Una tarde en que tomaron un campamento europeo en el norte de la ciudad, Atonatiuh liberó a unas muchachas tlaxcaltecas. Entre ellas estaba Painalli. Él no sabía, no podía saber que ella era su hermana, así que se enamoró de ella.
Un día unos muchachos estaban defendiendo un monasterio. Los conjurados atacaron con lanzas y flechas, pero adentro estaban hijos de indígenas defendiendo a los sacerdotes españoles.
Estaba luchando Atonatiuh contra uno de estos sacerdotes, cuando le dijo:
——¿Cómo podría obedecerte si ni siquiera estas bautizado?
——Es verdad ——contestó Atonatiuh—— y le pidió al hombre con el que estaba luchando que le diera el bautismo. El hombre se sorprendió muchísimo, pero lo hizo, ahí mismo, en el agua del río:
——En el nombre del padre, del hijo y del Espíritu Santo, yo te bautizo.
Fue así que Atonatiuh fue bautizado.
——Soy ahora tu servidor ——dijo el cura—— y todos se unieron en favor de los mexicanos.
Juan de Zumárraga estaba en verdad muy preocupado. La gente no venía a catedral.
——Esta catedral está como viuda. La gente no ve en ustedes a Cristo.
Y no, no lo veían ni en ellos ni a Zumárraga que a Cristo lo pensaba solemne hasta el hartazgo.
Farid mientras tanto se seguía educando con Roberto Ruiz Guadalajara y entonces un día, comenzó a cantar.
Y como si fuera un milagro, la gente comenzó a venir a misa. Venía a escucharme a mí, padre. Lo digo sin falsa modestia porque sé que la falsa modestia es la forma más alta de la soberbia. Los indígenas no creían en ti todavía. Pero venían a escucharme a mí que te cantaba a ti y Roberto me educaba en todo lo que yo necesitaba saber.
La vida en el coro era toda una fiesta. Casi todas las noches había bailes. Danzábamos ahí, un día conocí a Atonatiuh. Él bailaba con las muchachas, aunque a veces no podía, pero yo no sabía que era porque había salido a atacar a los conquistadores. No sabía en aquel entonces que ese muchachito que estudiaba con Pedro de Gante, era el verdadero rey azteca. Ese que buscaba la inquisición, el que tenía precio puesto a su cabeza. Un bandolero. Sobre su cabeza pesaban diez bandos.
——Quiero una mujer ——le dijo un día a Marcos——. Tu que todo lo puedes. ¿Podrías hacer que una mujer me amara?
Marcos sonrió.
——Para empezar ——dijo——, no todo lo puedo hacer. Además, nadie puede hacer que nadie te ame. El amor es la esencia misma de la libertad. Cómo obligar a la libertad a dejar de ser libre.
Atonatiuh no había entendido nada de lo que le dijo su maestro.
——Amo a esa mujer.
Y estaba hablando de Painalli.
Marcos en aquel tiempo comenzó a preparar su capo d’opera, la obra con la que sería ordenado maestro en la escuela de san José de los naturales. Fue a cortar madera en la tarde.
Antes de comenzar la verdadera batalla contra los españoles, pensaron los complotados, hay que actuar contra los indígenas que todavía son rebeldes.
Juan de Zumárraga estaba preparando una misa para Cortés. Tendría que ser una misa muy solemne y él, el obispo no estaba convencido de que el esclavo estuviera listo para cantar. Le pidió a Roberto Ruiz Guadalajara que organizara un concurso entre los muchachos. Y así, Roberto comenzó a improvisar en el órgano.
Atonatiuh fue hasta el altépetl al sur donde le habían informado que Cipactli, un guerrero rebelde se negaba a someterse a él aún en el caso de que los españoles fueran expulsados de México.
