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La víspera del Pentecostés de 1491, los hermanos del monasterio de San Alejo Sabina en Roma se reunieron para invocar al Espíritu Santo.

EL PROFETA ELÍAS ES QUIEN LE DA LA MÚSICA A FARID Y A ALBERTO.

Fuimos al Pozo del Evangelista. Y tú me salvaste, Alexander, porque sé que no fue por mi respuesta que el padre Nicolás me tomó como su alumno. Fue por lo que habías dicho, que sabía encontrar la posición de las manos y alargar las vocales. Mi madre se fue y me dejó contigo que es lo único que importa, porque te quiero más que a mi madre y como Nicolás te ordenó que me enseñaras una canción cristiana, me llevaste al huerto del pozo. Primero, como para anunciar que algo especial sucedería, me enseñaste las imágenes talladas sobre los muros: Juan, el discípulo amado se recostaba muy joven sobre el pecho de Dios. Yo no entendí en ese momento, claro, pero nos sentamos junto al pozo y tú me enseñaste en latín el Magníficat. Y a mí me costó mucho trabajo, pero lo aprendí y estaba tan cansado que me quedé dormido sobre tu pecho y entonces, entendí.

El monje Alberto, cantor principal no aparecía. El abad miró hacia la puerta de mal humor. Sonó la campana de Prima y sólo entonces apareció Alberto. Era un monje de aspecto de niño: ojos grandes y verdes, la nariz griega y (el abad lo notó de inmediato), sin rosario. Venía de prisa. Uno supondría que vendría desconcentrado. Había perdido la meditación junto a sus hermanos. Pero no: se instaló cómodamente en su cátedra y acomodó los pergaminos con el Veni Sancte Spiritus. Se dispuso a cantar. Florián, el maestro de capilla miró a Lionel, al abad para saber si debía reprenderlo. Lionel negó. Tenía que comenzar la liturgia. Florián miró a Alberto a los ojos y éste inhaló, contuvo un instante la respiración y cuando el maestro lanzó sobre de él la señal con la mano hacia arriba contuvo la respiración un instante. Luego, emergió de su garganta un sonido profundo de tesitura grave y clara que estremeció a todos, a los monjes jóvenes y a los viejos. La capilla se llenó de este ruego: ven Espíritu Santo… ven padre de los pobres, dador de gracias, luz que da descanso en el trabajo y consuelo en el llanto. No hay nada sin ti que no esté extraviado.

En aquel año de 1500 Alberto había cumplido los diecinueve, diez de los cuales había vivido entre estos monjes. Y sin embargo, no había podido madurar. Seguía siendo el niño griego que vino a vivir en la colina romana del Aventino, pero que sólo deseaba volver a una casa que probablemente no existía ya. Pero él quería regresar. Aunque su padre hubiera muerto y nadie lo reconociera en el pueblo de la Bahía del Apóstol en Chipre donde nació en el año de 1481.

Alberto odiaba el monasterio de Santa Sabina porque no tenía vocación y sin embargo amaba al hermano Florián porque le había enseñado la música. Florián, le habían contado los monjes más viejos, cuando era niño tenía la voz más hermosa de Roma. Tanto que el papa Alejandro VI, amante de la belleza, vino hasta el Aventino con el único propósito de escucharlo a él, a Florián. Lo había felicitado y le había dado la bendición. Pero la pubertad le mató la voz. No todos tenían la gracia de Alberto quien creció y su voz cambió pero se volvió viril profunda. Ven Espíritu Santo, lava lo que está manchado, riega lo que es árido, cura lo que está enfermo. Su voz resonaba en los candelabros y en la sillería que repetía vehemente una y otra vez la oración en contrapunto. Y Florián que desde niño había tenido visiones, entrecerró los ojos porque creyó ver que por los lucernarios laterales de la capilla entraba una luz más brillante que el sol. Era el Espíritu que derramaba sobre cada uno de los cantores la sangre de Dios.

En aquel tiempo Florián tenía veinticuatro años. Tenía los ojos azules y el cabello castaño. Su nerviosismo contrastaba con la seguridad de Alberto quien siempre parecía tranquilo a pesar de que llegaba tarde a todas partes. El hábito a Florián parecía quedarle siempre grande. Como si lo siguiese vistiendo el niño que había crecido a su pesar y a su pesar había perdido la voz. Alberto, en cambio, con la esclavina y la capa perfectamente alisadas parecía más bien un joven noble del Aventino la colina en la que siempre resistió toda la nobleza romana. Ven Espíritu Santo.

Se hizo un silencio. En la cúpula resonó nada más la respiración agitada de Florián quien luego de la pausa señaló al coro de novicios. Los niños retomaron la secuencia y Alberto pudo, en silencio, mirar al sol entrando por las ventanas. Recordó que en esta capilla había hecho su primera prueba de canto; que cuando lo aceptaron su madre se fue por el camino de tierra roja que lleva hasta Roma y luego al puerto de Ostia. Allá se habrá embarcado hacia Grecia. Y se habrá olvidado de él. Los monjes lo educaron a pesar de que no tenía ni dote ni apellido, pero tenía una voz, un don. Le llamaron Alberto Helénico y a los monjes al principio les importó muy poco que fuera soberbio y que no hubiese en él vocación monacal. Pero Lionel, el abad, estaba convencido de que en este siglo perverso no había peor peligro para el pueblo de Dios que otro monje sin vocación. Por eso decidió echarlo. Que se vaya, se dijo, en cuanto recibió la petición de Jorge Isaac el alquimista que estaba buscando a un músico para su corte de fantoches platónicos que, imitando la academia de los Medici en Florencia se reunían en el Trastévere en un castillo que todos en Roma conocían como La Casa de Dante. Que se vaya, pensaba el abad. Nadie sufrirá con su ausencia. Sólo tal vez el hermano Florián.

Porque Florián lo amaba y lo amaba, en primer lugar por una razón objetiva. Alberto era hermoso. Sus ojos eran grandes y había algo en sus modales que recordaba la dignidad de los nobles orientales. Desde que llegó al monasterio Florián había tenido con Alberto una suerte de complicidad que se parecía, según pensaba el maestro de música, el ideal aristotélico de amistad. Al menos así lo pensaba Alberto. No deseaba para Florián otra cosa que no fuera el bien y sin embargo el maestro deseaba otra cosa aunque no sabía bien qué. Era algo tan ambiguo y esquivo como el deseo de tener esa voz. Poseer esa voz que él había perdido de la noche a la mañana, cuando creció. El abad, por supuesto, estaba al tanto de la amistad. Todos en el monasterio. Se comentaba que era increíble que dos temperamentos tan distintos se amasen tanto. Y crecía una sospecha. Justamente por eso el abad quería alejar a Alberto de Florián a quien consideraba un espíritu noble. Un monje que no sólo hacía bien su trabajo como maestro de capilla: se entregaba con fervor a las pequeñas obligaciones que hacen fácil la vida en comunidad: tenía ordenados y limpios los libros del coro y en su tiempo libre iba a la biblioteca para ayudar a copiar un libro de filosofía o para iluminar los bordes de una copia del Evangelio. Había pedido, incluso, que no le relevaran del tedioso trabajo que tenía desde que era novicio: cuando sonaba la campana de Sexta, Florián dejaba lo que estuviese haciendo para ir y cerrar una por una las puertas y ventanas del monasterio.

Para evitar el escándalo, Lionel había pensado expulsar a Alberto de un modo que consideraba sutil. Después de todo el monje había recibido las órdenes menores. Le irá bien con Isaac se dijo. El noble bizantino era famoso en Roma por sus extravagancias de modo que no era de extrañar que quisiese tener a un cantor para su corte en la Casa de Dante. Y era una petición extraña, pero todo podía esperarse de Isaac. A cualquier otro monje lo hubiese conservado, pero Jorge Isaac Comneno le estaba dando la oportunidad de deshacerse del muchacho sin sentirse culpable. Los dos hablaban en griego y eran orgullosos. Lionel pensó, además que poco importaba que Alberto perdiera su alma inmortal. La perdería arrastrando a más gente si le permitía estar en el convento. Que se vaya con el alquimista, con Isaac el nigromante, el amigo de judíos y musulmanes que se inventaba filosofías torcidas para buscar la inmortalidad. Ven Espíritu Santo, luz de los corazones, doblega lo rígido, calienta lo frío, dirige lo que está extraviado.

El lunes 8 de junio de 1500 el abad mandó llamar a Florián. Le avisó que el cabildo había decidido que echarían a Alberto. A Lionel le sorprendió que el maestro de música no lo tomara a mal. Le pidió que se sentara en un sitial de su scriptorium y ordenó al novicio que le servía de secretario que fuese a decirle a Alberto que lo llamaba el abad. Eran las siete de la mañana y Alberto, que no tenía ni idea de lo que estaba por suceder, caminó desde su celda en la parte más alejada de Santa Sabina hasta el scriptorium de Lionel. Cuando le llamó el pequeño novicio Alberto estaba echado en su catre. No tenía la menor intención de hacer la Lectio Divina como indicaba el horario porque le parecía inútil el ejercicio de imaginarse dentro de un pasaje de los Hechos de los Apóstoles. Si había que soñar, pensaba, mejor soñar como se debe: durmiendo. Aún se estaba limpiando las lagañas cuando olisqueó los tilos en el jardín. El verano estaba a punto de llegar pero a esa hora el clima era muy agradable. Miró a las gaviotas que volaban sobre el río Tíber. A lo lejos brilló la cúpula de Constantino en el Vaticano.

Cuando Alberto entró a la oficina del abad lo primero que le sorprendió fue ver que ahí estaba Florián quien tenía los ojos rojos. Como si hubiera llorado. Lionel lo recibió con un entusiasmo inusual. Le pidió que se sentara en otro sitial y Alberto tuvo la inquietante sensación de que Florián había dicho algo que sin duda le causaría problemas. ¿Había hecho algo? ¿Había dicho algo que pudiera ser mal interpretado? Como si le estuviese dando una magnífica noticia y sin más preámbulos, el abad le dijo que los presbíteros habían llegado a la conclusión de que no tenía vocación monacal.

Alberto se sorprendió tanto que buscó una explicación en la cara de Florián. Creció en él la sospecha de haber sido traicionado, pero Lionel interrumpió sus meditaciones y le dijo que lo mejor era terminar su relación con el monasterio lo antes posible. Alberto no recibiría la ordenación diaconal pero tenía una propuesta que, estaba seguro, le iba a gustar. El monje odió al abad con todo su corazón. Lionel sabía que no había lugar al que él pudiese volver. No sólo había olvidado el camino que iba del puerto hasta su casa, los turcos dominaban toda aquella región del Mediterráneo. Seguramente habían matado a su familia, a esa familia que se había sacrificado para que él viviera entre estos bárbaros y… Estaba a punto de decirle que no lo corrían, que se largaban cuando Florián le puso la mano en el hombro y le dijo:

—Ve hermano, acompáñame al jardín. El abad quiere que te haga una propuesta que realmente te va a gustar.

Alberto siguió a Florián por el huerto de las naranjas. Volvió a distraerse con el dulce olor de los jardines del monasterio. Los monjes llegaron hasta una virgen tallada junto a un pozo. Sobre de ella los hermanos jardineros habían podado unos pinos para formar un oratorio que Alberto y su amigo llamaban la Capilla de la Virgen de las Tribulaciones. Era el lugar secreto de los dos. Aquí Florián le hizo la propuesta: había en Roma un hombre, un bizantino, un griego como él, como Alberto que había llegado hacía unos años al Trastévere y había pedido al abad a un preceptor para enseñarle música. Alberto conocía a Isaac. Lo había visto venir los domingos a misa y no había sabido si sentirse molesto o halagado porque aquel hombre no le quitaba la vista de encima. Y en efecto, comenzó a interesarse en la propuesta del abad. Tanto que fue incapaz de darse cuenta de que Florián estaba a punto de llorar. Le habló de que estaba seguro de que en la corte de Jorge Isaac sería feliz, tendría el salario de un músico y siempre podría venir al monasterio para recibir un consejo. Alberto estuvo a punto de soltar la carcajada. Si se iba no volvería jamás. Se contuvo para no lastimar a Florián quien realmente amaba a sus hermanos al horario a la Lectio Divina y a todas esas patrañas que a él le resultaban tan enojosas. No pudo sin embargo dejar de mostrarse entusiasmado. Le dijo a Florián que no sólo aceptaba la propuesta, le agradecía a él pues estaba seguro que había sido su idea. No lo era, pero Florián se quedó callado. Dejó que Alberto se sentara feliz frente a la Virgen de las Tribulaciones y se imaginara a sí mismo viviendo como un noble romano. Después de un instante dijo:

—Voy a extrañarte —Dijo Alberto luego de pensar un poco.

Florián no podía saber que era cierto. Pensó que lo decía sólo como una formalidad. Alberto se levantó y los monjes se dieron un largo abrazo. Todo alrededor suyo olía a naranjas y Alberto recordó que en este mismo sitio, diez años atrás este hombre le había enseñado su primera oración en latín. El Salve. Aquí, frente a la Virgen de las Tribulaciones le dijo que esta oración contenía toda la sabiduría necesaria para salvarse.

—Ten cuidado con el alquimista —le dijo Florián cuando se separaron.

Alberto prometió que lo haría y Florián se disculpó quería ir y meditar en su celda. Alberto se quedó solo y se puso a pensar en su nueva vida. No fue ya a los oficios porque se sintió liberado de toda obligación con el monasterio. Se quedó ahí como siempre, soñando hasta que una pregunta apareció en su mente y le quitó la paz: ¿qué es un alquimista?

***

—San Alessio es el monasterio más importante de la orden. Serás feliz allá. Tendrás una celda más amplia y obligaciones más acordes con la dignidad de un diácono.

—No se ha hablado aún de la fecha para darme la diaconía —dijo Alberto. Se quedó pensando y luego, del modo más sereno posible, dijo—. Tal vez ha sido tu idea que me vaya de aquí.

Florián negó con tristeza y Alberto, convencido por fin de que no había sido traicionado, se calló. Comenzó a sentirse feliz en este lugar porque pensó que San Onofre era el culpable de sus visiones. Tal vez en otro lugar, lejos de esta colina, dejaría de mirar las cosas que siempre lo habían inquietado.

—Voy a extrañarte —Dijo Alberto luego de pensar un poco.

Fabricio no podía saber que era cierto. Pensó que lo decía como una formalidad, pero Alberto se aproximó a él para darle un largo abrazo. Todo alrededor suyo olía a naranjas. En este mismo sitio, diez años atrás este hombre le enseñó su primera oración en latín. El Salve. Le dijo que en ella está contenida todo lo que se necesita para salvarse.

***

Aunque el olor de las naranjas lo tranquilizaba, la sola idea de encontrarse en aquel jardín le producía un terror que, sin embargo, Florián no supo interpretar. El joven músico pensaba que Alberto, su pupilo, se había estremecido al recordar que en este lugar en el que habían rezado cuando él llegó al convento, se le había parecido un demonio. Llegaron hasta el pozo y se sentaron como habían hecho muchos años atrás, frente a la Virgen de las Tribulaciones.

—Te gustará la Casa de Dante —dijo Florián—. Solamente tienes que cuidarte de las locuras del alquimista.

Alberto volvió en sí y contó lo que lo tenía más preocupado.

—No sé por qué me mandan allá, si aún no se ha hablado de una fecha concreta para darme la Orden Mayor..

Los dos se quedaron pensativos contemplando la ciudad. Y en Alberto cruzó una idea que volvió a inquietarlo.

—Tal vez ha sido tuya la idea de que debo irme de aquí —conforme hablaba, Alberto lo veía más claramente, Florián, pensó, lo habría hecho con inocencia. Sin un afán de maldad. Lo había hecho, se dijo, liberarlo de las cargas del monasterio. Pero él no se lo había pedido y, sin querer, enredado en sus propios pensamientos y por cosas que sólo tenían lugar en su imaginación se sintió molesto.

—No, hermano —sonrió tristemente Florián.

Entonces, San Alejo mismo es el culpable. Este lugar en el que es imposible sentirse feliz. Era este sitio, se dijo, el culpable de sus visiones. Así, el malestar de sentir que lo estaban echando, comenzó a hacerlo sentirse feliz de irse a vivir con un hombre del que se habían hablado tantas cosas. Que era un loco y un alquimista. ¿Qué era eso? ¿Qué era exactamente un alquimista? En el silencio que se había hecho entre los dos amigos, comenzó a volver, poco a poco La Paz.

—Voy a extrañarte —dijo Florián sinceramente.

