F0742 · 40

FABRICIO TIENE UN NUEVO MONJE AL QUE DEBE ENSEÑAR

MÚSICA. Y LE ENSEÑA TAMBIÉN LA PIEDAD. ES AMOR

PLATÓNICO COMO EL DE FICCINO NO EL DE PICO DELA

MIRANDOLA

EL NUEVO MONJE PERDERÁ SU VOZ DURANTE LA PUBERTAD.

SIEMPRE SE REPITE, PERO NO EXACTAMENTE. SIEMPRE HAY

UN NUEVO ALUMNO PARA AMARLO, PERO A ALBERTO LO

RECORDARÁ.

19a La vida en el monasterio era fácil. Sólo había que estar dispuesto a obedecer y yo lo estaba. Por lo pronto lo estaba. Tanto que dejé de sentir nostalgia. En el año y medio que pasó antes de que cumpliera trece años aprendí muchísimas cosas. Aprendí incluso, quien era yo. Muchos años antes de que Catalina Cornaro se fuese de Chipre, mi madre era una niña griega que había escapado a la montaña con un bastardo en el vientre. Ese bastardo era yo. Comencé a sospechar la verdad aunque nadie me lo dijo muy claramente. Mi padre era el monje Atanasio que nos había recibido con tanta frialdad. Por eso se esmeraba, cuando le tocaba servir en la comida, en darme el trozo más grande de queso y, en la colación, el trozo más fresco de pan. Mi madre había sido cristiana. Pero Hakem la había acogido entres sus mujeres. Aquellos niños muertos en la Bahía del Apóstol no eran mis hermanos. No había mejor sitio para un bastardo, ni entonces ni ahora, que un monasterio. Tenía incluso la posibilidad de volverme un abad. Si no nos acababan los turcos. Aún así yo había perdido la paz. No me daba cuenta de que el silencio del ángel y la falta de visiones y revelaciones estaba relacionada con esta calma. Me creí obligado por el juramento al que ella misma me había atado. Porque me había rogado que muriera siendo un buen musulmán.

Tal vez Daniel estaba viendo en el sueño del sueño el camino hacia el monasterio que, ahora lo sabía, había sido blasfemia dejar. Hubiese querido volver. Se angustiaba y cuando despertó decidió que trataría de ir hacia Veracruz. Sin embargo, no sabía ni siquiera cómo llegar hacia Coyoacán, pero se dijo que tomaría cualquier camino que lo sacara de ahí. Él quería mirar el océano, encontrar el sentido del Mar de los Sargazos, la prueba de que hay un creador.

A los cuerdos los vuelve locos, le habían dicho y a los locos los vuelve cuerdos. Sólo un místico sería capaz de entender semejante contradicción. Aquel muchacho, pensó, lo que tiene es un enorme deseo de aventuras, de vivir y viajar lejos de este sitio en el que sólo se vive la muerte y el renacimiento de Dios. El abad había pensado que la rutina que salvaba a los monjes estaba enloqueciendo a ese muchacho y lo que él necesitaba era viajar hacia el interior de sí mismo, donde todo se pierde y sólo la Virgen de las tribulaciones puede proteger a los hombres que van por los caminos de su propia soledad y locura. Extrañaba a Galaad.

Farid lo miraba. También él lo extrañaba. Lo extrañaban los monjes que habían salido a pasear con él en los caminos de hojarascas e insectos. Extrajo de su sayo otra manzana y comenzó a comerla. Le dijo: cuando vayas al cielo, pequeño monje, acuérdate de rezar por mí. A Alexander le enterneció que aquel hombre bondadoso pensara que podía ir al cielo porque él estaba en realidad convencido de que merecía las llamas del infierno. Cuando estaba a punto de levantarse para irse, Alexander lo cogió de la manga y le suplicó que no lo hiciera. El abad se soltó gentilmente y le volvió a acariciar la cara. Le dijo que tenía que ir a presidir la adoración. Le pidió que dejara abierta la ventana y el abad así lo hizo. Una noche en que podía dormir,

En este mismo lugar había aparecido un monje que los condujo hasta el abad. Le habían preguntado a su madre que por qué no había decidido cualquier otro monasterio, después de todo en el camino desde Chipre hasta Roma había cientos. El abad se había reído de la madre de Alberto cuando dijo que en sueños un ángel le pidió que llevara al niño hasta Roma y que poco a poco, en el trayecto fue recibiendo mensajes celestes del camino que debía tomar.

