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Desde el año anterior, en 1505, Fernando de Aragón había visitado a los geógrafos y había procurado mostrarse interesado en los avances de los mapas que mostraban un territorio que, no podía evitar lamentarlo, estarían a cargo de su yerno Felipe y su hija la loca Juana.  Tal vez si supiera que aquellas tierras que parecían crecer de tamaño con el paso de los días, se hubiera mostrado interesado en las juntas geográficas de Toro y Burgos, pero a decir verdad estaba más interesado en expandir el reno de Aragón, su reino, hacia el oeste, asentarse en un Mediterráneo que cada día se veía más amenazado por el turco. Además, hasta ahora, a pesar de los esfuerzos no había en todo aquel inmenso mundo que iba desde Terranova hasta Tierra del Fuego otra cosa valiosa que no fuesen perlas. Las perlas con las que el marqués de las Salinas se estaba queriendo hacer para asegurar el futuro de Garci, su amado hijo bastardo.

Siempre que podía o siempre que pasaba por Burgos, el rey se dejaba ver en las juntas geográficas en las que Isaac había adquirido un papel preeminente por el puro hecho de haber traído de Bizancio algunos de los mapas que más estaban ayudando a los científicos a hacerse una idea de la forma del mundo.  

La verdad es que el rey lo hacía más por molestar a Felipe el hermoso, por mostrarle que, sin importar el testamento de Isabel la Católica él, Fernando, seguía siendo el auténtico rey. Como sea, sus esfuerzos por molestar a la familia de su hija eran infructuosos, en aquellos tiempos tampoco a la familia de Juana le interesaba en absoluto la geografía. Ella había vuelto a los bailes y en Flandes se rumoreaba que le gustaba beber. Es cierto, pero la reina bebía porque, a pesar de que su marido Felipe se esforzaba en todo por demostrarle su amor, para ella no era nunca suficiente. Sólo borracha se sentía bien. Y el que más lo resentía era el pequeño Carlos, duque de Luxemburgo quien estaba por cumplir los siete años y ya había sido nombrado legítimo heredero de los reinos unificados de Castilla y Aragón.

La oposición entre Felipe el hermoso y Fernando el católico había comenzado cuando el rey Felipe consiguió un tratado con el rey Luis XII, enemigo del rey de Aragón en las Guerras Italianas. El pacto entre Felipe y Luis de Francia tenía historia. Se firmó en 1501, cuando nació el joven duque de Luxemburgo se prometió a Claudia, la hija del rey francés. Ahora, con el niño en la línea directa de sucesión al trono tanto de Alemania como de España, Felipe pensaba que, o podría conseguir mejores condiciones en el pacto o emparentar al pequeño príncipe con una noble de mejor sangre. El problema era, claro, que durante el pacto de 1501 se había pactado la entrega del ducado de Milán, de Génova, de los condados de Asti y Blois, del ducado de Borgoña, los vizcondados de Auxonne, Auxerrois, Maconnais y Bar-sur Seine. 

El rey de Francia, por su parte se comprometía en el tratado de Blois a respaldar a Felipe contra su suegro. Finalmente, en 1506 las hostilidades se hicieron abiertas. Felipe se casó con Juana y fue proclamado rey de Castilla por las cortes de Valladolid. Como en el caso de la sucesión de Isabel más de treinta años atrás. El país se dividió entre felipistas y fernandistas aunque sucedió algo que cambió la historia de España y, por tanto, de los poblados castellanos que comenzaban a crecer al otro lado del mar, en eso que ya abiertamente las juntas de Toro y Burgos había declarado el Nuevo Mundo: Felipe murió.

Evidentemente todos culparon al suegro. Un día antes, el 24 de septiembre de 1506, los nobles castellanos habían formado el consejo de regencia para el gobierno del reino y se había declarado que Juana estaba loca e incapaz de gobernar. Se decidió que el gobierno sería presidido por el cardenal Cisneros. Felipe quien estaba en Burgos, jugó a la pelota y comenzó a sudar. Tomó agua fría y comenzó la fiebre. Tenía 28 años. Esa tarde llegaron a informarle de los acontecimientos de la Guerra en Italia pero él ordenó al consejo que se disolviera y se fue a descansar. Amaneció muerto. Juana enloquecida ahora realmente ante la idea de que su padre hubiese podido haber matado a la persona que más amaba exhumó el cuerpo de su esposo para llevarlo hasta granada. Además le extirpó el corazón para que fuese llevado a Bruselas. Comenzó así la famosa peregrinación de Juana la Loca con el cuerpo de su marido muerto. Y lo único que hacía la reina era confirmar que estaba loca y con este hecho daba legitimidad a Cisneros quien resultaría tan importante para los sucesos del Nuevo Mundo que sería el primer hombre que escucharía las quejas de Fray Bartolomé de las Casas. 

