Ahí estaba el otomano. Se acercó a mí. Tenía la cabeza vendada. Lo habían golpeado. Escuché que decía que había perdido mucha sangre y por toda respuesta, el genovés le dio una bofetada. Me subió a la torre y me acostó como si fuese su hijo. Entonces me preguntó. ¿Cómo te llamas? Y yo necio respondí lo único que en realidad sabía. Que me llamaba Farid.