Alberto, completamente enredado en sus propios pensamientos, pensó que su hermano lo decía tan solo como una formalidad. Por eso se sorprendió cuando, rompiendo todas las formalidades y las reglas del monasterio, Alberto se inclinó hacia él para darle un abrazo largo. Y todo alrededor de ellos olía a naranjas y Alberto se relajó porque recordó entonces que en este mismo sitio, en el lugar junto a la imagen y el pozo, diez años atrás Florián le había enseñado su primera oración en latín. El salve, le dijo en aquella ocasión, contiene toda la sabiduría que necesitas para salvarte. Y en ese abrazo, Alberto se convenció de que existía la salvación.

Florián se separó del abrazo. Miró a Alberto a los ojos. ¿Había en él algún deseo impropio? Esta sola idea lo consternó.

—Necesito volver al trabajo —dijo Florián y se levantó para irse. Alberto se despidió con el aire taciturno que había vuelto a él. Y en cuanto se quedó solo, volvió a meterse en sus meditaciones. ¿Qué es un alquimista? Esta pregunta le llenó la cabeza. Y era tan grande porque había escuchado tantas cosas que, llegada la noche, no podía dormir.

Adiós aL MONASTERIO

Había llegado el año de 1503 y estaban a punto el esclavo y el monje de cerrar la Casa de Dante. Ya se encontraban las cosas listas y acomodadas en la habitación de Farid todo lo que le pertenecía. El muchacho árabe miraba aquello y pensaba en el tiempo que había vivido en este castillo y sintió nostalgia y un poco de miedo por todo el silencio de la casa vacía. Habían despedido ya a todos los sirvientes y aquella noche estarían completamente solos, en el castillo, Alberto y él. Sólo esperaban la carta en que Isaac les ordenara moverse hacia Hispania, un asunto que tardó todavía un año más en el que el esclavo y el monje no hicieron otra cosa que hacer música en aquel castillo que, vacío resonaba más.

Una mañana de diciembre de 1503 Alberto se levantó de mal humor aunque no sabía por qué. Ese día había decidido volver a subir al monasterio en el que pasó su infancia para despedirse de Florián su maestro de música. La noche anterior se había dormido con cierta ilusión. Pensó que sería un buen momento para agradecer todos los dones que le había dado y para mostrarle que aún llevaba colgada en el pecho la espina de la corona de Cristo que antes de partir del Aventino Florián le regaló. Antonio había dejado para él, en el refectorio un poco de pan y mantequilla y unas infusiones que tendrían que haberle dado energía. No se la dieron. Alberto siguió sintiendo la cabeza extraviada. El calor del verano de Roma no había terminado por irse y más allá, en el jardín interior de la Casa de Dante el sol anunciaba que sería uno de esos días insoportables. Evaluó incluso la posibilidad de irse sin decir adiós, pero el solo pensamiento le produjo todavía más malestar de modo que se lanzó un poco del agua de la escudilla de cerámica de manises que Luis Méndez de Sotomayor había regalado a Isaac y salió a la calle sin ganas. Poco a poco, sin embargo se fue animando. Fue tal vez el ruido del barrio o la vista del río (que siempre lo ponía de buen humor) o en general la idea de pertenecer a esta ciudad de la que ahora se despedía pero, estaba seguro, a la que regresaría vuelto un Marco Polo cuyo nombre daría prestigio al monasterio en el que había sido tan infeliz. Cruzó el puente roto y cuando ya iniciaba el ascenso hacia la cima del Aventino se le atravesó incluso el pensamiento infantil de que cuando regresara de sus aventuras en las indias españolas todos en el monasterio querrían volver a verlo. Él al único al que querría ver sería a Florián. Una muchacha que se lavaba las piernas en la Fuente del León le sonrió sin candor y él, habiendo respondido a esa sonrisa, aunque no se detuvo, supo que todo era posible, acostarse con ella o incluso dejarlo para otra ocasión. He perdido la inocencia, se dijo. Y siguió subiendo la colina, feliz.

En cuanto Florián se separó del abrazo le dijo a su hermano que necesitaba volver al trabajo. Dejó a Alberto quien se puso a tratar de imaginar cómo sería su nueva vida. En San Alessio, todos lo sabían se daban cita los alquimistas de Roma, pero ¿qué es un alquimista? Lo estuvo pensando todo el día y no pudo dormir. Se despertó de madrugada a las tres de la mañana.

***

La víspera de Pentecostés de 1500, los hermanos en el monasterio de Santa Sabina en Roma se dispusieron a cantar en honor del Espíritu Santo. Pero Alberto, el cantor principal no aparecía por ninguna parte y Leonel, el abad estaba, claro, de muy mal humor. En el gran cortile resonó la campana de Prima y entonces, sólo entonces apareció Alberto, un muchacho de aspecto aniñado, caminaba sin preocupación mirando fijamente con sus ojos grandes y verdes. El abad notó de inmediato que no traía rosario. No caminaba ni siquiera de prisa y aunque había perdido la hora de meditación junto a sus hermanos se instaló en su cátedra, acomodó los pergaminos con el Veni Sancte Spiritus y se dispuso a cantar. Florián, el maestro de capilla, miró a Lionel para saber si debía reprender al monje que siempre llegaba tarde. Pero el abad negó con la cabeza. Alberto inhaló. Contuvo la respiración y finalmente, cuando el maestro de capilla lanzó sobre de él la señal con la mano hacia arriba emergió de su garganta un sonido profundo de tesitura grave y clara que los estremeció a todos. La capilla se llenó del ruego ven Espíritu Santo. Ven padre de los pobres, dador de gracias, luz que da descanso en el trabajo y consuelo en el llanto. No hay nada sin ti que no esté extraviado.

En aquel año de 1500 Alberto había cumplido diecinueve años. Diez de ellos había vivido entre los monjes de Santa Sabina, pero no había podido. Seguía siendo el niño griego que vino a vivir en la colina romana del Aventino. El que sólo deseaba volver a casa aunque su casa no existía ya. No le importaba que su padre hubiera muerto, que nadie lo reconociera en el pueblo de la Bahía del Apóstol en Chipre donde Alberto había nacido en febrero de 1481.

Y es que Alberto odiaba al monasterio. Odiaba su tempus, los rezos que consideraba inútiles, la hora santa. Sólo amaba al hermano Florián, el maestro de capilla porque le había enseñado a cantar. Alberto había escuchado que Florián cuando era niño tenía la voz más hermosa de Roma. Tanto que Alejandro VI, el papa vino hasta el Aventino con el único propósito de escuchar a Florián maestro de Alberto. Lo había felicitado y le había dado la bendición. Desgraciadamente la pubertad había matado aquella voz. No todos tenían la suerte de Alberto quien había crecido y su voz, si había cambiado, se había vuelto viril y profunda. Ven Espíritu Santo, lava lo que está manchado, riega lo que es árido, cura lo que está enfermo. Era una voz que tenía el neuma de los cantantes orientales. Los sonidos más graves hacán resonar los candelabros, la sillería, la columna vertebral de Lionel que, aunque siempre estaba molesto con Alberto tenía que aceptar que había algo sobrehumano en aquella voz. Y Florián, el maestro, quien desde niño había tenido visones, cuando Alberto cantaba cerraba los ojos y al abrirlos creía ver entrar por los lucernarios de la capilla una luz más brillante que el sol. El Espíritu que derramaba sobre cada uno de sus cantores la gracia de Dios.

En aquel año Florián había cumplido veinticuatro años. Tenía los ojos azules y el cabello castaño. Había nacido en los renos del norte, más allá de los Alpes. El nerviosismo del maestro de capilla contrastaba con la seguridad de Alberto quien siempre parecía tranquilo y tal vez por eso llegaba tarde a todas partes. Si Alberto parecía desaliñado muy a su pesar, vistiendo un hábito que siempre parecía quedarle grande, Alberto, con la esclavina y la capa perfectamente bien alisadas parecía un joven noble del Aventino.

Llegó el momento de los silencios y la recitación. En la cúpula resonó la voz del abad y la respiración agitada de Florián quien llegado el tiempo señaló a los novicios. Los niños retomaron entonces la secuencia y Alberto miraba en silencio las ventanas. Recordaba que en esta capilla había hecho su primera prueba de canto y que cuando lo aceptaron no pudo decir adiós a su madre. Ella había venido a dejarlo nada más. Se fue por el camino que lleva hasta Roma. Se habrá embarcado en Ostia y luego habrá vuelto a Grecia. Habrá pensado que hizo bien en traerlo a Roma; dejarlo con estos monjes que tenían fama de ser tan piadosos como interesados en el dinero. Lo habían educado como a los príncipes que aquí vivían. Porque no tenía ni dote ni apellido, pero tenía una voz. Le llamaron Alberto Giorgios porque su madre lo entregó al abad Ugolino, predecesor de Lionel un 23 de abril, día de San Jorge. Y nobles o no, a los monjes de Santa Sabina les importó muy poco que aquel muchacho griego pareciera soberbio y que a todas luces no hubiese en él vocación para nada espiritual que no fuese la música. Pero los tiempos habían cambiado y a la muerte de Ugolino el cabildo escogió a Lionel, un hombre que, nacido en las Cortes de Navarra no estaba dispuesto a aceptar que ninguno de sus súbditos se relajara con la moda indolente que se había puesto de moda en la Cristiandad. Al contrario, Lionel estaba convencido de que en este siglo perverso no había peor peligro para el mundo que otro monje sin vocación. Había tantos. Por eso, en cuanto supo que tendría el encargo de dirigir las almas de los hermanos de Santa Sabina decidió, como el rey de la parábola santa, dividir a cabritos de corderos. Y Alberto era algo más que un cabrito, era un cabrón que se creía que por tener buena voz todo le estaba permitido. No señor. Se decía Lionel. No en su monasterio. Decidió echarlo el domingo en que recibió en su despacho una carta que contenía una extraña petición. Jorge Isaac, un benefactor de los hermanos que tenía fama de brujo y alquimista pedía en aquella carta que le recomendara a un monje que supiese griego para ser su preceptor. Lionel conocía bien a Jorge Isaac. Era un noble, griego como Alberto, que se había comprado un castillo al otro lado del Tíber. Ahí mantenía eso que llamaban en el siglo perverso “una academia” platónica. Se trataba claro, de una burda imitación del cortejo de fantoches que los Medici en Florencia tenían a su servicio haciendo traducir libros griegos de dudosa rectitud teológica y moral. En La Casa de Dante, como se conocía al castillo de Jorge Isaac, se reunían todos los herejes de Roma. Sólo faltaba Alberto, pensó Lionel y decidió enviarlo para que se pudriera allá y sus hermanos en Santa Sabina no tuvieran el peligro de contagiarse de su acedia y la tristeza pecaminosa con la que todo lo parecía mirar. Nadie sufrirá su ausencia, pensó Lionel. Sólo tal vez el hermano Florián.

Porque Florián lo amaba y lo amaba, en primer lugar por una razón objetiva, porque era hermoso. No se trataba sólo de su aspecto. Había algo en sus modales que recordaba la dignidad de los nobles orientales. Desde que llegó al monasterio Florián había tenido con Alberto una suerte de complicidad que se parecía, según pensaba, al ideal aristotélico de amistad. No deseaba para su alumno otra cosa que no fuese el bien aunque a menudo se le atravesaba un deseo intangible que no sabía bien cómo aprehender. Era algo tan ambiguo y esquivo como el deseo de poseer esa voz. Esa que él había perdido cuando creció. Lionel, claro, estaba al tanto de la amistad de los monjes. Todos en el monasterio. Se comentaba desde tiempos del padre Ugolino que era increíble que dos temperamentos tan distintos se amaran tanto. Y crecía una sospecha que había terminado por convencer a Lionel de que debía alejar a los dos. Sobre todo porque el abad estaba convencido de que Florián era un espíritu noble. Un monje que no sólo hacía bien su trabajo como maestro de capilla: se entregaba con fervor a las pequeñas obligaciones que hacen fácil la vida en comunidad: tenía ordenados y limpios los libros del coro y en su tiempo libre iba a la biblioteca para ayudar a copiar un libro de filosofía o para iluminar los bordes de una copia del Evangelio. Había pedido, incluso, que no le relevaran del tedioso trabajo que tenía desde que era novicio: cuando sonaba la campana de Sexta, Florián dejaba lo que estuviese haciendo para ir y cerrar una por una las puertas y ventanas del monasterio.

Como sea, era necesario evitar el escándalo. Después de todo, Alberto había recibido las órdenes menores. Volverse preceptor de Isaac, ayudarlo a traducir, enseñarle música, todo ello le irá bien, se dijo. A cualquier otro monje lo hubiese defendido de las influencias del alquimista pero Isaac, al contrario, le daba la oportunidad de deshacerse de un hermano sin sentirse culpable. Sí. Que se vaya con el alquimista, con Isaac el nigromante, el amigo de judíos y musulmanes que se inventa filosofías torcidas que buscan la inmortalidad. Ven Espíritu Santo, luz de los corazones, doblega lo rígido, calienta lo frío, dirige lo que está extraviado.

El lunes 8 de junio de 1500 el abad mandó llamar a Florián. Le avisó que el cabildo había decidido que echarían a Alberto. A Lionel le sorprendió que el maestro de música no lo tomara tan mal. Ordenó al novicio que le servía de secretario que fuese a decir a Alberto que viniera de inmediato. Cuando el pequeño novicio llamó a la celda de Alberto, éste estaba dormido en su catre. No tenía la menor intención de hacer la Lectio Divina como indicaba el horario. Le parecía inútil el ejercicio de imaginarse dentro de un pasaje de los Hechos de los Apóstoles. Si había que soñar, pensaba, mejor soñar como se debe: durmiendo. Se estiró y aún se limpiaba las lagañas cuando olisqueó los tilos en el jardín. Eran las siete de la mañana y Alberto Giorgios, quien no tenía la menor idea de lo que estaba por suceder, siguió al secretario del abad, desde su celda en la parte más alejada de Santa Sabina hasta la torre central. El verano estaba por llegar pero, cosa extraña, a esa hora el clima era agradable. Miró a las gaviotas que volaban sobre el río Tíbe y a lo lejos brilló la cúpula de Constantino en el Vaticano.

Cuando Alberto entró en la oficina del abad lo primero que le sorprendió fue ver que ahí estaba Florián con los ojos rojos, como si estuviese conteniéndose para no llorar. Lionel, por su parte, lo recibió con un entusiasmo inusual. Le pidió que se sentara en un sitial y Alberto tuvo la inquietante sensación de que el maestro de música había dicho algo que causaría problemas. ¿Había hecho algo que pudiera ser mal interpretado? No. Como si le estuviese dando una magnífica noticia y sin más preámbulos, el abad le anunció que los presbíteros habían llegado a la conclusión de que Alberto no tenía vocación monacal.

***

Llegados a … la música de San Onofre no sólo había llamado la atención del papa, había llamado la atención también del general jerónimo más importante de Roma. Jorge Comneno, superior del convento de la basílica de San Alessio comenzó a venir a los conciertos que se organizaban para recaudar fondos para una nueva cruzada que finalmente no tuvo lugar. Así, a pesar de que Lionel desconfiaba del linaje del más famoso de sus monjes, se permitía exhibirlo como si fuese un relicario que contenía la música más hermosa de toda la cristiandad. Sólo en secreto el general de San Onofre estaba convencido de que Alberto era peligroso porque había notado que miraba cosas que no estaban ahí. O tal vez sí. Le daba miedo y por eso, cuando supo por una misiva que trajo el esclavo moro del general de San Alessio el 22 de febrero de 1500 que Jorge Comneno estaba necesitando a un maestro de coro y que solicitaba a su hermano Lionel que le permitiese usar para este efecto al monje Alberto, lejos de enojarse y sentirse obligado con un supuesto igual que era en realidad su superior, sintió el alivio de quien encuentra el pretexto ideal para librarse de una tentación. La carta en que Jorge pedía que Alberto se transfiriese a San Alessio no tenía nada de amable. Era una orden. Cualquier otro se hubiese molestado, pero Lionel se puso de buen humor.

***

Vísperas

En la capilla ya esperaban los hermanos para rezar el Magníficat. Alberto apareció apurado. Sudoroso. Lionel, general de San Alessio, pensó que se había quedado dormido. Lo recibió de mal humor. Casi no le dio tiempo de acomodarse el sayo y alisarse el cabello.

