Era el mes de octubre y María de Solier miró los barcos que se lanzaban al mar. En poco tiempo, zarparía Colón. Sabía que su marido la engañaba. Y con una mujer judía a quien todos le habían aconsejado que debía denunciar. Sin embargo, el odio de Lucía era demasiado como para contentarse de ver cómo lanzaban a esa mujer y a su bastardo en un calabozo. Y sin querer en lo que había sentido por Alberto había comenzado a sentir consuelo. Ella no se había dado cuenta que él había entrado. Era su marido, Luis Méndez quien le había dado este arete. ¿Alguna vez me amó? La pregunta dolía. En poco tiempo el marqués había comenzado a saltar en las camas de los que debía combatir, los árabes. Los amaba como si fueran mujercitas. Y no le importaba el escándalo que esto producía, sobre todo en su hijo mayor a quien el rey Juan había ordenado que no asesinase a su padre. Y sí, el Enrique Juan también había sido un pervertido a los ojos del joven marqué de las Salinas, pero era el rey. Y él había obedecido. A él lo había enviado a Roma donde trajo a su mujer. Aquí se enteró que el joven Garci Madruga había muerto. Y cosa extraña, Luis Méndez al sentirse liberado por su hijo, se lanzó a los brazos de una mujer. Inés. Ahora lo entendía María de Solier. Todos ellos habían sido conquistados por la misma pasión del Ángel destructor que era quien en realidad le estaba besando el cuello.
Todo lo que la marquesa había hecho hasta el día en que tuvieron lugar estas meditaciones, lo hizo por interés. Nunca le movió el placer. Se había casado con Luis por el tamaño de sus haciendas, por apellidos. Nunca se interesó en ese amor que ahora la besaba en el cuello.
* * *
***
Salió el espía del Vaticano, lo siguió por Piazza Navona. Subió a un carruaje. Ahí estaba El Enemigo.
Quién eres? Le pregunto. Al Hakim , contestó.
Al Hakim.
***
La complicidad
En 1492, Piazza Navona estaba lejos del esplendor que goza. La plaza era un lupanar en el que se prostituían los más pobres de la ciudad: mujeres y niños. Sucedía, sin embargo, lo mismo que en algunos de los lugares más decadentes del mundo, se come bien. Como en via della Cuccagna tenía su local un afamado cocinero de nombre Gino, en esta calle particular, que hasta el día de hoy desemboca en la famosa plaza, se encontraban a menudo nobles de la curia romana. Sobre todo porque no lejos de ahí, en el Trastevere, en la Casa de Dante vivía en aquel tiempo un médico árabe como invitado de la familia Saboya, dueños del castillo. Marcel de Roumagnac en aquel tiempo acababa de llegar a la ciudad. El papa Inocencio, quien lo había conocido durante sus estudios en Pisa y él, Roumagnac, era un joven diácono sin una gota de sangre noble que venía de Francia recomendado sólo por su buena letra y su buena voluntad. Durante mucho tiempo Roumagnac se convirtió en el secretario de Giovanni Battista Cybo quien le había encargado que cuidase de su hijo Salvatore, el hijo de la judía a quien amo. Ahora que Salvatore se encontraba ya en España realizando lo necesario para vender el nuevo mundo a los reyes de España, Roumagnac había sido premiado. Fue creado cardenal durante un consistorio en los primeros años de 1492 y seguía informando al papa de todo lo concerniente con la corte, como hacía cuando era su secretario en Pisa. Era su espía, pues.
De Roumagnac fue el fundador del servicio de inteligencia del Vaticano. En aquel tiempo sólo eran dos que se dedicaban a proporcionar toda clase de información a Inocencio. El árabe se llamaba Al-Hakim y era un alquimista notable que se encontraba asesorando al papa en un asunto de suma importancia para él que aspiraba a llegar al año de 1500 en que, pensaba, terminaría el mundo. Fue Al-Hakim quien llevó a de Roumagnac a caminar por Roma y lo condujo hasa la via della Cucagha.
—He sabido —dijo Al-Hakim— que está usted interesado en los asesinatos que han tenido lugar en las inmediaciones del Circo de Domiciano.
De Roumagnac procuró no parecer asombrado. Después de todo era evidente que, si era espía, tuviese siempre alguien siguiéndolo a él.
—Interesado. Digamos que hay algo que me resulta. Un placer morboso.
