F0642 · 1524.23 — 1524, el canto y la resistencia Desde los primeros días de su travesía, Farid había recordado, con

1524, el canto y la resistencia

Desde los primeros días de su travesía, Farid había recordado, con una mezcla de alivio y nostalgia, que no había olvidado el arte de sobrevivir. Sabía encender fuego, cazar conejos, y encontrar sustento en insectos, frutos silvestres y reptiles. Dormía bien en cualquier prado, usando una piedra forrada con su gastado sayo de ministril como almohada. Por las mañanas, se detenía a contemplar los colores del amanecer, exaltado con la idea de alcanzar el mar, convencido de que allí encontraría la felicidad. Pero tras algunos días, la nostalgia empezó a infiltrarse como una sombra persistente.

Cuando llegó a Quauhnahuac, encontró una taberna en la que los exploradores se avituallaban antes de emprender sus viajes hacia el oeste, hacia el sol. Allí, Farid cantó para ganar algo de dinero, y la gente, fascinada por su voz, puso a sus pies lo que necesitaba. Cantaba junto a la Virgen de la Tribulación, y su presencia parecía bendecir cada nota.

Con el paso del tiempo, su rutina se había hecho más errática. Su traje de ministril estaba raído, sus sandalias rotas, y su cabello había crecido desordenadamente. Por las tardes, trepado en los árboles, Farid miraba el horizonte con tal intensidad que pensaba que, tarde o temprano, entendería qué hay más allá de la muerte.

En su andar, comenzó a notar a los borrachos que poblaban los mercados y los caminos. Los curas y conquistadores se emborrachaban con vino, mientras los indígenas y fugitivos como él se entregaban al pulque. En pocos años, las abadías habían comenzado a levantarse junto a los caminos, atrayendo a ladrones, prostitutas, geómetras y hombres de fe. Fue en uno de esos mercados donde encontró a Atonatiuh.

El cantante y el guerrero se reconocieron al instante. Atonatiuh tenía el rostro marcado por la viruela, pero su porte seguía siendo imponente. No habían hablado mucho desde la caída de México-Tenochtitlán, pero el tiempo no parecía importar.

—¿Qué haces en esta ermita? —preguntó Farid.

—Espero a que venga Martín —respondió Atonatiuh con calma.

Varias semanas después de la caída de la ciudad, Atonatiuh había visto a su amante castellana, Lucía, feliz. Su risa vulgar y estrepitosa le había revelado que no era amado. Ese descubrimiento, tan simple y devastador, lo había llevado a abandonar la ciudad junto al pequeño Chimalpopoca. Ahora, vivía buscando aventuras y cargando con un solo recuerdo de Lucía: un arete de perla que guardaba como un símbolo ambiguo de su fracaso y su libertad.

En un albergue de franciscanos, Atonatiuh había conocido a europeos frustrados con los abusos del marqués. Bebiendo pulque, hablaban de cómo se habían embarcado en busca de libertad, solo para encontrar un jefe militar tan despótico como los terratenientes de Castilla. Entre ellos estaba Martín, un español siempre borracho que soñaba con el Reino Cimarrón, un refugio para quienes huían del sistema colonial.

Fue gracias a Martín que Atonatiuh y Farid volvieron a encontrarse.

—Me ha dicho Martín que si te doy un tomín rezarás a la Virgen que llevas contigo —comentó Atonatiuh con una sonrisa leve.

—Es muy milagrosa —respondió Farid.

Chimalpopoca, siempre curioso, preguntó al hombre que les ofrecía un cuenco de pulque:

—¿Cómo se llama este gato?

—Pequeño Jaguar. Si quieres, es tuyo.

Chimalpopoca lo tomó con entusiasmo, metiéndolo en su hatillo junto a semillas y yesca. Cuando Martín llegó, miró a Farid con interés.

—Deberías venir con nosotros.

Farid lo miró con curiosidad antes de preguntar:

—¿Por qué me invitas?

—Porque sabes cantar.

Farid sonrió. Para él, esto era la vocación: siempre que estaba atorado o al borde de un nuevo camino, alguien lo llamaba a cantar. Y él cantaba, y avanzaba.

Subieron a una carreta tirada por dos mulas. Farid, contento de descansar sus piernas, se acomodó junto a Chimalpopoca, quien, con descaro, comentó:

—Ya veo que estás loco.

Farid rió suavemente.

—Es cierto. Pero no me importa.

Con el gato dormido en el hatillo y la Virgen de la Tribulación en su pecho, Farid sentía que el camino al oeste, aunque incierto, lo llevaría al lugar donde el sol se pone, el lugar donde los sueños, y tal vez el mundo, finalmente terminan.

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