Fabricio hizo la señal y sonó el órgano, comenzó la música, los hermanos entrelazaron sus voces que se enredaron con las trompetas en el coro. Y Alberto, aún enloquecido por lo que había estando viendo todo el día, con las pupilas dilatadas, sintió una fuerza mayor a sus visiones que se habría paso desde el suelo, le cruzaba el abdomen y subía por su garganta. Abrió la boca y emergió un sonido tan firme y profundo que aún la voz del órgano parecía vulgar. Se hizo el silencio y cantó el solo.

Su voz iluminó el atrio, las naves y los cruceros. Se iluminó el jardín de las naranjas, el camino en el Janículo por donde ya los esclavos caminaban para ir al mercado. Porque en la voz de Alberto resonaron todos los atardeceres de Roma, sus visiones, el amor que sentía por Florián y el aroma que dejó su madre en una bufanda. Resonó la ausencia de esta mujer a quien consideraba traidora porque descendió las escaleras de la colina y se perdió en las calles de la ciudad. El niño no la había visto nunca más. Pero la amaba. Más aún que a Florián y a Roma y a esta música de Josquin des Prés que luego de un solo de órgano, concluyó.

En el silencio, Alberto resollaba exhausto. Sus hermanos escuchaban con la mirada en el suelo el jadeo apresurado en que se había transformado su respiración. Siempre parecía haber perdido algo de vida cuando dejaba de cantar. Algunos monjes lo atribuían al esfuerzo de haber albergado al Espíritu Santo pero otros, como Lionel, el general de San Alessio, estaban seguros de que el Espíritu refresca, no cansa. Atribuían por ello su voz a una fuerza maligna. Si alguien sabía de belleza, después de todo, era Lucifer; el enemigo, el acusador. Lionel, como tantos otros en aquellos tiempos de Humanismo y Renacimiento creía menos en Dios que en Satanás.

Alberto se sintió aliviado. No había perdido la voz. Aún.

Se rezaron las conclusiones y comenzó la meditación.

Salió alisándose la esclavina sin realizar la genuflexión.

—¡Alberto!

Encontró una presencia en el jardín de los naranjos. Era Fabricio con otros monjes sonrientes que le dijeron.

—¡Felicidades!

Fabricio fue el último que le abrazó. Y Alberto, hundido en los brazos de aquel muchacho, apenas unos años mayor, se sintió, por fin, confortado de toda tribulación. ¿Por qué me abraza? Ah, ya recuerdo, se dijo. Hoy cumplo quince años.

***

De cómo Alberto recibió la voz

Sonó la campana para anunciar VÍSPERAS. Y Lionel, el rector de San Alejo esperaba en la capilla grande del monasterio. El único que no había aparecido para la meditación era Alberto. Tendría que volver a reprenderlo. No había podido concentrarse. Le preocupaba aquel muchachito.

***

El maestro Illía tomó a Alexander por los cabellos, lo lanzó al fondo de una covacha. Se arrancó las vestiduras. Maldijo el día de su nacimiento, maldijo su nombre y se lamentó, como siempre de la muerte de Héctor.

Fue después con Eneas que lloraba en la sala de música y le dijo:

—Vuelve al lugar de donde te trajo aquel hombre.

—No puedo volver a Jerusalén —dijo Eneas—, están buscándonos. Al legionario y a mí. Quieren matarnos.

—Dile a ese demonio —dijo el maestro Ilías que te tome de nuevo. No quiero volver a saber ni de él ni de ti nunca más.

Eneas no se defendió de los golpes. No opuso resistencia cuando fue arrastrado fuera del monasterio delante de la vista de todos los monjes.

***

—Tú has sido el culpable —dijo a Farid—, de que pierda también a este muchacho. Dile a ese demonio que te trajo que te tome de nuevo. Vuelve con ella hacia el este, hacia las tribus bárbaras que venden a sus hijos como esclavos.

Farid no trató de defenderse de los golpes que le daba el maestro de música:

—Desaparece de mi vida —dijo— No quiero volver a verte, ni quiero escuchar ya nunca tu nombre.

Lo dejó en el umbral de su casa y dijo:

—Vete. Vete por donde has venido que si vuelves yo mismo te voy a colgar en la plaza del pueblo.

Farid no sabía que hacer. No sabía el camino de regreso al valle donde nació. ¿Qué le diría a su madre? Culpable siguió el camino recto y bajó la montaña esperando no encontrar ningún lobo. Se fue hasta Nicosia, la capital de los templarios, pensando en que tal vez algún día podría rencontrar su camino y volverse un buen cristiano.

***

Aquella noche, en Nicosia fue por callejones donde esperaba encontrar a uno como él. Encontró así a un cristiano que se llamaba Paulo y venía de Venecia. En la penumbra le dijo:

—Son hermosos tus ojos. ¿Acaso son verdes?

Alexander sonrió.

***

ESTE ES UN RECUERDO DE ALBERTO:

Obsesionado con la muerte de Anselmo, el maestro Nicolás no encontraba placer en ninguna otra voz, ni ningún otro canto. Entre los hermanos del monasterio se escuchaban murmuraciones, que el maestro no recita ya para honrar al Altísimo, que Nicolás no medita ya la palabra. Se obsesiona sólo con el sonido del canto. ¿Acaso no es el sentido lo mismo que la palabra? Preguntaba su defensor, pero defensores o no, Nicolás no se interesaba más que en la música. Y se volvió loco. Y yo me volví loco sin apenas saberlo. Me obsesionaba esa muerte. Esa muerte que anunciaba un vello ligero, de apariencia trivial. Un domingo, después del canto, escuché que un hermano señalaba a un hombre y preguntaba, ¿por qué dejan entrar a la casa de Dios a ese veneciano? ¿Acaso no saben que es un vendedor de esclavos? No lo sabía yo, lo sabías tú. Y yo te dije lo que decía mi padre. Cuando seas esclavo, siempre serás un niño. Se me ocurrió la idea. El mercader de esclavos me haría niño por siempre. Yo no viviría la esclavitud del cuerpo, a mí no iba a matarme el cuerpo, la pubertad. Tú me salvaste Alexander, la palabra de mi padre nos destruyó a los dos.

***

Sucedió que uno de esos días de mucho sol y mucho mar, la reina de Chipre anunció a su corte que se exiliaría en Venecia. Yo no sabía la palabra exilio porque no recordaba aún ni mi exilio en Patmos ni todas las vidas que he vivido escapando de Hakim. El exilio de los Cornaro es la piedra angular de esta última vida mía. Sucedió que cuando volví del mar vi a Jemil metiendo cosas muy apuradas en un saco de tela gruesa. Le pregunté si me habían vendido y ella, me abrazó. No dijo nada más. Esa noche fuimos más allá de las letrinas, subimos por una vereda y aunque seguí escuchando el ladrido de los chacales no tuve miedo. Estaba enojado me resistía a caminar. Finalmente ella me dijo que nunca nos volveríamos a ver. Yo seguía contumaz con la idea de que me venderían y sería un miembro más de la familia Cornaro. Ella, que sabía la realidad de la esclavitud y no las historias de mi padre me dijo que yo no había nacido para ser esclavo. Me pidió que me callara y siguiera caminando. Más adelante se contentó diciéndome que yo no había nacido para ser esclavo sino cantante, que nunca volvería yo a comer granadas azucaradas, que nunca nos volveríamos a ver. Le pregunté la razón y ella me explicó una historia complicada que comenzó muchos años antes de que yo naciera la última vez. Y es que por alguna razón, el exilio de Los Cornaro había cambiado nuestros futuros. Los venecianos eran nuestros enemigos. Teníamos que escondernos de nuestros antiguos aliados.

***

—¿Padre?

Alexander había pedido permiso para entrar a la habitación del abad.

—Pasa, Alexander. ¿Te sientes bien? —Le tocó la frente— Ha disminuido la fiebre.

El hermano Esteban estaba ayudando a cortarle el pelo. Tenía puesta una sábana alrededor del cuello y con unas tijeras y una navaja muy afilada le estaban recortando la barba. Le pareció muy elegante.

—¿Es hora? —Preguntó.

—Sí, Alexander. ¿Vas a venir?

—Estoy cansado querido padre.

El abad pidió que los dejaran solos y le habló de aquel libro y de la Demanda del Santo Graal. Supo que Alexander se iría. Que había llegado su propio momento de abandonar el monasterio para averiguar si vivía allá adentro por amor o por cobardía.

—Voy a extrañar tus sermones largos —dijo el monje.

—Aquí te espero —respondió el viejo abad.

Alexander se tendió a sus pies se recostó sobre sus piernas y luego de haber estado así un tiempo largo, le pidió la bendición. Cuando el monje se la hubo dado, Alexander se levantó y dijo:

—Sé que volveremos a veros porque tú no morirás.

El abad le acarició la cara y el cabello. Le dio el beso del padre a un hijo que se va y, para no hacer esperar a los monjes salió a presidir la adoración. Las campanas habían comenzado a sonar. Que mi rostro se vuelva plegaria es el padre Rafael de santa María de la victoria quién le da la virgen de las tribulaciones

***

¿Qué es un alquimista?

***

Hakim va por él.

Cuando Alberto se fue, Fabricio trató de rezar. Se detuvo incluso en una banca y trató de desgranar su rosario. No había podido concentrarse. Pensó que era necesario aceptar que se había apegado a Alberto de forma insensata. Después de todo, ¿quién era ese muchacho para causarle semejante tristeza? Todos reconocían en Alberto el orgullo del hombre nuevo que en Europa estaba surgiendo. Era una clase de hombre que creía cada vez menos en Dios y más en la naturaleza, ese lugar salvaje en el que, pensaba Florián, hemos sido arrojados por Dios cuando la serpiente del pecado nos introdujo el veneno de la desconfianza. Trató de pensar en ello: en que el jardín de las naranjas era imago del Paraíso. Alberto estaba a punto de salir al mundo con la misma suerte que Adán y Eva cuando fueron expulsados del Edén. Él, en cambio, era como esos judíos que se habían quedado en Babilonia jurando: si me olvido de ti, Jerusalén, que mi diestra se olvide de mí, que mi lengua se pegue al paladar si de ti no me acuerdo, Jerusalén. Imaginó a los primeros padres. Dios había puesto un muro y un ángel para evitar que volvieran al jardín de la riqueza y la comodidad, pero tenían frente a ellos el mundo. Todo el mundo y el bien y el mal. Todo el amor, toda la libertad. ¿Pero qué es el amor? En este mismo jardín Alberto había hablado con Florián de Marsilio Ficino otro más de los platónicos extraviados que redefinían la noción cristiana de lo que es el amor. Tal vez tenía razón el abad. Florián se había estremecido con el entusiasmo de Alberto por Ficino porque también él lo había leído y creyó intuir que estaba pensando en el amor de ellos dos. Tenía razón el abad. Era necesario expiar cualquier pensamiento que pudiese extraviarlo, cualquier herejía, viniese de los libertinos platónicos o de los seguidores de Savonarola que se ocultaban también en el monasterio pendientes de imaginar pecados en cualquier parte. No sabía cuál de los dos extremos le daba más miedo, sobre todo porque hacía unos años, Florián había descubierto en la biblioteca del monasterio unos libros que podían causarle problemas con los partidarios del rigor del abad. Eran libros que, le había dicho el bibliotecario, salvó Santo Domingo del fuego cuando volvió de Francia, de la cruzada contra los albiguenses otros herejes que sostienen tal vez la peor de las blasfemias: que Satanás es creador del mundo. Tal vez sea sacrílego, se dijo Florián, pero es hermoso. Florián vivía fascinado con la historia de aquellos caballeros andantes y el Santo Grial.

Sin darse cuenta, pensando en sus libros herejes, se levantó y comenzó a caminar hacia su celda. Se olvidó de sus miedos, de los poetas y sofistas, de los santurrones y místicos que conspiraban en tertulias en toda Roma. Hombres como Isaac, el hombre que ofrecía a su hermano la libertad de la selva, lejos del jardín que plantó Dios.

En cuanto llegó a su celda, Florián se sentó sobre la cama. Tocó con las puntas de los dedos el volumen escondido debajo del colchón. Se tranquilizó. El monje no tenía claro de si estaba más molesto con Alberto, con el abad o consigo mismo. Porque por una parte le molestaba separarse de quien más amaba, pero por otra, sabía que Alberto deseaba ese mundo corrupto que cada día se alejaba más del ideal de sus libros caballerescos. ¿Qué deseaba Isaac? El viejo griego quería robarle esa voz. Porque era suya, era de Florián. Él le había enseñado a cantar a ese muchacho arrogante que ama el poder y no la simplicidad. Otra idea le llenaba le inquietaba: ¿por qué había querido el noble bizantino que Alberto fuese a ser el músico de su corte? ¿No había escuchado entre la gente del Aventino que no había ningún músico mejor que él? Es verdad que había perdido la voz del niño, pero había ganado destreza en el laúd. Se sorprendió con este pensamiento. ¿Acaso también él quería abandonar el monasterio? Sí. Era necesario ser honesto consigo mismo antes de atreverse a ser honesto con Dios. Florián no hubiese querido irse del monasterio para volverse rico o para participar en tertulias paganas, lo que él hubiese deseado era aprender la nueva música que se estaba haciendo también. La había escuchado. Y la había amado con la misma culpa con la que amaba sus libros de caballería. Las pasacallas que habían venido de Hispania y Portugal, música de ritmos atroces. No era casual que le llamaran folías: locuras: Rodrigo Martínez lleva a sus vacas al río porque las confunde con ansarinos. Qué estupidez. Y todos en Roma cantaban esa canción que era tan contagiosa que siempre tenía que hacer un esfuerzo para sacársela de la cabeza. Atán garido, Los tus ansarinos Liévalos el río, ¡ahe! Música de nostalgia por el campesino idiota, por el poeta de pasquín, por la prostituta y el asesino. La misma nostalgia que Ficino había puesto de moda adquiría cuerpo en esta música que, tenía que aceptarlo, qué contradicción, era hermosa. El ritmo sincopado de la folía era imagen de la locura fanática de la gente de la calle, del franciscano enloquecido que grita en Campo de Flores que Pico della Mirandola se ha salvado del infierno, del muchacho torcido que se sube al carruaje de un noble que igual puede asesinarlo que llevarlo a comer tripa a la romana. Hasta la comida vulgar se ha puesto de moda, pensó Florián: la cola de vaca, las pezuñas de buey, las alcachofas que antaño le daban de comer a los cerdos. Todo ello está contenido en esta canción: Rodrigo Martínez, ese muchacho garrido al que imaginó con el rostro de Alberto: un poco tonto y un poco iluminado. Hermoso e idiota. Clara imagen del bufón que, dicen los zíngaros, representa la carta cero del tarot. Como el Parsifal de sus libros paganos porque tú también, se dijo Florián, tú también pecas contra la caridad, contra la paciencia de Dios. También tú estás lleno de pecados atroces. Y mientras más pensaba en ello, más ganas tenía de hacerlo. De volver a la lectura de sus libros de caballeros, princesas y bufones que silban camino del voladero.

—Eres —se dijo— otro esos monjes que con una mano bendice y con la otra acaricia a las prostitutas en Piazza Navona, uno de esos estudiantes de teología que en San Lorenzo piden que cese la distinción entre studia humanitatis y studia humaniora; eres un pagano que grita en contra de la paideia cristiana que dio lugar a la cristiandad—. Hubieras querido ser tú —dijo en voz alta— quien fuese a vivir con el noble griego que trajo consigo la sabiduría de los alquimistas bizantinos a la caída de Constantinopla.

Sí. También él quería dejar el monasterio y alimentar el alma de esa música en la que Rodrigo Martínez había conseguido encontrarse con Dios a pesar de confundir patos con vacas. Extenuado, Florián extrajo de debajo del colchón el libro que Santo Domingo había salvado del fuego sólo para él.

La folía española seguía sonando en su cabeza y casi lo había mareado cuando lo abrió para introducirse en la sabiduría cátara de aquellos personajes que, imaginaba, estaban esperándolo para seguir en lucha contra la vida. Había llegado a imaginarse incluso que cosas terribles les sucederían a estos hombres y mujeres si él no venía cada noche a darles vida. ¿Qué sería de Galaad sin él? Ajustó la flama del quinqué y se recostó. Afuera, en el convento, los hermanos ya habían encendido las antorchas. Florián leyó unas horas hasta que se quedó dormido. Soñó con Parsifal que canturreaba la canción de Rodrigo Martínez.

Cuando despertó con la campana de prima, supo el significado de su sueño: Alberto y él eran las dos caras de aquella carta del tarot.

