Esa noche, Atonatiuh tuvo pesadillas. Lejos de tranquilizarlo, la abuela lo había puesto muy inquieto con la idea de tener que presentarse ante aquella corte de su prometida y permitirles elegirlo a él con base en los ideales superiores de verdad y bondad. Y Atonatiuh tenía razón pues los padres de Tenépatl habían comenzado a dudar de la pertinencia de aquel matrimonio. No sólo habían llegado a la conclusión de que podrían conseguir más si vendían a su hija por dinero y no por honor; recordaban también el pésimo augurio que había arrastrado a los voladores al suelo el día que se realizó el contrato matrimonial que ahora unía a la niña más hermosa del calpulli con un muchacho que ni siquiera era el mayor de su casa. Fue así como, sin conocimiento de Quetzalli o de Atonatiuh, entregaron en esponsales a Tenépatl a un príncipe maya que, en las islas rodeadas de mar color turquesa comerciaba con un adorno que se había puesto muy de moda entre los nobles del sur: las perlas. Contrariando la costumbre milenaria de juzgar a un candidato por su capacidad para honrar a la familia y a su futuro linaje, llegado el momento de votar por la inclusión de aquel extranjero en la corte de Oluta, el padre de Tenépatl dijo que no. A nadie le importó lo que pensara la niña ni que dijese que aquella familia había sido muy amable con ella. Pensando más en las joyas que en el honor, la familia votó unánimemente. Y lo que debió haber sido un sí, se transformó en no. Fue el inicio de la lucha entre los contrarios como durante su larga vida, conoció Atonatiuh.
Cuando volvían hacia Cempoala sucedió, además, otra desgracia que iniciaría el camino de Atonatiuh hacia la inmortalidad. Durante la noche, el joven príncipe, estaba muy triste y, por orden de la abuela, se decoró su tienda con flores cuyo aroma producía sueños felices. Lo hicieron pues la abuela quería que durmiera bien. Y Atonatiuh, en efecto, comenzó a quedarse dormido y soñó con su padre y su hermano Itzcóatl. Al primero lo vio muriendo. Aquel hombre que recordaba con tanta dificultad se le aparecía claramente y se disolvía luego en numerosas partículas que, él sabía, renacían en los maizales y en el amate. A Itzcóatl lo soñó luchando por nacer, desgarrando el vientre de su madre, encontrándose con un mundo frío. Itzcóatl cuando nació había llorado mucho. Los adultos se regocijaron porque todos sabían en el pueblo que cuando un niño llora mucho, vivirá largo tiempo. En cambio, él, Atonatiuh que no había llorado. No había encontrado en el mundo nada ni suficientemente triste ni suficientemente alegre para reír o para llorar. Pensó en que los presagios habían sido falsos. Itzcóatl había sido hecho prisionero y murió en lo alto de la pirámide de Tenochtitlan. Atonatiuh también soñó consigo mismo. Se vio correteando entre los maizales, penetrando en un bosque en el que hallaba a un pequeño dios, un venado de cola blanca el suelo con una coz y le invitaba a venir detrás de él.
Atonatiuh despertó feliz. No recordaba el sueño, pero sabía que algo muy bueno se había aparecido. Sin embargo, en cuanto recordó lo sucedido la tarde anterior, volvió a sentirse muy consternado. Descubrió entonces algo inquietante en el olor de las flores que la abuela ordenó colocar en su tienda. Se aproximó para olisquear la más grande y cerró los ojos. Inhaló con todas sus fuerzas y mantuvo el efluvio de la flor. No sucedió nada, pero cuando el muchacho, estaba a punto de volver a recostarse en su almohadón de plumas, la campánula se abrió y dejó al descubierto una hermosa semilla que Atonatiuh cogió con dos dedos y, muy delicadamente, se la tragó.
En unos instantes el muchacho se sintió golpeado por una energía inhumana. Fue hasta la puerta de la tienda con la intención de salir y bailar, nadar, correr y gritar, pero se desplomó antes de que pudiese verlo el guardia distraído que alimentaba el fuego del campamento. El muchacho comenzó a convulsionarse, el universo entero, las estrellas y los dioses detrás de ellas se desplomaban sobre de él. Se le abrieron las pupilas, el corazón bombeó sangre a toda velocidad y Atonatiuh pudo mirar los astros y su cuerpo glorioso; miró al ciervo de cola blanca y a un hombre triste frente a un cadáver, miró una batalla y una flecha que le atravesaba el corazón. Miró una ciudad en ruinas y un sacrificio en lo alto de la pirámide. Se miró a sí mismo mendigando por los mercados de una ciudad que olía a muerte; iba de la mano de un niño, el hijo de un rey. Miró un océano rojo en que el dios Huitzilopochtli se sumergía y Atonatiuh, aterrado, convencido de que el sol no volvería a salir por el oriente, estuvo a punto de morir. Porque, en efecto, su corazón latía con tanta vehemencia que estuvo a punto de detenerse. Todos se aproximaron para tratar de ayudarlo y, mientras la abuela encontraba la hierba justa para contrarrestar el efecto de la campánula, el muchacho conoció a Farid y soñó a Chimalpopoca. Fue el amor de ellos, a quienes aún no conocía, quien lo salvó de perecer por la semilla de la Campanilla de la Virgen, una flor cuya semilla aún buscan los aventureros en las selvas de México. Y fue esta semilla la que abrió la mente de Atonatiuh y le permitió entender cosas que no todos podemos entender. Eso que los monjes cristianos llaman aún hoy “leer el corazón.”