Hace un viento rico. Farid cerró los ojos. Si uno se concentra puede sentir todavía el sabor del dulce de granada con azúcar. El vapor del hammam, el color brillante del cobre.
—Mamá.
—Mh.
—¿Dónde estará ahora mismo el encantador de serpientes?
—Rezando como nosotros.
—Pero nosotros no estamos rezando.
En lo más alto de la masjid comenzó el canto del muecín a viva voz.
Farid cerró los ojos. En el silencio que se hizo en la ciudad, cruzó el ladrido de un perro. Aullidos, sonido del viento que sube por calles estrechas y el rezo que es uno en esta ciudad de dorados y verdes.
Farid soñó por la noche que en una calle empedrada de Damasco veía subir a un dios cristiano y rubio.