Despertó con la campana de prima, Fabricio descubrió que había dormido tan profundamente que estaba babeando. El libro de Artús había caído junto a su cama, pero no se deshojó. Lo levantó como si fuera el testigo mudo de un amor infiel pero en su mente seguía sonando la canción del ahorcado: ah, los ansarinos, ahé. Pensó en el sueño que le había contado Alberto. ¿Quién era el ahorcado? Al despertar tuvo la sensación de había soñado algo importante. Recordó que había soñado con un ahorcado en el jardín de las naranjas. Lo hizo cuando se lavaba la cara para ir a la parroquia a rezar. Recordó que, en su sueño, Alberto y él eran uno. Y el significado era evidente. El monje que estaba a punto de partir para vivir una vida que a él le estaba vedada era la otra cara de una misma carta. Sería en el tarot la del idiota que, iluminado, puede ser un santo o un criminal.

Cualquiera de los dos podría terminar en el cadalso en los tiempos que corrían.

Alberto caminaba cabizbajo, aterrado aún por la visión de la noche anterior. Se le aproximó el abad y le pidió que viniera con él. Lo cogió del brazo como hacía siempre que quería obligar a alguien a hacer alguna cosa. Fue tan sorpresivo que Alberto no tuvo tiempo de ponerse alerta. Comenzó recordándole todo lo que le debía el convento. Su voz se había vuelto famosa en la ciudad. Tanto que, cuando Alberto tenía doce años, el papa Inocencio VIII subió en procesión al Janículo para escucharlo cantar. El abad recordó sonriendo que el novicio no mostró ni nerviosismo ni alegría y que cuando el papa le preguntó que qué sentía de tener una voz tan hermosa, él, Alberto, se había limitado a decir que cantar era una obligación ante Dios.

En esta charla Lionel, el abad, había terminado por llevar a Alberto hasta sus oficinas. Lo sentó frente al scriptorium y siguió hablando de su voz.

Le entregó la imagen de La Virgen de la Tribulación. Le habló del tiempo en que había conocido a Jorge en Constantinopla y más adelante en Chipre.

—Yo excelencia? Llevar esta imagen sagrada?

—Jorge Comneno me pidió especialmente que lo llevaras tú.

Se quedó consternado. Sabía lo que se decía que el icono producía visiones. Además, había escuchado también algo que lo consternada. Que era un icono robado en los saqueos de la ciudad. Contempló la imagen. Era hermosa y aquel viejo, el viejo Jorge se la había arrebatado a los turcos. Todos los domingos se abría el convento a la peregrinación del pueblo romano. Venían hasta el Aventino para venerarla. Soy un privilegiado, pensó. Pero no podía pensar en otra cosa. ¿Qué es un alquimista. Pensó que extrañaría al monasterio, esta capilla, el jardín que se une al convento a través de un camino de tierra roja. El mismo por el que llegó al monasterio. Se miró a sí mismo, cuando caminó por los naranjales. Su madre lo vino a entregar porque en su casa se estaban muriendo de hambre. Y eso que no corría por sus venas sangre noble.

Porque a pesar de que poco después había llegado la pubertad, los cambios no destruyeron la voz de Alberto como había hecho, por ejemplo, con Fabricio. Al contrario, lejos de perder alguna en los agudos de su voz, ganó unos graves que ahora hacían vibrar los vitrales y la espina dorsal de los monjes que esperaban cualquier fiesta para escucharlo cantar el Te Deum. El mismo Lionel, le dijo, tenía que reconocer que no había escuchado nunca una voz tan hermosa; que escucharla le producía un placer culpable y dulzón.

—¿Por qué culpable eminencia?

Alberto había mordido el anzuelo. Le dijo, como si fuera culpa del monje, que una voz como esa no podía pasar desapercibida en una ciudad como Roma, tan llena de chismes y envidia. En resumen, Jorge Comneno rector de San Alessio, le pedía, es decir le ordenaba, que entrase a su servicio particular. Pero cuidado, le dijo, se rumora también que está rodeado de una corte de alquimistas.

—¿Alquimistas? —preguntó Alberto.

—Alquimistas.

—¿Y esos qué son?

Lionel puso cara preocupada, crecieron en él las ojeras y respondió mintiendo.

—¡Mira! Yo tampoco lo sé.

Cuando volvía a su celda, a la única persona a la que tenía ganas de contar lo sucedido era a Fabricio, su maestro de coro, el que le había enseñado a rezar, su único amigo. Le ilusionaba, sin duda, la idea de abandonar el convento. El abad le dio hasta el mes de octubre para preparar sus cosas y le pidió que no le dijese a nadie que Jorge Comneno estaba pidiendo a uno de sus monjes para que entrara a servir en su casa como si fuese un músico vulgar. Supo que Alberto no obedecería y que iría directo a contarle a Fabricio que lo habían echado o promovido o lo que fuese que imaginara ante semejante orden disfrazada de petición. En cuanto salió el monje, Lionel se sintió aliviado. Estaba convencido en secreto de que en había algo peligroso en la voz de Alberto. No se le había escapado la mirada extraviada del cantante pues, a pesar de sus esfuerzos por ocultarlo, todos en el convento habían comenzado a rumorar que tenía los ojos de un loco. Mejor que se fuera con aquel otro noble al que llamaban Emperador, escándalo de los jerónimos de Roma que se había dado a la tarea de reunir en su casa del Trastévere a una caterva de conspiradores, cartógrafos y alquimistas. Porque vaya que sabía Lionel lo que era un alquimista. Pero Alberto tendría que averiguarlo por sí mismo y decidir el camino del bien o del mal; el camino de la vida o el de la muerte.

Aquella noche, después de Completas, Alberto se aproximó a Fabricio. Le dijo que en una semana se iría. Seguiría siendo un diácono, según le dijo Lionel, por lo pronto quedaba suspendida su ordenación. Fabricio se sorprendió con la noticia casi tanto como Alberto pero trató de ocultarlo para que no se le notara ni la tristeza ni el miedo. Durante once años no había tenido otro amigo, nadie con quien hablar de las cosas que en realidad le interesaban: la política romana, el devenir del mundo, el futuro de herejías como las de Savonarola cuya carta Tristitia obsedit me, los dos monjes habían leído y comentado en secreto. Caminaron en silencio por los jardines del convento y se perdieron por el lugar de los naranjales. Era el camino de tierra roja que conduce a la Virgen de las Tribulaciones y al mirador. No se dijeron nada. Se quedaron en silencio mirando a la ciudad y a la Virgen como habían hecho nueve años atrás cuando Alberto, desolado, vino a vivir a San Onofre. Y como aquella vez, el joven novicio se recostó en el pecho del maestro de coro y lloró. Escuchaba el latir del corazón de su hermano de modo similar a como Juan había escuchado durante la Ultima Cena el corazón de Dios.

Aquella noche Alberto no pudo dormir. Daba vueltas sobre su estera y todo lo sucedido se mezclaba en una imagen única, extraña, el batir del corazón de su hermano, la fama de Jorge Comneno el creador de grimorios y el ahorcado junto a la Virgen de las Tribulaciones. ¿Un alquimista? Se preguntó. ¿Qué es un alquimista? Como todos los hermanos en San Onofre había escuchado hablar de la Casa de Dante. ¿Le había gustado conocer el castillo? Tenía un aspecto malévolo. Y había fama de que aquí se reunían toda clase de personajes que, se sospechaba, conjuraban para poner y quitar cardenales. En realidad en este sitio se reunían con la puntualidad de los herejes cada jueves magos y cartógrafos para conjurar en contra de la religión. Y habían conseguido por fin colocar uno de ellos en el trono papal. Alejandro VI había sido visto en la Casa de Dante. Alberto no pudo evitar sentir curiosidad y un poco de orgullo ante la idea de que pronto pertenecería a este grupo selecto de conspiradores. Como sirviente, claro, como cantante, pero podría verles las caras.

—Te gustará La Casa de Dante —había dicho Fabricio.

Alberto no contestó. Sabía, como todos, que viviría como un noble, pero Alberto no estaba seguro de que en ese momento de su vida eso era lo que deseaba.

—El padre Lionel desea, sin embargo que te prevenga contra las ideas heréticas que pudiesen haberse introducido en nuestra orden.

—Hermano —preguntó Alberto— ¿has sido tú quien ha pedido que me vaya de aquí?

Fabricio se levantó de un salto. Se sentía triste y ofendido. Y era una mezcla tan extraña de sentimientos que no sabía como controlarlos. Estuvo a punto de llorar cosa que, por supuesto, hubiese considerado particularmente impropia.

—Por supuesto que no. Todo ha sido tal como te ha sido dicho: Jorge Comneno desea que te vuelvas músico en su capilla particular.

—Pero ¿por qué yo?

—Todo mundo sabe que tú eres el mejor músico de los jerónimos.

Fabricio bajó los ojos.

—Puede que yo sea un buen músico y conozca el arte del contrapunto, Alberto, pero tu voz no la tiene nadie en la cristiandad.

Era mentira. Aunque en ese momento ninguno de los dos podía saberlo. Y se quedaron ahí, frente al icono bizantino pensando que era cierto. Que Alberto era el mejor cantante de Roma. A decir verdad, el mejor cantante de Roma volvía a la casa de Dante y volvía borracho. Era un muchacho árabe con los ojos color de aceituna. Montaba un hermoso caballo negro: Viento del diablo. El muchacho árabe era Farid y, esclavo de Jorge Comneno. Cabalgando por entre mendigos, borrachos y prostitutas, cantaba una pasacaglia vulgar. Y había sin embargo en ese sonido todo el futuro de lo que serían las folías. No sólo Colón había encontrado un mundo nuevo, los artistas y los músicos encontraban también territorios vírgenes que nadie hasta entonces se había atrevido a investigar. Y los borrachos y las prostitutas; los muchachos de la calle miraban admirados a este árabe que paseaba por entre ellos como un príncipe por la calle de los bastardos cantando como lo que era: el más grande cantante del mundo.

Y eso que el mundo, como habían demostrado los exploradores castellanos, aragoneses y portugueses era mucho más grande de lo que nadie había imaginado. Lo regaban cientos de ríos. Estaba lleno de dioses que se escondían en montes y cavernas. Dioses que fecundaban plantíos en pueblos que nadie en Roma hubiese podido imaginar.

—¿Qué es un alquimista?

* **

Durante aquella semana Florián, aunque no descuidó sus trabajos en el monasterio, dedicó su tiempo libre a las historias de Artús. Con estas pequeñas desobediencias se contentaba. Si aquellas lecturas eran veneno, pensó, un poco de veneno le endurecería el alma. Lo suficiente, al menos, para aceptar que tenía la vida ya completamente planeada, escrita desde el principio hasta el fin. Había incluso, en el cementerio del monasterio una tumba que ya llevaba su nombre.

Había llegado a la conclusión de que era feliz con la idea de separarse de Alberto. Los libros paganos que tanto disfrutaba, nadie podría quitárselos y delante de Dios no se sentía un pecador por leer aquello. Rezaba como todos, por su conversión, especialmente por encontrar la paz en la antigua música monacal. Y como era consciente de que estaba envidiando la suerte de Alberto decidió que rezaría por él. El viernes 12 de junio de 1500 por primera vez en todo el año no tuvo dificultades ni para contemplar al Santísimo ni para rezar, muy lentamente, desde el primero hasta el último misterio de su rosario. El sábado meditó en el poder de la muerte y el domingo se concentró en una frase que había repetido mil veces, pero que había concluido que no había podido asumir: el hágase tu voluntad. Igual se hará, se dijo. Y la paz, pensó, consistía justamente en no cuestionar lo que Él hará. La Providencia, el gobierno de Dios, se encargará del destino del cielo y de la tierra. Con Alberto o sin él. Con el abad, con los hermanos, con música o sin música. Con la voluntad de Jorge Isaac y su corte de herejes o sin ella. Ese mismo domingo Farid rezó especialmente por los miembros de la casa de Isaac de modo que sin saberlo, rezó por un esclavo árabe que aquel día se había despertado con la orden de preparar la Casa de Dante para recibir al nuevo huésped de su amo Jorge Isaac. Así, mientras Florián rezaba frente al Santísimo el oficio de completas, Farid, el esclavo árabe sintió que entraba por la ventana un dulce olor de madrugada. Era extraño porque el aire del Trastévere solía venir enrarecido. Farid, el esclavo, pronto tendría que comenzar a preparar la ropa de la habitación que ocuparía Alberto, de modo que no se entretuvo a pensar en el prodigio de que el aire de Roma oliese bien. Jamás hubiese descubierto, por otra parte, que aquel aroma estuviese relacionado con el hecho de que un monje santo en ese preciso momento estaba rezando por él.

Durante una semana Florián no había hablado con Alberto. Y gracias a ello había conseguido ponerse en paz con el hecho de que se fuera, no tanto porque se hubiese convencido de la necesidad de someterse a la voluntad de Dios o porque pensara que místicamente seguirían unidos hoy y por siempre sino más bien porque había llegado a una conclusión más realista. Se dio cuenta de que el recuerdo de Alberto dejaría de doler de la misma forma en que había dejado de doler el recuerdo de su familia cuando vino a dejarlo a vivir en el monasterio. Todos los hermanos habían llegado más o menos jóvenes. Algunos, como Alberto y Florián, habían venido cuando eran muy niños. En todos ellos, el recuerdo de la familias se disolvió y se volvió una nostalgia sutil como ese aroma que a veces entra por la ventana y en cuanto pensamos en él, se va.

La víspera del lunes en que Alberto abandonaría Santa Sabina para siempre, el monje rebelde decidió tener un acto de piedad y decidió velar frente al Santísimo. Trataba de imaginar a los esclavos de Isaac que vendrían por él para llevarlo a vivir a su nueva casa. Aquel día Florián decidió buscar a su alumno para despedirse de él. Le sorprendió encontrarlo en la capilla.

Y estaba sentado tan recto y con la mirada tan concentrada en el Cuerpo de Cristo sujeta en el ostensorio que prefirió no molestarlo. Hizo la genuflexión y se sentó en la parte de atrás de la capilla, conmovido con todo aquel oro del que emanaba una fuerza indecible que lo sometía y lo invitaba a contemplar y callar. Así, sin que Alberto lo supiera, velaron los dos, concentrados en ese pedazo de pan ácimo que parecía un ojo que llenaba la capilla de imágenes.

Alberto, por ejemplo, imaginaba su vida futura vistiendo un sombrero de pluma roja frente a un espejo de azogue. Trataba de responder a la pregunta que se había hecho toda aquella semana, ¿qué es un alquimista?, pero lo único que le venía a la cabeza era una suerte de versión masculina de las brujas del Malleus Maleficarum que había leído para las lecciones de apologética. Pero Alberto había visto a Isaac el griego venir a misa y su imagen no correspondía con la de un brujo aunque, ahora que lo pensaba bien, había algo que lo había inquietado. Sabía que su caballo, un elegante corcel negro, se llamaba Viento del Diablo.

¿Qué es un alquimista? El santísimo llenaba de toda clase de imágenes la capilla, pero eran imágenes sin forma, eran colores y sentimientos, nada concreto. Su confesor le había dicho que un alquimista es un hombre que busca la inmortalidad del cuerpo y no la del alma; un hombre que quiere la eternidad de este mundo imperfecto; que quiere que Babel se consume aquí y no que el Cielo consuma a Babel.

En el último de los reclinatorios, Florián tenía otra clase de ensoñaciones. Recordaba las visiones que había tenido de niño, recordaba las piedras de colores al fondo de un río y trataba de imaginar cómo sería la vida más allá de estos muros y estos jardines; más allá de estas imágenes sagradas y estos salones en los que había aprendido a cantar. Concentrado en el rezo vinieron a él imágenes de su maestro de música, un viejo monje que se entretenía murmurando soliloquios y maldiciones hasta que vino a vivir a Santa Sabina él: Florián. Tal vez este había sido siempre su destino. Aprender a cantar para dar paz a un viejo meditabundo. Si Alberto meditaba en la nobleza de ser libre, Florián contemplaba lo noble que hay en someterse. Alberto meditaba en la nobleza de perderse y Florián en la nobleza de ganar para Dios su alma inmortal.

—Voy a extrañarte —dijo Fabricio sinceramente.

Pero Alberto, extraviado en sus pensamientos, pensó que su amigo lo decía tan solo como una formalidad. Más se sorprendió cuando, rompiendo todas las reglas del monasterio, Fabricio se aproximó y le dio un beso en la mejilla y un abrazo largo, como cuando Alberto entró en San Alejo y supo que nunca volvería a ver a su madre. Creyó, incluso, volver a escuchar su corazón. Estaban frente al pozo; el mismo lugar en que Fabricio le había enseñado su primera oración en latín: el Salve. Y le dijo, no lo había olvidado, que en esta oración estaba contenida todo lo que necesita saber un mone fiel.

