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La luz se metió por los lucernarios como para posarse sobre La Virgen. La Virgen de la Tribulación, un icono bizantino que ahora está en México pero que el 21 de enero de 1491 estaba en Roma a donde fue llevada por Jorge Comneno.

***

María no sabía del amor otra cosa que lo que escuchaba en el sermón de los domingos al que asistía más por obligación que por piedad. Aquella tarde había llegado la misiva, el marqués volvería a Toledo y traería consigo a Jorge Comneno y a sus dos favoritos, un esclavo árabe y aquel monje que en el Monasterio de San Alesio cantaba tan bien. El chichisbeo se removió en el lecho. Afuera comenzaron a sonar las campanas de un requiem se rezaría por el alma de Alfonso toda la semana. En otra parte, pensó, están teniendo lugar las misas por el alma del príncipe. Y ella aquí, tendida con un muchacho. Imaginó, en el coro de catedral, vestidos con gorgueras el coro de niños. Se abrirían las puertas y un féretro (vacío, puesto ahí sólo para simbolizar la muerte) penetraría la iglesia. Dies Irae. Maria se dejó besar. Atrajo al muchacho y lo abrazó con una suerte de adoración lenta, pensativa y consciente. Había dejado de creer en el amor casto, en el amor que leyó en el Ficino. Sólo existe este amor, se dijo. Quien controla la carne controla la vida y quien controla la vida no teme a la muerte. Días de ira, cuando los siglos se reduzcan a cenizas como testigos de David y Sibila.

Mariana y el muchacho volvieron a amarse. Ella, en un momento, sintió tanto placer que tuvo ganas de llorar. Él se sorprendió:

—¿Qué tienes, te he hecho mal?

—Nada nada.

Agua bendita. Imaginó que en ese momento estaban lanzando agua a todos los asistentes. En recuerdo del bautizo.

——Sigue, por favor ——dijo.

Cuando María se desplomó, exhausta sobre el pecho de su amante, cerró los ojos y aún imagnaba el Dies Irae. La blancura de esta piel, los cabellos dorados, los pies de este muchacho representan, se dijo, todo lo que me han prohibido siempre. Dios y la religión.

Pero ella, María se había transformado, esta vez se había transformado por completo. Y el viento que se metía por la ventana lo confirmó: María de Solier ya solo creía en sí misma. No necesitaría de este chichisbeo que había vuelto a cerrar los ojos para prepararse para un tercer encuentro. ¿Por qué habría de necesitarlo? El mundo estaba lleno de estos muchachos y ella les daba la condición necesaria para adorarlos. Porque la belleza, ahora lo entendía, no estaba en él, estaba en ella. Igual que el universo y el mundo. No hay nada fuera de mí. Día de ira, resucitará del polvo el hombre culpable.

Cuando el muchachito salió por la calle de Toledo, iba cantando la canción de Rodrigo Martínez. Los pendones de los reyes portugueses se habían levantado en Castilla y Aragón, en León y Navarra, en los renos bárbaros del norte, en Grecia, en Sevilla. Se habían levantado en Roma. Con la muerte de Alfonso se había acabado una era. María se colocó su arete de perla frente al espejo veneciano. Recordó la imagen de los labios rojos de su amante, tan hermoso y vulgar. Tuvo un intenso deseo de morderlo. Penetrarlo. Ella a él. Devorarlo. Beber de su boca el aliento. Beberle la vida. Soltó una risita coqueta y salió para cenar. Afuera, en la calle, el sonido de las campanas, por fin, se había callado.

***

Matar

María se quedó en pie en la penumbra del pasillo de sus habitaciones. A lo lejos, el grito de los pájaros volviendo a sus nidos pareció despertarlos.

