F0506 · * LA VOZ DE FARID

* LA VOZ DE FARID

Otro día, Atonatiuh volvió a escuchar el sonido del laúd. Salió al jardín. Ahí estaba, el extranjero rubio. Trató de levantarse, pero cojeaba. Se acercó a Atonatiuh y le dijo:

—Ten.

Atonatiuh, sonriendo, repitió:

—¿Ten?

—Que tomes.

—Ten.

—Si, ten.

Se rieron los dos. Atonatiuh tomó el laúd y se sentó junto a Antón de Alaminos. Convencido de que el instrumento que producía ese extraño sonido se llamaba “ten”, cogió el laúd por el puente y se puso a tratar de hacerlo sonar.

—No —dijo Antón, y tomó el instrumento—. Se coge así.

Antón le mostró cómo debe tomarse el instrumento, se lo devolvió y comenzó a enseñarle la forma en que se ponen las manos.

—Debe ser con delicadeza ¿eh? Estás muy tenso. Mira.

—¿Ten?

—Te has creído que se llama “ten”. Se llama laúd.

—Atonatiuh.

—Vaya pues… 

Atonatiuh comenzó a hacer sonar el instrumento.

Antón miró que Atonatiuh había dejado la flauta que solía tocar junto a sí. La tomó, comenzó a limpiarla. Atonatiuh se detuvo. Se miraron. Los dos sonrieron.

—Sigue, sigue tocando.

—Sigue —dijo Atonatiuh— y siguió tocando.

Antón comenzó a buscar en la flauta la tónica. Escuchaba con los oídos atentos y entonces, sobre el acorde constante de Atonatiuh comenzó a improvisar una melodía que refrescó la cálida tarde de Tenochtitlan aquel diciembre de 1519.

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