——En el Salve ——le había revelado—— está contenido todo el misterio de la salvación.

Qué extraño, pensaba ahora Alberto, haber creído que todo era tan simple. Que un himno de dos quintetos dodecasílabos pudiese contener toda la sabiduría que ofrece Dios. Ahora, Alberto pensaba más bien que el mundo era más amplio y complejo.

——Necesito volver al trabajo ——dijo Fabricio. Cuando se fue, Alberto olisqueó el aire. Olía a naranjas. Pero volvió a ensimismarse, a rumiar aquello que lo estaba obsesionando desde hacía más de una semana. ¿Qué es un alquimista? La respuesta del rector no le había satisfecho. Había escuchado tantas cosas en torno a este misterio que cada vez la palabra le llamaba más la atención. Llegada la noche seguía preguntándoselo. Mañana vendrían por él. Seguramente no iba a dormir.

En cuanto a Fabricio, aquella tarde se fue por el camino de las naranjas. Y había tratado de ponerse en paz, pero le costaba trabajo concentrarse incluso en tareas tan simples como la de aquella tarde: podar la hierba. Se encontró a sí mismo pensando en que sólo había una cosa que deseaba hacer: entregarse a una suerte de vicio contra el cuál ya lo había prevenido su confesor. Me he apegado demasiado a Alberto, pensó. Y a pesar de mi mismo. Debí haber reconocido, mucho antes el espíritu de este hermano insensato en el que todos los otros reconocen el orgullo del hombre nuevo que está poblando la ciudad. Era, ¿cómo decirlo? Una clase de hombre que creía más en el diablo que en Dios. Se entregaba a la naturaleza y no al espíritu, a la materia y no a la forma. Sin querer, Fabricio arrancó junto con la mala hierba un árbol que el hermano jardinero le había pedido expresamente que respetara. Fabricio se levantó de mal humor. Dejó las herramientas y se fue por el camino de tierra roja. ¿Lo regañarían? Él iba a decir que se sentía mal. Y era cierto. Caminó por os senderos flanqueados de pinos de Roma en los que solía perderse para rezar. Pero tampoco pudo rezar. Más que haber arrancado el árbol, le molestaba pensar que Alberto, su amigo, había sucumbido a la superchería de este siglo perverso. Con su padre, Fabricio había viajado por el norte de Europa antes de entrar al monasterio. En aquel Sacro Imperio Romano que aún consideraba su patria había escuchado toda clase de historias bizarras, llenas de imaginación y paganismo. Las brujas, por ejemplo. Durante siglos, el magisterio había enseñado que estos seres eran solo producto de la imaginación calenturienta. Se había pronunciado, incluso, un breve que declaraba anatema creer en la existencia de las brujas. Pero recientemente el papa había leído el Malleos Maleficarum de esos dos alemanes a quienes Fabricio se resistía a reconocer como hermanos o compatriotas. Heinrich Kramer y Jacob Sprenger reiniciaron la persecución de un mal que parecía haber sido arrancado como la mala hierba doscientos años atrás, cuando se declaró cerrada la Cruzada contra los cátaros. Recordar este hecho volvió a producirle el deseo seco de encerrarse en su celda y entregarse al único placer que realmente lo consolaba. Porque Fabricio no era uno de esos monjes que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, no, estaba convencido de que la cristiandad se había puesto en peligro con el fin de la última cruzada, con la muerte del último niño peregrino. Cuando Europa, insensata, abandonó el espíritu de Bernardo de Claraval y decidió evadir la obligación santa de esparcir por todo el mundo la cristiandad. Con el fin de los templarios, pensó, comenzó la decadencia. Por eso eran tan necesarias las reformas que estaba realizando el abad. Más respeto por la autoridad; más pobreza, más rezo. Y más guerra. Contra el diablo aquí adentro y contra el diablo en el mundo. Pero tú, Fabricio, no respetas la orden que, a través de tu confesor, te ha dado el Altísimo. Y sigues leyendo esos libros que te producen tanto placer. Y sí. Ahora mismo lo único que quería era ir a su celda, cerrar la puerta y extraer de un zurrón bajo la cama aquellos manuscritos. Pronunció la jaculatoria: Señor, ven pronto en mi auxilio. Y trató de rezar (primer misterio doloroso), pero siglo perverso, se dijo. En lugar de darse paz, la idea de rezar un Rosario lo hizo sufrir al enfrentarlo con el horror de aquel día: su incapacidad para concentrarse, la despedida, el deseo de volver a introducirse en la fantasía de sus libros. Sintió asco de sí mismo, pero creció aún más el cosquilleo, el deseo que, sabía bien, no iba a dejarlo en paz hasta que, por fin, lo consumara: leer la historia de Artús hasta quedar dormido. Y soñar con Parsifal y Merlín. Y los traidores, Ginebra y Lancelot. El sol se había puesto rojizo. Sería una tarde fresca, pero Fabricio caminaba angustiado, como si tuviese calor. Tocó en su pecho el dije de liquidámbar que su padre le había regalado cuando lo entregó al claustro. Lo arrancó y creyó saber, por fin, que haría con él. Con este die y con todo lo que lo arrastrara lejos de la disciplina y el respeto a la Ley: abandonarlo. Dejarlo atrás. Pero, pensaba, quiero leer esta historia. Una vez. Sólo una vez más. Generación perversa, se iba diciendo furioso contra los libros, contra el mundo y contra sí mismo, siglo de religiosos frívolos que leen a Ficinio y al Arentino. Roma se ha convertido en un lupanar. En todos lados se asesinan los unos a los otros. En Génova los Doria, los Fieschi y los Fregoso se meten cuchillos en la espalda o se envenenan. En Pisa y en Florencia, los Medici y los Pazzi. No es ya la Providencia quien gobierna la historia, No. Es el hombre mismo. Siglo perverso, siglo corrupto del humanismo. Italia ha pasado de las ciudades a las señorías y de las señorías a los principados. Pronto, como los judíos de El Libro, querrán un reino.

Llegó a su celda.

——Ya ni siquiera ——dijo en voz alta, sintiendo por fin la comodidad de su cuarto—— la guerra es como antes. Los príncipes se han rodeados de mercenarios ——lanzó una expresión de despreció

——. ¡Claro! ¿Para qué dejar al azar una batalla si se puede comprar el valor de un condotiero? ¡El imperio y la iglesia se están pudriendo!

¿Y tú Fabricio? La cuestión le golpeó el pecho y la mente. Miró en su mano el die que se había arrancado del pecho. La colocó sobre el escritorio. Así había que hacer. Había que dejarlo todo. Poco a poco comenzó a sentirse tranquilo. Supo que, por fin, tendría la fuerza para decir adiós a sus apegos. Extrajo los libros de caballería del jubón y los puso junto a su dije, sobre la mesa. Se veían tan inocentes. Eran tres volúmenes que contenían la historia del nacimiento de Merlín y la muerte de Arturo. Pero ellos contienen el germen de este siglo, el humanismo y sus apegos. Doscientos años atrás algún hermano insensato los había salvado de la hoguera a la que, con toda justicia los condenó Santo Domingo. Y los había traído a San Alejo. Para que él los encontrara limpiando. Para tentarlo a él. Sólo a él.

––Los libros son personas ——murmuró Fabricio——. Y, claro, las hay que, aún cuando las amas, te corrompen. Debo decirles adiós.

Se lanzó sobre la cama. Decidió que, a la mañana siguiente iría y entregaría estos libros al hermano bibliotecario. En cuanto al dije. Sabía ya lo que tenía que hacer. Y él, a partir del día en que partiera Alberto se entregaría por fin a la absoluta sencillez del espíritu. No leería ya otra cosa que no fuese El Libro de Dios. No pensaría ya en otra cosa que no fuese en los santos y Jesús y su Santa Madre. Por fin pudo rezar. Y rezando se quedó dormido. Fabricio soñó con aquellos libros que eran personas y le susurraban al oído historias de honor antiguo. En sus sueños, Fabricio se vio a si mismo mezclado en las intrigas de Láncelot y Ginebra. Miró también a Alberto a quien confundió con Gawain. Y él, Fabricio, vestido como un payaso, era Parsifal. Y se lanzó a correr por el sendero de las naranjas. Pero se abrió la tierra y lo devoró y él, lejos de asustarse, en el abismo del adiós a sí mismo pudo, por fin, ver el Grial.

***

Por fin llegó el día en que Alberto dejaría el monasterio, Fabricio decidió que velaría en la capilla del Santísimo. Por primera vez en mucho tiempo no tuvo dificultad para permanecer despierto. El resplandor dorado del ostensorio le aseguraba que lo que estaba ahí, mirándolo era Dios. El mismo que había creado el sol y el universo, los libros de Artús y el amor imposible del que hablaba Marsilio Ficino, la belleza de Alberto porque, tenía que aceptarlo, Fabricio la amaba, sobre todo, porque era hermoso. Hágase tu voluntad, pensó, que igual se hará. Más allá del río, al otro lado del Trastévere otro muchacho estaba rezando. Pero rezaba a Alá. Era Farid el esclavo árabe que servía al superior de San Alessio. Había terminado de preparar la habitación en que Alberto iría a vivir. Y no era un monasterio. Era la Casa de Dante que tantos temores producía en el hermano Florián. El esclavo árabe rezaba por todos aquellos a quienes amaba quien sería el nuevo huésped del castillo de modo que sin saber oró por Fabricio quien rezaba a su vez por todos aquellos que amaría Alberto en las aventuras que habían comenzado aquel día de Pentecostés de modo que sin saberlo rezó por Farid. Dos extraños rezaron pues a distintos dioses y sin saberlo se dieron más allá del espacio y el tiempo la bendición.

Alberto había ido a rezar y cuando encontró a Fabricio en la capilla, decidió no molestarlo. Lo encontró tan recto y con la mirada tan concentrada en el Cuerpo de Cristo sujeta en el ostensorio que sintió él mismo algo de piedad. Hizo la genuflexión y se sentó en la parte de atrás de la capilla, conmovido con todo aquel oro del que emanaba una fuerza indecible que lo sometía y lo invitaba a contemplar y callar. Así, sin que Fabricio lo supiera, Alberto veló junto a su mejor amigo, concentrados ambos e el pan ácimo que parecía mirarlos. Alberto, no podía concentrarse porque sólo había algo que tenía en la mente. ¿!ué es un alquimista?

Su confesor le había dado una respuesta que no le resultaba muy satisfactoria. Un alquimista dijo, es un hombre que busca la inmortalidad del cuerpo, no del alma. No es acaso, pensó Alberto, lo mismo que buscamos los cristianos? Así lo aseguraba la escritura, la resurrección de la carne. ¿Era eso un alquimista? No. Otro hermano lo había corregido. La diferencia, le dijo, estriba en que el cielo del cuerpo glorioso está en el cielo. Un alquimista lo busca aquí, en la tierra, como los herejes que levantaron la Torre de Babel. El joven monje trataba de hacerse una idea de qué tendría de malo de hacer de éste un mundo similar a la Jerusalén celeste, pero no acertaba a encontrar en ello nada malo. Y eso que estuvo pensando en todas las implicaciones de tratar de hacer de éste un mundo mejor hasta que sonó la campana de prima y el sol comenzó a brillar en la superficie húmeda de las naranjas y, más allá, en las cúpulas de la ciudad.

Cuando Alberto salió de la capilla Fabricio se aproximó. Se miraron extrañados, con la misma cara de ojos muy abiertos que pusieron cuando el abad, nueve años atrás, les pidió que estudiaran juntos. Fabricio fue el primero en tenderle la mano. Y cuando Alberto se la tomó, sintió en la palma de su hermano una textura suave. La abrió y se encontró con un hermoso ámbar que tenía atrapado adentro un discreto trozo de madera.

Se sorprendió al encontrarse con Florián quien dijo de inmediato que tenía un regalo para él. Tomó la mano de Alberto y colocó sobre su palma un trozo de ámbar en cuyo centro podía verse una astilla.

—Es —le dijo— una espina de la corona de Cristo.

Alberto sonrió. No sabía cómo agradecer ni este regalo ni el de la música. Se miraron a los ojos y Florián, para no llorar, le contó la historia de la espina atrapada en el ámbar. Nicolás, su maestro de música la había traído de Tierra Santa a donde peregrinó para pedir por la salvación de la cristiandad. Lo hizo poco antes de 1453 fecha funesta en que cayó Constantinopla. No era muy milagrosa, dijo Florián al darse cuenta, por primera vez de que la espina no había cumplido ningún milagro pues no había impedido a los turcos tomar la ciudad. En fin, remató, estaba seguro de que sí que protegería a Alberto en cualquier aventura. Alberto tomó el ámbar, se lo colgó y abrazó a su hermano hasta que volvió a tener la impresión de que escuchaba su corazón como cuando era niño y se quedaba dormido en su pecho frente a la Virgen de las Tribulaciones. El abad interrumpió. Ya las cosas de Alberto estaban listas. Afuera de la capilla esperaba Farid. Alberto vio al esclavo árabe y le pareció tan hermoso que se convenció de que era una respuesta a su pregunta: ¿qué es un alquimista? Aquel muchacho lo era. Un alquimista es un niño que es inmortal.

—Es una espina de la corona de Cristo —dijo Fabricio.

Alberto sonrió. Había escuchado hablar de aquella reliquia que perteneció por generaciones a la familia de su amigo. Durante la primera cruzada, un antepasado de Fabricio la trajo de Tierra Santa. Fabricio volvió a coger el ámbar, lo extendió y lo colocó en el cuello de Alberto.

—Espero —dijo— que el peso de la corona de Nuestro Señor te recuerde que no fue tan terrible el tiempo que viviste aquí.

Alberto hubiese querido llorar. Abrazó a su hermano, a su maestro de música. Al que le enseñó a rezar el ángelus aquí frente a la Virgen de las tribulaciones, pero cuando se recostó en el hombro de Fabricio lo vio. Detrás de ellos se encontraba ya el esclavo árabe del superior de San Alessio. Venía acompañado del abad y los hermanos de San Onofre habían colocado ya en una carreta todas las pertenencias de Alberto. Sorprendido, el joven monje no supo cómo despedirse de Fabricio quien simplemente se inclinó y se fue por el camino de tierra roja. Ahí, frente a Roma, junto a la Virgen de las Tribulaciones, Alberto miró a Farid por primera vez. Y creyó entender el sentido de la búsqueda de los alquimistas. Porque la belleza de aquel muchacho no era celeste, era terrena, pero era inmortal.

Cuando Alberto recordaba el último día en el seminario, pensaba en lo sorpresivo que había sido mirar al abad Lionel bajando los escalones hasta la tarraza. Lo había hecho con premura, levantándose el sayal como si fuera una señora. Y el abad y Alberto se habían mirado seriamente y el monje supo, por primera vez que aquel hombre lo había amado como a un hijo a quien le aseguró, acariciando las mejillas:

—Puedes volver cuando quieras.

Lo que más le había sorprendido a Alberto era no saber si el abad se estaba burlando o lo decía en serio. Guardó silencio frente a su superior. Quería irse ya, desandar el camino de tierra roja que lleva desde el río hasta el monasterio, abandonar aquella vida impuesta contra su voluntad.

Tres esclavos, bajo la dirección de Hakim habían terminado de poner las cosas personales de Alberto en una carreta de bueyes. Otros monjes murmuraban: “tiene muchas pertenencias.” “El abad ha hecho bien en echarlo.” “Ese hombre no está hecho para la pobreza de quien se abandona a Dios.”

Y era verdad: Alberto tenía muchas pertenencias aunque no todas eran frivolidades. Eran más bien algo similar a recuerdos materializados y él mismo no sabía cómo se había apropiado de tantos. En la carreta que lo llevaba fuera del monasterio estaban ya los regalos que le había dado la gente después de misa: escapularios, oraciones, imágenes y libros piadosos. Llevaba también mantas que, Farid comentó, “no servirán para nada.” “Vas a vivir en un palacio.”

—Vuelve cuando quieras — el abad había caminado junto a la carreta. Farid había subido a Viento del Diablo, un alazán negro y Alberto trataba de acomodarse en la carreta rodeado de tantos recuerdos. Se asomó fuera de la baranda para no para decir adiós al abad sino más bien para echar una última ojeada a la capilla y el refectorio, la torre y el jardín. Entonces la vio. Junto a todas sus pertenencias, venía La Virgen de la Tribulación.

Asustado, Alberto le preguntó a Farid.

—¿Qué hace aquí el icono de la capilla?

—Le pertenece al amo Jorge —respondió Farid. Y no dijo más.

Chasqueó el látigo, el alazán resopló y un esclavo viejo hizo andar la carreta de bueyes. Farid se las arregló para que Viento del Diablo se mantuviese junto a Alberto de modo que el monje y el esclavo estaban tan cerca que hubiesen podido charlar.

Atrás de ellos se perdió la imagen del abad cuando se perdieron por las calles del Aventino. Pasaron frente a la fuente y el cementerio de los cardenales y las casas ducales. Aquella colina había sobrevivido toda la historia de Roma, la peste y las invasiones bárbaras. Había sobrevivido saqueos y batallas en todas las guerras de Italia. Aquí había vivido, muchos años antes que Alberto, un joven noble que vivió como sirviente en la casa de su padre, sin que nadie se diese cuenta: San Alejo.

Alberto venía callado porque recordaba que por este camino subió hacia el monasterio diez años atrás. Aún seguían aquí los campaniles y los palacios, la mujer que vende fruta y el muchacho que se arranca una espina del pie. Lo único que parecía haber cambiado era él, Alberto. El cantante. Porque el monasterio le había regalado la música. Y él, por fin lejos de aquella gente, se sintió feliz.

Para bajar la colina fueron por el camino que lleva hasta el Circo Máximo. Era necesario evitar la pendiente del camino corto que hubiese podido romper las ruedas de la carreta.

—¿Cómo te llamas? —Preguntó al esclavo.

—Farid —respondió el muchacho.

Marcharon otro tramo en silencio hasta que el joven moro señaló una escultura que parecía custodiar el río. Dijo:

—allá está Jano.

El dios de las transformaciones. No era casual que custodiara el pasado y el futuro en en la frontera entre la Roma de Rómulo y la Roma de Remo, la de los ciudadanos justos y la de los libertinos. Y era hacia, hacia la Roma de los pecadores, que estaban marchando, a lo largo del Lungotévere.

El barrio de locos y herejes no le pareció a Alberto tant terrible como lo había imaginado. La gente se quitaba el sombrero al verlo pasar porque aún venía vestido de monje y Farid tenía el aspecto de un príncipe. Además, todo aquel barrio estaba lleno de la vida que faltaba en el Aventino. Era una vida simple, sin preocupaciones ni tiempo. Mujeres que llenan jarras de agua en la Fuente del dragón y niños que se corretean desnudos para lanzarse a un río maloliente.

Siguieron por un camino de pinos hasta lo que hoy es el Puente de Garibaldi. Ahí a la izquierda, Alberto vio por primera vez la Casa de Dante. El castillo le pareció más pequeño de lo que había imaginado. Farid silbó y la puerta de madera crujió al abrirse. Ya adentro, el muchacho árabe entregó a Viento del Diablo a un palafrenero. Ayudó a Alberto a bajar de la carreta, tratándolo, pensó el monje, como si fuese una muchacha.

—Tal vez quieres ir a la capilla —dijo Farid.

Alberto contestó que sí. Entró a la casa y se introdujo en los pasillos oscuros hasta una capilla en la que, más por obligación que por piedad, se inclinó. Hubiese debido rezar, pero estuvo pensando, más bien, en largo del trayecto que había recorrido desde el Aventino hasta aquí. Y más, desde Chipre, su isla natal, hasta esta misteriosa casa habitada, según le habían dicho, por un alquimista. Atrajo su atención un letrero que rezaba sobre el altar: non tolilitur, mutatur: no ha muerto, ha cambiado. Le pareció una señal. En este castillo tendría lugar su transformación. A lo lejos se escuchaba el laúd.

Durante todo el trayecto, Alberto recordó cómo consiguió la voz. Porque cuando salió de Hispania aún tenía la voz gangosa. Y todo había comenzado con un sueño.

Había cesado el ruido del viento. Se le metía por la cicatriz de los ojos, las orejas, cada poro de piel. Vio frente a él, primero un ángel y luego cientos, millones de ángeles. Un ángel le dijo. Para callar todo este ruido tienes que cantar.

—Aquí no me llamo Farid ¿Cómo me llamo?

—Eso es lo que tienes que averiguar.

Alberto había emergido del delirio con una nueva condición. Dios había querido sacarlo de ahí quién sabe por qué M ā šāʾ All ā h. Había atravesado el desierto y lo había conducido hasta esta ciudad celeste en la que entregaba al más pequeño de sus hijos un don.

CUIDADO NO DUPLICAR CON EL SUEÑO DE ALBERTO A LAS

SIETE DE LA NOCHE

Lo conducía hasta una montaña desde la cual contemplaba el campamento del que había salido. Supo que estaba mirando por última vez a su padre yendo furioso por las tiendas coloridas como globos, buscándolos, a él y a Jemil. Miró a sus hermanos y el ángel soplaba en su oreja y le abría la boca para expirar en él la voz del desierto, el Espíritu, la Ruah.

—¿Por qué? —Preguntaba Farid.

Y el ángel respondía:

—Esto es lo que tienes que averiguar.

Un ángel con los ojos color violeta me pasaba el dedo por la boca y yo quedaba mudo: Voy a cerrarte la cicatriz y me dejaba mudo.Creí despertar. Millones de luciérnagas habían entrado por la ventana y yo estaba en un risco desde el que miraba un campamento. Tenía frente a mí a un ángel que me decía: Se cumplió el envío y yo: ¿Cómo me llamo? Le preguntaba. Eso exactamente es lo que tienes que averiguar. Muy mareado creí que de la joya que brillaba en el turbante el árabe, se desprendían gaviotas que se enredaban en los rayos salían de las nubes. Creí escuchar en el graznido de aquellas aves el gemido de placer de las mujeres cuando en el campamento de mi niñez el Rey Serpiente les hacía el amor. Me dejaron sobre una cama.

Cuando llegó a Casa de Dante y lo vio supo: Un alquimista es un enamorado del cuerpo y no del alma, es uno que busca la inmortalidad del cuerpo, no la del alma. Un alquimista es un niño que es inmortal.

Con cierto pesar, Jorge bajó los más de sesenta escalones que conducían desde hasta el salón principal en la Casa de Dante. Cuando Alberto salió de la capilla se encontró con este hombre al que, estaba convencido, tendría que temer. Pero Jorge, con cierto aire teatral le dio sendos besos y lo condujo del brazo hasta la cocina donde ya estaba todo preparado y él, Jorge, el amo del castillo, comenzó a cocinarle. Este hecho sorprendió a Alberto. Sobre todo porque Farid, se recargó a ver a su amo trabajar mordisqueando unas uvas.

—El arte de la transmutación —dijo Jorge— tiene origen, en el inicio, cuando vivíamos en el cielo, esto es, en el mundo de las ideas…

Cogió unas hierbas. Las agitó delante de Alberto y dijo en el latín sonoro del romanacho:

—Spinacia olereacea… ¿Te gusta?

Alberto contestó que sí, aunque en realidad nunca la había probado. Y Jorge, como si hubiese leído su pensamiento, dijo:

—Viene de Persia.

Escogió las hojas más grandes y hermosas. Hizo con ellas rollitos y tronó los dedos. Farid se aproximó con un cuchillo y Jorge siguió hablando, como pensando en voz alta:

——Porque antes vivíamos en el cielo, esto es en el mundo de las ideas. Y ahí comenzó la transmutación. Lo supieron nuestros antepasados, los griegos. Lo supo Heráclito quien, dicen algunos, fue el primer alquimista.

La palabra sobresaltó a Alberto. Le produjo curiosidad y, otra vez, miedo. Jorge comenzó a cortar los rollitos de espinaca en hileras gruesas que, luego, acomodó en platos hondos.

——Porque Heráclito supo dar una respuesta correcta al problema del movimiento que es, seguro lo sabes, el problema del cambio. Y lo único que no cambia es, claro, el cambio. La transmutación. En eso estoy de acuerdo. En lo que no coincido es en afirmar que Heráclito fue el primer alquimista porque ¿sabes? El primer alquimista fue una mujer.

Farid se levantó y comenzó a preparar un jugo. Luego puso la mesa y trajo para su señor, nueces y queso.

——Una mujer ——comentó——. Durante la larga peregrinación que condujo a la raza humana fuera de Yibouti hasta el Medio Oriente, donde los más ilusos piensan que está el paraíso, esta mujer a la que llamaré Lilith, se encontró en el camino con una hierba. ¡Y olía bien!

Jorge volvió a tronar los dedos y Farid saltó para entregarle al amo un frasco que él olisqueó. Aprobó y roció abundantemente las espinacas en los tres platos que ya había preparado.

VINO A SALUDARLO INÉS

***

La casa del marqués de las Salinas en Sevilla tenía al frente un hermoso patio rodeado de cuatro majestuosos edificios. Por fuera era mucho menos impresionante que por dentro, que parecía un laberinto de patios con fuentes al centro y escalinatas para ir por los diversos jardines. Cuando llegaron, María de Soliero los condujo hasta la capilla porque dijo:

—En esta casa, antes de cualquier otra cosa, debemos saludar a Dios.

La mujer hablaba con un acento firme, castellano, pero de un modo que no permitía saber si lo decía en serio o si estaba bromeando. Los condujeron hasta una capilla en la que Jorge se inclinó unos minutos frente al tabernáculo y se fue. Alberto, en cambio se quedó pensando un tiempo más en el largo trayecto que lo había llevado desde Grecia hasta ahí, hasta el fin del mundo. Era hermosa la capilla. Olía a terracota. El joven monje divagó pensando en todo lo que había cambiado también en su interior en tan poco tiempo y, cuando levantó la mirada y se encontró con un letrero que estaba en la parte alta de la capilla, pensó que era una premonición. Rezaba el letrero, non tolilitur, mutatur: no ha muerto, ha cambiado. El lema de la transformación. Del cambio de todo lo que se queda atrás. El lema, también del alquimista. Alberto se estremeció.

Cuando salió, Alberto miró que ya estaban afuera levantando sus cosas.

—Las llevan a tu habitación —comentó Jorge—.

—Ven —le pidió la marquesa—, la casa es demasiado grande para que te la enseñe ahora, pero fray Jorge me ha pedido que te lleve a cenar.

Jorge desapareció con Farid y Alberto tuvo la inquietante, pero placentera impresión de que los habían dejado a solas a propósito.

La marquesa la condujo por los pasillos hasta un salón lleno de retratos de los marqueses de Las Salinas. Le dijo (y otra vez, resultaba imposible saber si lo decía con burla) que la genealogía del marqués se remontaba hasta los tiempos de Adán. Finalmente llegaron a un patio interior que se abría hacia un jardín en el que estaba puesta una mesa para dos.

—A estas horas —dijo la marquesa—el comedor está cerrado. Están trabajando en ello las monjas, pero las cocineras han dejado fruta, queso y un poco de vino para nosotros. ¿No te molesta que te acompañe?

Alberto, tartamudo, dijo que no. Cuando probó la comida le pareció deliciosa. Era tanta su hambre que por un momento le pareció absurdo hacer otra cosa que no fuese saborear aquel queso y aquel vino. Aquel pan. Cuando se hubo saciado por primera vez se hizo consciente de la hermosura de esta mujer que los había recibido. Tenía una confianza que, sin embargo, hacía sentir cómodo a quien charlaba con ella.

—¿Quieres un poco de agua?

Alberto se levantó. La sola idea de que aquella mujer le sirviera le repugnaba, pero ella rio y le pidió que se sentara. Le sirvió de aquella agua que había sido refrescada, según dijo, con naranjas del jardín. Alberto se sintió ya un poco más tranquilo. Pudo, incluso, percibir el aroma de su anfitriona. A lo lejos podía verse la cocina y un jardín en el que brillaban las teas. Aquella casa era un lugar misterioso y cálido en el que pronto comenzó a escucharse un sonido hermoso y extraño. Era una suerte de laúd que vibraba de forma serena. Pero la marquesa no dijo nada ni pareció extrañada, de modo que Alberto no dijo tampoco nada.

—Veo que te le ha gustado el pan y la mantequilla —dijo—. Se produce en la hacienda de mi marido.

Sin tapujos de ninguna especie María le habló de su marido, de la necesidad que el marqués de las Salinas había tenido de ir a Roma a partir de la rebelión de su hijo mayor. todos lo sabían, de modo que no había ninguna necesidad de ocultarlo, Garci, el hijo, había decidido desobedecer toda lealtad a su padre a partir de un rumor malintencionado que se escapó entre la gente de la corte. Que el marqués era culpable de cometer el crimen nefando. Alberto estuvo a punto de escupir el agua con naranja. ¿El crimen nefando? Aquí se hablaba de esta forma de engañar al cuerpo y a Dios, dos hombres dándose placer como si fueran un hombre y una mujer. Un acto contrario a Dios. Y sin embargo la marquesa se permitía contarlo con un aire de indiferencia que, otra vez, consternó al monje. ¿Estaba bromeando? No. El marqués de las Salinas había sido acusado de amar jovencitos árabes de modo que el rey que en ese momento tenía serios problemas por la guerra de sucesión decidió que lo mejor para él era que se marchase a Roma. Ahora que había vuelto la tranquilidad a Castilla con el ascenso al trono de Isabel, había podido volver.

—¿Y el hijo? —preguntó Alberto.

La marquesa le confió que el hijo había muerto. Lo había matado uno de aquellos árabes que mataba su papá.

—En batalla —apuntó.

Alberto estaba realmente interesado y sin embargo, la marquesa, de pronto bostezo. Se levantó, se excusó y dejó a Alberto no sin antes decir:

—Puedes dejarlo todo ahí. Los esclavos se lo llevarán para lavarlo. En un momento viene Antonio para llevarte a tu habitación.

Se habrá aburrido conmigo, pensó Alberto aterrado. Apareció entonces Antonio. Era un africano de enorme estatura que le pidió amablemente que lo siguiera. Y fueron por pasillos de una casa cuya arquitectura parecía elevarse hacia el cielo. Cuando llegó a su habitación le mostraron el armario, su escritorio y su lecho. Era un cuarto sencilla que, sin embargo, a Alberto le pareció de un lujo procaz. El sirviente se retiró y cuando estuvo solo, Alberto abrió la ventana. Contempló la calle y a lo lejos el mar. Abrió el armario. Había ropa suficiente para vestirse un año. Junto había, además, algo que había visto. Un espejo de azogue. La vista era perfecta, transparente. Era como encontrarse con uno mismo. Se miró curioso. Se miraba demasiado serio y, a pesar de la tonsura no tenía realmente, según pensó, un aspecto muy religioso. Se recostó, vestido con sayal y sandalias sobre una cama mullida y dejó que lo arrullara el ruido del barrio. Se quedó dormido hasta que el hambre y el graznido de las gaviotas lo despertó. Estaba atardeciendo. La música que había escuchado en el jardín interior estaba sonando otra vez. Alberto siguió la melodía con la mente. Supo que era un instrumento afinado al modo bárbaro. Se sobresaltó, se hacía incluso el salto del diablo, la escala del infiel.

Como la marquesa le había pedido que se sintiera en su casa, el monje cogió el quinqué, lo encendió con una yesca y salió. Se encontró en el mismo piso de su habitación con la biblioteca. Abrió la puerta de madera y encontró un edificio redondo, lleno de estantes con pergaminos. Al fondo había anaqueles con libros encadenados. Le pareció extraño. Pensó que encadenar libros era una costumbre de monjes idiotas. No podía imaginar a un noble como el marqués de las Salinas, o lo que imaginaba del marqués de las Salinas, permitiendo que los esclavos encadenasen sus libros.

——Lilith, consciente de que las hierbas sirven para muchas cosas, para curar, para asesinaro o para disfrutarlas en una deliciosa ensalada, se metió en la lengua un trozo muy pequeñito de esta planta. Para experimentar, para saber en su propio cuerpo los efectos de esa planta cuyo sabor y aroma se clavaría en su memoria durante toda la vida. Esta mujer que saborea hierbas es quien sabe; es la sabia. La que conoce.

Jorge mezcló las hojas de la espinaca bañadas en aquel aceite de aroma exquisito con nueces y pasas secas. En las que comenzó a colocar, de un modo que a Alberto le pareció “artístico” trozos de queso de cabra cortados tan bien que, durante el proceso, casi no perdieron ceniza.

