F0027 · 03.16 — EL MURO TURQUESA

03.16 — EL MURO TURQUESA

ca. 1490 · Damasco — Farid, 12 años · Hákim, ca. 505 años (aparenta unos treinta) · Jorge Comneno, ca. 30 años

Por la mañana el muro sigue allí. El Encantador no.

El Centurión duerme sentado contra la pared y durante unos segundos creo que está muerto. La lámpara de sebo apenas alcanza a iluminarle los pies, tiene las piernas estiradas entre cuerpos de peregrinos, bolsas, mantas y animales que entran y salen del patio, y la cabeza se le ha vencido hacia un lado de una manera que no le conozco. Lo observo respirar hasta que estoy seguro. El hostal queda fuera de las murallas de Damasco y toda la noche escucho gente toser, discutir en voz baja, levantarse para rezar, volver a dormir; huele a sudor, humo, lana húmeda y estiércol. El Centurión no se mueve. Me pregunto si duerme así porque sabe que yo estoy despierto.

No consigo dormir. Pienso en la tienda roja de mi madre, en los hombres de mi padre, en el genovés al que nunca he visto y que, sin conocerme, ya ha puesto un precio sobre mi cuerpo. Después pienso en la ciudad. Damasco está a unos pasos y, sin embargo, desde aquí sólo distingo las luces que quedan encendidas detrás de los muros. Cierro los ojos y vuelvo a ver al muchacho bailando con la serpiente. No sé por qué me importa tanto. Mi madre contaba la historia del Rey Serpiente desde antes de que yo pudiera recordarla y acaso por eso la flauta me produce la impresión absurda de haber escuchado aquella música toda mi vida.

Antes del amanecer nos levantamos con los demás. El Centurión me da un pedazo de pan, bebe agua y comprueba dos veces que sigo junto a él, como si temiera que pudiera desaparecer mientras me mira. Nos unimos a una multitud de peregrinos que empieza a caminar hacia las puertas: hombres, mujeres, niños, algunas bestias cargadas, ancianos que avanzan apoyados en bastones, una mujer que lleva a un recién nacido pegado al pecho. Son tantos que pronto dejo de saber quién viaja con quién. Por momentos pienso que eso debe de ser la libertad: caminar entre cien personas y que ninguna sepa a quién perteneces.

—No te separes de mí —dice el Centurión.

—No pensaba hacerlo.

Me mira.

—Ayer tampoco.

No sé si es un reproche o una broma. Le tomo la mano antes de que tenga que pedírmelo.

Entramos en la ciudad mientras empieza a amanecer. El polvo todavía no ha subido y las calles parecen más anchas que el día anterior; algunos comerciantes apenas levantan los toldos, otros descargan cestas, alguien arroja agua frente a una puerta. Caminamos con los peregrinos hasta la plaza y entonces veo el muro turquesa. La primera luz entra en el azul y lo vuelve casi verde en unas partes, blanco en otras. Me detengo.

El Centurión sigue dos pasos antes de darse cuenta.

—Farid.

No respondo.

Ayer el Encantador estaba allí.

Reconozco el arco, la piedra donde se sentaba el viejo, incluso el lugar donde el muchacho apoyó por un momento un pie mientras la serpiente le subía por el cuerpo. Ahora no hay nadie. Ni flauta, ni círculo de curiosos, ni monedas en el suelo. Un perro olfatea junto al muro. Un hombre transporta una cesta. Eso es todo.

—¿Dónde está?

—¿Quién?

—El de la serpiente.

El Centurión mira la plaza como si nunca hubiera visto al hombre.

—Se habrá ido.

La respuesta me ofende por su sencillez.

—¿A dónde?

—No sé.

—¿Va a volver?

—Farid.

—¿Qué?

—No todo el mundo espera a que nosotros regresemos.

Sigo mirando. El muro continúa siendo hermoso y precisamente por eso la ausencia resulta más evidente. Me había convencido, sin decidirlo, de que el Encantador pertenecía a ese lugar como la torre, las piedras o el agua. Comprendo por primera vez que una cosa puede parecer destinada a permanecer y desaparecer al día siguiente sin dejar ninguna señal.

El Centurión tira suavemente de mi brazo.

—Nos vamos a quedar atrás.

Camino con él, pero vuelvo la cabeza varias veces. Quiero escuchar tres notas. No aparecen. Sólo el viento cruza la plaza y mueve una tela que alguien ha dejado colgada sobre un balcón.

—Mi madre decía que el viento hablaba.

—Tu madre decía muchas cosas.

—Tú también.

—Por eso no debes creernos todo.

—¿A quién entonces?

El Centurión piensa mientras caminamos.

—A nadie todo el tiempo.

Me parece una respuesta poco útil, pero la guardo.

Salimos de la plaza. El muro desaparece primero; después la torre turquesa. Sigo esperando oír la flauta hasta que los ruidos de Damasco la vuelven imposible.

Mucho después comprenderé que ésa es una de las maneras en que comienzan las cosas que van a perseguirnos durante siglos: alguien está ahí, uno aparta la mirada y cuando vuelve ya no está.

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