Farid los contemplaba. Pronto el pasillo estaría lleno de sirvientes con teas. Vendrían para iluminar el palacio y los dos apenas podían verse en la penumbra pero creyeron poder escuchar el deseoso latido de sus corazones. María no pensaba que esto que estaba deseando desde hacía tanto tiempo sucediera tan pronto. Se descubrió ahí misma petrificada y, a pesar de sí, un poco temerosa. Se sintió observada y frágil y por primera vez en mucho tiempo sintió un deseo poco específico que poco a poco comenzó a cobrar cuerpo en el vientre. ¿Has cometido una torpeza? El pensamiento de Alberto había pasado rápidamente del placer del triunfo a un miedo muy similar al de la marquesa. Un miedo que los hacía sentirse frágiles e infantiles. Era un miedo que los tenía petrificados. Les impedía decir nada y que era tal que incluso la sonrisa de ella, una sonrisa que exhaló como un quejido sonó falsa. ¿Se ríe de mi? La duquesa le tomó la mano. Y sin decir nada, como si fuese algo hacía mucho tiempo acordado, lo condujo hasta su habitación.

Pronto el pasillo estaría lleno de sirvientes con teas. Vendrían para iluminar el palacio y los dos apenas podían verse en la penumbra pero creyeron poder escuchar el deseoso latido de sus corazones. Aunque María lo había deseado no pensó que sucedería tan pronto. Se descubrió ahí misma petrificada y, a pesar de sí, un poco temerosa. Se sintió observada y frágil y por primera vez en mucho tiempo sintió un deseo poco específico que poco a poco comenzó a cobrar cuerpo en el vientre. ¿Has cometido una torpeza? El pensamiento de Alberto había pasado rápidamente del placer del triunfo a un miedo muy similar al de la marquesa. Un miedo que los hacía sentirse frágiles e infantiles, un poco tontos. Era un miedo que a los dos los había petrificado, que les impedía decir nada y que era tal que incluso la sonrisa de ella, una sonrisa que exhaló como un quejido sonó falsa. ¿Se ríe de mi? La duquesa le tomó la mano. Lo condujo hasta su habitación y ahí comenzó a besarlo. Y Alberto dejó de pensar y por primera vez en toda su vida se permitió sentir. Ella, que no había olvidado su condición de dueña de la casa, tomó la iniciativa lo cual a ambos les resultó más excitante de lo que hubiesen imaginado. La marquesa tendió al músico monje sobre su lecho que expiró con el olor a piñones y se trepó sobre de él. Le besó el cuello, le besó las orejas y los ojos, le acarició el cabello y poco a poco bajó hasta una boca que se abrió discretamente, como para chupar una fruta: los labios, la lengua, el aliento de la marquesa. Y él comenzó a desatarse el pantalón y ella comenzó a quitarse toda esa ropa que de pronto se sentía tan absurda, tan contraria a la naturaleza de lo que estaba por suceder. Alberto pudo entonces, por fin lamer la espalda de la mujer que había deseado desde hacía tanto tiempo y le supo dulce el sabor salado de todo su nerviosismo y le excitó que ella se encorvase y se lanzase sobre las sábanas dócil, por primera vez.

Media hora después Alberto salió de la alcoba de la marquesa sintiéndose un triunfador. Y lo era. Un triunfador de sí mismo aunque los sirvientes fieles al señor del Carpio lo habían visto y su vida cada minuto valía un poco menos porque ¿cuánto valía una vida en aquella Sevilla del XVI? ¿Cuánto cuesta a un señor como Luis Méndez de Sotomayor deshacerse de un monje que ha sido infiel a sus votos para hacer infiel a una mujer? Cuando el marqués del Carpio supo lo que había pasado sonrió. Ahí estaba el pretexto perfecto para separarse de ella y sobre todo para destruir la vida de aquel muchacho en quien nunca había confiado. Ella leía en el jardín y él hacía sonar la tiorba. Se miraban cómplices, pero el marqués los miraba sintiendo un placer de muy distinta naturaleza. Los miraba con el placer de saber que tenía la vida de ambos entre sus manos. Los amantes, inconscientes de que en lo alto de aquel palacio que de pronto parecía tan lleno de luz se maquinaba su destrucción, se entregaban al placer de la música. A veces, para sentarse en silencio y no tener que decir nada, traían a Farid para que les cantara a los dos. El muchacho cantaba con una hermosa voz aguda que Alberto había conseguido pulir y educar tanto que era un sonido claro y ligero, acrisolado por todo lo que había vivido. Aunque hablara de amores prohibidos, en su música se abrazaban el mar y el desierto, la infancia junto a Isaac y la castración. La existencia de Alberto y Farid parecían tener sentido sólo en ese momento en que eran los instrumentos que han encontrado su voz. La de Farid era en aquel entonces la voz de la mansedumbre, la tranquilidad y el afecto, la de Alberto la de un hombre que entrenado para entregarse al amor a Dios había conseguido enamorar a una mujer por la que, sin embargo, estaba dispuesto a sacrificarse. Alberto volvió esa noche a la habitación de la marquesa. Lo hizo con descaro, sin preocuparse de que pudiese ser visto. Cuando ella intentó impedirle el paso, él le pidió que no lo rechazara:

