F0429 · Los hombres santos en el pueblo, el viejo almuecín más el que guardaba la fuente, comenzaron a murmurar:

Hákim era maestro de tajwid, pero obsesionado con la desaparición de Farid se descuidó a sí mismo. Se olvidaba de meditar las palabras y se perdía en el sonido. Pensando a cada hora en la verdad del destino, encontró que la música era la única cosa libre en el mundo y con estas y otras razones, igualmente blasfemas, comenzó a enloquecer. Gritaba mucho y los chicos que antes venían de toda la región comenzaron a dejar de venir a la escuela de Hákim. Hasta que un día no hubo más alumno ni escuela y a él, no le importó. Sus mujeres murmuraban a espaldas del maestro, sus hijos reían con los soliloquios del viejo y sólo Farid y Jorge continuaron rezando junto al maestro Abbás, tratando con él de encontrar la perfección de la tajwid.

Los hombres santos en el pueblo, el viejo almuecín más el que guardaba la fuente, comenzaron a murmurar:

—Farid cantaba mejor.

Es cierto, pensó Iliás. Y era cierto.

—Hubiese querido morir en el lugar de Farid —decía Jorge con humildad—. Pero el destino es así.

Hákim respondió:

—Es cierto. Hubiese sido mejor que murieras tú. Pero Mā šāʾAllāh, Dios lo quiso, Mā šāʾAllāh.

Pasó el tiempo. Las alianzas entre los Comneno y los genoveses, con los miembros de la Oveja Blanca comenzaron a tambalear, se sentía venir lo que sucedería en 1463, la decapitación de toda esa familia y Jorge comenzó a cambiar de voz. Comenzó a desear ser niño por siempre. Y se volvió un alquimista.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes