F0280 · —El mundo se va a acabar, decían.

 y No era necesario develar misterios ni encontrar lugares especiales para rezar. Escuchando ahí a Rodrigo Martínez, Farid sintió que el mundo estaba bien orientado a pesar de que en él sucedían tantas desgracias. Y sin embargo, extrañaba a mucha gente, a Jorge y a Jamil, a Alberto el monje y a Nicolás. Las calzadas acuáticas que se levantaron en honor de los dioses aztecas, de belleza cruel, las canciones para conjurar al Rey Serpiente en los desiertos de Damasco. Encerrado en la tumba de ese cuerpo suyo que se resistía a crecer, extrañaba incluso en la catedral de México Tenochtitlán. Déjalo aquí, se dijo. Este es el mundo idílico en que Atonatiuh podrá bailar siempre al ritmo de una flauta mal afinada. Todos bailaban, al ritmo contrario del Encantador de Serpientes, era un baile sin centro, sin fe. Españoles prófugos, tlaxcaltecas prófugos, judíos prófugos. Ahí todos estaban a salvo de lo que los había asustado en la vida, a merced del dios de mayo se habían vuelto paganos.

         —El mundo se va a acabar, decían. 

         Empezó a llover. Chimalpopoca, con otros niños comenzó a saltar en los charcos.

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