F0026 · 03.15 — NADA DETRÁS

03.15 — NADA DETRÁS

Abro los ojos y por un instante creo que mi historia empieza aquí.

Bajo la mirada y hago el juramento sin saber todavía que voy a recordarlo muchas veces de maneras distintas: Dios de los cristianos, nunca he creído en ti, pero te doy mi vida si me sacas de este lugar. En cuanto termino de decirlo me quedo mudo. No porque haya perdido la voz, sino porque de pronto no existe nada que pueda decir después. Aquí comienza mi historia. No hay nada antes. Nada detrás.

El Encantador de Serpientes es apenas mayor que yo. Lo veo frente a la torre turquesa aunque sé que no estoy en la plaza; la serpiente baja por su vientre, se demora entre sus piernas, vuelve a subir y le busca detrás de la oreja con la lengua. Alguien arroja monedas. No escucho cómo caen. Tampoco escucho las telas golpeando contra los balcones ni el agua de las acequias ni la llamada del muecín. Todo se calla al mismo tiempo que yo. Estoy confundido entre arriba y abajo, entre el cuerpo que sangra y la plaza que no puede estar allí, y por unos segundos las nubes se abren para dejar pasar figuras que quizá son ángeles, quizá huríes, quizá solamente manchas de luz. El muchacho sigue bailando. El viejo continúa tocando. La serpiente parece enorme junto a su cuerpo y, sin embargo, es él quien la conduce.

Pienso en Adán.

Antes de tener ojos, piel, nariz, oído o lengua, Adán se frota contra la roca y reza con el único instrumento que posee: el cuerpo. El ángel le entrega los sentidos y después le dice canta. Adán canta y el Rey Serpiente se detiene a escucharlo. Eso basta. No para vencerlo, sólo para ganar tiempo.

Yo también canto.

O creo que canto.

Tal vez sólo escucho mi propia voz desde algún lugar donde todavía existe.

El muchacho me mira.

Entonces comprendo algo que perderé en cuanto despierte: el baile no trata de la serpiente. Trata del instante en que aquello que puede destruirte se demora porque está escuchando.

Caigo.

Cuando abro los ojos tengo frío en la espalda. Las sábanas son de piel y la cama es tan grande que durante unos segundos no encuentro sus límites. Hay humo en la habitación; sale de un recipiente encendido junto al muro y huele dulce primero, amargo después. Respiro y el cuerpo tarda en regresar. Una tabla cruje. Afuera escucho una ciudad: martillos, voces, gaviotas, quizá un puerto. Intento incorporarme y algo tira de mis tobillos.

Una cuerda.

La miro sin comprender. Es delgada, casi ridícula, como si quien me ató estuviera seguro de que no tengo fuerzas para romperla.

Entonces veo el espejo.

No debería haber un espejo así en este lugar. Es demasiado grande, demasiado limpio; el vidrio devuelve toda la habitación y, en medio de ella, devuelve a un niño sentado desnudo sobre una cama. Tardo unos segundos en entender que soy yo. Parezco más pequeño porque todo a mi alrededor es enorme. Tengo doce años. El pecho, los hombros, las piernas: nada parece distinto hasta que bajo los ojos.

Hay una sutura roja.

Muy fina.

Demasiado ordenada para el daño que significa.

No necesito tocarla.

Sé.

La vieja.

El fuego.

Las manos.

El dolor que ocupó todo el mundo y después desapareció.

Me han castrado.

Lo pienso con una tranquilidad que no me pertenece, quizá porque el humo sigue haciendo su trabajo. Espero llorar. No ocurre. Espero gritar. Tampoco. Lo único que hago es mirar la cicatriz como si fuera una palabra escrita en una lengua que todavía no sé leer.

Nunca creceré, pienso.

Sé inmediatamente que eso no tiene sentido. Los hombres castrados crecen. Lo sé o lo sabré. Pero la frase permanece.

Nunca creceré.

El espejo cambia. Por un instante ya no estoy frente a él sino en Damasco, y detrás de mi reflejo aparece el Encantador de Serpientes con la flauta entre los labios. Cierro los ojos. Cuando los abro sólo queda mi cara.

—No tengas miedo.

La voz viene de la derecha.

Hay un hombre sentado junto a la cama.

No lo había visto.

Tiene la barba clara, la piel muy blanca y unos ojos azules que me resultan extraños, no por el color sino porque me miran sin calcular nada. No precio. No edad. No utilidad. Viste como un hombre rico de Oriente: seda, bordados discretos, una túnica oscura que recoge la luz del cuarto sin devolverla.

—¿Quién eres?

—Jorge.

El nombre me desconcierta más que su cara.

—¿Cristiano?

—A veces.