—Yo sé que tú eres de otra cuna —dijo— pero mi amor por ti nos iguala en dignidad.

Es posible que en la decisión de Manuel de Villena se escondiese también la decisión de deshacerse del testigo de su traición aunque, si lo pienso bien, tal vez no me haya acostumbrado a pensar como liberto. Después de todo, el marqués de Villena no tenía ninguna razón para suponer que yo hablaría. Si lo hiciese, sería mi palabra contra la suya. Ahora, tal vez había visto en los ojos míos y en los ojos de su mujer, el brillo traidor de un amor ilegal pero correspondido. La música develó el misterio; era una máscara que había mostrado, en sus notas y sus letras a la princesa española mi verdad, el amor de un esclavo griego por el ama que le ordena cantar.

***

A la semana siguiente, Farid tuvo el turno de ser copero en una cena familiar. Y el joven esclavo se maravillo, porque aunque la había imaginado hermosa, no podía saber que la suya era una belleza andrógina. Le fascinó como si estuviera fascinado de un muchacho y le fascinó como si estuviera enamorado de una mujer.

Lucía Comneno tenía diecisiete años y la apariencia débil, de nariz firme, pero delicada. Había algo particularmente sensual que había heredado de sus antepasados griegos. Sus ojos negros y una seriedad reflexiva. Cuando era niña, su aspecto reflexivo sugirieron al padre que tal vez debería enclaustrarla, hacer de ella una moja. Pero el duque Cornaro se enamoró de ella y a todos les pareció una magnífica señal. Nadie le preguntó lo que pensaba, se pagó la dote y se unieron en alianza las familias más poderosas de Chipre, dos de las familias más poderosas del Mediterráneo.

A Lucía Cornaro no le gustó nunca su matrimonio y tal vez por eso se había formado una idea monstruosa de sí misma. Se creía malvada cuando era en realidad una pequeña princesita muy frágil y susceptible. Monstruosa, en primer lugar porque no había podido tener hijos y monstruosa, además porque no amaba a su marido. Lo despreciaba y cuando él dormía después de hacerle el amor, ella entraba en el baño y se lavaba con asco.

Pasaba la tarde alisando su cabello con un peine de carey y alimentando con pistaches a un monito verde que era, junto con Juan, la predilecta de sus mascotas. En poco tiempo Farid ocuparía ese lugar.

Leyendo libros o, mejor, escuchando los libros que Juan le leía, comenzó a fantasear con el amor. Le atraía la idea de conseguirse un amante como sabía que habían hecho dos o tres nobles venecianas con el beneplácito de sus maridos. Tenían incluso un nombre: Los hermosos amantes de las nobles casadas con viejos impotentes se llamaban en Venecia cichisvei.

—¿Te has acostado con el ama? —preguntó Farid muy escandalizado.

—¡Baja la voz! —ordenó Juan— ¿Quieres que nos maten?

Se detuvo y lo miró a los ojos:

—Tienes que ser muy cuidadoso con lo que te voy a contar.

Sonrió:

—Adora a los eunucos. Y especialmente a mí…

Farid comenzó a dolerse no sólo en el amor que sentía por Juan; le dolía también no saber si sería capaz de poner en juego, como el amigo suyo, su propia virilidad.

ALBERTO ES CONSIDERADO CASI UN ESCLAVO AL PERDER LA

VOZ. ES POR ESO QUE LOS MONJES LO DEJAN IR. Y ÉL LO DARÍA

TODO POR RECUPERAR LA INFANCIA.

***

Alberto comenzó, sin embargo, a entender el afecto de Farid por la señora Inés. Tenía diecisiete años, la apariencia débil y era claro por qué aquel muchacho la deseaba tanto. Había algo particularmente sensual en sus ojos negros y en lo reflexivo de cada uno de sus movimientos.