—Usted y yo nos vamos a entender bien —murmuró Al Hakim—. Hemos llegado.
Le abrieron en la taberna de Gigio, un tipo afeminado y bueno para cocinar que les llevó a una mesa que compartían con otras personas. En este lugar los nobles se encontraban a gusto con el pupulacho. No venían vestidos de gala ni mucho menos, pero tampoco de incógninto. En la hostería de Pipo convivían todas las clases en una suerte de hermandad universal: la glotonería.
Hablaron de los chismes pegados en el Pasquino de la brujería, de los inquisidores alemanes y poco a poco el tema los fue llevando hasta la alquimia.
—¿Cree usted que es posible la inmortalidad?
—Estoy convencido de ello —dijo Cybo.
Cybo había convencido al papa de llevarle un grupo de muchachitos judíos. Se lo contó a Marcel para que dejara de investigar y para que supiera que era el papa mismo quien estaba detrás de aquellas muertes.
—Cybo está convencido de que la sangre judía es mucho mejor.
—Pero el médico.
—El médico —dijo Al-Hakim— hace lo que yo le diga. Vamos señor de Roumagnac, no se va a comer ese pollo?
Era realmente delicioso. Cuando salieron Roumagnac sabía que había cruzado un límite, el límite de la complicidad. Y se fueron caminando. Y todo le parecía tan lleno de vida que no tuvo tiempo de pensar que estaba poniendo en peligro su alma inmortal. ¿Quién puede pensar en las promesas de un dios que cuelga de un madero, tan frágil y necesitado cuando se sube la embriaguez y el estómago está tan lleno? Aquí, junto a Al-Hakim, Roumagnac lo supo, Roma era suya. El papa era suyo. Tenía para sí todo lo que necesitaba. Tal vez incluso la inmortalidad.
Lo primero que hizo Marcel fue acercarse con quien pudiera decirle quién era el médico del papa. Evidentemente no se trataba de un secreto tan grande, ¿o sí? El maestro Nicolás lo recibió con gozo. Hablaron de los últimos acontecimientos. Entonces le habló de aquel hombre, de Jorge Comneno. En sus reuniones, era lo único que podía decirle, se hablaba de ese hombre que era quien había asesinado a todas esas personas.
—¿Y cómo puedo conseguir una invitación a una de esas fiestas?
Nicolás sonrió. Él podía invitarlo.
***
* Inocencio VIII impulsó la inquisición a través de la bula Summis desiderantes affectibus la brujería la nigromancia, la demonología, magia negra. Designó a Torquemada como inquisidor. era descendiente de judíos conversos de Génova. Se le fue envenenando la sangre por tanta maldad. Un médico ruso dijo que le dieran leche, pero leche humana, le trajeron a una bella nodriza. Ella se secó. Apareció entonces el médico judío Jacalyn Duffin en History of medicine: a scandalously short introduction dice que pudo haber sido Giacomo di San Genesio, Kenneth Meyer aclara que era el médico personal del papa y sí era judío converso como el propio Cybo. Es él quien propuso cambiarla por sangre sana. Había escuchado hablar de transfusiones en China Choques hipovolémicos Se coagulaba la sangre se reducía a polvo y se le daba a enfermos. Los sarracenos venían pedazos de momias con poderes curativos. A muchos esclavos se les mataba y se les venída como si fueran momias. En 1940 se publicó Een bloedtransfusie op paus innotentius vii de Linderboom Como se debe haber cuagulado muy rápido (cosa extraña a Roumagnac la conversación le abrió el apetito)
Lo que Al-Hakim no le había dicho claro, era que la receta que le había
—Eminencia, el papa es quien ordenó todo ello. Se lo ordenó a su médico. Para conseguir la inmortalidad.
—¿Cuál de sus médicos?
—Eso, eminencia, no puedo decirlo.
* * * A nadie le interesaba ya la suerte del muchachito que había muerto en Piazza Navona. Había sin embargo un hombre curioso que trabajaba para la inquisición. Se llamaba Marcel. Vivía en la casa del Cardenal del Monte. Rodeado de obras de arte y de comodidades, había sido el único que tenía la obsesión suficiente como para detenerse y leer cada mañana todas las cosas que se pegaban en el Pasquino. Era el único que había notado lo que significaban todas aquellas claves que alguien había puesto ahí. Le interesaba el mensaje que estaban dejando. Era un mensaje cósmico. Los mensajes que Dios dejaba, pensó, estaban en la Eucaristía, él, en cambio estaba interesado en este mensaje de Satanás. Porque era Satanás quien demandaba la sangre de esos niños asesinados. Comentó con uno de los guardias del palacio. Un español.
