Alberto nació en Córdoba, en una España convulsionada por el cambio. Lo bautizaron como Rodrigo, un nombre que no llevaba consigo más que su origen incierto. Era tartamudo, un niño sin atributos especiales, criado por sus abuelos en una casa que apenas soportaba su presencia. Su madre, una mujer árabe que huyó de su familia para evitar la muerte, lo había dejado marcado con una herencia que lo hacía ajeno en Castilla: sangre morisca. Su padre, un cristiano sin rostro, tampoco había hecho nada por reconocerlo. Con la caída del reino Nazarí a la vista, era cuestión de tiempo antes de que el destino de Rodrigo estuviera sellado.
Un monje le ofreció una salida: Roma. En el monasterio de San Alejo podrían aceptarlo, quizás redimirlo. Así, Rodrigo emprendió un peregrinaje que lo llevó lejos de su infancia y lo transformó. En San Alejo encontró un nuevo nombre, Alberto, y un propósito. Bajo la tutela de Lionel, su voz, otrora insignificante, se convirtió en su mayor don. Lionel veía en él algo único y lo protegió con celo, entrenándolo para preservar la pureza de su canto. Pero esa protección lo mantuvo también en la ignorancia de muchas cosas del mundo, un vacío que más tarde llenaría con preguntas peligrosas.
El Mundo Cambia
Mientras Alberto descubría su lugar en Roma, el mundo continuaba girando. En Portugal, el rey Juan II perdió a su hijo Alfonso en las aguas del Tajo, un accidente que cambiaría el rumbo de la península ibérica. La tragedia dejó un vacío que pronto sería ocupado por Manuel I, apodado “El Afortunado”, quien heredó un reino fragmentado por la ambición y la política. En Castilla, los Reyes Católicos extendían su poder, buscando nuevas rutas comerciales mientras Portugal se aferraba a sus mapas y secretos náuticos. Pero incluso en medio de estas grandes intrigas, las pasiones humanas seguían siendo un motor ineludible.
La Marquesa María y sus Deseos
En Sevilla, la marquesa María, esposa de Luis Méndez de Sotomayor, observaba a Alberto con un interés que iba más allá de la curiosidad. Había comprado al muchacho para que la amara, un acto que justificaba como necesario. Su marido, un hombre marcado por los rumores de relaciones prohibidas con jóvenes árabes, la había humillado en más de una ocasión. Ahora, su atención estaba puesta en una joven judía, Inés, y en un niño bastardo que lo seguía como una sombra. María había soportado mucho, pero su paciencia tenía límites.
Desde las calles llegaba el eco de la pasacaglia, esa melodía que hablaba de la insensatez del mundo y que, sin embargo, le parecía hermosa en su contradicción. La marquesa, atrapada entre el odio y un sereno deseo de venganza, comenzó a trazar sus planes. Mientras tanto, se dejaba seducir por la melancolía del atardecer sevillano, con sus tonos dorados y promesas rotas.
El Encuentro en Casa de Dante
Con el paso de los días, Alberto comenzó a frecuentar la Casa de Dante, un lugar que resonaba con ideas peligrosas y nuevas formas de entender el mundo. Fue allí donde conoció a Farid, un joven esclavo cuya voz y presencia parecían contener un mundo entero. Farid lo miraba con un interés enigmático, como si pudiera ver más allá de su tartamudez y su aparente fragilidad.
En una de esas reuniones, apareció Garci, un hombre que hablaba con una mezcla de cinismo y fervor sobre la necesidad de liberar la mente cristiana de sus cadenas. En la Casa de Dante, las conversaciones giraban en torno a la alquimia, la filosofía y la política. Garci hablaba del “Poimandrés”, un texto que, según él, contenía la clave para trascender la humanidad. Alberto, fascinado, escuchaba en silencio, sintiendo cómo esas palabras encendían en él un fuego que no sabía cómo controlar.
—El bautismo de sabiduría está más cerca de lo que crees —le dijo Garci una noche, mientras señalaba el cielo estrellado desde el Gianicolo.
La Sombra del Pasado
A medida que se adentraba en este nuevo mundo, Alberto no podía dejar de pensar en su origen. Su madre, su infancia en Córdoba, el sabor del mar en la Bahía del Apóstol, todo volvía a él en fragmentos. Recordó cómo lo habían bautizado como Rodrigo, un nombre que había dejado atrás como una piel vieja, y cómo la voz que Lionel había moldeado ahora lo llevaba hacia un destino incierto.
Farid, por su parte, también tenía secretos. Aunque aparentaba ser un esclavo sumiso, había en él una voluntad férrea y un dolor que Alberto no podía descifrar. Los dos jóvenes, atrapados en una época de cambios y traiciones, se miraban como si cada uno viera en el otro un reflejo distorsionado de sí mismo.
La Redención y el Final
El mundo de Alberto comenzó a derrumbarse cuando las ideas que había absorbido en la Casa de Dante chocaron con las enseñanzas de su niñez. Se debatía entre la fe y el escepticismo, entre el amor y el pecado, entre la luz y la oscuridad. Al final, Alberto encontró la redención en la aceptación de que el mundo, con todas sus imperfecciones, era el escenario perfecto para la lucha moral.
Murió convencido de que no había visto el bien, sino el mal, y que esa oscuridad era necesaria para que la virtud pudiera brillar. Su sangre, derramada en un acto de transmutación que mezclaba la alquimia con la fe, se convirtió en el último sacrificio en un mundo que siempre le había parecido el peor de los posibles.