F0929 · Este hombre era Alonso Sánchez de Huelva o tal vez vizcaíno.

Este hombre era Alonso Sánchez de Huelva o tal vez vizcaíno. 

, había sido el único que tenía la obsesión suficiente como para detenerse y leer cada mañana todas las cosas que se pegaban en el Pasquino. Era el único que había notado lo que significaban todas aquellas claves que alguien había puesto ahí. Le interesaba el mensaje que estaban dejando. Era un mensaje cósmico. Los mensajes que Dios dejaba, pensó, estaban en la Eucaristía, él, en cambio estaba interesado en este mensaje de Satanás. Porque era Satanás quien demandaba la sangre de esos niños asesinados. Comentó con uno de los guardias del palacio. Un español. 

     —Qué ha sucedido con el caso de los niños asesinados en Roma?

     El español guardó silencio. Se aproximó a la puerta y gritó:

     —Que nadie me moleste.

     Luego entró a la sala y se aproximó a Marcel. 

A nadie le interesaba la suerte de los niños muertos en semejante experiencia. 

Jorge comenzó a sentirse mal. Se retiró. Afuera le molestaba el ruido del palacio. El mismo que en otro tiempo lo hacía sentirse mejor. Se sentía como José en el pozo. Cuando José fue llevado por sus hermanos, ellos cantaron y bebieron. Así se sentía Su Santidad. Toda la gloria del mundo era poca ahora que estaba por enfrentarse al Altísimo. No. No si antes la ciencia de este hombre y la cara de ese muchachito le daban un poco de vida. Un poco nada más. Qué frío. Nunca había sentido tanto frío. Tenía, además, mucho miedo. Miedo de las brujas que él, durante su pontificado, había reconocido. El papa, creador del primer tratado contra la brujería era, en secreto, un brujo negro que se alimentaba de la sangre de niños judíos. Jorge miró desde la ventana a los invitados. Se hizo servir una copa de vino miró al pequeño Farid. El esclavo vestía como un joven príncipe oriental, de azul y verde. Cubría su rostro detrás de una mascarita tachonada de zafiros. Y tocaba el oud.

Voi ch’ascoltate… Al terminar, los invitados aplaudieron, qué hermoso. Jorge se aproximó al muchacho árabe por detrás y le quitó la máscara. Qué hermoso, seguían diciendo. Pero ya no se referían a la música, se referían a él. Al muchachito árabe que sonrió feliz de saberse deseado. 

 se sentía orgulloso. Y cantaba mejor. Era un objeto, pero un objeto deseado. Era evidente, por la cara de los invitados que tenía razones para sentirse cómodo. Feliz. Fue entonces cuando Jorge lo supo. Porque ella había sonreído cuando él le quitó al esclavo la máscara. No se había sonrojado. Lo había mirado a los ojos. Inés había amado la cara desnuda del esclavo árabe. Y no había tenido la vulgaridad de ocultarlo. No, no era tonta. Supo que lo que había seducido al cardenal Ruffini era una suerte de veneno. Una peligrosa mezcla como la que producían los alquimistas de los Medici frente a la casa del cardenal del Monte: Aquella muchacha, casi una niña, no sólo era hermosa, a su modo era sensible. Terriblemente inteligente. Y sagaz.

Durante el banquete que siguió a la ceremonia se habló de negocios, de barcos, fincas y adelantazgos.  El señor de Aguilar había llegado un poco tarde a la Boda. Se había quedado leyendo el grimorio que encontró en la biblioteca Vaticana y más tarde se había perdido en la ciudad para mirar a escondidas a las mujeres y los muchachos que se prostituían en los callejones. La tarde era cálida pero habían encendido antorchas para iluminar y calentar a la gente. Cuando llegó a la reunión en casa del cardenal le condujeron amablemente por una serie de habitaciones hasta la más pequeña y elegante. 

Luis hizo traer un rico licor de manzana que sabía a leche y con el que continuaron emborrachándose. El Señor del Carpio que parecía como un sol. 

—Pues bien —dijo —. Su majestad la reina ya es dueña de toda la península. Se acabó Granada.

—Ni me lo digaa —respondió Inés. Se exaltó hablando mal de su reina porque parecía entender los pesares de estos hombres que habían sido expulsados de la península. En realidad Luis Méndez del Carpio estaba mintiendo. Él mismo había formado parte del consejo que había decidido expulsar a judíos y musulmanes de los reinos de Castilla y Aragón, pero ahora estaba necesitando del dinero de estos hombres. Y tenía un hijo con una judía. Con Inés.

     Aquella era una pequeña reunión entre amigos. Jorge les había mostrado a todos cuadro de uno de sus nuevos sirvientes, un pintor. Descorrieron la cortina y él pudo ver un cuadro pequeño de un muchachito que despertaba. Es un ángel, dijo el cardenal. Se le notaba en la voz el éxtasis lánguido de una muchachita que dijese ello. Volvió a cubrirla, como para que las miradas no tocasen aquella desnudez que sólo él podía manosear. 

—¿Acaso hay algo que lo proteja? Al Hákim rio estrepitosamente.

—Venga —le dijo—, vamos a pasear. Y evaluó la posibilidad de contarle su pequeño secreto. El secreto de la sangre para el papa. Pero si se lo decía, pensó, tendría que matarlo. Y Marcel. A decir verdad. A al-Hákim le caía bien. 

 Jorge Comneno era un hombre intolerante, pero con las mujeres mucho más. Aún así, le resultaba imposible ser intolerante con la señora Inés quien a partir de entonces sería conocido como Inés Comneno. Est mujer no sólo era poderosa. Era hermosa. De una belleza que Jorge tan lleno de fantasías alquímicas, intuyó andrógina, justo como los magos renacentistas pensaban a la divinidad.

—Con la elección del papa Borgia, Roma está a los pies de Aragón. Tenemos razones para brindar, “Emperador.”

Jorge Comneno levantó su copa y miró divertido a Marcel. Era el encuentro amistoso de dos espías que en cualquier momento podrían entrar en guerra. Inés provenía de una familia venida a menos durante la Guerra Civil entre Enrique IV e Isabel la Católica. Pero ahora se encontraba en mucho peligro a causa de que era judía.

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