——Lilith. La sabia. La que sabe. La sabia de las hierbas y sus efectos. Es ella quien sabe la relación entre el arriba y el abajo, la diferencia entre lo que mata, lo que cura y lo que deleita. Ella ha saboreado el pecado en el primer jardín y la gracia que Dios le arrancó las llaves del Paraíso para entregar a los hijos de Eva, el universo.

Jorge se sentó, sorbió un largo trago de vino y pidió a su invitado que se sentara con él. Farid se acomodó en la mesa como si fuese uno más. En cierto sentido, era evidente, lo era. Jorge amaba a este muchacho que a Alberto había comenzado a producirle tanta curiosidad.

——¿Te gustan las ensaladas?

——Si ——respondió Alberto un poco sorprendido por la pregunta—. El queso está delicioso.

Jorge soltó la carcajada.

——Las ensaladas de música ——dijo.

Alberto lo miró intrigado.

——No me extraña. Lionel, el abad de San Alejo es incapaz de cultivar a un hombre con tu talento. Una ensalada es esa música deliciosa que se está haciendo en Hispania. Ah, triste España sin ventura. Con la muerte de Juan de Aragón, la reina no lo tiene fácil.

——¿Ensaladas?

——Es música que mezcla la polifonía de los conventos con los ritmos de la calle, los sainetes, la pasacaglia.

——He escuchado el son de Rodrigo Martínez ——dijo Alberto para tratar de quedar bien.

——No, no, no… Aunque en fin… Rodrigo Martínez también es la historia del cambio y la transmutación, pero no es a lo que me refiero. Por más que, hay que aceptarlo, es música deliciosa y banal.

Comió en silencio durante un rato, dio otro enorme trago a su vaso de vino y luego dijo:

——Alberto, sé que piensas que Fabricio perdió su voz a causa de la pubertad.

Alberto enrojeció. La mención a Fabricio lo había consternado, no sólo porque sabía que lo extrañaría. Había además en él ese celo que sienten todos los músicos cuando escuchan hablar de alguien a quien admiran y envidian.

——No ——remató Jorge——. No fue la pubertad la que asesinó la voz de Fabricio. Fue la resequedad del cristianismo.

Jorge se levantó y ordenó a Farid que le enseñara el castillo. Se fue con La Virgen de la Tribulación bajo el brazo.

Después de la capilla, fueron hasta una pequeña cocina. Antonio explicó que a esas horas el comedor estaba cerrado, pero las cocineras habían dejado fruta, queso y un poco de vino para el nuevo huésped de Isaac. Desde aquí podía verse un jardín interior del que provenía un sonido hermoso y extraño. Era como un laúd que vibraba en forma serena. Antonio le ofreció pan, mantequilla y un poco de jugo. Alberto nunca había bebido algo tan delicioso. Finalmente, Antonio lo condujo hasta su habitación en la parte más alta de la casa. Abrió los ventanales y Alberto s maravilló con la vista: ahí estaba la isla Tiberina y al fondo el Aventino que acababa de dejar. Antonio le mostró el armario en el que había ropa suficiente para vestirse un año, dejó en su mesa de noche una bolsita con dinero y se fue. Cuando se quedó solo, Alberto miró justamente lo que, en su meditación frente a la Eucaristía, había imaginado: un espejo de azogue. Se miró curioso. Pronto se dejaría crecer el cabello, desaparecería la tonsura y todo rastro de su pasado. Como si la transformación pudiese esperar se lanzó vestido con sayal y sandalias sobre una cama mullida y dejó que lo arrullara el ruido del barrio. Se quedó dormido hasta el hambre y el graznido de las gaviotas lo despertó. Estaba atardeciendo. La música que había escuchado en el jardín interior había vuelto a sonar. Alberto Helénico supo que era un instrumento que estaba afinado en uno de esos tonos que permiten el uso del tono y medio. Era el salto del diablo, la escala del infiel. Supuso quien hacía sonar aquel extraño instrumento con una afinación que los monjes tenían explícitamente prohibido usar. Sonrió. Era tan hermosa aquella música que terminó por convencerse de que eran idiotas quienes pensaban que los tonos y medio o las quintas eran invención del diablo. Toda la música, se dijo, es de Dios porque, en aquel entonces Alberto no tenía ni idea del poder de la música.

Un esclavo vino y le mostró su armario. Le dijo que Farid y el amo Jorge Comneno habían comprado para él ropa de laico. Habían pensado, le dijeron, que se sentiría más cómodo en lo que el superior venía para hablar con él y explicarle personalmente cuáles serían sus obligaciones.

Se quedó dormido hasta que al día siguiente el hambre y el graznido de las gaviotas lo despertó. Estaba atardeciendo. La música que había escuchado en el jardín interior había vuelto a sonar. Alberto supo que era un instrumento que estaba afinado en uno de esos órdenes que permiten el tono y medio. Era el salto del diablo, la escala del infiel. Supuso que sería Farid quien hacía sonar aquel extraño instrumento con una afinación que los monjes tenían explícitamente prohibido usar. Sonrió. Era tan hermosa aquella música que terminó por convencerse de que eran idiotas quienes pensaban que los tonos y medio o las quintas eran invención del diablo. Toda la música, se dijo, es de Dios porque, en aquel entonces Alberto sólo había visto el diablo en visiones.

Alberto despertó inquieto. Visto que Farid le había pedido que se sintiera en su casa, el monje cogió el quinqué, lo encendió con una yesca y salió para buscar la biblioteca. La encontró al centro del edificio que por dentro parecía más grande que por fuera. En cuanto abrió la puerta de madera se encontró con una biblioteca redonda, llena de estantes con pergaminos. Al fondo había anaqueles con libros encadenados. Le pareció extraño. Pensó que encadenar libros era una costumbre de monjes idiotas. No podía imaginar a un noble como Jorge encadenando sus libros

A LO LEJOS ESCUCHÓ ESE SONIDO.

Lo escuchó por primera vez el día que cantó en la boda de Jorge. Sin embargo, era la primera vez que lo veía. Era una suerte de laúd negro o una teoría con el cuello muy largo y al centro una suerte de rosetón como el que hay en las catedrales. ¿Cómo se llama?

—Oud

El sonido ambiguo, femenino del oud comenzó a fascinarlo, más cuando Farid comenzó a cantar en un idioma que le pareció fantástico. Y la comunión entre la voz del esclavo y este laúd de cuello largo produjo en el monje sensaciones que no se parecían a nada que la música hubiese producido en él hasta entonces. Tenía los misterios de una mujer.

***

Había un escritorio sobre el que estaban desplegados un enorme papiro coloreado sobre el que el alquimista tomaba apuntes. Era el el capítulo treinta y siete de Ezequiel. Estaba tomando apuntes con un manguillo. Olía a cuero y los únicos adornos en torno al alambique eran mapas, pergaminos y animales abiertos por la mitad. Él estaba vestido con zapatos de piel y medias blanca, una hermosa capa de tela púrpura y un sombrero que se quitó, dijo, para sentirse más cómodo. Cuando Galaad se aproximó para ver lo que estaba haciendo, se encontró con un enorme retrato de Isaac. Se le veía barbado y más viejo en otra habitación mucho más lujosa que esta. En Constantinopla.

AHÍ ESTABA… YA JORGE LA HABÍA COLOCADO, FRENTE A LOS

MAPAS, COMO RIGIÉNDOLOS, LA VIRGEN DE LOS PEREGRINOS La sala de lectura estaba iluminada por candiles que observó que se encendían con un ingenioso sistema que permitía que con un mechero y algo de pólvora se encendieran todas las velas de una vez. En la mesa del centro encontró un enorme mapa en el que creyó descubrir la Península Itálica, pero más allá de las Columnas de Hércules había una serie de islas con nombres fantásticos. Al extremo sur de aquel mapa había, además, una masa de tierra de la que tampoco había sabido. Era la Antártida. Como la habitación estaba bien iluminada, Alberto dejó el quinqué junto al mapa y se puso a vagar por la biblioteca hasta que encontró la sección de poesía.

Le llamó la atención POIMANDRÉS. .

sabiendo que venía a una corte noble y que tendría más libertad que nunca, había abierto en él la compuerta del deseo y un torrente cálido e indeterminado había ocupado cada parte de su mente. Dejó el libro en su lugar. Sólo entonces leyó el nombre del poeta y el título: Coplas de don Jorge Manrique por la muerte de su padre. Prostitución. En eso estaba pensando Alberto, no en la muerte. Allá afuera todo era vida mientras que aquí, sospechó, el dueño de la biblioteca está obsesionado con la muerte. ¿Quién lo dijera? ¿Por qué le había contado la marquesa aquella historia del pecado nefando? Era imposible que el marqués tuviera semejantes inclinaciones. Su biblioteca, al menos, hablaba de un hombre serio. Lo demuestra el retrato de San Jerónimo junto a una calavera y el letrero Memento mori, recuerda que morirás; lo demuestra la leyenda en la capilla del primer piso: non tollitur mutatur. Pero, ¿quién puede pensar en la muerte cuando se siente tan vivo? Siguió buscando en la biblioteca hasta que se encontró con un pequeño volumen que no había sido copiado a mano. Estaba impreso con la técnica de Gutenberg, era el Corpus Hermeticum de Hermes Trismegisto. Le dio un vuelco el corazón. Vio que no estaba encadenado. ¿Quién lo había dejado así? Era un pequeño volumen. Para iniciados. Había escuchado hablar de este libro prohibido. Lo cogió y se lo metió en el sayo para leerlo en su habitación.

ENCONTRÓ OTRO DE POESÍA. EN CASTELLANO

Siguió buscando en la biblioteca hasta que se encontró con un pequeño volumen que no había sido copiado a mano. Estaba impreso con la técnica de Gutenberg, era el Corpus Hermeticum de Hermes Trismegisto. Le dio un vuelco el corazón. Había escuchado hablar de este libro prohibido. Lo cogió y se lo metió en el sayo.

Le gustaba la lengua castellana, la de Santo Domingo y San Isidoro de Sevilla que, ahora lo pensaba, era el único santo que realmente le caía bien. Se sentó en una poltrona con su libro, pero no podía concentrarse porque más allá de la ventana se escuchaban gritos. ¿Quién grita así? Gente propensa a la prostitución y el robo, pensó. Prostitución. La palabra le inquietó.

ENTRÓ EL SEÑOR DE AGUILAR QUE TAMPOCO PODÍA DORMIR.

CHARLARON

Entró el señor de Aguilar.

en los tiempos de Juan II de Castilla. Comenzó la guerra. Luis, mi abuelo, trató de destituir de inmediato a su hijo mayor quien se mantuvo a la fuerza en el gobierno de las tierras del señorío y ganó un segundo apodo: “El usurpador.” Las cosas se pusieron peor durante el siguiente reinado; el último de la Castilla Medieval. Así lo constata Alfonso de Palencia en su libro Crónica de Enrique IV. Enrique el Impotente era un hombre enajenado que llevó a un nivel superior su inclinación sexual. La puso de moda. Luis Méndez y Juan el Impotente se hicieron amigos; tal vez amantes. Garci, fastidiado de que no pudiese encontrarse un hombre de verdad en la corte de Castilla aumentó el ímpetu de la guerra contra los moros. Pero el rey intervino. Y era el rey. Pervertido o no, Garci tuvo que acceder. Ni Madruga ni su padre Luis serían señores del Carpio. El título pasaría a una señora beata de nombre Beatriz. Según cuenta Fernando Bruquetas en su libro Reyes que amaron como reinas (citando a don Gregorio Marañón) Enrique IV le ofreció a Garci, a cambio de la paz con su padre un título militar y a mi abuelo Luis lo envió a Roma a espiar. Y ya estaba don Luis preparando sus cosas cuando todo se desarrolló de forma Providencial. Garci despertó muy de madrugada y entró en un campamento musulmán. Eran las cinco quince de la mañana. Abrió de golpe la tela de una tienda de color azul turquesa y un muchachito como esos que amaba su papá lo partió por la mitad con una cimitarra. Sé la hora y que fue partido por la mitad porque el médico judío que trabajaba para mi abuelo en aquellos tiempos lo anotó en un papelito que le llegó a Luis Méndez cuando estaba tomando la siesta durante un descanso en que preparaba sus cosas para irse a vivir a Roma. El mensajero confirmó la noticia. Dijo incluso que el escrupuloso médico judío había pasado trabajos para hacer entrar las vísceras de Garci en un ataúd en el que aún se pudre en la parroquia del Ecce Homo de Córdoba, marquesado de El Carpio. Lo bueno, dijo el mensajero, es que la batalla no se perdió. El joven musulmán que había matado al hijo de mi abuelo también había muerto. El campamento de los infieles había sido tomado.

—¿Quiere vuestra excelencia mirar la cabeza del asesino de su hijo? —preguntó el mensajero.

Luis Méndez dijo que no. Y se extrañó por ello. No le interesó a partir de entonces mirar el rostro de ningún muchacho musulmán. No se sentía triste, pero algo muy íntimo había cambiado en él. Salió al jardín y contempló el atardecer. Por la noche cenó solo y no pudo dormir. Al día siguiente conoció a mi abuela Inés.

La muerte de Garci cambió por completo los gustos de Luis Méndez de Sotomayor. Fue como si no hubiese ya nada contra lo cual revelarse; como si tenderse con infieles careciera ya de emoción. En cambio, como les sucedió a Dante y a Petrarca, miró salir de misa, cubierta con mantilla a la hermosa doña Inés. Y como Beatriz o Laura, Inés no había llegado aún a la mayoría de edad. A nadie le importó. Luis Méndez era un hombre apuesto, un hombre noble y embajador de su majestad, Juan, rey de Castilla. Se apresuraron los trámites. Frente a un retrato, Inés aceptó el compromiso. Lo encontró hermoso. Conocía la fama de aquel hombre y lejos de avergonzarse supo que lo iba a querer. Y no se equivocó. En menos de un mes se casaron, consumaron el matrimonio y se transformaron a Roma, la ciudad efervescente del humanismo, de los poetas clásicos, del Renacimiento. Tuvieron un hijo al que también llamaron Garci. Se dijo que el señor Méndez de Sotomayor estaba queriendo honrar la memoria de su hijo muerto, pero Inés y Luis querían olvidar a Madruga. Y lo olvidaron. En el año de 1492 en que Rodrigo de Triana miró por primera vez tierras americanas, murió mi abuelo número quince. Doña Inés se quedó en Roma con el pequeño Garci, mi abuelo número catorce. La señora Inés envió embajadores que trabajaron durante la Guerra de Sucesión que terminó por poner en el trono a Isabel la Católica. La última vez que Inés viajó a Castilla fue para ser ratificada como oidora de la reina y en 1500, cuando inicia esta historia, disfrutaba de la tarde en una logia en el Castillo de Dante.

Con un último acto de piedad fue a la capilla. Se escuchaban los ruidos de Roma

No pudo rezar.

Allá afuera todo era vida mientras que aquí, sospechó, el dueño de la biblioteca está obsesionado con la muerte. Lo demuestra el retrato de San Jerónimo junto a una calavera y el letrero Memento mori, recuerda que morirás; lo demuestra la leyenda en su habitación non tollitur mutatur. ¿Quién puede pensar en la muerte cuando se siente tan vivo?

¿QUIERES SALIR LE PREGUNTÓ EL SEÑOR DE AGUILAR? ERA

LIBRE POR PRIMERA VEZ LO ERA.

Se aproximaba la Parusía.

Alberto se estremecía con estas posibilidades. Más porque en la biblioteca de Alberto había leído el Corpus Herméticum y una serie de libros que detallaban la batalla final entre gnósticos y cristianos. Poimandrés, el Anticristo se enfrentaría pronto contra el Dios que había creado los cielos y la tierra y a pesar de lo escrito en la Biblia ¿quién podría creerlo ahora? Todos estos descubrimientos demostraban también que el Libro Sagrado había estado siempre equivocado. ¿Con qué certeza se podría creer ahora que todo terminaría con la Boda del Cordero del Apocalipsis?

—Triunfará la razón —decía Jorge Comneno, pero ¿qué era la razón? ¿Acaso era el Logos, Cristo, el sentido de un amor cálido e infinito que calma el dolor de todas las heridas del hombre o la razón de Poimandrés que con su bautizo de sabiduría iniciática había reclutado para sus ejércitos a los hombres y mujeres que iluminaban esta nueva europa con inventos nunca vistos, con ideas nunca antes pensadas, con una cantidad de oro que antaño hubiera sido inimaginable? Poimandrés contra Cristo, pensaba o el hombre que puede hacerse un igual a Dios y destronarlo, lanzarlo a los abismos con Lucifer o el Dios hecho hombre que aún por aquellos tiempos evaporaba las terribles visiones de Alberto.