No sé si está bromeando.

Se levanta, vierte agua en un cuenco y me lo ofrece. Mis manos tiemblan cuando lo tomo. Él sostiene el borde mientras bebo para que no derrame todo sobre las pieles.

—¿Dónde estoy?

—A salvo.

—Eso no es un lugar.

Sonríe.

El Centurión decía cosas parecidas. Por eso me irrita.

—¿Por qué estoy aquí?

Jorge mira hacia el humo y disminuye el fuego debajo del recipiente.

—Porque alguien decidió que tu cuerpo le pertenecía.

—¿Y a ti no?

Se vuelve.

—No.

—Entonces desátame.

No lo hace.

Miro la cuerda.

—Dijiste que no.

—Dije que tu cuerpo no me pertenece. No dije que ya puedas caminar.

Eso me hace callar.

Se acerca y se sienta otra vez.

—¿Quién hizo esto?

No responde.

—¿Tú?

—No.

—¿Hákim?

Algo cambia apenas en sus ojos.

—¿Quién es Hákim?

No sé por qué he dicho ese nombre.

Lo conozco.

No lo conozco.

Una piedra azul aparece en mi memoria y desaparece inmediatamente.

—No sé.

Jorge levanta una mano y me toca la mejilla con el dorso de los dedos. El gesto es tan cuidadoso que retrocedo.

—No.

Retira la mano.

—Perdón.

Eso me asusta más.

Los hombres que me han tratado mal nunca piden perdón.

—¿Por qué eres amable conmigo?

La pregunta parece sorprenderlo.

—¿Preferirías que no lo fuera?

—No.

—Entonces descansa.

—No contestaste.

Mira el espejo.

—Porque alguien tiene que empezar.

No entiendo.

Afuera grita una gaviota. Después otra.

—¿Sabes qué eres? —pregunta.

—Farid.

—Eso ayuda.

—¿Qué quieres de mí?

—Nada esta noche.

—¿Mañana?

—Mañana veremos.

Otra vez esa palabra.

Veremos.

El Centurión, mi madre, todos los adultos parecen vivir en un país llamado después.

—Mi padre quería venderme.

Jorge asiente como si ya lo supiera.

—A un genovés.

—Sí.

—El Centurión me sacó.

—Sí.

—Después me perdió.

No responde.

—Después hicieron esto.

Miro otra vez la sutura.

—Sí.

La sencillez con que lo admite me permite finalmente sentir algo parecido a rabia.

—Entonces Dios no me sacó.

Jorge se inclina hacia adelante, apoya los antebrazos sobre las rodillas.

—Todavía estás aquí.

—Eso no significa nada.

—No.

—Le prometí mi vida.

—¿A quién?

—Al Dios de los cristianos.

—Qué mala negociación.

Lo miro.

No sé si reírme.

—¿Por qué?

—Porque tu vida ya era tuya.

La frase entra en mí mucho más despacio que el agua.

Me acuesto otra vez.

El humo se acumula cerca del techo. Hay libros amontonados sobre una mesa, rollos, papeles, un pequeño árbol visible detrás de la ventana. No sé qué clase de casa es ésta. Parece la habitación de alguien que piensa demasiado.

—Jorge.

—¿Sí?

—¿Voy a morir?

—Sí.

Lo miro aterrorizado.

Él levanta una ceja.

—Algún día.

—Eso no tiene gracia.

—No intentaba tenerla.

Cierro los ojos.

Entonces escucho la flauta.

Tres notas.

Abro los ojos de inmediato.

—¿La oyes?

Jorge permanece inmóvil.

—¿Qué cosa?

—La música.

Escuchamos.

Nada.

Sólo las gaviotas, el puerto, alguien golpeando metal.

—No.

Vuelvo a cerrar los ojos y la flauta aparece otra vez. También la plaza. También el muchacho. La serpiente le rodea el cuerpo y él no parece temerla.

Mi madre dice que las serpientes tenían pies antes de que nosotros tuviéramos ojos.

El Centurión dice que no todas las promesas pueden cumplirse.

Hákim me abraza en un callejón que todavía no ha ocurrido.

Jorge dice que mi vida era mía.

No sé cuál de ellos está aquí conmigo.

—Duerme —dice.

—¿Te vas a quedar?

—Sí.

—¿Hasta que despierte?

—Sí.

—¿Lo prometes?

Esta vez tarda.

—Lo prometo.

Entonces puedo dormir.

Antes de perderme vuelvo al espejo. El niño sigue allí, inmóvil dentro del vidrio, y detrás de él durante un instante creo ver al Encantador de Serpientes.

Aquí comienza mi historia.

No hay nada antes.

Nada detrás.

Eso creo.

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