—Pues bueno, ahora con Alejandro VI las cosas están bien para los españoles.
—Inmejorables, eminencia. No podemos quejarnos.
—Qué ha sucedido con el caso de los niños asesinados en Roma?
El español guardó silencio. Se aproximó a la puerta y gritó:
—Que nadie me moleste.
Luego entró a la sala y se aproximó a Marcel.
—Eminencia, el papa es quien ordenó todo ello. Se lo ordenó a su médico. Para conseguir la inmortalidad.
—¿Cuál de sus médicos?
—Eso, eminencia, no puedo decirlo.
***
PUEDE SER EL PADRE NICOLÁS O BASILIO EN PIAZA
NAVONA QUIEN RECONOCE A HAKIM … Y HAKIM SE VA CON
ÉL Y LE CUENTA QUE ES EL ASESINO Y QUE ES PARA EL PAPA.
Y NICOLÁS QUE SE LAS SABE TODAS Y ES UN BUEN CURA, SE
QUEDA CALLADO.
Silbaba la canción de Rodrigo Martínez. Los romanos, murmuró disgustado Giacomo di San Genesio, han hecho del Tíber un basurero. ¿Qué sucede? Escuchó un quejido. Sin querer había tropezado con un bulto en la calle. Era Basilio. El mendigo se levantó para mirar, asombrado, a Giacomo, ¿Al-Hakim?, le preguntó. Los ojos del indigente se iluminaron al reconocer al príncipe fatimí. No había cambiado nada. Basilio se aproximó tanto que parecía que iba a morderlo. Y Al-Hakim, incómodo, lo alejó con la punta del dedo índice. En Roma estaba personificando a Giacomo, un médico judío. Y hubiese tenido ganas de matarlo, pero asesinar al indigente lo hubiese expuesto. Suspiró. Ah, si aún fuese el califa de un reino que devoraron las arenas del Norte de África (como fue tantos años atrás) hubiera rebanado ese cuello viejo por haberse atrevido a acercarse tanto que podía oler su aliento de vino rancio. Y nada hubiese pasado. Soy yo, Basilio, contestó, reconociéndolo también. ¿Qué haces en Roma?
En aquel tiempo, Al-Hakim, haciéndose pasar por Giacomo di San Genesio, había conseguido volverse médico personal de Inocencio VIII. Vivía en la Plaza de los Cinco Templos y conocía bien a los rabinos, de modo que todos asumieron que era judío, una patraña que a él le acomodó. Por aquellos años el papa acababa de sufrir un derrame cerebral y padecía dolores terribles en todo el cuerpo. Como picaduras de escorpiones, dijo. El mal lo había llevado a concluir que estaba siendo embrujado. Justamente por eso el santo padre tomó dos medidas: inició la primera cacería de brujas de que se tenga memoria y contrató a este médico que creía judío. Inocencio estaba convencido de que la sabiduría tradicional, la de sus médicos venecianos, era insuficiente para enfrentar una enfermedad que poco a poco lo estaba volviendo loco de dolor.
Peregriné desde Constantinopla, dijo el monje. Con la Virgen de la Tribulación, pero un tipo me la robó. Al-Hakim sonrió. Conocía esa historia. Se la había contado Jorge Comneno, el ladrón. Por otra parte, el príncipe árabe había conocido a Basilio cuando consultaba la biblioteca del Monasterio de la Tribulación en Constantinopla. Y no guardaba de él un mal recuerdo. Al contrario. Verlo le removió la memoria de una gran parte de su vida.