—Como guiaba Rafael a Tobías —dijo la madre.

—A Tobías —repitió el abad convencido de que se encontraba frente a una loca. Una loca que además, había traído a un niño que, cuando habló para pedir a la madre que se fueran resultó ser tartamudo.

El abad explicó que en Santa Sabina se preparaban los monjes más sabios de toda Roma, los especialistas en dogma que llenaban las oficinas de la Santa Inquisición en toda la Cristiandad. No era una cuestión de dinero, dijo, era una cuestión de atributos y, le costaba decirlo, pero no veía en aquel muchachito griego ninguno. No hablaba latín y el italiano seguramente se le dificultaría. Entonces Alberto, lo vio. Como Tobías, vio a Rafael.

18 Me pusieron varios maestros de griego aunque, fuiste tú quien realmente me enseñó. En pocos meses ya sabía yo lo suficiente como para entender los misterios cristianos. Asistí a la cena eucarística en el mismo rincón en que Jemil y yo nos inclinamos cuando llegamos al monasterio. Había aprendido la historia del Hijo de Dios y por qué mi madre había tocado con reverencia el zapatillo de plata del icono que pintó Lucas Evangelista. El día de mi bautizo me llamaron Isaac y creí que no había sucedido realmente nada pero mucho tiempo no volví a ver al ángel que sopló en mi la voz con la que aprendí a cantar.

M ā šāʾ All ā h. Así lo quiso El Señor. Y sucedió que el hereje Hákimita se volvió un pequeño hereje cristiano. Mis primeras clases de música las tomé como tú, bajo la supervisión de Nicolás que, sin embargo, no nos enseñó nunca cómo se teje el canon del canto llano. Nos enseñó, sin embargo, la piedad. Nos enseñó a rezar cinco veces al día y de noche a invocar a Miriam. Yo rezaba a Alá, porque no me había convertido de corazón. Le pedía que me diera memoria para aprender el canon, los tiempos, el cactus. Dame memoria, Alá, Dios de misericordia, para aprender el ritmo justo. En el templo llegadas las vísperas a una señal me levantaba y con el aire de olor a ciprés me llenaba los pulmones. Cantaba el Magníficat y en visiones sacras o sólo en la imaginación, la verdad no lo sé, el edificio se hacía pequeño porque se llenaba de ángeles. Y el tiempo se fue y yo comencé a crecer. Un día de baño descubrí que me había crecido una ligera pelusa por encima del sexo. Se lo dije al maestro Nicolás y el respondió con tristeza: tenía que pasar, lo mismo había sucedido con Anselmo antes de que muriera o escapara o lo devoraran los chacales. A mí también me mataría alguien y si no era un accidente, me mataría ese vello, la pubertad.