XIV
Del hartazgo de la vida cotidiana me salvaba la ciudad de México. Después del rosario, tomaba yo la capa roja que me habían regalado y como si fuera yo uno de los muchachos del coro, me iba a pasear. Fue así también que conocí a Cortés. Paseaba de la mano de una mujer morena y delante de él iba un esclavo con sus mastines. La gente se inclinaba frente a él y algunos, incluso se arrodillaban. Entre los indígenas en la ciudad de México había muchos tlaxcaltecos. Marcos, por ejemplo, él era tlaxcalteca, pero yo en aquel tiempo no lo sabía. No sabía nada del complot.
La cena era la fracción de la rutina que más me gustaba. Me sentaba con los muchachos que se educaban en catedral, con algunos de los del coro. Ahí estaba yo, como si fuera un libre, como si fuera un humano, como todos ellos. No sabía que tú me habías creado distinto, porque mi camino para llegar hasta ti era mucho más largo.
Al fondo del refectorio se sentaba el obispo. Se sentaba como uno más de los curas. Con él, a su derecha, se sentaba Roberto, el maestro de coro, ese a quien había yo escuchado tocar. Ese que me había visto con desprecio, como si fuera yo un monstruo de países bárbaros. Era, ciertamente, un monstruo de países bárbaros. Pero él también. Porque él también era un artista. Un evangelizador en el Nuevo Mundo.
“¿Por qué discuten todo el tiempo fray Roberto y su eminencia? —le pregunté a Israel.” “Porque ningún indígena viene a misa en catedral”.
Fue así que comencé a enterarme de la pugna musical que se libró una vez que fue tomada México Tenochtitlan. Porque los mexicanos odiaban a los conquistadores, no creían en aquel tiempo en su Dios. Iban a misa obligados. Conjuraban y a veces incluso hacían sacrificios, pero había algo que Europa había traído con ellos. Algo que los había fascinado. Se llamaba música.
Y la mejor música de la Nueva España no se hacía en catedral, se hacía en la iglesia de san Francisco. Y el mejor coro de la Nueva España, no era el de Roberto, era el coro de los cantores de Pedro de Gante.
Yo los había escuchado y sí. Era claro. Ahí también, en la perfección ordenada a ti de sus voces, en la dignidad de la liturgia, en lo elevado de su música. Ahí, estabas tú.
Estabas, claro, también con nosotros, en nuestras conversaciones y en los intentos fallidos de Roberto por hacer que el coro catedralicio fuese todavía más imponente que el coro de san Francisco. Estabas como siempre, entre todos nosotros, pero la perfección técnica que habían conseguido los muchachos de sen Francisco, a nosotros nos superaba con mucho.
“¿Qué puede hacer Roberto? —pregunté”. “Puede ponerse a rezar —contestó Israel—, nadie va a venir a esta iglesia hasta que no construyan una verdadera catedral”.
Una verdadera catedral. Había que construir una verdadera catedral, piedra angular que, fundada sobre los restos del templo mayor fuese signo de tu llegada a México. Pero no había dinero. El marqués todo el dinero de Nueva España lo distribuía entre lo que enviaba a España y lo que invertía en su propio, particular ejército. En ese momento, nadie pensaba en construir una catedral de piedra, una que asemejase a lo eterno. Había que construir una todavía más sutil y de un material mucho más barato. Había que construirla con viento. Había que construir una catedral, cantando.
Mi primera intención, claro, fue presentarme con Roberto y decirle: “Yo sé cantar, aprendí a cantar con un maestro italiano en un castillo desde el que se veía el Mediterráneo”. Tenía ganas de hacerlo, porque sin saberlo, me estabas llamando ya a ti. Pero todavía te odiaba. Todavía soñaba de noche con la mujer que me había castrado. Todavía soñaba de noche con el asesinato que me trajo a América. Y te odiaba y a veces, aunque estar aquí, tan lejos de todo, tan en México, tan en el fin del mundo; a veces, aunque esto me consolaba. A veces a todos. Comenzando por ti, papá, a todos odiaba.
Ellos te castraron, pensaba, cuando veía un bautismo. Porque enfermo de todas las cicatrices que me hice huyendo de ti, creí que el bautismo me había arrancado mi verdadero nombre. No sabía que éste, Farid, es mi único, mi verdadero nombre.
