Inés se quedó en pie en la penumbra del pasillo de sus habitaciones. A lo lejos, el grito de los pájaros volviendo a sus nidos pareció despertarlos.
Farid los contemplaba. Pronto el pasillo estaría lleno de sirvientes con teas. Vendrían para iluminar el palacio y los dos apenas podían verse en la penumbra, pero creyeron poder escuchar el deseoso latido de sus corazones. Inés no pensaba que esto que estaba deseando desde hacía tanto tiempo sucediera tan pronto. Se descubrió ahí misma petrificada y, a pesar de sí, un poco temerosa. Se sintió observada y frágil, y por primera vez en mucho tiempo sintió un deseo poco específico que poco a poco comenzó a cobrar cuerpo en el vientre. ¿Has cometido una torpeza?
El pensamiento de Alberto había pasado rápidamente del placer del triunfo a un miedo muy similar al de la marquesa. Un miedo que los hacía sentirse frágiles e infantiles. Era un miedo que los tenía petrificados, que les impedía decir nada, y que era tal que incluso la sonrisa de ella, una sonrisa que exhaló como un quejido, sonó falsa. ¿Se ríe de mí? Inés le tomó la mano. Y sin decir nada, como si fuese algo hacía mucho tiempo acordado, lo condujo hasta su habitación.
Pronto el pasillo estaría lleno de sirvientes con teas. Vendrían para iluminar el palacio y los dos apenas podían verse en la penumbra, pero creyeron poder escuchar el deseoso latido de sus corazones. Aunque Inés lo había deseado, no pensó que sucedería tan pronto. Se descubrió ahí misma petrificada y, a pesar de sí, un poco temerosa. Se sintió observada y frágil, y por primera vez en mucho tiempo sintió un deseo poco específico que poco a poco comenzó a cobrar cuerpo en el vientre. ¿Has cometido una torpeza?
El pensamiento de Alberto había pasado rápidamente del placer del triunfo a un miedo muy similar al de la marquesa. Un miedo que los hacía sentirse frágiles e infantiles, un poco tontos. Era un miedo que a los dos los había petrificado, que les impedía decir nada, y que era tal que incluso la sonrisa de ella, una sonrisa que exhaló como un quejido, sonó falsa. ¿Se ríe de mí? Inés le tomó la mano. Lo condujo hasta su habitación y ahí comenzó a besarlo. Y Alberto dejó de pensar y, por primera vez en toda su vida, se permitió sentir. Ella, que no había olvidado su condición de dueña de la casa, tomó la iniciativa, lo cual a ambos les resultó más excitante de lo que hubiesen imaginado.
Inés tendió al músico monje sobre su lecho que expiró con el olor a piñones y se trepó sobre él. Le besó el cuello, le besó las orejas y los ojos, le acarició el cabello, y poco a poco bajó hasta una boca que se abrió discretamente, como para chupar una fruta: los labios, la lengua, el aliento de la marquesa. Y él comenzó a desatarse el pantalón y ella comenzó a quitarse toda esa ropa que de pronto se sentía tan absurda, tan contraria a la naturaleza de lo que estaba por suceder.
Alberto pudo entonces, por fin, lamer la espalda de la mujer que había deseado desde hacía tanto tiempo, y le supo dulce el sabor salado de todo su nerviosismo. Le excitó que ella se encorvase y se lanzase sobre las sábanas dócil, por primera vez.