Alexander suspiró, miraba fuera de la ventana el mar Mediterráneo. Como había hecho con Miguel diez años atrás había tomado a su cargo a este pequeño niño, Héctor y estaba enseñándole el griego, las palabras necesarias para entender los Evangelios. Lionel, el abad había notado como todos en el monasterio que desde que Miguel se había ido no encontraba placer en ninguna voz y en ningún canto. Habían comenzado las murmuraciones. Se decía que el monje no enseñaba griego para descubrir los misterios de los libros sagrados ni cultivaba la música para adorar al Altísimo. Lo hacía, decían, por el sonido mismo. Por la música en sí mismo. Alguna vez el padre abad se lo había comentado y él se defendió diciendo que era lo mismo el sentido que la palabra. La forma y el fondo eran en música lo mismo. Amar la belleza de la música era amar en sí misma la belleza de Dios. Y la belleza era uno de sus atributos, en ella estaba contenida la bondad y la verdad del creador de todas las cosas. Era verdad y sin embargo, todos estaban convencidos de que había comenzado a volverse loco. Se había obsesionado con la posibilidad de que Miguel estuviese muerto. Eran las siete de la noche y se metían los aromas del pino. Le recordaban la Navidad. ¿Qué voy a hacer? Pensaba si ya te has muerto. El alumno hacía sonar el laúd y a lo lejos escuchó el grito de las personas en el pueblo. Comenzó a sentir mucho frío. ¿Qué voy a hacer si ya has muerto? A pesar de que casi se había oscurecido la habitación por completo, no había dado la orden de encender la vela. Trataba de concentrarse en el sonido de la voz de aquel muchacho tratando de afinarse con la ayuda del instrumento para alcanzar la nota más aguda. Se miró en el reflejo de los cristales del cuarto de música y sintió un cierto contento en el color de las nubes verdes y púrpuras. En ese momento le parecieron ajenos el pozo de la virgen de las tribulaciones y las palabras que pronunciaba el joven Héctor quien terminó de cantar y creyó que el joven monje no lo había escuchado. No decía nada. Padre, le dijo, sé que hace algunos años vivía aquí un joven monje que cantaba los salmos en la misa.

—Es verdad —contestó Alexander—. Y me sostiene tu música.

Héctor se sintió confortado. Lo había escuchado. Había hecho todo lo posible por consolar con aquellos sonidos a aquel hombre cuya tristeza a todos los consternaba en el monasterio, no sólo porque la tristeza no es el sentimiento propio de un monje sino porque los contagia a todos. Aquel joven maestro de música había dejado de ser un sostén del convento y se había transformado en su mayor peligro. Había llevado al convento el para qué. Sin embargo, habló con el alumno. Le dijo que tenía una hermosa voz, le dijo que tenía la consciencia de que lo que estaba cantando eran palabras sagradas. Lo felicito y cuando Héctor creyó que había podido darle un poco de felicidad, el maestro de música dijo:

—Pero ALBERTO cantaba mejor.

Había sido llevado a Hagia Sofía cuando tenía once años. Alberto aún no había venido y antes de encontrar en él a su nuevo hermano y compañero, se acostumbró a rezar al icono que pintó San Lucas. En la fuente del Pozo de las tribulaciones bebía el agua más fresca y pronto se acostumbró a seguir con rigor la vida del monasterio. Lo más extraño sucedió cuando un día uno de los hermanos lo descubrió cantando. Alexander paseaba por entre la ropa que acababan de sacar de la lejía cuando el maestro Abbas le cogió por el brazo y lo llevó hasta el Abad. A todos les sorprendió que aquel niño de aspecto soez tuviese una voz tan hermosa. Más se sorprendieron cuando se dieron cuenta de que era capaz de escribir los más hermosos sermones. Llegado el adviento, el abad le pedía que le corrigiese todo lo que tenía que decir. Dicen los cristianos que Damasco está donde está tu corazón. Es en la geografía interior donde suceden todas las conversiones y no en un lugar exterior. Para Alexander la conversión había sido la música. Este era el idioma, la poesía, el sentido de amar a Jesús.

Él, Isaac, seguiría envejeciendo mientras que Galaad se detendría en el camino. Mejor hacerlo de una buena vez. Sacrificaría a Thot a esa belleza pueril para que no se esfumara nunca su belleza. Este era el único secreto que en todos los siglos que magos y alquimistas habían investigado desde tiempos de Babilonia podía detener el flujo del tiempo. Conocía la operación. Había visto cómo la practicaban a los coperos del emperador de Constantinopla. No era un secreto y en sus libros siempre se había elogiado la belleza de Ganímides como el verdadero Prometeo, el vínculo entre la divinidad y la muerte. Dejó que Galaad siguiera dormido un poco más. Salió al bosque para buscar azufre y tratar de realizar una nueva permutación del mercurio. Comenzó a sentirse realmente fascinado. Le hacía feliz la posibilidad de emprender un nuevo viaje hacia el único lugar que lo llevaría de regreso a su patria. Esperaría a la hora de Júpiter y extraería del pequeño Ganímedes toda la masculinidad. Cortaría el conducto en sus testículos y la sustancia de la muerte no llegaría nunca hasta la pituitaria donde afirmaba el filósofo, se conectaba el cuerpo con el alma que da movimiento. El nigredo, la melanosis de la cabeza del cuerpo estarían bajo a su poder. Aquel muchacho sería el cisne blanco en el que podrían jugarle tretas a Dios.