¿Y tú? ¿Qué haces tú en Roma?, preguntó Basilio. Fabrico perfumes, mintió el árabe. El mendigo soltó la carcajada. En eso terminan todos los alquimistas, fabricando perfumes. Y era verdad, los farsantes terminan siempre haciendo algo que no corresponde con la idea que tienen de sí mismos. Habiendo pensado esto, Al-Hakim supo que aquel encuentro no era casual. Algo me están diciendo los astros, se dijo. Que soy un fracasado. Y lo soy porque no puedo ser feliz. ¿Sabes Basilio? El príncipe trató de encontrar las palabras, ha sido un placer encontrarte, pero… No, no, no, tú me debes un favor, respondió el mendigo. Y sí. Durante muchos años, Basilio, cuando era monje en Constantinopla, había permitido que Al-Hakim consultara la biblioteca del Monasterio de la Tribulación. Y el alquimista siempre había prometido que algún día le pagaría por ello. No te preocupes, dijo Basilio, no pienso cobrarte hoy todas las que me debes. Sólo necesito un ducado. Para comer. El árabe extrajo de su jubón una moneda que entregó incómodo. Al-Hakim comenzó a andar y el mendigo, contumaz, le siguió. Caminaron por Via dei Coronari, llegaron a la esquina con Tor Sanguigna y contemplaron el Castillo de San Ángel, la tumba de Adriano. En ello termina toda la gloria del mundo, en un mausoleo. La ciudad había despertado por completo, los olores del pan se mezclaban ya con el de la suciedad en los callejones de Roma. AlHakim recordó entonces que toda la noche había recorrido la ciudad tenuemente iluminada por las velas en los altares de las vírgenes que veneran los romanos. ¿Qué buscaba? Felicidad. Suspiró. Aquí, en la Plaza de las Cinco Lunas había encontrado a un muchacho. El alquimista pareció olisquear el aire. Basilio calló su cháchara. Como si se hubiese dado cuenta de que el árabe estaba extasiado con un recuerdo que quería acariciar. Entonces oyeron algo. ¿Un maullido? Sí. Son gatos. Se aproximaron a un montón de basura y encontraron una camada de gatitos ciegos, miserables, que acababan de nacer. Se acercaron para verlos. Basilio los contempló extasiado y, sin asco, tomó al más pequeño. Justamente aquí, siguió recordando Al-Hakim, lo había encontrado. Era un muchachito blanco de cabello muy negro. Y una arracada en la oreja derecha. Era un prostituto que le saludó coqueto. Salve, sonrió. Dios, qué hermoso era. Recordar lo que sucedió después producía vértigo. Se habían amado en el quicio de una puerta. Él le había dado dinero y luego juntos caminaron hasta un puente. Se besaron y entonces el árabe introdujo en el cuello del muchacho una daga envenenada. Al-Hakim observó curioso cómo se escapaba la vida de aquellos ojos hermosos. Basilio se guardó el gatito en el jubón. Tu única utilidad en mi vida, dijo el árabe, ha sido siempre mostrarme que estoy fastidiado. El mendigo sonrió. Al menos tengo una utilidad, dijo. Me merezco otra moneda. El encuentro con el antiguo monje representaba para el príncipe el enfrentamiento con un pasado que otra vez le preguntaba, ¿eres feliz? ¿Quién puede serlo? Respondió Basilio que sabía leer el corazón. Al-Hakim le acarició la cabeza y dijo: tú. Tú eres feliz. Y pensaba: eres feliz a pesar de tu miseria y mal olor, a pesar de que te dices consternado por haber perdido a la Virgen de la Tribulación. Basilio respondió entonces: ¿sabes? En realidad liberarme de ese icono es lo mejor que me ha pasado en la vida. Ahora soy feliz porque no necesito ya nada y ya nada me preocupa. Incluso estoy a punto de librarme de mí mismo porque ya todo lo perdí. ¿Cambiarías tu vida por la mía? Preguntó Basilio. Creo que sí, respondió el médico del papa. La cuestión es, dijo Basilio, que yo no cambiaría mi vida por la tuya. Al-Hakim se dio la vuelta y caminó hacia el Tíber. Cuando se dio cuenta de que el mendigo ya no lo seguía, gritó: nos volveremos a ver. Basilio se quedó acariciando a su gato y murmuró con desdén: sodomita. El alquimista se fue caminando. Sabía que estaba por sufrir una de esas transmutaciones que lo lanzaban siempre en busca de un nuevo modo de vivir. En busca de un nuevo modo de encontrarse con la única esquiva amante de su existencia: la felicidad.
***
Juana había cumplido años
el 6 de noviembre de 1491, Juana de Castilla había cumplido 22 años. Afortunadamente la cuestión de la sucesión de los reyes se había vuelto un asunto muy complicado. Habían dejado de molestarla con su matrimonio con Felipe, su primo, a quien nunca había visto. Y a ella le desagradaba la idea. Muchos años había tratado de rebelarse, pero poco a poco se estaba cansando.
