F0660 · 1530.07 — 1530, noviembre 20 — Taller de pintura de San José de los Naturales, Ciudad de México, mañana 1. La

El taller de pintura de San José de los Naturales vibraba con una energía casi sagrada aquella mañana del 20 de noviembre. La luz del sol se filtraba a través de las ventanas altas, proyectando haces dorados sobre los rostros concentrados de los jóvenes que trabajaban en sus obras. El aire estaba impregnado del aroma a goma y pigmentos, un olor que Farid había comenzado a asociar con la paciencia y la devoción.

En el centro de la habitación, Marcos se inclinaba sobre un lienzo, dando forma a una Virgen que parecía surgir de la tela como un milagro. Su piel cobriza brillaba bajo la luz, y cada trazo de su pincel parecía llevar consigo una intención que Farid no lograba descifrar. Había algo en su seriedad, en su concentración absoluta, que lo fascinaba.

Farid, apoyado contra una columna, observaba en silencio. Sentía que cada pincelada de Marcos contaba una historia que él no podía comprender del todo. Aquel joven indígena, con su mirada serena y sus movimientos precisos, parecía desbordar un talento que Farid nunca había visto ni en Flandes ni en España.

Fray Pedro de Gante, quien supervisaba el taller, se acercó a Farid.

—¿Sabes quién es ese muchacho? —preguntó, señalando a Marcos con un gesto casi reverencial.

—Marcos, ¿verdad? —respondió Farid, intentando ocultar su desconcierto.

—Sí, su nombre cristiano es Marcos. Pero antes de ser bautizado, se llamaba Atonatiuh. No hay pintor como él, ni en Venecia, ni en Roma. No hace cuadros, Farid. Hace milagros.

Farid lo miró con escepticismo, pero no pudo evitar sentir un escalofrío ante las palabras del fraile.

—¿Cómo voy a saberlo? —murmuró, con un tono que oscilaba entre el desafío y la curiosidad.

—Mira su obra —insistió Pedro, señalando la Virgen en la que Marcos trabajaba—. No es solo un cuadro. Es un puente entre mundos, entre lo visible y lo invisible.

Farid permaneció en silencio, observando cómo Marcos daba los últimos retoques a la pintura. Había algo en la imagen, en la forma en que la Virgen parecía emerger de la luna creciente, que lo dejó sin palabras.

—¿Sabes? Todos los muchachos aquí son indígenas, nahuas —continuó fray Pedro—. No les digas indios. Ellos no se llaman así.

Farid asintió, pero su mente estaba lejos. Sentía las tensiones de un mundo dividido entre culturas, lenguas y perspectivas.

—A mí tampoco me llaman por mi nombre —dijo, casi para sí mismo.

Pedro lo miró con interés.

—¿Cómo te llamas, Farid?

—Me llamo Farid, pero todos me llaman castrado, o árabe, o niño árabe.

El fraile suspiró, como si las palabras de Farid cargaran un peso que él mismo conocía bien.

—¿Te molestan esos nombres?

—No cuando dicen que soy árabe. Es verdad. Pero me molesta cuando me llaman niño.

Pedro esbozó una leve sonrisa.

—Los nombres importan menos de lo que hacemos con ellos, Farid. Mira a Marcos. Era Atonatiuh, un nombre poderoso, lleno de historia. Pero ahora, con ese pincel, trasciende cualquier nombre.

Farid volvió a mirar a Marcos, quien, ajeno a la conversación, inclinaba la cabeza para contemplar su obra con ojos críticos. En ese momento, la Virgen pareció cobrar vida, como si la esencia de la luna y la tierra misma hubieran encontrado refugio en el lienzo.

Marcos levantó la vista y, por un instante, cruzó su mirada con la de Farid. Una sonrisa fugaz, como un rayo de luz, iluminó su rostro.

—Qué hermosa cara tiene —murmuró Farid, sin darse cuenta de que había hablado en voz alta.

Pedro de Gante asintió, satisfecho.

—Marcos pinta algo más que rostros. Pinta lo que el mundo aún no puede ver.

Farid no respondió. Su lugar en el mundo seguía siendo un enigma, pero en aquel taller, bajo la luz dorada y el aroma de los pigmentos, sintió que quizás algún día podría comprenderlo.

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