*** PUBERTAD

TODO ESTO INTRODUCE EL TEMA DE LA INMORTALIDAD

RELACIONAR CON EL REY SERPIENTE. EL ÁNGEL QUE ENSEÑÓ

A FARID LA MÚSICA ES EL ENEMIGO DE LA MUERTE QUE ES EL

REY SERPIENTE.

SENDALFÓN ES EL PROFETA ELÍAS. ¿DÓNDE ESTABA ELÍAS?

ESTE PUEDE SER UN TEMA.

Un día me, cuando estaba a punto de ponerme el sayo, descubrí a la mitad de mi cuerpo la realidad de todo lo que había temido. Me escruté las axilas. Ahí estaba, un vello tenaz, el símbolo de la muerte de aquello que callaba mi voz gangosa. La muerte del regalo del ángel, de lo que me permitía ser amado. Cuando repasaba el salmo, por la noche, creí sentir que mi voz comenzaba a ser imperfecta. Me puse triste y pensé que, por alguna razón que iba más allá de mi voluntad, le estaba fallando a aquel extraño maestro Nicolás a quien había amado desde el día que lo conocí. Rezaba para que mi cuerpo dejara de crecer y un domingo, después de las vísperas, me encontré con el genovés. Le pregunté que si había alguna receta alquímica para evitar que mi cuerpo creciera. Me preguntó curioso que por qué quería dejar de crecer. Se lo dije. Él pareció pensarlo un momento largo y contestó que había un método. No era un método alquímico, pero me haría ser niño por siempre. No mintió. Me dijo que guardase el secreto y escapara de noche del convento para ir a verlo en su casa cerca del cañaveral.

***

EN AQUEL MOMENTO NO SE HABÍA DESARROLLADO

LA TÉCNICA. HOY ES OTRA COSA. ASÍ RUPTURA DE VOZ. LA

TÉCNICA PARA QUE NO SE PERDIERA LA VOZ EN LA

PUBERTAD. Y ÉL, NICOLÁS, HABÍA PODIDO MANTENER LA

VOZ DE ALBERTO, MIENTRAS QUE A SUS ANTIGUOS ALUMNOS

LOS HABÍA PERDIDO.

Fui el salmista durante dos años y una noche, después de completas,

un hermano que nunca me había hablado, uno flaco y de manos delgadas se aproximó a mí. Me acarició la mejilla como nadie lo había hecho nunca. Me estremecí. Me dijo que era una lástima porque mi estaba ya por morir. Le pregunté que a que se refería y me dijo que ya pronto me llegaría la pubertad. No me preocupó mucho en aquel momento aunque la misma incomodidad que sentí el día que le pregunté a mi madre que si todos íbamos a morir comenzó a molestarme. No me dejaba dormir, pero creció mi amistad contigo y con los otros novicios. Los domingos venía la gente del pueblo a celebrar los misterios con nosotros. Conocí a muchos y yo, sabedor ya de mi origen, me entretenía pensando que tal vez ese o aquella otra eran mis abuelos. No sentía rencor hacia quien había expulsado del pueblo a mi mamá. Estaba lleno de agradecimiento por todos esos griegos que en el Monte Olimpo me saludaban con tanto afecto. Fue entonces que me hice amigo de Giacomo, un genovés muy amable de quien, más tarde supe, se decía que era alquimista. Se mostraba conmigo muy solícito y cada vez me decía lo mismo: esta vez cantaste mejor. Yo me crecía un poco, pero no tanto como el maestro Nicolás de quien comencé a escuchar muchas cosas. Mis oídos se habían abierto no sólo para la música o la palabra de Dios. Empecé a aprender a escuchar los chismes. Me hice amigo del cotilleo.

