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En Santa Sabina, ALBERTO se había ido. Lionel trató de rezar, pero desgranaba el rosario sin concentrarse. Pensó en que lo extrañaría porque, tenía que aceptarlo, se había apegado a aquel monje insensato en quien todos habían reconocido el orgullo del hombre nuevo. Ese que poblaba Italia y que creía en Dios y en la magia. Tal vez sea eso, se dijo, lo que Isaac vio en él. Se levantó para volver a su celda pero decidió dar un paseo por el naranjal.
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FABRICIO VA A EXTRAÑAR A ALBERTO, PERO MÁS A LA
VIRGEN DE LA TRIBULACIÓN…. NICOLÁS QUERÍA IR POR LA
VIRGEN DE LA TRIBULACIÓN, PERO JORGE YA HABÍA
LLEGADO POR ELLA. HABÍA SIDO LA PROVIDENCIA, PENSÓ,
QUIEN SE LA HABÍA TRAÍDO. Y AHORA JORGE SE LA VOLVÍA A ROBAR.
El día que abandonó Sancti Spiritu, Miguel encontró el icono de la Virgen de las tribulaciones. Lo había olvidado. Muchas veces con Alexander le había rezado. Había estado convencido de que detrás de esa imagen habitaba la divinidad, se comunicaba a través de ella. Los católicos lo habían acusado de idólatra, pero él estaba convencido de que Dios se comunica detrás de este velo que llamamos realidad de modo que la Virgen estaba en esta imagen y en muchas otras. Todo lo demás le parecía iconoclasta. Y él sabía lo que eran esas herejías. En Chipre había por todos los Troodos ermitas llenas de imágenes a las que les habían sacado los ojos. Era interesante que los herejes atacaran a las imágenes exactamente así. Era una manera de confirmar lo que sabían: que estas imágenes ven. Son el imago de la madre de Se inclinó y salió muy de mañana camino de San Cristóbal. No sólo se había convertido con respecto a Farid. No sólo había dejado de considerarlo un hereje. Ahora estaba convencido de que el sentido de haber abandonado Santa Sofía estaba relacionado con este muchacho árabe, con este cantante detrás de cuyo canto se escondía también el canto de Dios. Era un velo, pero un velo en que se transparentaba la grandeza de la creación, la diversidad.
Desesperado, decidí abandonarme a mis antiguas creencias. Me cobijé en la cama y cuando se hizo de noche, sin encender la vela, para estar en completa oscuridad, oré a Hakem. Le pregunté por los que habían muerto. No hubo respuesta. A lo lejos ladra un perro. ¿Ha muerto mi madre? Comencé a llorar. Era un traidor. Sería vomitado por todos los dioses con los que me había cruzado en mi vida porque a ninguno, ni al de la extensión ni al de la profundidad, había conseguido amar. Sólo me amaba a mí mismo. Estaba seguro de que habrías muerto. Nunca volvería a verte. Me amaba en ti. Eras tú el único que podía devolverme algo puro de mí mismo. Tu muerte era la de lo más amado. Todo lo otro serían sólo rasguños. Arañazos.
Don quijote capítulo 44
Llegados aquí hay que decir que quien tradujo esta obra (esto es, mi hermano), no lo hizo con toda prontitud. Fue por eso que decidió cambiar un poco de tema, sabía claro que iba a ser muy criticado. El había tratado, en la primera parte seguir un camino lineal sin cambiar absolutamente nada. De todas formas poca gente lee hoy día y mucho menos se interesa en las locuras de quien quiere hacer historias distintas. En fin que en este caso decidió que no cambiaria demasiado de tema sino que trataría de mantenerse en el límite de los personajes creados, como pide Aristóteles, esto es, una unidad de espacio tiempo. Fue así que prosiguió la historia. Habiéndole regalado la espina De la Cruz, se quedó muy solo y cuando vio cómo acompañaban a Alberto, pensó que aquel muchachito árabe parecía una suerte de diablo. Recordó su voz. No hay para qué te lleve el diablo, querido Alberto, pensó. No es necesario averiguar ya más. Que te libre de hechiceros, de encantadores y alquimistas. Había salido con un gabán muy ancho y detrás iba Farid. Se detuvo a leer historias de caballería. Era lo único que le ayudaba a librarse del encantamiento de la locura. Le había pedido que le diera aviso de todo lo que le sucedía. Pero se fue vestido a lo vestido de aguas leonado de chamelote. El rucio caminaba con … de seda y flamantes. Se había despedido. Y él le había dado la bendición entre lágrimas. Así lo había dejado. Leyó una historia que lo hizo evadir. Pero en cuanto se acabó su lectura, se quedó triste. Después de la cena le preguntó Lionel si estaba triste. En realidad siento su ausencia, pero no es por eso que estoy triste. Si quieres venir a charlar con migo. No, en realidad pido que me deje estar solo. En verdad, dijo Lionel, no es bueno que estés solo. Para mí, respondió Fabricio, no necesito nada, si quiere usted quiere ayudarme, no necesito que nadie me ayude. Cayó y Lionel se dio cuenta de que con tal ausencia de inmediato le había dado ganas de ser piadoso y entregarse al silencio. No sabía, claro, que había decidido dedicarse a la lectura de aquellos libros que había encontrado en la biblioteca que salvó Santo Domingo. Viva este monasterio, dijo Lionel de haber tenido esto. En realidad Alberto tiene mucha suerte de haber tenido un amigo como tú. En ello pensaba mientras leía las aventuras de aquel hombre encerrado en un castillo en que era perseguido, no fue a cenar y todos pensaron que ayunaba y que rezaba, pero en realidad se había perdido en Malambruno las historias de Ariosto y hasta Alexandre, las historias de Roland y muchas de las que Santo Domingo debería haber quemado. Cuando comenzó a atardecer, Fabricio se sentía con ganas de no perder ninguna cosa. Estaba puesta su imaginación en Amadis Flor. A la luz de dos velas de seda se descalzó y cuando se descalzó se dio cuenta de todo lo infeliz que era. Lo que sucedió fue que se dio cuenta de que su media estaba descosida. Exclamó pensando en que la santidad consiste en la pobreza, pero aún así él no se contentaba con la pobreza. Tengan todo como si no lo tuvieran, la pobreza de espíritu. Pero él quería realmente ir a la Casa del Alquimista, vestir de seda, tener cuellos escarolados y almidonado. Miserable, dijo. Como mal y a puerta cerrada. Soy un hipócrita? Mañana iría al hermano que le daría unas medias nuevas y sin embargo, salió y entró a la habitación de Alberto. Pesaroso de su ausencia, vagó por ahí y encontró justamente unas medias. Volvió a su cuarto, mató las velas, abrió la ventana que daba hacia el naranjal. Escuchó que hablaban en el jardín. Era, en realidad un canto. Y eso le llenó todavía más de nostalgia pues y pensó que nunca había habido un hipócrita peor que él, un monje que a causa de un hermano se había vuelto infeliz.