Durante la misa, Juana recordó los sucesos de aquel año
Con Alfonso había muerto una dinastía y comenzaba la revolución de este mundo sensual. ¿Por qué parecían cicatrizados los súbditos de la reina en toda la cristiandad? ¿Por que se ofrecían sacrificios de Misa y avanzaban los monjes de todas las órdenes vestidos de luto, por qué los mayordomos llevaban encendidas las hachas y los encomenderos y los inquisidores en Hispania como los inquisidores y los cardenales de toda roma vestían de negro? ¿Por qué lloraba, con sinceridad el papa? ¿Acaso con ese príncipe había muerto un mundo. Se abriría la tierra para devorar las pretensiones de Portugal. Comenzó la procesión. Ondeó la bandera rojiblanca de Castilla y Aragón, los patronos habían pagado arcos fúnebres y cada uno de ellos representaba uno de los reinos que hubiese gobernado un hijo de Alfonso. Y entre ellos estaba Juana, la princesa que entró a la catedral junto a su madre. Con ella se reclinó para recibir el Cuerpo de Dios.
En toda la cristiandad se rezaba, se cantaba, se lanzaban a vuelo las campanas y había teas y fuego, agua y rituales, pero había sobre todo música. En el atrio de la catedral de Toledo partía el camino de la procesión que guiaban, como señales clavadas en el suelo, alabardas enjoyadas que, a la derecha del camino que habían de seguir los nobles de luto representaban al Nuevo Testamento. A la izquerda, desnudas y negras se clavaron también alabastras de cera negra que representaban la oscuridad, el temor a Dios, el miedo a la muerte y La Ley del Antiguo Testamento. En Roma vibró la voz de Alberto. Que la luz perpetua resplandezca sobre Alfonso y sobre de todos nosotros. El día final ha llegado por él y para nosotros. Llegaba también en Sevilla. Luz perpetua, resplandezca sobre Colón y sobre el marqués, sobre el papa y su médico que busca muchachos para asesinarlos, por los monjes lunáticos que en Florencia y más al norte estaban queriendo cambiar el país y por los apóstatas sobre de quienes pesaban los rituales más solemnes, las anatemas más fuertes que se hubieran exclamado jamás. Luz perpetua por aquel niño que al otro lado del mundo estaba encerrado en los remordimientos de haber asesinado lo que más amaba. Luz perpetua resplandezca sobre Colón. Había comenzado en este día de ira las luchas por la sucesión. Juana miró a Felipe. Qué hermoso es. Luis Méndez quien de pronto se había vuelto importante por la razón de que era el único capaz de unir todos los cabos de lo que estaba sucediendo en el mundo hispano.
Era el día de su cumpleaños y la princesa Juana quien creía más en el diablo que en Dios, estaba pensando en otra misa: en un funeral.
*** Juana no cree
Juana de Aragón estaba estudiando. Su hermano Juan tenía trece años. El niño era tartamudo y un labio leporino.
Tenía catorce años. Y cinco cuando nació su hermano Juan.
Aún así, la princesa aún recordaba el dolor de su madre cuando el médico le dijo que el infante Juan había nacido débil y con labio leporino.
Aún así Juana no entendía cómo su madre podía estar agradecida de haber tenido a ese muchacho que la avergonzaba.
Aún con el pasar del tiempo el dolor de aquella primera cicatriz ya no la dejaría porque el nacimiento del heredero de la corona de sus padres, lejos de hacerla sentir gozosa como todos pensaban que tendría que ser, la había desgarrado. Como a todos en la corte.
El 14 de junio de 1492
Su instructora, Beatriz La Latina le preguntó que si estaba lista para leer los hexámetros latinos en los que habían trabajado los últimos meses. La princesa dijo que sí. Era una muchachita de aspecto salvaje, sonrisa un poco enloquecida y que cargaba sobre sus hombros las tristezas de los Trastamara.