* * *

***

Y él así, de hinojos, frente al icono. De pronto despertó completamente sobresaltado. Había estado soñando. Despertó en la oscuridad de su celda. Frente a él estaba Héctor, su hermano muerto. Entonces un sonido agudísimo resonó estalló en su cabeza, como un lamento.

En sueños, Alberto iba y venía entre su celda y el jardín de los naranjos. No es nada, se dijo, estoy dormido y nada más. Pensó que, en cuanto dijese, estoy durmiendo, despertaría, pero no. Se mantuvo soñando. Y feliz, se lanzó a correr con la esperanza de volar. Entonces lo vio. Frente a él estaba su hermano de sangre, Nicolás. No lo había visto desde que tuvieron que escapar de su pueblo en Chipre a causa de las guerras que siguieron a la caída de Bizancio. Nicolás estaba desnudo y, en el suelo, trataba de arrancarse una espina del pie. Levantó los ojos. Miró a Alberto:

—¿Eneas? —preguntó como si le dirigiera un reproche.

Alberto estuvo a punto de echarse a llorar. Le conmovió profundamente escuchar su nombre de bautismo, el nombre de su niñez, el nombre que los monjes le arrebataron cuando le impusieron el nombre de Alberto, sin preguntarle apenas a él.

Despertó sobresaltado y se fue al baño junto al pozo.

En su habitación en el monasterio de San Alejo, Alberto se desnudo. Tomó de una jofaina un poco del agua que los sirvientes le habían traído del pozo. Se desnudó del pecho, manteniendo el sayo atado hasta la cintura. Se lavó con el agua. Se vio desnudo y con desagrado descubrió en sus axilas un vello rubio y discreto. Le dio un vuelco el estómago. Bajó un poco más el sayo. Entonces lo descubrió. Estuvo a punto de llorar porque no quería perder la voz de cantante. Si perdía la voz, pensaba, tendría que despedirse del coro. La voz era lo único que tenía. Un ángel se la había dado. Y todo eso ahora estaba en peligro, porque aquella mañana, Alberto descubrió que, sin saber cómo, le había llegado la pubertad.

***

***

Isaac está a punto de volver a cantar en catedral. Una indicación del maestro lo despierta.

Ahora, Farid, es difícil culpar a nadie. No es bueno masticar estos recuerdos. Te llenas de nostalgia y ternura por ti mismo. Es difícil imaginarte tan niño, el mareo de un sueño con muros inmensos de turquesa, hombres de melenas rubias y al centro, el Encantador de serpientes. No hay nada que remediar. Una señal de Roberto y vuelve a la catedral de los nazarenos el sonido de tu voz. Arriba. Eres un Dios que ha venido al mundo a cantar. Y mientras cantas, Isaac sigue en la cabeza como un paréntesis que habla del desierto y el caminar junto a tu madre al día siguiente, cuando partieron a La Meca. Un sol pesado, un fardo y el camino lleno de alimañas. Arena, piedra, deseo del agua. Agua, Isaac. Cantas y recuerdas la sed. Silencio en el

coro.

Dalí se detuvo.

***

***

Aceptaron a Alberto en el monasterio porque tenía una voz privilegiada. Él había visto a su madre salir por el mismo camino flanqueado de pinos de Roma que ahora caminaba con el esclavo árabe. Y la vida en el convento había callado las voces de su padre y de su madre, las voces de sus hermanos. Una infancia que siempre lo había hecho sentir descontento. En el convento había descubierto su vocación, la había descubierto ahí, con Florián pero después había descubierto que Dios lo estaba llamando a otra cosa, a otra clase de inmortalidad.

—¿Me crees? —le preguntó.