Decidí, pues, renunciar a mis deseos de trabajar para ti, de darle a Roberto la materia prima para construir por encima de tu cuerpo la única catedral digna de tus misterios: la música. Porque sabía yo. Lo sabía que en cuanto escucharan mi voz, iban a amarme, pero estúpido de mí. No sabía yo que ser amado era la condición de posibilidad para ser liberado.
Una tarde, fray Juan de Zumárraga estaba buscando a un sirviente y como no encontró a ninguno me envió a mí. El amo, esto es Farías, estaba durmiendo así que pude escaparme. Me dio una carta para el mítico Pedro de Gante.
—¿Quién eres tú? —me pregunto.
“Soy un castrado —respondí. Y por primera vez en mucho tiempo, lo dije con orgullo, pero él se escandalizó”. “¿Están trayendo castrados a México? ¡Están locos! Me tocó la cara: “Es inhumano castrar a un cantante”. “Yo —mentí—, su señoría, yo no soy un cantante.” “Ah, vaya”. Reflexionó un poco y luego me preguntó: “¿Conoces tú a Roberto Ruíz Guadalajara?” “Lo conozco —respondí.”
Cuando volví a catedral, fray Juan de Zumárraga me pidió que le contara todos los detalles de mi entrevista. Me pareció incluso ansioso. Nunca volví a verlo así. “¿Te preguntó por Roberto? —si su señoría.” “Va a querer llevárselo”. “¿Por qué?” “Porque es el mejor músico de la Nueva España, tal vez del Imperio, tal vez de Flandes. Y no voy a poder pagarle todo el dinero que pide”.
Dinero. Era la primera vez que escuchaba eso. Que un artista pudiese pedir dinero. El oro había sido el poder de Cortés. El oro había entregado a Carlos Quinto el trono del Sacro Imperio; pero el oro era más. Pude por fin entenderlo. El oro que le pagaban al músico era más que un elemento alquímico. Era la condición de ser libres, porque ¿qué otra razón querría Roberto Ruiz para pedir dinero?”
Por aquellas fechas todos en México tenían sentimientos encontrados con respecto al nacimiento del primogénito de doña Marina. Luego de varios intentos, había nacido Martín, Martín Cortés. Pronto sería el bautizo y era la ocasión perfecta para lucir al pueblo las gracias de catedral.
Don Antonio, el ceremoniero, comenzó a prepararlo todo. Trajo artesanos de más allá de la laguna, artesanos que se encargaron de las imágenes, todo tenía que ser “auténtico”, nada que saliera de los talleres de Pedro de Gante. Difícil, porque los únicos artistas de México en aquel entonces estaban en la escuela de artes y oficios de Pedro de Gante.
En mi calidad de cocinero, fui ordenado a la cocina donde había que preparar los guisos que se ofrecerían al pueblo después de la celebración. No era poca cosa, había nacido Martín, el primer hijo de un español y una princesa indígena. Era el primer mexicano.
Escuchaba yo a lo lejos ensayar a los muchachos del coro y aunque me sentía tentado, me solazaba preparando de comer. Hay en la cocina muchas cosas que se parecen a la música, una es la paciencia y otra es el tiempo. El momento justo para elevar la voz o para lanzar al agua el granito de sal. El momento justo para introducir en el tomate en el aceite o el momento justo para callar. Esto es el sazón, es el tiempo. El corazón del corazón de la música que es, también, señor, ahora lo sé, el sonido de tu propio corazón.
Marcos vino a traernos la carne para la fiesta. “Hola”. Me saludó con respeto, con dignidad y respeto. Y como nunca me había sentido así. Y como nunca me había tratado así un hombre a quien yo quisiera tanto. Me quedé callado. “Espero que no sigas enojado conmigo”, dijo Marcos y dejó la carne sobre la mesa.