No hay testimonios que confirmen que Fernando de Aragón se alegró con la muerte de su yerno. Lo cierto es que no la lamentó. Con Cisneros en el trono de Castilla tenía formadas todas las alianzas necesarias. Y lo dicho, este pasaje de la historia no hubiese resultado más que anecdótico para Alberto y Farid si no fuese porque con Cisneros en el poder la política hacia el Nuevo Mundo, proclamado tal en las juntas de Toro y Burgos, se volvió todavía más rigurosa. En lo que se refería a la política del viejo mundo Cisneros apoyaba abiertamente al monarca de Aragón, pero en la política del nuevo mundo se siguieron a la letra los deseos de Isabel. 

Se siguieron las investigaciones cartográficas, se apoyó a Américo Vespuccio como Capitán general del reino y, al menos intencionalmente, se siguió la población pacífica de aquellos reinos que tan grandes y tan providenciales habían resultado. Intencionalmente porque a pesar de que los hermanos Colón habían terminado en la desgracia y el olvido, muchos otros pobladores seguían cometiendo injusticias contra la población nativa. No sólo los esclavizaban, los traicionaban haciendo pactos que de inmediato rompían para iniciar guerras que les permitiesen apelar a la esclavitud justificada. 

Por aquellos años Bartolomé de las Casas comenzó un intento que le llevaría casi diez años por informar a la corona de Castilla que las encomiendas eran auténticos centros de tortura, que había niños de cuatro o cinco años a quienes reventaban los pulmones pescando perlas, que a nadie parecía importarle la evangelización de los indios y que los navegantes se habían embarcado en toda clase de extravagantes aventuras buscando reinos míticos, ciudades de oro y fuentes de eterna juventud. 

Bartolomé de las Casas pidió una audiencia con el Señor de las Salinas, el señor lo recibió en su elegante biblioteca de Toledo y escuchó con interés todas las informaciones en torno a lo que estaba sucediendo en la Española. Supo que se habían descubierto nuevas Islas en las que habían encontrado indígenas y en las que había desembarcado un joven bachiller que se llamaba Cortés. Es la isla de Cuba. El señor de las Salinas estaba interesado en el asunto por sus propios intereses de modo que prometió al joven fraile que le daría una cita con el cardenal Cisneros.

Al Señor de las Salinas le parecía hipócrita este fraile de aspecto frágil que sin embargo tenía unos ojos de fuego. Por una parte parecía muy interesado en los indígenas. En las juntas de Toro y Burgos había expresado vehementemente que eran falsas las acusaciones de canibalismo y sacrificios humanos con las que encomenderos como Colón y su familia estaban justificando la toma de esclavos. Por otra parte el Señor de las Salinas era un hombre que siempre estaba pensando en sus intereses. Incluso si eran buenos como en el caso de su hijo de origen moro a quien amaba tanto como a su amante que, recluida en su balcón miraba en el jardín a su marido conversando con el fraile. El niño, como un pequeño noble estaba sentado con ellos y cuando fray Bartolomé se levantó, le acarició la cabeza.

El señor de las Salinas había prometido a Bartolomé de las Casas que trataría de conseguirle una cita con el cardenal Cisneros, pero dos cosas impidieron un asunto de suyo complicado. Bartolomé tuvo que volver de inmediato a La Española donde había comenzado una sangrienta guerra. 

Además, en ese año de 1508, Cisneros, regente de España, aprovechó la debilidad de Juana, que Felipe había muerto y que Carlos era un niño de tan sólo ocho años para proponer a Fernando de Aragón que reconquistara la ciudad de Orán en la Costa africana. 

Los sueños de grandeza imperial también habían entrado junto con el humanismo en la mente de Cisneros quien a pesar de su origen pobre, a pesar del cariño que había profesado por los musulmanes durante su juventud se sintió iluminado por algo superior, una luz conquistadora que, imaginó, lo haría un Julio César. Él mismo, El cardenal Cisneros financió la guerra en África y se le concedió el título de capitán general del África. España había comenzado a guerrear con el mundo. Fernando de Aragón aceptó, por supuesto, la posibilidad de hacerse en Orán con un fuerte que le permitiría continuar la guerra contra los franceses y apoderarse del Mediterráneo. No podía saber que al otro lado del mar se estaba librando una guerra que aterrorizaba a Bartolomé de las Casas. Era una guerra en que se cortaron las cabezas, las manos y los pies de miles de indígenas en La Española. Durante muchos años Bartolomé de las Casas tendría pesadillas recordando aquellas masacres. Pero aún faltaban algunos años para que sufriera eso que los místicos llaman La Conversión.

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