F0659 · 1530.03 — Esa tarde, Fray Juan de Zumárraga tuvo una larga conversación con Pedro de Gante. Se encontraban en

Esa tarde, Fray Juan de Zumárraga tuvo una larga conversación con Pedro de Gante. Se encontraban en el claustro, donde el aire pesado de la tarde traía el eco de cantos infantiles desde la capilla. Zumárraga, con las manos cruzadas en su regazo, habló primero:

—¿Sabes? Había una vez un pirata que, después de un naufragio, se convirtió. Amarró su cuerpo al palo mayor de su barco. Así estuvo, días, muchas semanas, en un mar en calma. El cielo y el agua se confundían, y él no sabía si miraba hacia arriba o al fondo del mar. En esa inmovilidad, sintió que estar allí era participar de la luz de Cristo. Pero lo importante no es el naufragio, sino que estar ahí lo salvó de la desorientación. ¿Cómo sabes que existe el arriba y el abajo? Lo muestran las cicatrices. Este es el sentido del sacrificio: moverse, caminar. El palo milagroso de Moisés se alzaba sobre las cabezas de los hebreos con una serpiente colgada. Y los hombres que la miraban se curaban. Era el símbolo del mal, del enemigo, del que dice mentiras. Pero Dios no alzó al mal en ese palo; alzó a la más radical verdad.

Pedro de Gante, intrigado, levantó la mirada:

—¿En verdad? —preguntó con suavidad—. ¿Crees que Dios se hace hombre en la Eucaristía?

Zumárraga asintió.

—Es claro que sí. Piensa en todo lo que se mueve en torno a la Eucaristía: las catedrales, esta música que oímos. Qué tontería creer que Dios no puede entrar en un pan ácimo. Es idólatra pensar lo contrario. Pero si uno cree que Dios puede hacerse pan, resulta hacerse pan. Y si uno piensa que ese mismo Dios que hizo el mar donde navegaba el pirata confuso también se hace pan, resulta aún más poderoso. Es la única forma de verlo, porque mirarlo de otra manera nos destruiría. Él debe ocupar lo sutil, él que es lo descomunal. Se oculta detrás de su creación para no despertarnos.

Gante reflexionó en silencio antes de hablar:

—¿Y cuando dos se quieren? —preguntó—. ¿Dónde está Dios entonces?

Zumárraga suspiró.

—Dios cierra la puerta. Nos hizo creadores con él, y por eso podemos equivocarnos. Todos tenemos esta noción, esta cicatriz. Hemos naufragado, pero ¿por qué? Son nuestras cicatrices las que lo explican. Isaac cerró los ojos tan fuerte que pudo mirarse las venas en los párpados.

La conversación se desvaneció en el silencio que llenó el corazón de Zumárraga. Era un silencio más profundo que todas las voces juntas de aquellos niños que cantaban en la capilla. Cada nota lo conducía más lejos del tiempo, hasta una habitación de música donde la voz era una sola voluntad. Una respiración de ochenta pulmones, un salmo que respondía a otro salmo en la liturgia. Un sonido perfecto.

—El sufrimiento, padre —dijo Zumárraga finalmente—, es una forma de comunicación. ¿Quién iba a salvarse por la inteligencia o la belleza?

El recuerdo de esa conversación quedó grabado en su memoria, un eco persistente. Sólo después de largas horas de oración había sentido una paz comparable. Isaac, mientras tanto, miraba por la ventana, deseando escapar. La música había terminado, pero el silencio sabía a niñez.

En las cimas de México y en Famaugusta, Isaac y Zumárraga se hicieron de cicatrices muy distintas.

—Tienes razón —dijo Zumárraga, rompiendo el silencio—. Fray Pedro ha conseguido que en esta iglesia habite Dios.

El sacrificio humano se entrelazaba con el sacrificio de Farid por Isaac, conectando sus destinos con los ecos de una historia más grande.

En la laguna de lo que hoy es Xochimilco, un cuervo volaba sobre la superficie. El sol, una llama por la mañana, extendía sus dedos sobre los lirios. Allí, Chimalcóatl, el Tlaxcalteca, pensaba:

—Sol traidor. Las cosas no debieron ser así. No debieron sustituir nuestro pasado por el Dios de los de Castilla.

Lanzó ramitas al lago, viendo cómo se hundían lentamente. Se sentía traidor y traicionado. Su Dios, en quien habían invertido tanta sangre, ahora iluminaba también a los españoles.

—Rompimos los hilos. Tal vez por eso nos traicionaste.

En el reflejo de los lirios, un pez devoraba a otro en el fondo del lago, y el cieno se escapaba por donde yacían los tesoros.

—Hola, Chimalcóatl.

Cuauhtleco llegó en una balsa, silencioso, por la derecha.

—Vamos a redimir el honor de los tlaxcaltecas —dijo.

El viento mecía los lirios, y todo estaba en un silencio absoluto.

—Vamos al refugio —pidió Chimalcóatl—. ¿Traes hombres contigo?

—La diosa. No vamos a traicionarte.

—Lo sé. Querían acompañarme. Preferí caminar solo.

Remaron hasta la orilla, donde veinte hombres de Tlaxcala aguardaban de rodillas.

—He aquí el tlatoani de México Tenochtitlan.

Cuando Mateo Cuauhtleco se tomó los brazos, juraron caminar

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