1524, cantos en la selva
El día siguiente fue similar a los anteriores: mendigaron durante la mañana y por la noche encontraron refugio en una taberna. Allí, entre el humo y el olor a pulque y vino barato, Martín comenzó a contar historias extravagantes sobre su vida en Sevilla. Había sido soldado en Italia, pero después, cansado de la guerra, se había convertido en cobrador de impuestos.
—Un oficio del que se habla tan mal en la Biblia no podía ser para mí —comentó con una sonrisa amarga—. Así que me vine al Nuevo Mundo, a contrabandear.
—¿Y ahora qué busca en el mar? —preguntó Atonatiuh, sus ojos oscuros fijos en Martín.
—Allá, en el fin del mundo —respondió el español, inclinándose hacia ellos como quien revela un secreto—, se acaba la redondez.
Atonatiuh se volvió hacia Chimalpopoca, murmurando en náhuatl:
—Tenías razón, estos dos están locos.
Martín, que entendía perfectamente el idioma, respondió con la misma serenidad de Farid:
—Tienen razón.
De vuelta en la carreta, viajaron en silencio durante un tiempo. Farid, sentado entre Chimalpopoca y Atonatiuh, se había acostumbrado al crujido rítmico de las ruedas sobre el camino. La conversación se encendió nuevamente cuando Martín levantó la vista al cielo.
—Tal vez lloverá —dijo.
—No habrá problema, los árboles nos cobijarán —respondió Alonso con confianza.
—Tal vez nos asalten en el camino —añadió Atonatiuh.
—No habrá problema, sé usar la ballesta —contestó Martín con una sonrisa socarrona.
—Tal vez nos perdamos —dijo Chimalpopoca, su voz apenas un susurro.
Todos se quedaron en silencio, sabiendo que, en el fondo, eso era exactamente lo que buscaban.
El paisaje comenzó a transformarse. El verde profundo del bosque dio paso a la densidad de la selva. Las copas de los árboles cambiaron de color y las lianas colgaban como brazos extendidos. Farid, cada vez más dueño de sí mismo, observaba el entorno con una calma inusual. Todo lo que había sucedido en su larga vida, las guerras, los amores y las pérdidas, le parecía pequeño en comparación con la vastedad de aquel momento. Era un fugitivo y un ladrón de sí mismo, pero también un rey en un reino que se extendía tanto como sus sueños.
De noche, con una botella de vino, Martín narraba historias que mantenían a todos cautivos. Habló de Indochina, de un marino portugués enamorado de una mujer que cultivaba perlas y elefantes, y de la tarde en que, junto con Francisco Fernández de Córdoba y Antón de Alaminos, contempló el Mar de los Sargazos. Sus relatos, sazonados con olifantes, trogloditas, monos y encantadores de serpientes, fascinaban especialmente a Chimalpopoca, cuyos ojos brillaban con cada palabra.
Farid, en un arrebato de sinceridad, contó su propia historia: su viaje desde Tierra Santa, su inmortalidad, los siglos que había visto pasar como un espectador atrapado en una obra interminable. Nadie le creyó, pero aún así lo alimentaron con manzanas verdes y queso.
Viajaron al sur durante lo que les pareció tres o cinco años, aunque nadie llevaba un calendario. La monotonía del viaje se rompía con pequeñas aventuras, con cantos improvisados y largas conversaciones bajo las estrellas. Si la guerra había terminado, pensaban, había que ver qué seguía.
Y así, entre la espesura de la selva, con sus historias y sus silencios, avanzaban hacia un destino incierto, guiados por el sol y por un anhelo que no podían nombrar.