Alberto, nacido en Córdoba con el nombre de Rodrigo, había llegado a Roma buscando redención, pero encontró en sus calles, sus rincones oscuros y sus luces doradas, algo más profundo: una confrontación con su propio deseo, su fe, y el sentido de la vida misma. Su viaje comenzó en el monasterio de San Alejo, donde Lionel moldeó su voz para convertirla en un instrumento perfecto. Pero esa voz, tan cercana al cielo, lo llevó a descender al mundo terrenal, a los placeres y al dolor.
Farid, por su parte, vivía su búsqueda en un tono diferente. No había llegado a Roma por elección, sino como un esclavo, aunque su mente era libre. Había dejado atrás la sensualidad física hacía mucho tiempo. Ahora, encontraba en la música un refugio y una trascendencia. Cuando cantaba, creía estar habitado por dioses y santos que murmuraban canciones de amor en su oído, melodías que a veces lo consolaban y otras le producían una vergüenza dulce y profunda.
Casa de Dante: El Encuentro de las Búsquedas
Pasaron meses en Casa de Dante, un lugar donde las ideas más subversivas y los secretos más profundos convergían. Alberto, que al principio compartía sus lecturas con el padre Florián, había comenzado a sentir un vacío en esa relación. Florián lo veía cada vez más como un Parsifal perdido en el mundo de la alquimia y la sensualidad, un joven que no buscaba la pureza sino la transgresión. El afecto que Alberto tenía por Florián se transfirió a Farid, quien no lo juzgaba, sino que lo acompañaba en sus descubrimientos.
Farid lo llevó al Trastévere, a los lugares donde la vida palpitaba de una manera distinta. Comían en trattorias humildes, discutían sobre música y filosofía, y terminaban en el hammam, un lugar que para Alberto era el escenario de sus búsquedas más íntimas y desesperadas. Allí, entre el humo y el calor, Alberto buscaba algo más que placer: buscaba el secreto de la inmortalidad que creía que Farid poseía.
La Música como Puente
En las noches, las voces de Alberto y Farid se unían en canciones que parecían rozar lo divino. Alberto cantaba con una intensidad que hablaba de sus amantes prohibidos, mientras Farid lo acompañaba con su oud. Desde las almenas de Casa de Dante, contemplaban la Roma imperial más allá de la Isla de los Locos, donde aún se decía que habitaba el espíritu de Remo, el hermano errante de Rómulo. En esos momentos, Alberto se sentía un dios, dueño de un mundo que lo desafiaba a cada paso.
Pero la música también era un recordatorio de lo que habían perdido. Farid, aunque seguía siendo un esclavo, mantenía una dignidad que lo elevaba por encima de sus circunstancias. Alberto, en cambio, se debatía entre su educación religiosa y los placeres que ahora buscaba con un fervor casi místico. Había dejado de sentir compasión por el mundo y veía en la sensualidad una forma de alcanzar una divinización que ya no creía que proviniera de Dios.
El Hammam y el Sueño del Grial
En el hammam, Alberto y Farid discutían sobre los textos de Isaac y los secretos de la alquimia. Alberto, que había aprendido a llamar a Dios “El Gran Arquitecto”, había abandonado las enseñanzas tradicionales de la Iglesia. Creía que la divinización estaba en la carne, en el acto de amar y ser amado. Buscaba el Grial en los cuerpos de jóvenes esclavos, mientras Farid observaba en silencio, sin juzgarlo pero también sin compartir su entusiasmo. Farid sabía que ese camino no llevaba a la inmortalidad, sino a un ciclo interminable de deseo y pérdida.
Alberto, por su parte, veía en Farid algo más que un compañero. Varias veces le insinuó su amor, pero Farid, con una simplicidad que lo desconcertaba, le respondió que no podía ayudarlo en eso. Esta indiferencia no alejaba a Alberto; al contrario, lo convencía aún más de que Farid guardaba el secreto que él buscaba.
El Despertar de los Sueños
Una mañana, mientras tomaban una clase de música, Alberto recordó un sueño que había tenido de niño, antes de que su madre lo dejara en el convento. En ese sueño, había visto una esfera dorada de la que emergían pezuñas de buey. Esa visión lo había impulsado a lanzarse al mar, buscando algo que no podía nombrar. Ahora, en Roma, ese recuerdo se mezclaba con las enseñanzas de Isaac y las melodías de Farid, creando un mosaico de significados que lo llevaba al borde del abismo.
En un momento de lucidez, Alberto decidió visitar al padre Florián para despedirse. Sabía que no podía regresar al convento, que su camino lo había alejado para siempre de esa vida. Pero en su corazón aún latía la necesidad de reconciliarse con el hombre que había sido antes de llegar a Roma. Florián lo escuchó con tristeza, consciente de que Alberto estaba perdido, no en el pecado, sino en una búsqueda que no tenía fin.
El Final de la Búsqueda
Las noches en Casa de Dante continuaron, pero algo había cambiado en Alberto. Comenzaba a darse cuenta de que su búsqueda no era la de un descubrimiento, sino la de una pérdida. Había perdido su fe, su inocencia y, quizás, su humanidad. Farid, mientras tanto, seguía cantando, su voz un puente entre el mundo terrenal y lo divino, un recordatorio de que, incluso en medio del caos, existía algo eterno.
En su última noche juntos, Alberto y Farid subieron a las almenas del castillo. La música llenó el aire, y por un breve momento, todo pareció tener sentido. Más allá de la Isla de los Locos, Roma brillaba con una luz que no pertenecía a este mundo. Alberto, finalmente, comprendió que su búsqueda nunca había sido sobre Dios, la inmortalidad o el amor. Era sobre aceptar el caos y la belleza del mundo tal como era.
Cuando Alberto cerró los ojos, lo hizo con la certeza de que había vivido. Farid, a su lado, continuó cantando, sabiendo que, aunque sus caminos se separaran, su música siempre los conectaría.