A Lucía le parecía delicioso el acento del joven esclavo y en él comenzó a encontrar olvido para lo que ella llamaba “el horror”. Su matrimonio. Dar semejante nombre a la relación que tenía con Vicente Cornaro, hizo que Lucía se formara una idea

monstruosa de sí misma. Se creía malvada en primer lugar porque no había podido tener hijos y además porque no amaba a su marido. Lo despreciaba. Cuando él dormía después de hacerle el amor, ella ordenaba que le trajesen una palangana y se lavaba con asco.

Pero ese asco, Lucía comenzó a olvidarlo con la voz del joven Eneas quien cuando no estaba leyendo, le cantaba en el oído mientras le alisaba el cabello con un peine de carey y ella alimentaba con pistaches a un hermoso monito verde.

—¿Por qué no viene con nosotros Selim? —preguntó Eneas— A él también le gustan los libros. Podría leerle a los dos.

Eneas se convirtió así en el lector de aquellos dos hermosos y frágiles europeos que a su manera sufrían, como los nativos, la sequedad del encomendero. El joven esclavo griego encontró en estas lecturas toda la felicidad que es posible en la tierra.

***

Lucía No se puso ni siquiera la idea de que fuese inmoral lo que sentía por Cristóbal y Cristóbal cada que cantaba con Antón en misa se decía, por qué quiero destruir lo que amo. Para llegar al fin de su batalla amorosa. Como era supersticioso, para ayudarse en su empresa, se impuso pequeñas mortificaciones. Se volvió un santo para buscar el pecado. Hacerse amar en realidad por despecho. Las pequeñas mortificaciones que se impuso Cristóbal lo llevó a Algo mayor al dios que había visto grabado en los libros de la señora. Lucía se volvió con él cada vez más generosa

Lucía se volvió cada vez más generosa.

Eneas se volvió estoico y a veces evadía el contacto con Martín para aletargar el amor que sentía por él.

Eneas alimenta alimentando con piñones al monito verde junto a la princesa cuando ella ordena:

—Canta una canción —ordenó Lucía. Y él que había aprendido a tocar el laúd, inventó, primero, una tonada y luego una canción basada en una historia que ahora parecía sólo eso: hablaba de la historia de un muchacho que había salido de su casa porque tenía miedo a amar.

A Lucía todo aquello, las naranjas y el huerto, el aroma de la boca del muchacho que muy cerca le cantaba con olor a dulce y piñón, que supo que había llegado el momento y le besó la mano.

Esa noche, en uno de los puertos del canal mayor, que Farid había convertido en su refugio. Al otro lado se miraba el Lido y él, se dijo:

—Ahora ¿qué es lo que deseas?

Lo llevó en viaje a Flandes, donde su marido aportó dinero para ayudar a Carlos de España en sus intenciones de ser emperador, y defensor, de la cristiandad. Un poco por mortificación y otro poco por vanidad, que en las batallas del amor se parecen tanto, Farid se volvió estoico. Pero el choque era ya inevitable y sucedió el día que estaban Juan y Farid alimentando con piñones al monito verde, como ellos, un juguete del ama, cuando la joven princesa se les unió en el jardín. Más allá había un huerto de naranjas y luego, el mar.

—Canta una canción.

ordenó Lucía. Y él que había aprendido a tocar el laúd, inventó, primero, una tonada y luego una canción basada en una historia que ahora parecía sólo eso: hablaba de la historia de un muchacho que había salido de su casa porque tenía miedo a amar.

A Lucía todo aquello, las naranjas y el huerto, el aroma de la boca del muchacho que muy cerca le cantaba con olor a dulce y piñón, que supo que había llegado el momento y le besó la mano.

Esa noche, en uno de los puertos del canal mayor, que Farid había convertido en su refugio. Al otro lado se miraba el Lido y él, se dijo:

—Ahora ¿qué es lo que deseas?

Él mismo se respondió como si su voz proviniese de abajo, del agua verde y se escuchó decir.

—Ahora quiero que me ame. Y que se entregue a mí sin importar que yo sea un eunuco.