Hay en cada misa un momento que me fascina: la antífona del aleluya. El muchacho del coro la entonó durante el bautizo de Martín Cortés y era la cosa más hermosa que yo hubiera escuchado jamás. Después, claro, vino la fiesta y todos los niños recibieron regalos en la plaza frente a la iglesia. Vino también Pedro de Gante y era evidente el malestar de Zumárraga cuando hablaba con Roberto Guadalajara.
Más tarde, fray Pedro nos invitó a los infantes del coro y a los sacerdotes a que fuéramos con él a san Francisco a tomar alguna cosa. Así lo hicimos y fray Pedro, como por casualidad, le pidió a Roberto que improvisara alguna cosa en un clavecín que acababan de construir sus alumnos.
Era una pieza encantadora. “Deliciosa”, dijo en latín, porque Fray Pedro no hablaba más que en latín, o en náhuatl, “es una obra deliciosa aunque si no me equivoco hay algunos problemas con el contrapunto”.
“!Viejo arrogante! —gritó Roberto”. Entonces, no sé exactamente, señor. No sé que fue lo que me empujó a decirlo. Pero lo dije. Y una vez dicho, no había forma ya de echarse para atrás. Le dije: “Maestro Roberto, yo soy cantante. Se que usted es un gran músico. Pero yo también soy cantante”.
“!El cocinero canta!” Y como se estaba burlando de mí y como yo había bebido un poco, efectivamente, como no lo había hecho nunca antes, comencé a cantar.
Y sé, señor, porque humildad es saber también lo que nos has regalado, sé que con mi voz, la ciudad de México Tenochtitlan, toda se iluminó como una novia que besa por primera vez al que será su marido.
Pensé que Roberto se había impresionado, pero no dijo nada. Se quedó callado y se fue. Pasaron los días y él no me habló. Y pasaron los días y siguieron como si nada. Supuse que no le había gustado lo que había hecho y sin embargo, yo me sentía feliz. Mostrarme, cantar, había sido como mostrar mi desnudez. No había ya, a nadie, nada que ocultar. Yo era un castrado sí, nunca dejaría de ser niño. Podía ser la peor maldición de todas, perder la posibilidad de tener hijos, perder la posibilidad de casarme. Ser un eterno eunuco, estaba también la posibilidad de volverme un artista.
Así que aunque Roberto no dijo nada y aunque no me aprobó, yo comencé a sentirme feliz.
Marcos Cipac me dijo un día “así que eres cantante”. No tenía idea de quién se lo había dicho, pero respondí que sí. “Y además —dijo, tienes una sonrisa encantadora”. Estaba hecho. Era claro que él me amaba también. Había que tener cuidado porque íbamos a terminar en el fuego de la inquisición.
Una vez que acepté que ser niño por siempre no era necesariamente una maldición y que estaba enamorado de Marcos, el tiempo en México se volvió un juego todo de sensualidad y alegría. Era comer frutas y pescar. Era ir con Marcos al norte de la laguna. ¿Cómo será? ¿Cómo será hacerlo con alguien por amor?
Tenía miedo, claro. Tenía miedo del dolor que sentí la primera vez. El dolor que me despertó el único dolor, el dolor de los cuchillos, el dolor del “vas a morir”. El único hachazo.
“¿Qué es eso? —me preguntó Zumárraga.” “Es un mensaje de mi amo Farías para el padre Roberto —le contesté”. “No puedes entrar —me dijo—. Está componiendo. Debe ser algo especial. Se tarda mucho en componer. Otra vez, ha comenzado”.
Así que el más grande compositor de Nueva España había comenzado otra vez a componer. Tenía la sospecha, una sospecha arrogante, claro, sospechaba que había comenzado a componer para mí. Comencé a espiarlo y lo miraba salir de la casa, caminar al borde de la laguna. Lo miraba detenido mirando las ramas. Buscaba ahora lo sé, una melodía en la que se sustentase el contrapunto.
