tan poco tiempo. “Pareces un joven noble romano”, le dijo, admirando su atuendo a la moda florentina. Sin embargo, Alberto se sintió incómodo con el cumplido, pues le recordó lo lejos que estaba de su antigua vida monástica. Jorge notó en el escritorio los poemas de Petrarca y, con una mueca, le preguntó por sus lecturas. Alberto, entre risas, confesó que también había tomado prestado un libro del Trismegisto de la biblioteca del marqués.
Las noches en la casa de Dante, donde se encontraba con Isaac y Farid, le ofrecían un respiro de su confusión. Allí, entre el canto de Farid y las conversaciones filosóficas con Isaac, Alberto comenzó a experimentar algo que no podía llamar fe, pero que se sentía como una iluminación. Isaac le hablaba de antiguas tradiciones, de un dios caído que había creado este universo como un regalo al Altísimo. Hablaban de alquimia, del Trismegisto, de misterios escondidos en las montañas que separaban Francia de España. En esos momentos, todo parecía tener sentido: los textos antiguos, la música, incluso su propio deseo por la marquesa.
Una noche, Isaac le ordenó cantar. Con reticencia, Alberto se unió a Farid en una improvisación que parecía trascender lo terrenal. Isaac, desde las almenas del castillo, miró hacia Roma y sintió que el mundo entero le pertenecía, pues creía poseer el alma de aquellos dos hombres. Para Alberto, sin embargo, esa experiencia marcó el inicio de un camino más oscuro. La música, que había sido su refugio, ahora era un recordatorio constante de los límites que estaba dispuesto a cruzar.
Días después, mientras meditaba en su habitación, acarició un arete de perla que la marquesa le había dado. Era el único objeto físico que guardaba como prueba de su relación con ella, un amorío que ya intuía como un juego peligroso en el que Dios parecía esconderse tras múltiples máscaras. Alberto pensó en la voz de Farid, en las enseñanzas de Isaac y en la sonrisa de María. Todo era parte de un carnaval de sensaciones y descubrimientos, pero también de contradicciones y tormentos.
Alberto dejó de celebrar misa. Para él, ya no tenía sentido seguir fingiendo una devoción que no sentía. En cambio, se dedicó a las conversaciones nocturnas, a las canciones compartidas y a la búsqueda de respuestas que ni los libros ni los sermones podían darle. Aunque sabía que estaba alejándose cada vez más de la fe que una vez lo había definido, también sentía que estaba más cerca que nunca de comprender algo más grande: la naturaleza humana en todo su esplendor y su miseria.