Miraba los barcos cruzando al otro lado, a la isla. Había también barcos pesqueros y naves en las que iban y venían los nobles más poderosos de Venecia. Se sentía cautivado por el vaivén de las góndolas y aunque envidiaba en los pájaros la fuerza de su aislamiento se sintió dueño de sí. Libre por fin y siguió planeando y cada plan nuevo desencadenaba en él alguna tormenta. Y eso es lo que, sin saber, lo tenía encadenado.

Un día, Lucía Comneno estuvo a punto de confesar a su marido lo que había comenzado a sentir por el eunuco. La sensibilizaron las conversaciones que tuvo con el confesor, un cura de nariz prominente que se escandalizó tanto cuando escuchó todo lo que la princesa estaba contando que se negó a absolberla si no iba y decía todo a su marido, Vicente Cornaro.

No lo hizo, y no se sintió mal. Era, sin duda, un triunfo de su carácter. Lucía, más bien, dejó de confesarse y se entregó al placer de la belleza. Lo atraía como nunca la mesa bien servida; le atraía la forma de los árboles y un día se descubrió sorprendida diciendo para sí:

—Qué hermosa es mi vida. Qué hermosa es esta ciudad y esta villa.

Tenía cinco años viviendo ahí con su marido, pero nunca la había visto. Tenía dieciséis años viviendo en Venecia y nunca se había dado cuenta de lo hermosa que era la ciudad en la que le había tocado nacer. Toda esa belleza, sin embargo, deseaba compartirla con él, con ese muchacho. Y como Juan había dicho, era su cualidad de eunuco lo que más la atraía. No sólo se preguntaba ¿cómo será hacer el amor con un castrato? Perdía la respiración imaginando su desnudez, la posibilidad de descubrir para él su hombría y descubrir en ella la fuerza de su belleza y su seducción.

Eneas inventó entonces, una canción que hablaba de un muchacho que nunca había visto llover.

. Y él que había aprendido a tocar el laúd, inventó, primero, una tonada y luego una canción basada en una historia que ahora parecía sólo eso: hablaba de la historia de un muchacho que había salido de su casa porque tenía miedo a amar.

Y luego una canción sobre la cara de Cristo.

***

En las cimas de Famaugusta, una princesa se siente morir de nostálgia. De un tiempo a esta parte la invade el “para qué”: Para qué vivo, para que sueño, para que hacer el amor.

El marido último descendiente de la familia de los Cornaro, hace todo por complacerla: le ha comprado telas persas y perfumes que vienen de Líbano. Le compró un monito verde que un tiempo fue su delicia. Ahora ni siquiera lo ve.

La princesa se aburre. Nada le complace y no se le antoja tampoco complacer al marido en los asuntos del amor.

Y el esposo, claro, cada vez más se enamora y desea todo el tiempo acariciarla, estar en ella. Todo el día, a todas horas. Adora el aroma de su piel. Con sólo escuchar su nombre, signor Cornaro se imagina en su lecho, besándole las piernas.

La princesa nostálgica, sólo suspira pensando: Para qué.

—¿Qué debo hacer para complacerla? Ya todo se lo he comprado

Don Fabricio, el mejor amigo del señor Cornaro sonríe:

—Es verdad. Esta demasiado consentida.

Pero ¿qué va a decirle al signor Cornaro? Al señor no le gusta que se le digan verdades.

Los esclavos han descendido. Se han bañado. Un moro los enjuagó con agua de rosas, Isaac, como si fueras la novia de Solimán. Los vistió de toga blanca y sandalias doradas y así caminan hacia el mercado de Famagusta.

—No sé —dice Fabricio—. Llévala de viaje. Recorre con ella el mundo.

—No quiere. Nada le produce placer.

***

Inés estuvo a punto de cerrar la ventana, correrlo. Se sintió herida. Después de todo, aquel muchacho con aspecto de niño era un esclavo. Un esclavo y un eunuco. Se le contrajo el estómago imaginando, ¿Cómo será? Y se encontró besándolo ahí, casi sin querer. En el balcón, a la luz de la luna, como en la novela que había leído en ese mismo balcón.