Una noche de jueves, después de una de las reuniones en Casa de Dante, Farid el esclavo árabe se aproximó a Alberto.

***

La noche de la miseria AQUÍ SE VA CON JORGE O TAL VEZ CON

HAKIM, MUY EN EL ESTILO DEL CUENTO DE NERVAL, FUMAN

HIERBA. NO CON FARID QUE DEBE SER MÁS MISTERIOSO

Farid estaba guardando su instrumento cuando le preguntó que si aún tenía ganas de beber. Como Alberto dijera que sí, los dos salieron por la puerta grande de la Casa de Dante y se perdieron en las calles tortuosas en torno a la Plaza del Dragón, cruzaron hacia la basílica de San Crisógono en cuyo interior escucharon risotadas y, libres ya del peso de los chismes, fueron hasta la plaza de Santa María en Trastévere. A un costado de la iglesia, Farid hizo sonar una puerta de madera con un aldabón en forma leonina y abrieron dos gendarmes vestidos con el uniforme papal. El esclavo y el monje descendieron por una escalera de madera mal iluminada hasta que aparecieron en un amplio salón en el que se sentaron en una mesa larga llena de otros borrachos y el dueño, sin preguntar, les sirvió dos pintas de cerveza muy amarga y muy embriagante. Los locos que había visto los días anteriores estaban aquí. Y no parecía ya que estuviesen enfermos; los zíngaros hablaban como señores y los cardenales como cargadores de puerto.

—¿Así que esto es un lupanar? —Preguntó Alberto.

—No realmente —respondió el esclavo. No hay prostitutas. A mí no me interesan. Si te interesan a ti, sé dónde conseguirlas aunque habría que caminar.

Alberto dijo que no. No estaba interesado en ese momento. Ya tendría tiempo de desquitar también todos aquellos placeres que el monasterio le quitó. Farid, quien evidentemente tenía ganas de conversar, preguntó a Alberto que qué le había parecido la reunión. A decir verdad, dijo Alberto, había esperado algo más. Los personajes en la tertulia le parecieron frívolos y pretenciosos. Hablaban del mundo nuevo como si les perteneciera. Trató de investigar con el esclavo de las alianzas comerciales en las que, sospechaba, Isaac estaba involucrado. Porque se había hablado de geografía y de filosofía, se había hablado de música y de lenguas exóticas, pero detrás de todo ello resonaba una palabra: dinero. Farid comentó sin problemas que, en efecto, su amo tenía un par de negocios con Sevilla y que a través del Señor del Carpio estaba tratando de conseguir una concesión para pescar Perlas en las islas de Cipango y Catay.

Alberto se puso a especular en torno a las implicaciones teológicas del encuentro de aquellos nativos de los que había hablado el Señor de las Casas. No se trataba solo de que hubiesen encontrado una de las tribus perdidas de Israel, no se trataba solo de que al cerrarse la redondez del mundo se hiciera posible por vez primera el mandato misionero de Jesús y que fuese ya una posibilidad el fin del mundo. En realidad aquellos descubrimientos demostraban que de muchas formas Aristóteles se había equivocado. Y si Aristóteles estaba equivocado, entonces Santo Tomás estaba equivocado y por tanto la Biblia y toda la cristiandad. El mundo como lo habían pensado, redondo o no, se había desplomado. No del todo, insistía Farid: en realidad la sabiduría estaba abriéndose paso en el mundo a pesar de las supersticiones que la cristiandad había metido en la cabeza de la gente. El esclavo estaba convencido de que estaba llegando el tiempo de Poimandrés.

Alberto se estremeció con este nombre. Poimandrés era el demiurgo del que había leído aquellos días en el Corpus Hermeticum. Sólo en la razón, repitió como para convencerse a sí mismo, el hombre es igual a un dios. Sólo en la inteligencia es posible la divinización y si era verdad lo que había leído, que antes de la creación del tiempo y del mundo, antes de la encarnación de todas las almas en este mundo imperfecto creado por Poimandrés había habido un bautizo de sabiduría, este muchacho de aspecto aniñado también se había bañado en el agua de dios.

Pero más que en el agua de dios, en aquel momento Farid estaba interesado en la cerveza. Tomó un último trago para que el dueño del tugurio le trajese más. A pesar de la prohibición explícita de su religión, el árabe estaba bebiendo. Porque era un igual a él, a Alberto: ninguno de los dos había nacido para sujetarse a leyes eclesiásticas. Ambos poseían la sabiduría. Alberto brindó por ello y feliz y borracho se convenció de que la sabiduría de Poimandrés lo habitaba cuando en realidad lo único que llenaba su cabeza eran los humos de la cerveza.

Salieron de la taberna completamente borrachos. Ya comenzaba a amanecer. Alberto le pidió al muchacho árabe que se detuvieran bajo un pino para mirar la Isla Tiberina. Parecía, en efecto un barco que hubiese encallado. A lo lejos se escuchaba el grito de los locos en el hospital de san Bernabé.

—Allá vive Remo —dijo Alberto, sintiéndose un místico. Y era verdad, en esta isla, desde los tiempos de Augusto encerraban a los locos y a los iluminados. A los que negaban la realidad del único Dios. Allá debían estar encerrados, pensó Alberto, todos los navegantes y prestamistas que habían venido a la reunión en casa de Isaac. Ahí debía estar encerrada la reina Isabel y el loco papa Borgia, los indígenas que trajo a España Colón y que murieron de tristeza y frío, los amigos de Bartolomé, el loco señor de Las Casas que fantaseaba con un mundo en el que no existía el pecado; un mundo de locos, sin duda, el mundo de Remo, el rey lobo.

Un mendigo se acercó a ellos para pedir una moneda que le regaló Farid. El hombre se fue dando gracias a Dios y Alberto escupió:

—Helo aquí. Esto que llaman piedad y cordura es sólo un pobre diablo que agradece a Dios por ser miserable.

* Dios elimina la causa primaria y acaba con toda insatisfacción. Lo dice Aristóteles. El alma existe porque quiere saber porque es propio de todos nosotros saber.

Es importante decir quela inclinación natural de la voluntad no es una más entre lasaccioneslibres, sino ladimensión fundamental presente, con una especificación concreta libre en todo acto delibertad.

* A la noción de deseo equivocado o bien falso, opongo la noción de conflicto. Hay un conflicto entre el bien que busco y la verdad de que dicho bien sea realmente un bien. “La naturaleza no es otra cosa que el diseño de un arte divino (ratio cuiusdam artis, scilicet divina), impresa en las cosas (indita rebus), por la cual estas se mueven hacia un fin determinado; como si el constructor de una nave pudiese conferir a la madera la capacidad de moverse por sí mismo a fin de formar la estructura de la nave misma” (Tomás de Aquino, In II Phys, 14 (268). Naturaleza, afirma Tomás, es el esplendor de la sabiduría divina. La comprensión de la naturaleza misma contribuye a la comprensión de la revelación divina.

* * *

§

CUANDO REGRESÓ, SE FUE A a su habitación

Aquella noche, metido en su cama abrió temblando la obra de Trismegisto. Leyó devoto los diálogos de Dios con Poimandrés y sintió que el Altísimo lo golpeaba con una vara de luz. En la voz meliflua que emergía de aquel texto impreso sintió que algo lo estaba llamando. Era el ritornello: un “hijo”, “hijito” que lo llamaba casi tan cariñosamente como el abad cuando se despidió de él. Era una voz paternal y severa que le hablaba del bautismo antes de nacer. Se sintió tan conmovido por lo que estaba leyendo que creyó recordar claramente su vida anterior: que al otro lado de esta vida banal y sin sentido, en el mundo de la pureza y los ideales platónicos él, Alberto, había vivido. Y era un predestinado desde el inicio del mundo para encontrarse con ese libro, estaba seguro, porque creía recordar que había visto al genio mensajero de Dios del que hablaba este libro. Era un heraldo que en el beatísimo lugar del noveno cielo gritaba: !bautícense! !Bautícense con la sabiduría del demiurgo! Y él, Alberto, ahora lo sabía, se había bañado en sabiduría. Esta era la única explicación plausible porque, de otro modo, ¿cómo había podido entender tan claramente las enseñanzas de este libro que dejaba al cristianismo en ridículo? Todo lo que le habían enseñado en El Janículo era un error.

Incluso la música porque, ¿acaso no era más hermosa la melodía pegajosa que resonaba todo el tiempo en Casa de Isaac?

para leerlo en cuando pudiese concentrarse porque en este momento lo que deseaba era salir de la Casa de Dante. Antes, claro, era necesario que se quitara el hábito y la capa del religioso. Abrió el ropero y comenzó a escoger. Y como nunca en su vida había tenido ropa tan colorida a su disposición, se vistió efectivamente, como el loco en el tarot y así, como un idiota iluminado se fue a pasear. Era libre. Y pudo salir sin que nadie le preguntara nada. Para esto servía la teología. Para liberarlo.

Como a pesar suyo tenía aún algo de temor de andar solo se detuvo en la primera taberna que encontró. La gente bebía vino en la calle frente a un local en que una mujer de aspecto venerable vendía trocitos de maza que, a juzgar por la multitud que quería comprarlos, debían ser deliciosos. Se prometió que iría a la tienda en otro momento y apuró su trago de vino. Acostumbrado a la rutina, muy a su pesar, se levantó en cuanto sonó la campana de Sexta y volvió a casa para cenar.

El mundo estaba cambiando y en el amanecer de aquel 13 de julio de 1491 el rey Juan de Portugal ordenó que le avisaran a su hijo Alfonso que juntos fueran a bañarse a las aguas del Tajo. Y si lo que había sucedido en la oficina de Lionel cambiaría la historia de Alberto, lo que estaba por suceder en el río cambiaría la historia del mundo.

El rey Juan II invitó a su hijo el príncipe Alfonso a nadar con él en el río. El caballo del príncipe cayó y lo llevó debajo de sí. El rey había muerto, estúpidamente. Sin que nadie pudiese haberlo advertido. La madre gritó, no había nada que hacer. Los padres del infante vistieron de negro. Lo enterraron junto al rey Alfonso V de Portugal. Ahí estaba la reina Isabel, hija de los reyes Fernando e Isabel. Juan II nombró a su primo y cuñado, el duque de Beja su heredero. Sería Wannabi I El Afortunado. Se casaría con Isabel, la viuda de Alfonso en 1497. No podía saber que el rey de Portugal estaba pagando enormes sumas para evitar que los reyes católicos siguieran expandiéndose. Con la princesa volvieron a la corte más espías que le hablaron de unos mapas; unos mapas de los que Jorge Comneno ya le había hablado a la Reina Isabel. Eran mapas, sólo mapas. ¿Qué le importaba al rey de Portugual la redondez del mundo si su hijo, Miguel de la Paz estaba a punto de morir?

En Sevilla, la marquesa María, esposa de Luis Ménde Sotomayor, miraba al muchacho que había comprado para que la amara. No se sentía humillada por haber tenido que hacer ello. Había valido la pena. La idea de hacerlo había comenzado cuando miró a su marido con ella. No pensó, sin embargo, que tuviera el descaro de pasearse con ella por la ciudad. Era demasiado. Primero el escándalo en tiempos del rey Juan, que su hijo mayor lo había acusado por tener relaciones prohibidas con los moros y ahora esto, se paseaba con una muchachita que ha paseado por Toledo. Inés. Era como si la noción de abrir las rutas comerciales del mundo le hubiese quitado el afeminamiento. Y ella ¿qué iba a hacer? Escuchó a lo lejos, en la calle, la pasacaglia. Otra vez esa historia, Rodrigo Martínez. ¿Por qué se había puesto aquella canción tan de moda? Aquella canción hablaba de la insensatez de quien no ha aprendido del mundo. Y sin embargo, tuvo que decírselo con tristeza, era hermosa la insensatez. ¿O acaso hablaba de seducción? Los hombres y las mujeres del mundo seduciéndose en todos los rincones del mundo. Supo que su amor había sido tan pequeño que en aquel momento se sintió aplastada. Había visto a aquel niño. Y era hermoso. El pequeño Garci, el hijo de la judía. Todos sus temores se confirmaban. Qué estúpida había sido de pensar que aquel hombre se corregiría. Hubiese preferido, en realidad, que siguiera teniendo relaciones con esos muchachitos árabes. Al menos podría pensar que no se aproximaba al lecho conyugal porque no le gustaban las mujeres, pero ahí estaba la prueba de que sí, de que le gustaban. En esa judía y en ese bastardo. Ah, cómo disfrutaría cuando por fin encontrara el momento de acusarlo ante la Santa Hermandad. El odio que sentía por ellos comenzó a transformarse en un quieto, un sereno deseo de venganza; un deseo que, además, le producía paz. Se sintió particularmente triste de sentir todo esto cuando la ciudad al atardecer se veía tan hermosa. Así, como el mundo que le abuela le había prometido el día de su boda.

Con el paso de los días conoció a otro personaje que venía a menudo a Casa de Dante

***

AQUÍ CAE LA POLICIA EN CDD CUANDO ESTÁN

DESEMPACANDO LAS COSAS DE ALBERTO

Marcel, el policía del papa revisaba la colección de libros de Jorge. Los revisaba interesado en todas aquellas recetas secretas. Le estremeció pensar en que en verdad fuese posible la inmortalidad. En que realmente aquello fuese verdadero y lo otro, por lo que él había luchado durante tanto tiempo, no. Entonces los vio y le dio un vuelco el estómago. Ahí estaba escrito el modo de extraer la sangre para producir aquel elíxir de vida por el que habían asesinado a todos esos muchachos que habían sido devueltos a sus padres junto con aquellos ducados.

Le pidió a su gente que ordenara toda aquella biblioteca. Él era el encargado por orden del papa de mover todo aquello hacia Sevilla. Le habían pedido que fuese especialmente cuidadoso con la biblioteca alquímica. Ya había ido al convento de San Alejo a recoger la Virgen de las Tribulaciones.

Marcel recordó a su familia. Como todos, tenía la nostalgia de ese lugar indecible que es el pasado. Desde que había entrado a la Iglesia no se había preguntado realmente qué había sido de su familia. Lo único que le había interesado había sido crecer en fama. Y sin embargo ahora que estaba tan cerca del poder le interesaba otra clase de sabiduría. Cuando había estado en el monasterio le había dado una suerte de nostalgia. Y había decidido resolver todo este problema. Fabricio le parecía un muchacho piadoso. Esta era la clase de hombre que salvaría a la Cristiandad, pensó. Mirando todos aquellos libros sintió no una apuración imposible sino sólo una suerte de cosquilleo indefinible que no acertaba a identificar como una tentación o no. Era la aventura de perder su propia alma a causa de las órdenes del papa. La inmortalidad, pensó, sólo está en el Cuerpo de Cristo y sin embargo su vicaría, está llena de herejes. Siguió mirando la casa de Jorge Comneno, el emperador. Ahí estaba la Virgen de las tribulaciones, como observándolo todo. En sus ojos estaba el misterio de La Mujer. Era hermosa. Se aproximó a la terraza. Le llegó el aroma del Río y escuchó a las gaviotas. recordaba a todas las mujeres que había conocido. Las que había visto en la calle, las que lo habían acariciado de niño. Por un misterio su mente se alejaba a una memoria muy antigua, aquella ciudad de pescadores en la costa de Francia en la que había nacido. Los niños se lanzaban al mar desde el barco de pescadores. Un aroma. Una muchacha ordeña a las cabras. Sonríe. Un seno escapa de su pecho. Los recuerdos y las fantasías se mezclaban. La primera vez que probó una naranja su sabor agridulce le abría el paladar. Marcel no había perdido nunca la inocencia. No había nunca consentido en perder de ese modo algo que, estaba convencido, le pertenecía a Dios. No había abandonado, sin embargo la nostalgia por el misterio de la conquista, la seducción. Qué será ser como estos hombres y mujeres que se seducen y se aman como en las novelas que leía Fabricio. Porque él, Marcel, lo conocía todo. Era el espía del hombre más poderoso de la cristiandad, el papa.

La horca. La había imaginado. Le había dado temor haber ideado este plan para el papa. Le había dado horror la idea de toda la libertad que tenemos. Y aún así nunca perdió la convicción de estar haciendo las cosas por Dios.

Los esclavos habían terminado de embalar los libros. Él cogió un cuchillo y de un golpe extrajo a la Virgen de las Tribulaciones.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes