F0193 · Una tarde, mientras acampaban cerca de un río, Narumi habló con Cristóbal mientras los demás dormían.

El viaje continuó entre días de lluvia y noches de incertidumbre. Narumi se había integrado completamente al grupo, pero su presencia no era solo funcional; parecía llevar consigo una fuerza tranquila que anclaba a los demás. Era Narumi quien calmaba las disputas entre Cristóbal y Víctor, quien entendía los silencios de Farid y ofrecía palabras sabias cuando sentía que era necesario. Su vínculo con Taro era inquebrantable, pero poco a poco, el niño comenzó a encontrar figuras en los otros miembros del grupo: en Víctor veía a un hermano mayor, en Cristóbal un protector, y en Farid algo que aún no lograba nombrar, pero que lo fascinaba.

Una tarde, mientras acampaban cerca de un río, Narumi habló con Cristóbal mientras los demás dormían.

—No puedo dejar de pensar en lo que dijo la hija del Rey Cimarrón —murmuró, mirando las aguas que reflejaban la luz de las estrellas.

Cristóbal, que afinaba su violín con movimientos cuidadosos, la observó.

—¿Crees que lo encontraremos? —preguntó él.

Narumi tardó en responder.

—No sé si el Reino Cimarrón es un lugar o una idea. Pero sé que tengo que seguir buscándolo.

Cristóbal dejó el violín a un lado y se inclinó hacia ella.

—¿Y si no existe?

Narumi lo miró fijamente, con una intensidad que lo hizo apartar la mirada.

—Entonces lo construiré —dijo con firmeza.

El grupo se detenía cada vez que encontraban un poblado, y era Narumi quien hablaba con los habitantes. Su presencia tenía un efecto calmante, incluso en los momentos más tensos. En uno de esos pueblos, encontraron a un anciano que les habló de un río que no figuraba en ningún mapa.

—Dicen que sus aguas están malditas —advirtió el anciano—. Pero si siguen su curso, encontrarán algo que nadie ha visto jamás.

Farid se acercó a Narumi después de la conversación.

—¿Qué piensas? —preguntó, intentando leerla.

—Creo que el anciano está tan perdido como nosotros —respondió ella con una sonrisa cansada—. Pero un río siempre lleva a algún lugar.

Una noche, mientras acampaban bajo un árbol gigantesco, Narumi y Farid tuvieron una conversación que cambiaría su relación.

—He visto muchas cosas en mi vida, Narumi —dijo Farid, rompiendo el silencio—. Pero tú eres diferente.

—¿Diferente cómo? —preguntó ella, sin apartar la vista del fuego.

—Eres como este camino. Una mezcla de lo que fue y lo que podría ser.

Narumi lo miró por primera vez con verdadera curiosidad.

—¿Y qué eres tú, Farid?

—Un espectador. Alguien que nunca pertenece a nada.

Narumi inclinó la cabeza, pensativa.

—Tal vez deberías dejar de mirar y empezar a construir algo.

Sus palabras resonaron en Farid mucho después de que ella se durmiera.

Cuando finalmente llegaron al río que el anciano había mencionado, Narumi fue la primera en tocar sus aguas. Taro, que había corrido delante, volvió con una sonrisa radiante, señalando un claro en el que se alzaban cruces cubiertas de musgo.

—Es aquí —dijo el niño, como si lo supiera con absoluta certeza.

El grupo cruzó el río en balsas improvisadas, guiados por un instinto que ninguno de ellos podía explicar. Al otro lado, encontraron un remanso donde la selva parecía respirar con una vida propia. Fue Narumi quien señaló un sendero apenas visible entre los árboles.

—Por aquí —dijo, avanzando con una determinación que los demás no se atrevieron a cuestionar.

En el claro que encontraron al final del sendero, los esperaba una pirámide cubierta de vegetación. Alrededor de ella, cruces clavadas en la tierra parecían formar un círculo de protección. Narumi se arrodilló frente a una de ellas, colocando a Taro a su lado.

—Si este es el Reino Cimarrón, entonces debemos asegurarnos de que sobreviva —dijo en voz baja.

Farid se acercó y se arrodilló junto a ella, mirando las cruces.

—¿Qué significa esto para ti? —preguntó.

Narumi suspiró, colocando una mano sobre el suelo húmedo.

—Que no importa lo que construyamos, siempre será una resistencia contra algo más grande. Pero mientras lo hagamos juntos, tendrá sentido.

Cristóbal y Víctor se unieron, seguidos por Taro, quien comenzó a entonar una canción que había aprendido de Narumi. La música llenó el claro, resonando contra las piedras de la pirámide.

Por primera vez en mucho tiempo, Farid sintió que pertenecía a algo.

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