Había tratado de amarla, pero la princesa Juana era una mujer difícil. Había recibido con poco interés la noticia de que sus padres estaban consiguiéndole un marido en el Sagrado Imperio y no sabía ser gentil con su madre, la reina a quien toda la corte consideraba una santa. La Latina interrumpió a la princesa cuando recitaba el hexámetro que se leería en el cumpleaños del heredero. Se atrevió entonces a preguntarle, en el modo más diplomático que encontró qué le sucedía, por qué la veía pasearse triste por los jardines del castillo. Y Juana habló. Con una soltura que a Beatriz le resultó curiosa, como si sólo faltase que alguien mostrara interés para mostrar lo que tenía en su interior, Juana le habló de los niños en la corte, de los hijos de los grandes de España y cómo había visto que se reían de ella y de su hermano.
—Son cosas de niños —dijo Beatriz aunque se alarmó y estaba decidida a comentárselo a la reina en cuanto hubiese oportunidad.
Cosas de niños. Juana había sonreído con amargura. Aquellos muchachos de las mejores familias de Castilla se burlaban del príncipe Juan, de su caminar atontado y su hablar idiota. Algo había en los hombres, algo muy extraño que Dios se cebaba con ellos. Qué será, preguntó Juana. Beatriz le pidió que le contara qué decían los niños del príncipe y ella dijo en pocas palabras que era un idiota. Todos mienten en esta corte, le dijo a Beatriz, yo también miento y tú. Tú eres, le dijo a su preceptora, la que mientes más. Porque sé que lo que te estoy diciendo se lo vas a contar a mi madre. Beatriz sonrió. Es mi trabajo, princesa, le dijo. Y tampoco yo lo he tenido fácil. Ella le habló de su deseo de estudiar gramática y cómo por su interés por el latín habían decidido meterla a un convento. Sólo por intervención de su madre había conseguido que le evitaran un destino que sin duda la haría infeliz, según le dijo a la princesa.
—No has sido feliz siendo mi instructora dijo Juana. También eso lo sé.
Beatriz dijo que no. Era verdad, no podía negarlo.
pero era mejor que haberse quedado en casa de su padre para ser la esposa de un hombre que no había escogido.
Juana le preguntó por su matrimonio con Francisco Ramírez de Madrid. Por primera vez, al hablarle de su propia infelicidad la preceptora de la princesa sintió simpatía por aquella niña. ¿Por qué te ha parecido tan extraño que yo no me mostrase feliz con la idea de que me van a casar con un príncipe alemán al que yo no conozco? — preguntó la princesa. Y la preceptora no supo qué responder. Sonrieron como dos buenas amigas y salieron al jardín donde Beatriz le habló de lo hermoso del clima y lo hermoso del estudio. Se sentía un Aristóteles con su Alejandro Magno. Por eso Juana le dijo:
—Si llego a ser reina, nunca dejaré que me mientan. Y seré sincera con todos —agregó. Mi corte será la corte de la verdad.
Qué bueno, pensó Beatriz, que esta niña no llegará nunca a gobernar. Antes de ella, la línea sucesora recaía en Juan, claro y después en su hermana Isabel quien pronto se casaría con un príncipe de Portugal. Juana sólo tenía que aprender a ser prudente y feliz. Y ambas cosas parecían improbables.
—Querida Juana —preguntó finalmente Beatriz—. ¿Por qué te resistes a dejarte golpear por la felicidad?
Ella cometió entonces una indiscreción que la puso en manos de su preceptora.
—No creo en Dios —le dijo.
De inmediato, por el sonido de semejantes palabras en la boca de una princesa, pero además, por la cara de Beatriz, la princesa trató de retractarse. Pero lo había dicho. Habían salido esas palabras de su boca. Y sabía que se trataba de la más infame de las declaraciones. Beatriz, en efecto, tenía en sus manos el destino de la princesa Juana.
Ni siquiera en aquel mes de Miclanteotl 1492 en que el papa Inocencio estaba a punto de recibir la primera transfusión de sangre.
* Hakem
* * * מכח en ebreo significa inteligente (astuto
En árabe مكح también significa árbitro
χακεμ
hakem en turco significa árbitro
Hakem era el califa de Egipto y Siria. Fumaba haschish y se le consideraba un Dios. Pertenecía a la religión de los drusos, la última religión revelada. Hay la teoría de que la raza de Caín vagaba por esas tierras.
De él escribió nerval.
Por qué matar a un niño? Esto era lo que quería decir a Hakim en cuanto despertó. A su lado estaba el judío. Se encontró en el alambique del alquimista. Reconoció los implementos. Ahí a sus pies estaba desnudo el muchacho que estaba desangrado. Esta sangre, dijo el médico judío, servirá para dar vida a su santidad. ¿Y tú? Quiero beber. Hakim lo invitó el del Vaticano saltó por la ventana hacia el riío. Hakim se quedó entristecido. Seguramente habría muerto.