—Te creo. Cantas en realidad muy bien, el amo lo ha dicho.

El esclavo estaba por continuar, pero Alberto lo interrumpió. La voz que ahora tenía, se había corrompido, dijo. Era verdad que había dejado de tartamudear y había dejado de ser un gangoso, pero había perdido esa altura. Era la voz de un adulto.

—Han matado mi voz.

El esclavo le preguntó extrañado que quién se la había matado y el cantante respondió:

—La mató el tiempo, la pubertad.

Farid bajó los ojos. Creyó entender que Alberto le estaba preguntando por el secreto suyo, el secreto de la infancia eterna. ¿Era inocente? ¿Era un tonto? No tenía ganas de regalarle el secreto de aquella inmortalidad.

Florián los recibió con un agrado que tanto a Alberto como a Farid le resultó fingido. Pero se prepararon para la misa y el muchacho árabe acompañó al cantante al coro donde esperaría

la espalda de Mariano, esa tersura perfecta que besaba. Como besaba el pecho y buscaba su boca.

—Es verdad —concedía Florián—. La carne ha sido bendecida por Dios, pero es una carne herida. Una carne que necesita ser domeñada. Y aunque era incapaz de saber lo que estaba sucediendo en Alberto, en el deseo que tenía de perderse de una vez y para siempre en el humo del hammam, lo sospechaba. Y Alberto se daba cuenta del desprecio que comenzaba a crecer en el hombre que más había amado. Dios, se decía. Lo amé más que a mi padre, a este viejo necio que ahora me mira como si no hubiese sido él mismo quien me lanzó a la casa del alquimista. Estos monjes, pensaba, no han leído a Parménides, no han entendido lo que significa que todo procede del uno, que todo es adaptación de los elementos indivisibles y que, en efecto, el sol es la madre que lleva al viento en el vientre. Que el Padre nos rodea y nos ve y nos compadece, que la realidad de la superación de todo deseo está en la sumisión al deseo, en perderse en el laberinto del Cole Opio, en ese laberinto de vapores en los que hay no uno ni dos, hay cientos de minotauros. Todos muchachos en cuyos amores se separa lo sutil de lo monstruoso, lo etéreo de lo descomunal. Esclavos o gitanos que se venden y te besan en la sensualidad del vino, una sensualidad casi tan potente como la sabiduría que encontró con los gnósticos, porque le dijo la última vez que habló con Florián, el Dios que pregonas no existe, porque la Biblia que enseñas no dice más que patrañas y la búsqueda de la perfección tiene lugar aquí en la Tierra y aquí se acaba. Somos sujetos de un dios en eterna transmutación.

—¿Y tú Alberto —preguntó el maestro de música— en qué has transformado al pequeño cantor?

—Me he transformado en el geógrafo. En el músico que ha terminado por entender que sólo hay un lugar para la perfección y es aquí: es el tiempo de Dios.

—Pero —replicaba Florián—, ¿no es evidente que el mundo en que vivimos es imperfecto? Está herido. No significa, claro que el mundo sea malo. No significa que no haya verdad en todos los placeres, incluso, tal vez en aquellos que no quiero ni imaginar…

Alberto lo interrumpía y le hablaba del dios Jano, del que separaba la Roma imperial de la Roma del pueblo, el dios de las transformaciones, el dios que permite que cabalgue la música por las siete colinas y que permite la transmutación que pronto descubriría gracias a Farid, la de vivir para siempre.

—Tienes razón —dijo Florián—. Te has convertido en tu propio deseo. Por eso veo que te vistes con los mejores sastres de Roma y que llevas atuendos de seda y armín. Seguramente se te han despertado los sentidos de formas que un viejo monje como yo no puede saber.

Sí. Se complacía en el olor de las naranjas y amaba el aroma agridulce de Farid. Se complacía en el roce de las telas y no deseaba otra cosa que amarlo a él.

—Debe ser —concluyó Florián— que no estamos hechos para la muerte. Que la muerte sigue siendo para nosotros innatural.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes