F0428 · Pero Farid había desaparecido y el maestro de música, dolido porque…

Pero Farid había desaparecido y el maestro de música, dolido porque era imposible que en la música nada trascendiese un día se levantó y dejó de alabar a Dios. Encontraba consuelo en el canto, pero no en la palabra de Alá. Lo iluminaba la música, una criatura, ese aire que vibra donde no podemos verlo y hace orden donde naturalmente existe el caos. Jorge se esforzaba, sin embargo, por agradar al maestro de música y ponía todos sus esfuerzos por ser el mejor qari de los Troodos, del Olimpos.  Desde tiempos del apóstol, la gente de los villorrios traía aquí a sus hijos para que aprendieran a cantar. El maestro Ilías había enseñado a cientos de niños para servir en el coro del monasterio. Farid, ese nombre lo obsesionaba. Farid, cantaba mejor, decía el maestro. Cuando Jorge se levantaba, lo hacía con reverencia, y luego del Basmalá, llenaba sus pulmones de aire y el maestro agradecía al Altísimo. Había encontrado en ello la forma de ser amado. Hákim lo amaban, incluso su padre, aunque Rashid, no lo creyera. Y es que el maestro Abbás era duro con él y, dolido tal vez, porque aquel año había muerto Moisés, el mayor de sus hijos, encontraba consuelo solamente en la música, en el milagroso sonido que habita el aire donde antes hay nada (o ruido). Que, como la palabra del Magnífico, hacía orden donde hubo caos. A Mwsá sí que lo amaba mi padre, pensaba Rashid. Porque Mswá cantaba bien. Y ponía el mejor de sus esfuerzos en ser el más grande qari que hubiese visto su pueblo al sur de Es Sham, un villorrio hecho de tiendas y casas de lodo cocido en torno de un minarete.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes