Cuando ganaba el no por la mañana, los sueños lo desmentían por la noche. Sí: Farid y Rashid escapaban de un árbol ardiendo de la plaza del pueblo, se enredaban en un cuerpo que carbonizado y rojo se daba placer a sí mismo en un amor sacrílegos sin esperanzas de estirpe sobre la tierra.
Enredarse, serpiente, música.
“Justo por eso”, se decía Jorge, “es más perfecto: en la sinrazón de lo que siento está justamente su belleza. Y su razón.” Pensando esto, en la mañana, sobre todo, Jorge se dejaba llevar por el placer que lo encendía al mismo tiempo de deseo y de vergüenza. Y cada día se sentía más culpable. En su cabeza sonaba todo el tiempo el sí y el no: “lo amo como quien ama las tardes tristes en que camina bajo el sol.” Jorge supo supo lo que era el amor antes de poder definirlo. Porque era incapaz de ofrecer una definición por todas esas emociones que comenzaron siendo vagas pero que fueron materializando en la primera vez que lo vio y sobre todo, la primera vez que lo tocó. Acababa de entrar al calmécac. Tenía doce años y aunque la extrañeza de sentir curiosidad por ese “algo” de los muchachos condenados lo había atormentado y avergonzado desde que preguntó a su madre:
—¿Todos vamos a morir?