A nadie le interesaba ya la suerte del muchachito que había muerto en Piazza Navona. Había sin embargo un hombre curioso que trabajaba para la inquisición. Se llamaba Marcel. Vivía en la casa del Cardenal del Monte. Rodeado de obras de arte y de comodidades, había sido el único que tenía la obsesión suficiente como para detenerse y leer cada mañana todas las cosas que se pegaban en el Pasquino. Era el único que había notado lo que significaban todas aquellas claves que alguien había puesto ahí. Le interesaba el mensaje que estaban dejando. Era un mensaje cósmico. Los mensajes que Dios dejaba, pensó, estaban en la Eucaristía, él, en cambio estaba interesado en este mensaje de Satanás. Porque era Satanás quien demandaba la sangre de esos niños asesinados. Comentó con uno de los guardias del palacio. Un español.
—Pues bueno, ahora con Yareth VI las cosas están bien para los españoles.
—Inmejorables, eminencia. No podemos quejarnos.
—Qué ha sucedido con el caso de los niños asesinados en Roma?
El español guardó silencio. Se aproximó a la puerta y gritó:
—Que nadie me moleste.
Luego entró a la sala y se aproximó a Marcel.
—Eminencia, el papa es quien ordenó todo ello. Se lo ordenó a su médico. Para conseguir la inmortalidad.
—¿Cuál de sus médicos?
—Eso, eminencia, no puedo decirlo.
Además, el médico le había dicho que le traería sólo muchachos judíos. Afuera le molestaba el ruido del palacio. El mismo que en otro tiempo lo hacía sentirse mejor. Se sentía como José en el pozo. Cuando José fue llevado por sus hermanos, ellos cantaron y bebieron. Así se sentía Su Santidad. Toda la gloria del mundo era poca ahora que estaba por enfrentarse al Altísimo. No. No si antes la ciencia de este hombre y la cara de ese muchachito le daban un poco de vida. Un poco nada más. Qué frío. Nunca había sentido tanto frío. Tenía, además, mucho miedo. Miedo de las brujas que él, durante su pontificado, había reconocido. El papa, creador del primer tratado contra la brujería era, en secreto, un brujo negro que se alimentaba de la sangre de niños judíos.
***
María mi abuela Inés
Una batalla similar a la de una mujer que, al otro lado del mar, en Sevilla, estaba viviendo. Era el mes de octubre y Lucía miraba los barcos que se lanzaban al mar. En poco tiempo, había sabido, Alberto se iría con aquel hombre de aspecto enloquecido y el pequeño paje que siempre iba con ellos. Lucía había mirado a Alberto y no había dejado de pensar en él. Lo había conocido en una de las fiestas de su esposo. Lo había llevado para que cantara después de cenar. El pequeño paje, Farid, había tocado la tiorba y ella comenzó a sentir desde ese momento una extraña inquietud. Sabía que su marido la engañaba. Y con una mujer judía a quien todos le habían aconsejado que debía denunciar. Sin embargo, el odio de Lucía era demasiado como para contentarse de ver cómo lanzaban a esa mujer y a su bastardo en un calabozo. Y sin querer en lo que había sentido por Alberto había comenzado a sentir consuelo.
Los barcos que miraba Lucía se estaban uniendo al largo contingente de nuevos pobladores que viajaban a La Española donde las divisiones seguían teniendo lugar. Diego Velázquez estaba comenzando a planear un nuevo movimiento: moverse hacia un nuevo territorio hacia el oeste, la isla que más adelante se llamaría Cuba. Para que nadie tuviera la impresión de que estaba faltando a las órdenes de la Corona, Velázquez comenzó a asesorarse de un joven diestro en leyes que se apellidaba Cortés. Era un muchacho que apenas era bachiller pero tenía buenas ideas. Había vendo al Nuevo Mundo cuatro años atrás huyendo justamente de una mujer como Lucía, amorosa y vengativa. Aquí había recomenzado sus historias de amor y de traiciones.