Así que un día estaba limpiando y me acerqué al órgano. Y ahí estaban, los cálamos y el papel. Ahí estaba el órgano. Mi pie empujó el pedal y se llenaron de aire los tubos y entonces mis dedos presionaron sobre la tecla y escuché por primera vez su melodía y era sí, como el elemento alquímico del oro, la piedra angular, el punto sobre el que se puede construir la catedral de la música.
Contrapunto, música contra música. Leía yo cuando él entró. “Lo lamento”. “¿Qué escuchaste? —me preguntó”. Y yo respondí: “música”.
“¿Por qué me has estado espiando?” me preguntó. Y lo que más me sorprendía es que no parecía molesto. Estaba curioso, nada más, pero no molesto.
“Te he estado espiando —le dije—, porque estoy enamorado de ti”.
Fue una confesión que no sé de dónde vino. Me sorprendió a mi mismo cuando salía de los labios. Me sorprendió en su inmediatez, en su peligro. Me sorprendió en lo atrevido. Me tomó y me dijo: “No vuelvas a repetir semejante cosa. Pueden matarnos.”
Pero luego cambió de actitud y me dijo: “Tienes una voz portentosa”. “¿Qué son esas?” “Son tablas de contrapunto. Con ellas puedes imaginar lo que Dios piensa. Sabes lo que es la música. ¿Tú sabes qué es?” “¿La voz de Dios?” “Claro que no”.
¿Qué es la música? Puede que tú lo sepas. Pero es cierto. No era tu voz. Tu voz es todavía más grande. No es la voz de los muertos. Es tal vez, la voz de mis heridas. La voz escandalosamente frágil de todo lo que se ha ido. El recuerdo de los que no vamos a volver a ver.
El encuentro con Roberto, saber que no me había traicionado con la confesión que le había hecho, todo me hizo cambiar. No me interesaba ya jugar con los muchachos del coro. Después de todo, aunque tenía el aspecto de un niño estaba lejos de serlo. Tenía ya diecinueve años, pero en el espejo no veía a un muchacho de más de catorce.
Seguí limpiando y cocinando. Leyendo para Farías. Puliendo la plata, regocijándome con la forma en que el ostensorio en las bendiciones, refleja los rayos de luz.
Un día estaba yo lavando la ropa de Farías cuando entró al patio uno de los muchachos del coro. “Es verdad lo que dicen”, soltó. “¿Qué dicen?” “Que eres un invertido, un infame, un enfermo”.
Tomó lodo y manchó las sábanas blancas. Le di un puñetazo y luego comencé a reventarle la cara. Pasó un día y medio en el hospital y yo tuve problemas.
“Mira”, me dijo Zumárraga. “El problema no es que te hayas defendido con semejante vehemencia de la acusación de Raúl, el problema es el escándalo”.
Me dijo que me iban a vender. Así terminaba mi historia. Vendido a un ingenio o a una encomienda. Viejo negro, con cara de niño que corta la caña.
Volví a mi habitación. Ahí estaban Felipe y Alejandro, mis compañeros de habitación. Me sorprendió que estaba también Roberto y a los pies de todos, estaban mis cosas rotas.
“¿Quién las rompió?” “Eso es lo que vamos a averiguar”.
Lo primero que pensé fue que Roberto me había traicionado, que había sido él quien había dicho a Zumárraga que yo le había dicho que estaba enamorado. Pero no. Me di cuenta que él había venido a buscarme y había visto que habían destruido mi recuerdo de Lucía Cornaro.
Fue a Juan de Zumárraga y le suplicó que no me vendiera. Le dijo que todo eran niñerías lo que se decía de mí que sería incapaz del pecado nefando.
Volví a rezar frente a ti, señor. Me hincaba frente a tí, Santísimo y rezaba y pedía perdón. Perdón por ser como soy, perdon por ser lo que soy. Perdón por ser el lodo que mancha la sábana blanca y mi rezo, entonces, se volvió música.
“Esto es lo que es la música —le dije a Roberto—, es un rezo”. “Puede que si. Puede que sea más cosas. Vamos a trabajar”.
Me admitieron, pues entre los muchachos del coro.