Cuando Farid abandonó, dos horas más tarde, la habitación de la señora Cornaro, se sentía un triunfador, capaz de cualquier cosa y se dijo:

—Éste este es el principio de todas las cosas. De todo lo que pueda desear.

Creyó que no habría ya ningún imposible para él. Y ¿quién sedujo a quién? Resulta vano pensarlo. Primero, fue un cuerpo que la buscó tratando de ser Juan. La deseaba, pero Juan, poco a poco, comenzó a pasar a segundo lugar y Lucía se volvió el objeto de todos sus afectos. Era su condición de princesa, sus abortos, la vida gris junto al duque y, sobre todo, el misterio los que lo volcaron sobre ese cuerpo que amó con la ternura y la simplicidad de quien aprende a hacer el amor por primera vez.

Juan, sin embargo, entendió el peligro. Había mentido y la mentira había llegado tan lejos que los ponía en peligro a los dos.

—El amor es un ángel exterminador —murmuró viendo a los cuerpos besarse en el balcón, más allá de la escalera que brillaba con la luz de la luna.

Al día siguiente, todos notaron que algo había cambiado en el rostro del preferido, del eunuco que compraron en Famagusta. Lucía, sin embargo, no se dejó conducir por ningún prejuicio. Su libertad y, tal vez, su belleza, consistía justamente en dejarse sentir siempre lo que estaba sintiendo.

Otro día, Farid estaba echado en el jardín, acariciando al monito verde que, como él era sólo una mascota amable, cuando cruzó por su mente una idea que se le hizo extraño.

—Esto que estoy sintiendo ahora debe ser la felicidad.

Lejos de encontrar la paz, se encontró en un estado de turbación. El mismo en que se sumen las almas que no se atreven a llegar hasta el fin último de su deseo. En el orgasmo cálido que derramó, infértil en el vientre de la señora Comneno, dejó de desear otra cosa que no fuese su propia satisfacción inmediata. Había dejado de desearla a ella, había dejado de desear a Juan y a Rashid, al hombre que lo traicionó en el hammam, pero tenía fresco en la mente la forma en que supo penetrarla, en que supo besarla. Era feliz cantando a sí mismo la forma en que había aplicado en el cuerpo del ama todo lo que hubiese querido sentir en él.

—Pobre Juan —se dijo sonriendo, mientras mordía un trozo largo de pasto—. Terminará viejo y solo, maestro de ceremonias de un palacio en ruinas y yo, Farid ¿cuál es mi verdadero nombre? Yo, Eneas, seré un viajero de amores inútiles que morirá donde se pone el sol.

Lo pensaba en un sentido metafórico, pensaba que cuando el amo supiese de sus amores, sería llevado al cepo y después moriría en un torreón como aquel en que convaleció de la castración.

—Me llevaré conmigo —murmuró para sí—, todo el honor de la familia Comneno. Todos lo sabrán.

¿Has cometido una torpeza Farid? Se preguntó. Y supo ya, que en la cosecha de ninguna victoria amorosa podría ser feliz. No había triunfo que le calmase esta sed. ¿Lamentarás morir? Se preguntó.

—No lo sé —murmuró acariciando al monito verde.

Así se lo preguntó también, usando casi las mismas palabras, Juan.

—¿No te importa morir? Lo que has hecho te puede llevar a la muerte —dijo.

Venían caminando por las calles de Venecia, pero Farid tomó aquellas frases como la amenaza velada de un amante despechado. Él había conseguido, por fin, atraer su interés. Sintió un poco de miedo pensando que tal vez Juan podría denunciarlos. Pero más miedo tenía de dejar de vivir. Pero detuvieron sus pensamientos la contemplación de un muchacho que en las calles de Venecia le recordaba algo. No sabía qué.

—¿Qué te sucede? —preguntó Juan.

—¡Déjame en paz! —respondió Farid.

No había terminado de reconocer en la cara de aquel muchacho en las calles venecianas el rostro de su verdadero dolor que es, también, el verdadero rostro de la única cruz. Y tal vez por ello, porque su mente estaba únicamente ocupada en enamorar a Lucía y atraer la atención de Juan, Farid se olvidó del asunto. Se fue el pensamiento, su mente volvió a llenarse de su propia vanidad.