***
JORGE piensa en el navegante
JORGE se quedó un rato mirando el lugar desde el que habían partido los barcos de Colón. Estuvo meditando si le gustaría ir con ellos. No le gustaría, pensó porque no conocía la disciplina del navegante. Estaba más allá de él, Sin embargo, hizo un esfuerzo de imaginación un poco más elaborado y se preguntó si desearía haber nacido con esa vocación y tuvo que decirse que sí. Le hubiera gustado haber cultivado aquello cuando era niño. Y en efecto, como había sugerido Jorge, había sido el cristianismo lo que lo había apartado de aquel mar que, en efecto, cuando era niño y vivía en Chipre, le llamaba la atención.
Había comenzado a atardecer y él se dio cuenta porque un mosquito se acercó y lo picó. Por otra parte, pensó cuando regresaba a la casa del marqués y miró a los burócratas que salían de los edificios de la corona, aquella gente tenía otra vocación. Muy distinta. ¿Te habría gustado? Se lo preguntó haciendo el mismo ejercicio. No en ese momento, pero que toda su vida lo llevara por ese camino. ¿Te habría gustado? Tuvo que decirse que sí y concluir con desagrado que le hubiera gustado cualquier vida con excepción de la que estaba viviendo. Se sintió entonces muy triste. Muy lejos de casa, pero de una casa inaprensible. Una casa que quedaba muy lejos en el tiempo. Su madre y sus hermanos quién sabe si vivirían. Y aún si pudiera cruzar todo aquel tiempo y lanzarse a buscar su casa en Chipre, ¿qué encontraría? Nada. Todo lo que le quedaba era una inmensa cantidad de tiempo en dos sentidos. El sentido de la existencia, pensó, consiste en sobreponerse a todo ese vacío. No había nada. Tampoco más allá, hacia el mar. Estaba convencido. Era una idea idiota la de embarcarse. Sólo encontrarían la soledad del mar. No se lo había dicho a Jorge para no molestarlo, pero le consternaba semejante pérdida de recursos. En el mar aquellos marineros, pensaba, se encontrarían sólo a sí mismos. ¿Qué iba a haber si todo era exactamente lo mismo? Tal vez la soledad del mar y una calma que iría deteniendo el mar. Tal vez el abismo y luego, nada. Exactamente como con la vida. Como lo qué hay en la vida. Porque aquel viaje era un viaje similar al de la vida y culmina en el silencio, en el vacío. No hay objeto en otra cosa que no sea el amor carnal, el del aquí y el ahora. Se estremeció. La ciudad que le había parecido unas horas antes hermosa y vibrante, llena de vida, ahora comenzó a producirle una suerte de malestar indeterminado. Era similar a la sensación de haber perdido algo que no sabía bien qué era. Una moneda o una prenda, algo pequeño pero valioso.
Se le aproximó un pequeño que le pedía dinero y él, instintivamente, transformado ya en el noble que había creado Jorge Comneno, se llevó a la nariz su pañuelo de seda empapado en agua de especias. Estaba seguro de que si no se cuidaba aquel muchachito le robaría todo su dinero.
Aquella canción omnipresente, la canción del idiota que se lleva los nazarenos al mar como si fueran vacas le produjo todavía más desagrado. Quería volver a la casa de Luis Méndez. Y cerrar los ojos. Sabía ya lo que vendría a su mente, el mar Mediterráneo y debajo, ahí, nadando, la imagen de su prima. La imagen de sus muslos, la desnudez que apenas adivinaba detrás de la tela. Era un recuerdo dulce que también se había transformado en muy poco tiempo. En tristeza. La sensación de tristeza era más bien una sensación de pérdida. De algo que no sabía qué era. A lo lejos vio el carro del señor Luis Méndez que volvía del lugar de los burócratas hacia su casa. Deseó destruirlo, destruirse a sí mismo y a la judía que se había enredado con él. No tenía una razón puntual para odiarlo, pero lo odiaba porque imaginaba que su vida perfecta. Y ese niño, ese bastardo que estaba por nacer, tenía futuro. El futuro que a él se le había arrebatado. Qué era Jesús del que todos hablaban. Nada. Un iluso que quiso enseñar moral a los hombres. Un buen hombre tal vez. Amaba a la gente. Por eso era un iluso. Pero lo noble no está en amar a otra persona. Lo noble está en la mujer que este hombre desprecia. En María Soler.
En cuanto su mente lo llevó a este nombre, creyó que era claro lo que estaba buscando. Era ella. Era a María de Solier Fernández.