Aceptaron a Alberto en el monasterio porque tenía una voz privilegiada. Él había visto a su madre salir por el mismo camino flanqueado de pinos de Roma que ahora caminaba con el esclavo árabe. Y la vida en el convento había callado las voces de su padre y de su madre, las voces de sus hermanos. Una infancia que siempre lo había hecho sentir descontento. En el convento había descubierto su vocación, la había descubierto ahí, con Florián pero después había descubierto que Dios lo estaba llamando a otra cosa, a otra clase de inmortalidad.
—¿Me crees? —le preguntó.
—Te creo. Cantas en realidad muy bien, el amo lo ha dicho.
El esclavo estaba por continuar, pero Alberto lo interrumpió. La voz que ahora tenía, se había corrompido, dijo. Era verdad que había dejado de tartamudear y había dejado de ser un gangoso, pero había perdido esa altura. Era la voz de un adulto.
—Han matado mi voz.
El esclavo le preguntó extrañado que quién se la había matado y el cantante respondió:
—La mató el tiempo, la pubertad.
Farid bajó los ojos. Creyó entender que Alberto le estaba preguntando por el secreto suyo, el secreto de la infancia eterna. ¿Era inocente? ¿Era un tonto? No tenía ganas de regalarle el secreto de aquella inmortalidad.
Florián los recibió con un agrado que tanto a Alberto como a Farid le resultó fingido. Pero se prepararon para la misa y el muchacho árabe acompañó al cantante al coro donde esperaría
la espalda de Mariano, esa tersura perfecta que besaba. Como besaba el pecho y buscaba su boca.
—Es verdad —concedía Florián—. La carne ha sido bendecida por Dios, pero es una carne herida. Una carne que necesita ser domeñada. Y aunque era incapaz de saber lo que estaba sucediendo en Alberto, en el deseo que tenía de perderse de una vez y para siempre en el humo del hammam, lo sospechaba. Y Alberto se daba cuenta del desprecio que comenzaba a crecer en el hombre que más había amado. Dios, se decía. Lo amé más que a mi padre, a este viejo necio que ahora me mira como si no hubiese sido él mismo quien me lanzó a la casa del alquimista. Estos monjes, pensaba, no han leído a Parménides, no han entendido lo que significa que todo procede del uno, que todo es adaptación de los elementos indivisibles y que, en efecto, el sol es la madre que lleva al viento en el vientre. Que el Padre nos rodea y nos ve y nos compadece, que la realidad de la superación de todo deseo está en la sumisión al deseo, en perderse en el laberinto del Cole Opio, en ese laberinto de vapores en los que hay no uno ni dos, hay cientos de minotauros. Todos muchachos en cuyos amores se separa lo sutil de lo monstruoso, lo etéreo de lo descomunal. Esclavos o gitanos que se venden y te besan en la sensualidad del vino, una sensualidad casi tan potente como la sabiduría que encontró con los gnósticos, porque le dijo la última vez que habló con Florián, el Dios que pregonas no existe, porque la Biblia que enseñas no dice más que patrañas y la búsqueda de la perfección tiene lugar aquí en la Tierra y aquí se acaba. Somos sujetos de un dios en eterna transmutación.
—¿Y tú Alberto —preguntó el maestro de música— en qué has transformado al pequeño cantor?
—Me he transformado en el geógrafo. En el músico que ha terminado por entender que sólo hay un lugar para la perfección y es aquí: es el tiempo de Dios.
—Pero —replicaba Florián—, ¿no es evidente que el mundo en que vivimos es imperfecto? Está herido. No significa, claro que el mundo sea malo. No significa que no haya verdad en todos los placeres, incluso, tal vez en aquellos que no quiero ni imaginar…
Alberto lo interrumpía y le hablaba del dios Jano, del que separaba la Roma imperial de la Roma del pueblo, el dios de las transformaciones, el dios que permite que cabalgue la música por las siete colinas y que permite la transmutación que pronto descubriría gracias a Farid, la de vivir para siempre.
—Tienes razón —dijo Florián—. Te has convertido en tu propio deseo. Por eso veo que te vistes con los mejores sastres de Roma y que llevas atuendos de seda y armín. Seguramente se te han despertado los sentidos de formas que un viejo monje como yo no puede saber.
Sí. Se complacía en el olor de las naranjas y amaba el aroma agridulce de Farid. Se complacía en el roce de las telas y no deseaba otra cosa que amarlo a él.
—Debe ser —concluyó Florián— que no estamos hechos para la muerte. Que la muerte sigue siendo para nosotros innatural.