F0426 · Nicolás caminó hacia la capilla. Desde que había tenido la visión…

Nicolás caminó hacia la capilla. Desde que había tenido la visión frente a la Virgen de la Tribulación, trataba de no pasar por el Jardín de los Naranjos. Sentía como un pesar. Una serie de voces le estallaban en la cabeza. 

Nicolás cuando ya todos lo esperaban para rezar. Jorge, el maestro de coro, lo recibió contento. Respiró y levantó las manos: Deus, en adjutorium meum intende, cantaron los hermanos. Y comenzó la liturgia; una liturgia iluminada por la voz de Alberto que resonaba en el transepto y en los lucernarios. Se metía más brillante que la luz del oriente. 

Domine, ad adjuvandum me Festina. Siguió el punto y contrapunto. El rezo. Iban y venían las voces diciendo los salmos. La voz de Alberto introducía a Lionel, el senescal, en una adoración que le hacía olvidar que había deseado unos días atrás que el monje se fuese de una vez y para siempre de San Alejo. Y su ruego había sido escuchado. Ahora Lionel se sentía culpable. Proclama mi alma la grandeza del señor, cantó Nicolás. Tenía el cabello un poco revuelto y había algo en su voz que lo hacía parecer más hermoso. Jurge lo miraba asombrado. Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador. La voz del novicio lo hacía vibrar, cerró los ojos durante un instante. Ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava, continuó el rezo. Jorge sintió un placer que parecía emerger de la tierra, subirle por las piernas, crecer en el pecho, vibrar con los monjes, con sus hermanos. 

En aquel tiempo, Jorge no podía imaginar la vida en el monasterio sin esa voz. Todas las generaciones me llamarán beata. La voz que en los salmos iluminaba tenuemente la capilla parecía ahora, como el sol, incendiar el atrio, las naves y el crucero. Elevarse por encima de los lucernarios y estallar encima de todos con el color de los rosetones. En esa voz estaba contenida la infancia de Alberto, los juegos con sus primos en la Bahía del Apóstol, la tarde en que su madre vino a dejarlo al monasterio y el terror que ahora le producía la Virgen de la Tribulación. Pero cantar producía paz; PERO FARID CANTABA MEJOR. 

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