Siguió planeando estrategias frente a su espejo, en su habitación, leyendo historias y mitos. Había olvidado que interpretaba un papel. Se volvió su propia máscara y creyó sinceramente que el eunuco se había enamorado. No había otra cosa que deseara más que volver a entrar por el balcón de aquella princesa y hacerle el amor para escándalo de aquel a quien en verdad amaba. Le sorprendió, sin embargo, el pensamiento de todo lo que era capaz.

Lucía había consentido en regodearse en lo que había sucedido.

* Si alguna vez el antojo de Farid había sido volar hasta el Encantador de serpientes, ahora deseaba hacer el amor con Lucía Cornaro. En ello encontró, inesperadamente las cosas buenas de una condición que hasta entonces había considerado vergonzosa. Después de todo, como cantante era deseado y el hecho de que fuera eunuco, piensa, será algo que ella no tendrá que notar. Ha aprendido en la corte de Veracruz a mirarse en el espejo y a sentirse hermoso. La sensualidad crece en él. Su cuerpo es el de un niño, pero sueña con cosas de adulto. Poco a poco, el deseo de ser amado pasa a segundo plano y surge en él la necesidad de amar para vengarse de Martín. Arrancarla de él.

* Y Farid comenzó a aprender a escanciar vinos, el italiano de la familia de la señora y la más poderosa de las artes del esclavo: el chisme. Chismeaba con los sirvientes de la señora, con los esclavos africanos que la conducían por las calles llenas de polvo de la ciudad y con quienes llenaban las jarras de agua que luego llevaban a las habitaciones de la princesa. Cada vez más convencido de que algo extraño había en aquel interés comenzó a pensar que tal vez aquel esclavo de aspecto aniñado conociese el secreto de las artes de amar y ser amado. Y Farid comenzó a ser arrogante con Miguel a quien servía a la hora de la cena con un aire de superioridad que le resultaba tan chocante a él como a Lucía le resultaba encantador. Cuando Lucía supo que Farid había aprendido italiano con su amo, le pidió que le leyera los libros que llegaban cada mes desde la metrópoli.

* La belleza de Lucía radicaba, como la de todos los que en verdad son hermosos, en su inconsciencia de serlo.

Acostumbrada a la corte española,

No se consideraba hermosa y más, no consideraba que ser hermoso fuese una virtud.

El amor floreció así. El amor, sorpresivamente, esclavizó a Lucía Comneno, siguiendo caminos que no hubiera pensado. Era un amor hecho de lamentaciones fallos. Fallos frente a sí misma, frente a su confesor y a todo lo que había soñado. Lleno de dudas y malos entendidos, era amor, al fin. Estaba dispuesta ya a sacrificarse por ello. Por curiosidad, por saber lo que significa realmente el amor.

Así, cuando Juan, haciendo uso de las artes de las que presumía, las artes del esclavo, hizo que el duque se enterara de lo que sucedía en su propio palacio, los amantes estaban tan metidos en sus propios pensamientos que no pudieron prever la sutil venganza que el duque fraguó.

* * * No se consideraba hermosa y más, no consideraba que ser hermoso fuese una virtud.

No es que Vicente Cornaro pensase vengarse promoviendo el escándalo. Ni siquiera sintió dolor cuando supo lo que había sucedido. Era un esclavo, después de todo. No era la primera vez que algo así sucedía en una familia noble. Y aunque era cierto que necesitaba mantener discreción para dejar limpio el honor de la familia y de un posible heredero, siendo, como era, maestro en el arte de encontrarle utilidad a todo, supo que Farid podría ayudarlo a encontrar una mejor posición en caso de que Carlos I fuese declarado Carlos V de Alemania.

—Jorge Estevez lo desea —pensó—. ¡Vamos a dárselo!

Los llamó una mañana, a Juan y a Farid. Les dijo, quiero que lleven esta carta al señor Estevez. Quiero que vayan a Flandes. Juan supo que en todo aquello se maceraban venganzas, Farid creyó, simplemente que le estaban dando una misión.

Varias semanas más tarde, cuando llegaron al palacio del señor Estevez, el esclavo que los condujo a través de los pasillos del palacio les preguntó:

—¿Saben ustedes a qué los envió aquí el duque Cornaro?

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