La primera vez que fui consciente de este enmascararse de Dios en la creación fue una tarde en que desperté en el salón grande de los ministriles de Catedral. Había tenido un sueño triste y había levantado los ojos al cielo. No había nada. Desperté y me sentí aliviado de seguir vivo. Abrí la ventana y fue la primera vez que esta ciudad medio destruida y a medio derruir, la ciudad que construían los españoles sobre los templos indígenas me pareció realmente hermosa. Entró un aire fresco, vi volar una mota de algodón y de pronto lo sentí, claramente. Me pregunté qué sería y sentí resonar dentro de mí la voz de la visión. El que viene de todas partes y se va por doquier. Era Él, el de los ojos violeta, el que cambia el todo en Uno y hace Ser al interior de la nada. Hubiese querido preguntarle por esa cicatriz, ese hilo rojo que me había castrado, pero la voz se fue y me dejó con esta única pista para seguirlo. Canta. Esta era la única orden; que cantase. No dijo que cantase en catedral, no dijo que cantase en su honor o en el de su Madre.
Sólo dijo ¡canta! Me arrebató el señor No había llegado a mí la pubertad, pero había sentido en mí el manto que me cubrió de desnudez. Dios había extendido sobre mí su juramento, había hecho una alianza conmigo y fui de él. Me bañó con su agua, me lavó la sangre que me cubría, me unió. Me dio los vestidos recamados, los zapatos de cuero fino, la hopa de seda que me entregó la catedral. Yo, como dice el profeta, creí que todo eso era mío. El pan que comí, la flor de harina, el aceite y la miel de mis días. Fui como Mi abuela Inés que sacrificó a sus hijos por desamor de su marido; los inmoló; pero aún estando desnudos Mi abuela Inés y yo los fines de semana, no nos sentíamos desnudos. Al contrario; me creí grande, escuché intrigas, aprendí las rebeliones que se alzaban contra Dios y sus hombres. Mi abuela Inés me daba regalos y Dios puso delante de mí todas las noches en que nos complacimos y vi mi desnudez; me vi con ella y me entregué al furor y los celos. El arete de perla creció en mí; me vi acribillado, agotado. Era yo el salario de mi propia prostitución. Era yo hijo de aquel padre que vendía a sus maridos. Me encontré avergonzado, pero sólo ese instante. Después me di cuenta de que volvía la cotidianeidad de vestirme con colores brillantes y creer que aquel brillo era mío. En mi garganta se había abierto la voz. En la distancia de Mi abuela Inés, supe que tenía que llegar el momento de separarme de ella y aún así, lo alargué lo más que pude y no le dije nada para poder seguir disfrutando de la paga del adulterio. Siete años pasaron. Yo aún no me convertía. Ni a Dios ni a los hombres. Era un niño no tanto porque seguía teniendo la apariencia de un niño que no ha llegado a la pubertad. Me portaba como un niño, hablaba como un niño y sobre todo, pensaba como niño, pero sin inocencia. Estaba lleno de la sensualidad infantil de quien todo lo explora, todo lo prueba, todo lo saborea y sobre todo cree que lo sabe todo.
Por la noche, Israel me dijo que siempre que un nuevo muchacho entraba a vivir con ellos, le daban una fiesta. Tomamos pulque en una terraza. A nuestros pies flameaban las antorchas. A la ciudad la iluminaba la luna y cuando volví, señor, me perdí.
113 Sin que yo hubiese podido enterarme, el maestro de capilla pidió al cabildo que me trasladase ya de tiempo completo a México. Quería educarme no sólo como cantante de catedral quería que aprendiese gramática y que leyese las escrituras. La Iglesia me estaba llamando, pero claro, yo tendría que renunciar por completo a mi vida con Mi abuela Inés por lo que la posibilidad de abandonar mis planes no me resultaba en absoluto atractiva. El obispo estudió la posibilidad incluso de que entrase a estudiar en San José de los naturales pero finalmente, visto que sería cantante de catedral, nos llevaron a Molina y a mí a educarnos en las cosas de Dios en la primera catedral.
113 Sin que yo hubiese podido enterarme, el maestro de capilla pidió al cabildo que me trasladase ya de tiempo completo a México. Quería educarme no sólo como cantante de catedral quería que aprendiese gramática y que leyese las escrituras. La Iglesia me estaba llamando, pero claro, yo tendría que renunciar por completo a mi vida con Mi abuela Inés por lo que la posibilidad de abandonar mis planes no me resultaba en absoluto atractiva. El obispo estudió la posibilidad incluso de que entrase a estudiar en San José de los naturales pero finalmente, visto que sería cantante de catedral, nos llevaron a Molina y a mí a educarnos en las cosas de Dios en la primera catedral.
una túnica. Pero Hákim había entrado y el esclavo, sin saber bien como se dejó coger de la mano y saltaron juntos por el árbol de los mochuelos. Y como en el sueño en que Farid había creído volar, muchos años atrás, fuera del torreón en que el alquimista le dio la pócima, volvió a escapar.
No sé el nombre de la taberna en la que nos refugiamos. Supongo que habrá sido un nombre muy carente de imaginación. Algo así: “taberna de Girardot.” Dormimos en el ático y hacíamos nuestras necesidades sin pudor ni asco, delante del otro. Ahora que lo pienso me avergüenzo, pero ya lo he dicho, más que inocente debo haber sido yo tonto y exponerme así delante de Miguel: comer, orinar, cagar, soñar, roncar. Todo eso no me parecía lo más natural. Nunca nos besamos. Pasaría mucho tiempo para volver atrás, hasta el tiempo en que todo eso ya sucedió. Ya, pero todavía no.
Antes de venir y rebanar el cuello del señor Estévez el cabrón de Miguel se dio tiempo de robarle a Mi abuela Inés Cornaro sus aretes de perla. Recuerdo que uno de ellos tintineaba en su oreja cuando yo le leía en el jardín todas aquellas novelettas de amor fugaz.